El cielo al fin puede esperar 21 #2
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Puede que haya visto a Martina dormida, pero está igual de inquieta que unos minutos atrás. En contra, la voz del cirujano a su espalda es un bálsamo de tranquilidad.

—Está bien. Deberíais iros a descansar. Su hermana va a estar al menos veinticuatro horas en observación.

Las palabras calmadas del médico no consiguen calar porque ninguno hace el más mínimo amago de irse.

—Marchaos a casa. En esta zona no se admiten visitas. Os he dejado entrar para que veáis que está bien, pero es momento de que os vayáis. No hay nada más que podáis hacer aquí.

Fran sigue temblando a mi lado. Su mirada cansada va más allá del cirujano a la espera de que Martina salga en cualquier momento. El cirujano ve lo mismo que yo: un crío deshecho que casi pierde a su hermana.

—Tu hermana está bien —le dice con una mano sobre su hombro—. Está viva gracias a ti, porque no dudaste en traerla de inmediato. Ahora descansa.

Esa es la confirmación que necesita. Fran busca la mirada de Carla con el mismo anhelo con el que ella lo busca, y se funden en un abrazo tan intenso que duele mirar.

Mi corazón estalla, una bomba atómica cuyos devastadores efectos sé que arrastraré de por vida. Que Carla haya buscado los brazos de Fran, que se aferre a ese abrazo con desesperación, es la verdad que provoca la detonación: ella siempre lo elegirá a él.

Me quedo estático, una estatua a la que le gustaría moverse, huir o desaparecer, pero que no puede. Soy un espectador silencioso de esta muestra de amor que tengo ante mis ojos.

Tengo que presenciar la forma en la que los dedos de Carla se aferran a la camiseta de mi hermano, a sus ojos anegados en lágrimas, que de pronto se levantan y me miran, pero que pierdo de vista cuando Fran la besa.

Quiero vomitar, la angustia es tan intensa que no sé cómo consigo reprimir las náuseas, y este beso me lleva a aquella noche en la que descubrí a mi madre follando con Rafa. Aquella es una herida sin cerrar y esta sé que jamás sanará.

—Vamos. Te llevo a casa.

Mi corazón da un vuelco al escuchar a mi hermano. No puedo dejarla marchar. No sé cuándo volveré a verla y si no lo hago hoy, ahora, perderé la determinación.

—Lo haré yo —salto antes de perder la oportunidad—. Estás agotado. Ve a descansar. Yo la llevaré.

Fran parece a punto de desmayarse, pero no lo hago por él. No soy tan cínico. Lo hago por poner punto y final a una historia que ni siquiera ha comenzado.

—Gracias, hermano.

Esas palabras de agradecimiento son como granadas contra mi pecho.

« Hermano ».

No merezco esa palabra que va envuelta de afecto porque ningún hermano haría lo que he hecho yo.

Lo veo marchar y no me atrevo a mirar a Carla, la forma en la que se retuerce los dedos y busca una explicación a mi silencio. Solo voy hasta el coche y conduzco sin saber a dónde.

Es mi mente la que conduce por inercia y llego al centro. Es el último domingo del verano, las calles están desiertas y no me cuesta encontrar aparcamiento. La noche es sofocante y nuestro paseo está libre de miradas indiscretas.

Hundo las manos en los bolsillos, una precaución para que no busquen las de Carla como suelen hacer a la mínima oportunidad. Si la toco ahora, no podré soltarla.

Es Carla la primera en hablar.

—Hugo… Lo siento. Sé que te dije que dejaría a Fran, pero cuando me llamó y me dijo que Martina estaba mal y me pidió que lo ayudara yo… no pude negarme. —La mirada angustiosa que me dirige me parece tan fuera de lugar que quiero rugir de frustración.

No ha hecho nada malo, solo acompañar a su novio cuando le ha pedido ayuda. Que se sienta angustiada por ello y que se disculpe se lleva un trozo de mi alma.

—No tienes que pedir perdón.

No me atrevo a mirarla y mantengo la vista clavada en dos palomas que buscan restos con los que alimentarse por el suelo. Mi falta de valor no parece afectarle. Se pone de puntillas, alza la mano, y su caricia en mi mejilla antes del beso me hace flaquear.

Su cuerpo se pega al mío y sus labios se funden con los míos en un beso demasiado intenso para fingir desinterés.

No puedo disimular que este beso es lo único que deseo y me dejo llevar en otro pecado que arrastraré de por vida.

Enredo mi lengua con la suya y mis brazos la rodean como si fuese a escaparse.

Arrecio la fuerza de mi agarre buscando guardar este recuerdo para siempre: el de nuestro último beso.

Separarme de su abrazo es lo más duro que he hecho en mi vida, y solo es el principio.

—¿Qué sucede? —pregunta cuando le cojo las manos y la obligo a soltarme.

«¿Por dónde empezar?».

¿Cómo se deja a la persona a la que quieres? ¿Cómo le dices que no puedes estar con ella, aunque sabes que jamás querrás a otra mujer? ¿Cómo te separas de lo mejor que te ha pasado en la vida?

—He hablado con Fran. —No digo nada más y dejo la implicación de esas palabras suspendida entre los dos.

Solo esas cuatro palabras son suficientes para que entienda, un puñal invisible que le clavo en el pecho a traición. Sus ojos se abren de golpe y da un paso atrás como si las piernas no pudieran sostener su peso.

—No. —Es lo único que consigue decir en un susurro tan bajo que se lo lleva la noche. Las lágrimas nublan esos ojos que siempre me hablan sin hablar—. No lo digas, por favor.

Joder. La súplica que hay en su voz es demasiado, y estoy a un paso de desdecirme, de atrapar su mano entre la mía y largarnos a algún lugar donde nuestra historia pueda tener un final feliz.

—Él te quiere, Carla, y yo… —La congoja se me acumula en la garganta y me cuesta un mundo seguir hablando—. No debí tocarte. Nunca debí dejar que esto sucediera —decirlo en voz alta me hace más daño a mí que a ella, aunque es Carla la que retrocede como si la hubiese abofeteado.

Carla parpadea con las pestañas ya mojadas y me quiero morir, sobre todo cuando rehace ese paso que nos separa y, con un dedo bajo mi barbilla, me obliga a mirarla, a enfrentarme a esas lágrimas que ya descienden por sus mejillas.

—Hugo, no tenemos que volver a acostarnos si no quieres. No tenemos que besarnos siquiera, solo… Solo te necesito a ti. Solo eso. Pero no me dejes. No lo hagas, por favor —suplica, y ese ruego en su voz es peor que cualquier tortura.

—No puedo hacerlo. Fran no se merece lo que hemos hecho.

—Las cosas entre tu hermano y yo no son como tú crees…

Ahora soy yo el que pongo un dedo sobre sus labios y la obligo a callar. No quiero escuchar lo que pueda decirme, porque puede ser munición para mi cobardía, para seguir manteniendo esta traición que nos destruirá a los dos.

—No puedo, Carla. —Mi propia voz suena extraña y vacía.

Mis fuerzas flaquean cuando su llanto arrecia. Me clavo las uñas en la palma de la mano, deseando que ese dolor disipe el que tengo en el pecho.

—Me lo prometiste. —Carla suspira para contener el llanto, sin éxito. Las lágrimas ya le empapan el cuello—. Me prometiste que nunca te olvidarías de mí.

La razón me grita que herirla a ella causará menos daño que herir a mi hermano, pero el corazón no entiende nada de eso y me grita que le limpie las lágrimas y le diga cuánto la quiero.

—Lo sé y es una promesa que mantendré el resto de mi vida.

Es una verdad injusta y egoísta dicha en una despedida. No quiero que albergue ninguna esperanza, pero, aunque nuestras vidas se separen aquí y ahora, no puedo permitir que piense que no me importa, que solo fue una noche más, una mujer más entre tantas.

Se me rompe el corazón al ver cómo el de Carla se hace añicos delante de mis ojos, con una promesa de amor que es una despedida.

Con cada exhalación me vacío, me quedo seco.

El aire se niega a volver a mis pulmones y yo me regodeo en esa sensación porque no quiero seguir respirando si tengo que hacerlo sin ella.

Me acerco, le tomo la cara con las manos y cometo el último de mis pecados.

—Te quiero, Carla, siempre te he querido y sé que jamás querré a otra mujer.

Le doy un último beso y me marcho, dejando mi corazón destrozado aquí, mi vida atrás, y abandonando a la única mujer a la que he amado.