El cielo al fin puede esperar 19
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Hugo

«¿Q ué demonios has hecho?».

Es el mantra que no dejo de repetirme desde hace una semana, desde que me encontré a Carla borracha en la cocina, con un camisón blanco que no dejaba demasiado a la imaginación, y perdí por completo la cabeza.

Desde que la llevé a la playa con el pretexto de que el fresco de la noche se llevaría los efectos del alcohol, y me adueñé de su cuerpo.

Desde que estuve a segundos de cometer el mayor error de mi vida y acostarme con la novia de mi hermano.

Los remordimientos me han visitado cada noche, cuando la imagen de Carla sobre la arena retorciéndose de placer bajo mis besos vuelve a desvelarme y, en lugar de apartarla, de expulsar esa imagen de mi mente, termino buscando alivio en soledad como un adolescente hormonado.

Mi visita a Gloria tampoco va cómo esperaba. La conocí hace cuatro años, justo después del divorcio de mis padres, en una noche desenfrenada de sexo contra una pared. Desde entonces, repetimos cada pocos meses, cuando los dos buscamos algo rápido y efímero, alejado de sentimientos románticos.

Hacía tiempo que no la llamaba y no esperaba que me recibiera en su casa tan solo una hora más tarde. Pero ambos somos iguales. Sabemos que detrás de una llamada o un mensaje para quedar está la necesidad del sexo urgente. Al menos era así antes.

Cuando me abre la puerta con un picardías negro que me enseña sin ninguna restricción un cuerpo hecho para el pecado, soy consciente de mi error. Tira de mi mano y me obliga a entrar sin percatarse de la resistencia que pongo para hacerlo.

—Te he echado tanto de menos. Tenemos que recuperar el tiempo perdido.

No vacila en llevarme a su habitación y recorro el pasillo con el sabor de la bilis subiendo por mi garganta. Soy consciente de que este va a ser un error mayor que el que cometí el sábado pasado con Carla, pero no digo nada y la sigo con docilidad.

Su primer beso en el cuello me pone en tensión, y el siguiente que baja por mi clavícula hasta desabrochar el primer botón de la camisa del uniforme. Trato de relajarme, de disfrutar de este momento y conseguir lo que he venido a buscar: olvidarme de Carla con otra mujer.

Estoy muy lejos de conseguirlo.

Cuando Gloria intenta besarme en la boca desvío la cara. No quiero besar a otra mujer, no desde que probé los labios de Carla hace cuatro meses. Sería como echar a perder un sabor delicioso con leche amarga.

Gloria se percata enseguida de mi inmovilismo, de mi rechazo a sus caricias. Pone una mano sobre mi lamentable erección en un último intento de conseguir lo que he venido a buscar. La aparto sin ninguna delicadeza y doy un paso atrás.

—¿Qué te pasa? —No disimula su enfado. Sus ojos son tan negros como los míos y ahora arden de rabia.

—Lo siento. Me he equivocado —digo sin más—. No debería haber venido, ha sido un error.

La expresión fría de Gloria se torna en llamas y sé que nuestra intermitente relación ha terminado. No puedo reprocharle nada. He sido yo quien la ha llamado y el que acaba de humillarla al darme la vuelta y marcharme sin añadir nada más.

Cuando llego a casa estoy agotado. Física y mentalmente. Llevo varias noches en vela, dando una vuelta tras otra en la cama y una vuelta tras otra al pecado que cometí. Quiero a mi hermano, lo quiero más que mis otras hermanas, más que a mis padres o amigos y, sin embargo, lo traicioné sin vacilar.

Estoy enamorado de su novia y soy incapaz de mantenerme alejado.

Voy tan distraído que me percato tarde de que la llave no está echada.

No creo que mi padre esté en casa, lleva semanas sin aparecer por aquí.

Tina tampoco puede ser. He hablado con ella hace dos horas y seguía tan ricamente tumbada en la arena.

Solo queda una opción y espero equivocarme. No quiero cruzarme con Fran.

El domingo me levanté temprano y desaparecí antes de ver a nadie.

No quería tener que mentir a mi familia cuando me preguntasen por el cumpleaños.

Tampoco podía soportar ver a Carla en el desayuno sentada de nuevo a la vera de mi hermano.

No soportaría fingir normalidad cuando lo que me golpea las costillas es la hostia de anormal.

Pregunto un par de veces y solo recibo silencio.

Me desabrocho el uniforme y voy directo a mi cuarto, o el cuarto de mi padre.

Solo lo uso cuando él no está porque su colchón es más cómodo que cualquiera que haya probado.

Pienso dormir hasta el mes siguiente, hasta que la cama me engulla y me escupa en el infierno.

Allí es donde estoy destinado a ir después de lo que he hecho.

No consigo pasar más allá de la puerta porque el cuerpo semidesnudo sobre la cama es el impacto de un proyectil que me detiene en el umbral.

Carla duerme bocabajo, enredada entre las sábanas.

Su espalda desnuda sube y baja, tostada por el sol de los últimos días.

Sus brazos abrazan la almohada como al cuerpo de un amante y su melena salvaje se desparrama por la cama.

Es una invitación al pecado y yo, que ya soy un pecador consumado y sin absolución, solo pienso en todas las formas de profanar ese cuerpo desnudo.

¡Joder! Estoy condenado a no poder sacarla de mi vida.

Una imagen de ella y mi hermano en esta misma cama pasa fugaz por mi mente. No dejo que se instale, que destruya este momento que temo y anhelo a partes iguales.

Mi cuerpo tiene vida propia. En lugar de dar media vuelta y marcharme hasta los confines del mundo, me acerco hasta la cama y me siento.

Mi peso desdibuja la placidez de su rostro y se revuelve un poco, apretando la almohada que tiene entre los brazos.

Me mira adormilada, y una sonrisa se dibuja en ese rostro somnoliento una fracción de segundo antes de abrir los ojos como platos.

Retrocede por instinto y se tapa con la sábana hasta el cuello, y lamento haberla despertado.

Verla dormir me parece lo más hermoso que he visto en mi vida.

—¡¿Qué haces tú aquí?!

Ahogo una risa al ver su azoramiento. El rosa ocupa cada porción que puedo ver de su piel y sus ojos color avellana me observan como a una aparición endemoniada.

Sí que soy el demonio, porque he olvidado ya todos los remordimientos que me comían por dentro y estoy más que dispuesto a volver a pecar.

—Creo que eso me correspondería a mí preguntarlo. ¿Qué haces tú aquí?

Mira hacia la puerta con la respiración agitada y vuelve su atención a mí.

—Andrés le ha pedido ayuda a tu hermano porque su coche lo ha dejado tirado.

—¿Y estás medio desnuda en mi cama por…? —insisto sin darle tregua, ya enganchado de lleno a ese hilo que tira de mí y quiere retarla.

—No quería volver a casa.

Se muerde los labios, con los ojos de pronto un poco más tristes.

Yo mejor que nadie sé lo duro que puede resultar volver a casa cuando es el último lugar al que deseas ir, pero al que no tienes más remedio que regresar.

Esa pizca de tristeza, que ni siquiera ahora es capaz de esconder, me lleva a jugar un poco más con ella.

—Sabes que esta es mi habitación, ¿no?

—Sí —responde en un susurro casi inaudible, y sus ojos me devuelven el brillo provocador que estoy buscando.

—Y sabes que esta es mi cama, ¿verdad?

Esta vez no logra contestar y solo asiente.

—Entonces, por lógica, todo lo que hay en esta habitación me pertenece y puedo hacer lo me plazca con ello.

Su garganta sube y baja, y sus labios se curvan en una sonrisa que quiere responder a mi provocación, pero que no se atreve del todo.

No sé si es su olor lo que me atrae y me lleva a apoyarme en el colchón.

Si son esos labios generosos, que no me atreví a probar en la playa por miedo a no quedar saciado del todo, los que hacen que apoye ambas manos sobre la cama y la aprisione entre mis brazos.

O la forma en la que contiene el aliento que se lleva el mío y me obliga a inclinarme sobre ella en busca del aire que me falta.

No sé lo que tiene Carla, pero cuando esa sonrisa, que primero asoma con pereza después se vuelve una promesa de tentación, estoy perdido.

Duele seguir acariciándola solo con la mirada y no tocarla.

Quiero más, joder. Lo quiero todo con ella. Estoy al borde del precipicio, más que dispuesto a suicidarme, cuando esa voz insidiosa y chillona que últimamente me visita a menudo, comienza a gritar otra vez dentro de mi cabeza.

«Aléjate ahora. Márchate de una vez o no habrá vuelta atrás».

Quiero ser yo el que le grite de vuelta y decirle qué es exactamente lo que quiero: que sea mía.

Es la forma en la que me mira, con los ojos muy abiertos y con el mismo miedo y deseo que siento yo, la que inclina la balanza y me hace retroceder y alejarme del borde.

Esto no está bien. Los dos lo sabemos.

—Será mejor que me vaya —pronunciar esas palabras es un cuchillo cortando a través de la garganta.

Cierro los ojos con fuerza. No quiero ver la decepción en su mirada, su inocencia pisoteada por mi rechazo, pero eso es peor.

La oscuridad solo incrementa el olor dulce de su piel, el lamento ahogado que se le escapa cuando me pongo de pie y me doy la vuelta.

No doy ni un paso. Sus dedos se cierran sobre mi brazo, pero es su voz realmente la que me detiene.

—No te vayas.

Trago saliva ante esas tres palabras dichas como un ruego. Si alguien tiene que rogar por estar con ella soy yo.

—Carla…

Mi voz muere dentro de mí al mirarla de nuevo, al igual que lo hacen todos los motivos por los que sé que esto no debería pasar.

El mundo a mi alrededor se detiene, pero mis ojos no lo hacen.

Solo pueden mirar su pecho desnudo. La sábana ha resbalado y creo que Carla es consciente de su desnudez a la vez que yo.

Su mirada desciende hasta su cuerpo tan sorprendida como la mía, y tengo la certeza de que va a cubrirse.

Ruego, de hecho, por que lo haga, porque me libre de la tentación a la que no soy capaz de resistirme.

No lo hace. Sus ojos vuelven a los míos y el miedo al paso sin retorno que estamos a punto de dar sigue ahí, mezclado con el de mi posible rechazo.

Algo cálido, que derrite las últimas cadenas de mi control, crece libre por mi pecho. Algo que no he sentido hasta ahora. Sé lo que es: amor. Pero esas cuatro letras me dan tanto miedo que dejo esa sensación encerrada en la frontera de mis costillas.

Vuelvo a inclinarme sobre ella y cojo sus mejillas entre mis manos para darle el beso que llevo demasiadas noches deseando. Sin embargo, es Carla la que toma la iniciativa. Sus dientes atrapan mi labio inferior antes de deslizar la lengua dentro de mi boca.

Si el primer beso me llevó al cielo, este me arrastra directo al infierno en el que estoy dispuesto a arder. Cualquier cielo, al fin y al cabo, puede esperar si la alternativa es que Carla me bese de esta manera.

Se me escapa un gemido dentro de su boca porque ese simple gesto me excita más que todos los besos que he dado en mi vida.

Me siento en el borde de la cama, la sujeto por la nunca y le devuelvo el beso sin esa culpa retorcida que después traerá los remordimientos.

No disimulo mi necesidad de saborearla, ni el hambre que siento por besar otra vez cada rincón de su cuerpo.

Quiero memorizar cada centímetro de su boca, de su cuello, de sus clavículas, de sus pechos…

Quiero grabarlos a fuego en mi piel por si este instante no vuelve a repetirse nunca.

Carla también parece dispuesta a exprimir este momento. Sus dedos dibujan un camino de fuego por mi abdomen y me quita la camiseta. El calor de su pecho contra el mío trae de vuelta la conciencia. Dura un segundo, pero me siento obligado a decir:

—Si seguimos no podré parar.

Carla me agarra por los hombros y tira de mí.

—Me parece perfecto.

Mi peso cae sobre su cuerpo. Está claro que ninguno va a poner cordura, que frenar lo que está pasando es inevitable. Mi cabeza lo sabe, mi corazón también, pero mi conciencia duda.

«Solo unos besos más».

La pongo boca abajo como precaución o la situación se me va a escapar muy rápido de las manos, aunque la curva de su culo es casi un peligro mayor para mi precaria contención.

Le acaricio la espalda y la provoco con besos en cada una de sus vertebras, que la llevan a contonearse buscando mi boca.

Se la doy, y la beso mientras mi mano desaparece por debajo de su cuerpo y le atrapa un pezón.

Me digo que no debo tumbarme a su lado, que es demasiado tentador sentir su cuerpo pegado al mío y, al segundo siguiente lo estoy, mis brazos alrededor de su pecho y su culo acoplado en mi pelvis.

Su contoneo es demasiado provocador, demasiado exigente para que lo ignore y me tomo la licencia de darle lo me pide.

Mis dedos juegan a torturarla con caricias lentas, primero sobre el elástico de sus bragas, después sobre su piel.

Cuando toco la humedad entre sus piernas, Carla se arquea y un sensual gemido escapa de sus labios.

Es cuanto necesito para olvidarme de todo, para que el mundo desaparezca y, con él, también las consecuencias de mis actos.

Su culo se restriega sin pudor contra mi erección mientras mis dedos se hunden una y otra vez dentro de ella.

Con la otra mano la cojo por la barbilla y la obligo a mirarme porque sé que está a punto y necesito ver su expresión mientras se corre.

Y, cuando grita mi nombre con los ojos cerrados y los labios entreabiertos, sé que será un recuerdo que atesoraré para siempre.

Si pensaba que con hacer que se corriera iba a calmarme, ahora soy consciente de mi error, porque Carla se da la vuelta buscando más y yo no he tenido de ella ni para empezar.

Se abre de piernas para mí, sus dedos se enredan en mi pelo y mi lengua se enreda con la suya. La beso más rápido, con más brusquedad y menos paciencia. Yo también estoy al límite y mi necesidad por ella nubla de nuevo mi juicio.

Nos frotamos en movimientos bruscos, descoordinados, enfurecidos por el hambre acumulado durante dos largos años. Trato de serenarme, de detener esta locura que nos acerca de forma peligrosa al abismo, pero dejo de intentarlo cuando Carla me muerde de nuevo el labio. Con fuerza. Con dolor.

Las cosas se precipitan a partir de ahí. Me abro el pantalón con prisas y poca maña. Tampoco me tomo el tiempo necesario de quitarle las bragas a Carla. Estoy demasiado sediento y solo las aparto de un tirón.

Me tomo un segundo para observarla. Los labios hinchados, las mejillas arreboladas, el pelo despeinado y esa mirada sensual que me vuelve loco.

—Hugo…

Mi nombre suena ronco en sus labios, tan obsceno que es mi perdición.

La penetro de una sola embestida. Con fuerza… y con dolor.

El grito de Carla no es el gemido que esperaba.