El cielo al fin puede esperar 20
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Hugo

M e apoyo en los brazos para mirarla y lo que veo me confirma lo que he sentido.

—¿Carla…?

No termino la pregunta. Mi garganta está demasiado seca, y el pulso se me desboca al ver que su confirmación llega en forma de una lágrima silenciosa.

Es virgen, o lo era hasta ahora.

¡Me cago en la puta!

La culpa me golpea con una violencia mayor que el deseo. No he tenido la paciencia suficiente para excitarla como debería. No he esperado a que estuviera preparada. No me he adaptado a su ritmo, a su necesidad. Y no he sido el hombre que debería al arrebatarle así su virginidad.

—No me mires así, por favor —me suplica.

Una lágrima le resbala por la mejilla y se cubre el rostro para que no pueda verla.

«¿Cómo coño la estoy mirando si ni siquiera puedo pensar?».

El corazón se me astilla golpeado por esta imagen que sé que jamás olvidaré: Carla al fin entre mis brazos y deshecha en lágrimas.

Soy un capullo. Un cretino que arderá en el infierno por una lista muy larga de cosas, a la que tengo que añadirle esta.

Le tomo la cara con una mano e intento tranquilizarla.

—Shhh, shhh... —le susurro al oído.

Carla hace una mueca de dolor y se retuerce debajo de mí. Cierro los ojos y aprieto la mandíbula. Puede que a ella le duela, pero para mí es el puto Nirvana. Sigo dentro de ella, con su calor envolviéndome y más duro de lo que he estado en mi vida.

—Para, por favor, no llores. Debería haber tenido más cuidado. —Sigue moviéndose sin ser consciente de que esos pequeños movimientos me están volviendo loco—. Para —le ordeno con voz suave.

Gracias al cielo, obedece y consigue contener el llanto con pequeños hipitos.

Tomo varias inspiraciones para recuperar el control y trato de separarme, de darle el espacio que necesita, y puede que marcharme. Carla me rodea con las piernas y me lo impide. Hay lágrimas en sus ojos, pero también hay fuego, el mismo que me recorre la piel y que me hará arder en el infierno.

—No te vayas. No me dejes. Te necesito, Hugo.

¿Que me necesita?

Soy yo el que la necesita tanto como necesito que mi sangre siga circulando, que mis órganos sigan funcionando, que mi corazón siga latiendo dentro de mi pecho que ahora late por ella.

—Perdóname, Carla. —Es la desesperación la que me lleva a rogarle un perdón que no merezco.

Vuelvo a besarla despacio, por todas partes: en los labios, en los párpados, en la nariz…

—Perdóname —repito y al fin consigo moverme y retomar un ritmo lento, casi imperceptible al principio. Lo último que quiero es volver a hacerle daño—. Respira, Carlita, respira.

Suelta todo el aire de golpe y su cara y cuerpo se relajan. Acelero los movimientos, atento a cada mueca de dolor. Cuando las inspiraciones pesadas se convierten en gemidos, incremento el ritmo.

Me adapto a la cadencia de su respiración, de sus movimientos que me piden más, de mi nombre en sus labios que me suplican que no pare, que vaya más rápido, que se lo dé todo.

Debe ser su inexperiencia, porque si no, se daría cuenta que todo lo que soy es suyo, que puede hacer conmigo lo que desee porque es la dueña de mi corazón.

Porque estoy loco por ella de una forma en la que jamás imaginé.

Estoy tan atento a cada reacción que no me pierdo detalle en cómo se tensa, en la forma en la que clava sus uñas en mi piel y se deshace entre mis brazos.

Me esfuerzo por no perder la cabeza con sus gemidos, con la forma en la que busca mi boca y me besa de forma desesperada, en obedecer a sus silenciosos deseos y no ceder a mi propio placer.

Pero cuando se arquea y grita mi nombre, caigo.

Es el detonante para que mi precario autocontrol estalle por los aires.

Vuelvo a estrellar mis caderas contra ella sin retener el deseo que he atado en corto para no dañarla. No necesito demasiado para estallar, y me muerdo los labios para no ser yo el que grite su nombre.

Todavía estoy recuperando el aliento cuando Carla toma mi cara entre sus manos, jadeante y sonriendo, y me da un beso demasiado dulce para lo que creo merecer.

No, no merezco que me bese así, que me haya entregado su virginidad y ahora me mire con esa tibieza que me atraviesa.

Me falta el aire al tomar conciencia de lo que he hecho y me tengo que retirar para poder respirar. Me siento en la cama con el corazón a punto de explotar. Los latidos no descienden, al contrario, se aceleran hasta el punto de que no sé cuánto tiempo aguantará mi corazón latiendo a este ritmo.

El sudor frío vuelve a recorrerme la espalda y sé que estoy al borde del acantilado otra vez.

Me levanto y camino casi sin ver. Me apoyo cómo puedo en la pared y cuando llego al salón, abro la ventana y salgo a la terraza en busca de un aire que no consigo que llegue a mis pulmones.

El mundo se tambalea. La altura es considerable y la caída sería vertiginosa, por lo que me separo de la repisa y me siento en una de las sillas viejas de la terraza para calmarme.

No la oigo acercarse. Estoy demasiado concentrado en no vomitar y no ceder a otro de mis ataques de pánico.

—¿Estás bien?

Se ha puesto mi camiseta y se abraza el cuerpo como si necesitara consuelo.

Debería ser yo quien la abrazara, quien le preguntara si está bien, quien se quedara a su lado demostrándole lo mucho que ha significado para mí que me haya entregado el mayor regalo que una mujer puede hacerle a un hombre.

Debería decírselo, sin embargo, lo que sale de mis labios es algo totalmente distinto.

—¿Por qué yo?

Me sonríe como si fuera un niño al que tienen que explicarle lo más obvio.

—Porque nunca he deseado acostarme con nadie, hasta que llegaste tú.

Sus palabras solo empeoran mi miedo. Es la respuesta correcta, la que me demuestra que significo para ella tanto como ella significa para mí, pero la culpa, la maldita culpa, campa a sus anchas en mi cabeza y no deja de gritarme que no tengo derecho a tocarla.

Aparto la mirada para que no me vea desmoronarme.

—Dime algo. Es la primera vez para mí y… No sé qué he hecho mal para que te vayas así.

¿Eso es lo qué piensa? ¿Que me he alejado de ella porque ha hecho algo mal? Debo levantarme, estrecharla entre mis brazos y decirle que es del todo imposible que ella haga algo mal. Sin embargo, me quedo inmóvil, aterrado al escuchar el temblor en su voz, y mi pánico se incrementa.

—Estoy sangrando.

Esas palabras tan inesperadas son las que por fin me hacen reaccionar.

—¿Qué?

Carla se pasa la mano entre las piernas y al verla roja me mira casi temblando. Es el temor que veo asomar en su mirada el que detiene el mío en el acto.

—No estás sangrando —le digo con dulzura como si fuese un animalillo asustado—. Son mis pequeñines. —Por la forma aterrada en la que sigue mirándome sé que no me ha entendido—. Es semen mezclado con tu sangre. No hay nada de qué preocuparse.

La cojo de la mano y la llevo hasta el baño.

—Siéntate, por favor.

Me obedece sin rechistar. Cojo una esponja y la humedezco antes de arrodillarme frente a ella.

—Espera un momento. ¿Qué vas a hacer?

Carla pone las manos en barrera frenando mis intenciones.

—Voy a limpiarte.

—Ah, no, de eso nada, ya me limpio yo solita.

—Déjame, por favor. Es lo mínimo que puedo hacer.

Como siempre, el rubor le sube por el cuello y crea charcos rojos en su cara. No dice nada, solo aparta la mirada y me deja que la limpie.

Le abro las piernas con toda la delicadeza que soy capaz y le paso la esponja por el interior del muslo.

Por el rabillo del ojo veo cómo se muerde el labio a la vez que le limpio esos rizos negros.

Mi corazón se vuelve loco de nuevo y esta vez no tiene nada que ver con el pánico.

El deseo se despierta tan rápido que me aparto un segundo a mojar la esponja.

Cuando vuelvo a arrodillarme, la imagen de Carla abierta de piernas para mí, con el pelo revuelto y los labios hinchados por mis besos, es tan seductora que estoy tentado a colar mi boca entre sus piernas o volver a tomarla aquí mismo, en mitad del baño.

Es ese pensamiento el que me hace darme cuenta de pronto de algo que he obviado hasta ahora, y me lleva a maldecir por ser un completo idiota.

—No he usado condón.

Soy yo el experimentado en el sexo, el que ha tomado la decisión de acostarme con ella, y soy yo el imbécil al que se le ha olvidado ponerse el condón. Si la he dejado embarazada será mejor que cave una tumba ya. Estoy seguro de que voy a necesitarla.

—Tomo la píldora. —La sorpresa es tal que estoy seguro de que la miro como si le hubiese salido otra cabeza—. Las tomo para aliviar los dolores de regla —me explica con una sonrisa—. Y bueno…, creo que también sirve para esto.

El alivio es tan inmenso que me recorre un escalofrío.

—¿Te ha dolido?

Vuelvo a pasar la esponja por una zona que ya está más que limpia de semen y sangre.

—Un poco. —Me encojo al escucharla. Pensar que le he hecho daño me retuerce las entrañas—. Tengo entendido que solo duele la primera vez —me dice en tono inocente. Yo sigo concentrado en mi labor con la mirada clavada entre sus piernas—. Que a partir de la segunda ya no duele.

La inocencia en su voz desaparece. No necesito mirarla para saber que vuelve a desearme. Lo veo entre sus piernas y se me seca la garganta.

Levanto la mirada dividido entre el deseo que se despierta con la rapidez de un rayo y la prudencia. Gana el deseo por goleada.

—No quiero volver a hacerte daño —alego, aunque es evidente que yo también deseo volver a tomarla por segunda vez. Gracias a que tengo la cremallera abierta, sino los vaqueros me estallarían.

—Esta vez, iremos despacio.

Me toma la mano y la sigo por el pasillo de vuelta a la habitación. Lo de ir despacio es más fácil de decir que de hacer, sobre todo, cuando se quita la camiseta. Su cuerpo se contonea entre las sábanas hasta estar tumbada por completo a la espera.