20 #2
Me tomo mi tiempo para mirarla. Los últimos rayos del atardecer se cuelan por la ventana y juegan a dibujar luces y sombras sobre su cuerpo, resaltando cada curva.
La melena desordenada le cubre uno de los pechos y deja el otro rosado y delicioso bien a la vista.
Tiene dos lunares debajo del izquierdo en los que reparo por primera vez, y sé desde este momento que van a ser dos marcas más que se me incrustan en el corazón.
Se moja los labios, hinchados por la intensidad de mis besos anteriores, y contengo el deseo de volver a morderlos.
Esta vez me quito los vaqueros despacio y dejo que me mire desnudo.
Noto como el rubor baila por su cuerpo, pero no aparta la mirada.
Sus ojos bajan despacio por mi pecho, por mi tripa y luego más abajo.
Se muerde el labio al ver lo mucho que la deseo y estoy a punto de terminar antes de empezar siquiera.
A pesar de que cada centímetro de mi ser ansía tomarla ya, esta vez no pierdo el control. Me tomo mi tiempo en volver a besarla, primero en la boca, después en el cuello. Sonrío de forma engreída cuando Carla me dice que me necesita. Pienso dárselo todo, pero no como ella cree.
Alargo la mano hacia su boca y le meto dos dedos buscando un poco de lubricante natural antes de introducirlos entre sus piernas, pero no estoy preparado para la forma en la que los lame, y estoy a punto de estallar como un estúpido adolescente.
Por un segundo, me planteo que sea mi propia lengua la que se cuele entre sus piernas y la haga rogar de necesidad. Es algo que nunca me ha gustado hacerle a ninguna mujer, pero con Carla…
Dejo los dedos en su boca y sigo el camino de su piel hasta sus piernas, sin apartar mis ojos de ella.
Se le escapa un grito al sentirme entre los muslos y gruño en respuesta al saborearla.
Joder, jamás he probado nada más delicioso.
Podría correrme solo con su sabor, pero sería un despropósito perderse la forma en la que Carla se retuerce, en la que se sujeta a las sábanas como si estuviera a punto de precipitarse al vacío, desaprovechar este festín en el que deseo ahogarme.
Nunca he deseado tanto darle placer a otra persona, absorber hasta la última gota de Carla mientras cierra los ojos y grita mi nombre.
No dejo que los espasmos del orgasmo remitan del todo y entro en ella, esta vez con la delicadeza que merece.
Cierro los ojos y trago saliva en un ejercicio de autocontrol que salta por los aires cuando Carla levanta las caderas y me insta a que me mueva, en un gesto un poco torpe e inexperto, pero que a mí casi me resulta mágico.
Creo que es el movimiento más erótico que he experimentado en mi vida.
Vuelvo a besarla y dejo que se saboree en mis labios mientras me muevo adentro y afuera, saliendo de ella despacio y entrando con más fuerza.
En pocos segundos, estamos perdidos. La tensión va en aumento y sé que no seré capaz de aguantar mucho más tiempo.
No después de haberla saboreado. No cuando responde con semejante pasión a cada una de mis embestidas.
Sigo penetrándola una y otra vez hasta que noto que se tensa por completo y, cuando escucho otra vez mi nombre entre sus labios, me dejo ir.
La noche llega y seguimos en la misma posición: abrazados, comiéndonos a besos entre caricias exploratorias y gemidos.
Carla me pide que le vuelva a hacer el amor y yo soy incapaz de negarme.
Ser primeriza no parece detenerla. Parece tan hambrienta como yo y se niega a desaprovechar esas horas que le hemos robado al destino.
A la mañana siguiente, abro los ojos despacio.
Si alguna vez pensé que una noche con ella sería suficiente, ahora sé lo equivocado que estaba.
No quiero volver a dormir en una cama donde ella no esté.
Hoy mismo pienso recoger mis cosas de la base y me instalaré de forma permanente en esta casa.
Mi padre rara vez duerme aquí. Desde el divorcio, sus días los dedica por entero al trabajo y sus noches las pasa de cama en cama de cada una de sus amantes.
No quiero pensar que siempre ha sido igual de promiscuo, pero ahora es incapaz de serle fiel a una sola mujer.
El sol brilla con fuerza y busco el cuerpo de Carla de forma autómata. Su hueco está vacío y me incorporo como un resorte con el corazón a mil. Solo cuando la veo, con la luz del sol bañando cada curva mientras se viste, consigo calmarme.
—Es tarde. Tengo que irme.
Trago saliva. Nuestro tiempo juntos se acaba y yo no sé cómo detenerlo. No quiero separarme de ella y, a la vez, no sé cómo podemos estar juntos.
—Te acompaño. —Me levanto y me pongo los vaqueros con prisas.
—Son las doce de la mañana y llevo la misma ropa de ayer. Creo que no deberías.
Tiene razón, claro, pero saberlo no hace este momento menos amargo.
La sigo por el pasillo hasta la puerta, sin saber cómo romper este silencio que de pronto se ha instalado entre nosotros. Quiero estar con ella. Nunca he sentido algo tan intenso por nadie y, lo que es peor, nunca me he sentido tan mal por ello.
—No sé si podré soportar verte a partir de ahora con…
—El nudo que se me forma en la garganta me impide continuar.
Soy incapaz de pronunciar en voz alta mis propios pensamientos.
Porque el miedo ahora mismo supera a la culpa.
Si después de lo que acaba de pasar, Carla sigue prefiriendo a Fran, no sé cómo seguir viviendo.
—No voy a volver con tu hermano. —Me acaricia la mejilla en un gesto de extrema ternura. No es posible acariciar de esa forma a alguien para abandonarlo por otro.
Suelto todo el aire de golpe, aunque la presión no se deshace en absoluto.
—Sabes que nunca tendremos una relación normal, ¿verdad? —Quiero ser franco con ella. Se han acabado las mentiras y los secretos entre nosotros.
—Lo sé. Solo prométeme una cosa —me pide suplicante—. Prométeme que no te olvidarás de mí.
Sonrío con tristeza. ¿Cómo es posible que todavía dude de lo que siento por ella?
—No puedo prometerte cuándo y cómo estaremos juntos, pero te prometo que jamás me olvidaré de ti.
Le paso el pulgar por ese labio que tanto me atrae y ella cierra los ojos y se estremece por ese simple gesto.
La beso de nuevo, pero esta vez me dejo arrastrar por la forma en la que ella me besa. Nunca pensé que un beso pudiera ser tan íntimo, tan mágico. Que se podían decir tantas cosas con ese simple gesto: decir te quiero y decir adiós a la vez.
Cuando me aparto y la miro, la incertidumbre me aprieta el pecho con fuerza. Siento que estamos a las puertas de un laberinto y que una vez dentro, no sé si volveremos a reencontrarnos.
—Te quiero, Carla —le digo antes de que los remordimientos encadenen de nuevo mis sentimientos.
Porque ella es pecado, pero es mi puto pecado. Porque iré al infierno, pero deseo arder. Porque es un error, pero es el mejor error de mi vida.
Porque hay riesgos que merecen la pena correr y pienso recorrerlos con ella.