El cielo al fin puede esperar 21
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Hugo

T res días después estoy subido en un avión con destino a Zaragoza. Se suponía que iba a ser un vuelo de transporte rápido, pero un problema técnico nos ha retrasado y, en lugar de llegar a mediodía como estaba previsto, llegamos cerca del anochecer.

Cuando cojo el móvil, un sabor amargo y metálico me inunda la boca.

Tengo ocho mensajes de Fran. No quiero abrir ninguno de esos mensajes, no quiero enfrentarme a las consecuencias de mis actos, al menos, no tan pronto.

Tomo aire por la nariz y lo expulso por la boca varias veces antes de tener el valor de abrir el primero.

«Martina lleva dos días con fiebre. Llámame».

Soy un cretino porque lo primero que hago al leerlo es suspirar aliviado. Pero conforme abro los demás mensajes el alivio se esfuma y la ansiedad toma su lugar. Cada nuevo mensaje es más alarmante que el anterior. Cuando leo el último, cojo las llaves del coche y salgo de la base como una bala.

«Martina se ha desmayado. Estamos en el hospital».

El viaje es un infierno. Los peores pensamientos me atosigan como cuervos hambrientos y ahora es Fran quien no me coge el teléfono.

Podría llamar a mi madre y preguntarle si sabe algo, pero lleva una semana en París con Rafa; una luna de miel tardía como ellos lo llaman.

Con cinco hijos en casa, tres de los cuales detestan a una de las partes, escapar resulta tentador.

Me trago la necesidad de llamarla y aguardo hasta llegar al hospital.

Cuando pregunto en urgencias por Martina y me remiten a los quirófanos, estoy a unos segundos de venirme abajo. No lo hago, y voy corriendo hasta la puerta de los quirófanos donde Fran parece un cadáver en vida.

—Menos mal que estás aquí, Hugo, yo… no sabía qué hacer, yo… —Se tira a mis brazos y pierde la fuerza como un globo pinchado. Lo sujeto y lo llevo hasta una silla antes de que se desplome del todo.

—¿Qué ha pasado? —pregunto con una calma que dejé de sentir hace rato.

—Joder, lo siento, yo tenía que haberme dado cuenta antes, tenía…

—Fran, cálmate y cuéntame qué ha pasado.

Mi hermano niega con la cabeza, pero las palabras no le salen. Deseo gritarle, zarandearlo hasta arrancarle las palabras y saber ¿Qué.Coño.Le.Pasa.A.Martina?

—Tu hermana está en el quirófano. —Levanto la cabeza y me encuentro con la mirada asustada de Carla—. La están operando. Ha tenido una peritonitis.

Es la primera vez desde que nos conocemos que no es lo primero que veo al entrar en una habitación. Lleva una coleta mal hecha, está pálida y ojerosa y le tiembla el labio al hablar, pero aguanta el tipo mucho mejor que Fran.

—Creo que está grave, aunque eso nos lo dijeron hace más de dos horas. —Se encoge al pronunciar esas palabras y a mí se me encoge el puto corazón.

Quiero abrazarla, proporcionarle el consuelo que me suplica con la mirada, pero me obligo a quedarme donde estoy: sentado al lado de mi hermano.

—Fran, mírame y dime qué ha pasado. —Levanta la cabeza y enfoca sus ojos cansados en mí.

—Martina llevaba dos días con fiebre. No era demasiado alta al principio, tan solo tenía treinta y ocho, pero esta mañana le ha subido a cuarenta y no bajaba. No le dolía el estómago, Hugo, lo juro. —Se tapa la cara con las manos incapaz de seguir.

Levanto la mirada y busco alguna explicación más de Carla. Mi hermano parece deshecho y no quiero forzarlo.

—Esta tarde ha vomitado dos veces y después ha empezado a gritar de dolor. No sabíamos qué hacer, y entonces se ha desmayado… —Carla toma aire, y en sus ojos vislumbro tal miedo que me acojono más. Mucho más—. Nos han dicho que ha sufrido una peritonitis.

—Si le pasa algo, no me lo voy a perdonar nunca, Hugo…

Atraigo a mi hermano hacia mí y lo abrazo con fuerza. Lo siento temblar y llorar sobre mi pecho y me obligo a no permitir que el miedo me paralice. No sé una mierda de medicina, pero en mi escaso conocimiento, sí que sé lo peligroso que puede llegar a ser una peritonitis.

No llegué a conocer a mi abuelo paterno. Murió poco antes de que yo naciera de un dolor miserere, como antes lo llamaban. Como parecía que le había sucedido a Martina, la enfermedad no dio la cara hasta que fue demasiado tarde y ya le había reventado el apéndice. No pudieron hacer nada por él.

Suplico en silencio para que hayan llegado a tiempo para Martina.

—Fran, no podías saberlo. Has hecho todo lo que has podido. Martina se pone enferma todos los años, con fiebre alta y siempre son las amígdalas. No podías saber que esta vez era diferente.

Mis palabras de consuelo no hacen nada por aliviar a mi hermano, que arrecia el llanto entre mis brazos. Lo sujeto con más fuerza y me olvido de todo lo que no sea protegerlo, como siempre he hecho. Incluso me olvido de la chica que tanto me importa y que parece necesitar el mismo consuelo que él.

Las puertas del quirófano se abren unos minutos más tarde, y nos levantamos como un resorte al ver a dos cirujanos salir.

—Su hermana está bien. —El sonoro suspiro de los tres llena por completo el pasillo—. Hemos podido contener toda la infección, pero permanecerá en observación varios días.

Fran se desploma y consigo evitar el golpe contra el suelo de milagro. No llega a perder la consciencia, pero el alivio ha sido tal que las piernas no han aguantado su peso.

—¿Podemos verla? —pregunto. Sé que hasta que no la vea con mis propios ojos esta sensación de angustia no va a desaparecer.

—Todavía está recuperándose de la anestesia, pero sí, puede pasar uno a verla.

—Yo no puedo verla, no puedo. Todavía no, Hugo. —Fran se aferra a mi camisa en una súplica que me rompe.

—Está bien. La verás cuando estés listo. —Asiente entre temblores y, cuando lo veo más estable, me vuelvo hacia Carla—. ¿Quieres pasar tú?

El alivio no ha borrado del todo el miedo en sus ojos marrones.

Los dedos y el corazón me tiemblan ante la necesidad que tira de mí hacia ella, insistente, que nunca llegará a saciarse del todo y que la necesita más allá de toda lógica.

Consigo retener ese anhelo de consolarla a malas penas y sigo abrazando a mi hermano.

—¿Seguro que no te importa? Sé que es tu hermana, pero me encantaría verla.

Martina es tan importante para ella como lo es para mí. Han establecido en dos años un vínculo tan estrecho que sé sin necesidad de confirmación que Carla la siente como si fuera su propia hermana.

—Seguro, ve.

Carla sigue al médico en silencio y yo la sigo con la mirada con deseos de acompañarla. Tengo tantas ganas de hacerlo que me levanto y dejo a Fran abatido en la silla. Las puertas del quirófano se cierran y me dejan allí anclado a una realidad que no quiero afrontar.

Vuelvo hacia donde está Fran, pero esta vez me quedo de pie y, aunque sé que está llorando todavía, ya no me siento a abrazarlo. La necesidad de protegerlo a él ha sido sustituida por la necesidad de proteger a Carla y la ponzoña que deja los celos por no poder hacerlo.

El silencio se alarga mientras Fran se serena y, cuando creo que lo ha conseguido, no es la calma que esperaba.

—Va a dejarme.

Son solo tres palabras, pero son tan inesperadas que tardo un mundo en comprenderlas.

—¿Qué?

—Carla, va a dejarme —repite y es como recibir una cuchillada en las costillas, justo en el corazón—. Sé que debería estar preocupado por Martina, pero… Está muy seria, casi no me habla y, durante estos dos días, ni siquiera me ha dejado tocarla.

Una nauseabunda oleada de culpabilidad me pisotea el pecho como una estampida de animales furiosos, y pierdo las fuerzas. Por suerte la pared hace de barrera y detiene mi caída.

El amor por mi hermano me pide que confiese, que revele que soy yo el causante de su dolor y que afronte las consecuencias. Pero la pizca de esa felicidad inmensa que sentí con Carla y el deseo de volver a sentirla me lo impiden.

—La quiero, Hugo. Sé que no la merezco, que no he sido el mejor para ella, pero no quiero perderla. No puedo.

La mirada que me dedica es agónica, dos ojos negros que buscan una explicación que mi alma, ansiosa por la absolución, quiere darle, pero no puede.

Una parte egoísta y mezquina de mí quiere gritarle que es cierto, que no la merece. En más de una ocasión he sido su confidente. He tenido que escuchar sus infidelidades con otras mujeres, y he tenido que tragarme la rabia ardiente que me pedía que lo abofeteara por hacerle algo así a Carla.

El amor se demuestra, se venera y se conserva. No se puede decir que quieres a una persona para luego traicionarla por la espalda.

Esa lealtad alberga todo tipo de amor. Yo que he querido a mi hermano por encima de todo, lo he traicionado de la manera más ruin.

Los remordimientos clavan sus afiladas uñas en mi garganta y me impiden hablar. Es lo mejor. No sé qué diría, si confesaría mis pecados o incrementaría mis mentiras.

Mi cuerpo resbala hasta el suelo y me quedo a la deriva. Dos enfermeras pasan a mi lado y me miran con preocupación antes de seguir su camino. El trasiego es constante, gente inquieta, con la esperanza al límite, a la espera de noticias sobre sus familiares.

Mi hermano también espera una pizca de esperanza, un salvavidas al que aferrarse para no perder a la mujer que ama. Lo más triste de todo es que lo espera de mí.

—No la perderás, Fran. Te lo prometo.

—¿Lo crees de verdad? —Sus ojos negros y húmedos me miran con la fe de un reo condenado a muerte, a la espera de la absolución.

Mi corazón se para como lo hace el tiempo y el mundo a mi alrededor. Ni siquiera sé cómo consigo hablar.

—Sí, lo creo.

Fran esboza una sonrisa bañada en lágrimas que me destroza.

Quiero confesarle la verdad para acto seguido decirle que no se preocupe, que jamás volveré a estar con Carla y que será suya por entero. Es el último regalo que puedo hacerle a mi hermano después de todo el daño que le he causado: renunciar a la mujer que amo para que él sea feliz.

Las puertas del quirófano vuelven a abrirse y al ver a Carla todo lo demás desaparece.

—Todavía está dormida, parece que está bien, pero… —Su voz se quiebra como un hielo fino.