18 #2
—No, Fran. La Torre te encanta a ti. Pasarme las horas muertas en la playa, fingiendo que me divierto mientras os pasáis las cervezas y los porros de mano en mano, no lo soporto. Eso te gusta a ti, no a mí.
Las palabras me salen como disparos que liberan una frustración que llevo conteniendo demasiados meses.
Fran parece tan sorprendido como yo por esa rebeldía espontánea.
Nunca hasta ahora me he plantado en mi sitio realmente, ni he puesto mis gustos o intereses por delante de los suyos.
Porque Fran era mi lugar seguro, el refugio al que huir cuando estar en casa resulta demasiado asfixiante.
El problema es que ahora lo hace estar a su lado. Y ya no puedo ocultarlo más.
—Está bien —espeta furioso—. No sé qué te pasa y no tengo tiempo para discutirlo ahora. —Ni ahora ni nunca, estoy segura—. Vamos. Te dejo en tu casa.
Mierda, esa tampoco es una opción.
—Tampoco quiero ir a casa.
Encerrarme de nuevo, respirar ese aire viciado e impregnado de soledad, e inventar alguna historia con la que tratar de conectar con mi madre, es demasiado para mí en este momento.
El enfado de Fran se enfría. Sabe lo doloroso que es vivir atrapada entre las paredes de mi propia casa. Se acerca hasta mí y me acaricia la mejilla con ternura. Había olvidado ese tipo de caricias por su parte, cuando yo era lo primero para él, y él lo era todo para mí.
—¿Te quieres quedar aquí?
Asiento en silencio. Hay tantas cosas que decir que nos quedamos sin palabras. Me da un beso en la frente y se marcha sin añadir nada más.
Me detengo en el pasillo y lo veo marchar con la mente y el cuerpo tan pesados que siento que arrastro una enorme roca desde hace meses.
¿Qué sentido tiene una relación en la que las dos partes cada vez están más distantes y donde sentimientos iniciales se han ido transformando?
Nuestra relación no tiene futuro y, aun así, me resisto a terminarla. Fran es parte de mi familia, de esa que nunca tuve y que encontré cuando él llego a mi vida. Lo quiero, pero no de una forma romántica. Eso lo tengo tan claro como ahora tengo mis sentimientos hacia Hugo.
Me vuelvo hacia el pasillo de esta casa solitaria y la habitación del fondo me llama como el canto de una sirena que solo busca mi perdición. Fran desaparece de mi mente con rapidez cuando la imagen de Hugo en esta casa lo ocupa todo.
He estado otras veces, pero nunca he llegado hasta el fondo. Me parecía invadir ese lugar que me había prohibido y traspasar la frontera que yo misma me había autoimpuesto. Pero noto la urgencia de sentir algo que me lleve de nuevo hasta él.
Es su lugar en esta casa, el escondite donde Hugo se oculta cuando no puede volver a su auténtico hogar.
La habitación es un caos para la decoración y un crimen estético que daña la vista.
Una cama de madera pulida, que podría haber pertenecido a algún rey vikingo, preside la habitación.
Un sillón de piel curtida en el que seguro se han sentado varias generaciones de Echegarais ; y un tocador.
Sí, un tocador de madera con bonitas cenefas talladas y coronado con un espejo dorado.
Muebles que pertenecieron a la abuela de Hugo y que su padre no se atrevió a tirar.
Una habitación tan alejada del gusto de un hombre que resultaría cómica si no fuera tan triste.
Hugo vive entre la base y esta casa, pero no hay en ella nada que le pertenezca, que la haga suya. Ni una foto, un póster, alguno de sus trofeos o una simple colonia.
Nada.
Me embarga la tristeza al pensar que Hugo siente que no tiene un hogar al que volver, ningún rincón seguro en el que refugiarse cuando está perdido.
El mío es pequeño, triste y solitario, y la mayor parte de los días necesito huir de él, pero es mío, y sé que cuando lo necesite no iré a ningún otro lugar.
De Hugo solo hay una camiseta abandonada sobre el sillón de cuero gastado.
Si fuera lista, daría la vuelta y me iría.
Lo que pasó en la playa fue demasiado intenso para recrearme en ello.
Debo de ser la persona más insensata del mundo porque cojo la camiseta y hundo la nariz en el tejido.
Huele a limpio y a hombre. La esencia del suavizante no neutraliza el olor que desprende la piel de Hugo y del que está impregnada la camiseta.
Una mezcla que me llena por completo y me eriza la piel.
Las imágenes vuelven como flashes . Su rostro de madrugada iluminado con la claridad de la luna; su cuerpo sobre el mío, sus manos en todas partes y sus labios sobre mi piel. Se me aceleran las pulsaciones y respiro hondo para calmarme. Es imposible, su olor ya está en mi torrente sanguíneo.
El hecho de que lo nuestro se haya gestado en segundo plano es lo realmente problemático. Si hubiese tenido claros mis sentimientos desde el principio quizá ahora no tendría que hacer daño a nadie.
Dejar a Fran es el siguiente paso. En el fondo lo sé desde hace tiempo, pero no he tenido el valor para hacerlo.
Perderlo es demasiado doloroso porque no sé si podremos seguir siendo amigos después y, más que nada, de Fran valoro su amistad.
Perder a sus amigos, a su familia que ahora también es la mía, es algo para lo que no estoy preparada y ha retrasado una decisión que debí tomar hace tiempo.
Pero si no lo he hecho hasta ahora es por él.
Hugo es la razón de que siga con esta farsa. No verlo cada fin de semana, renunciar a la forma en la que me desnuda con la mirada cuando nadie más lo ve, a nuestros flirteos a escondidas, a que el estómago me dé un vuelco cuando lo siento cerca… No, no estoy dispuesta a renunciar a todo eso.
Mis pensamientos vuelven a Fran.
«Hace meses que no me acu...».
La frase flota incompleta por mi cabeza, pero nítida en sus implicaciones. No ha sido solo la insinuación sino también el pánico en su rostro al darse cuenta del desliz.
Fran me ha sido infiel. Eso no es lo peor, ni de lejos. Lo peor es que no siento nada, ni una punzada de celos, ni un aguijonazo de traición.
Nada.
Fran podría haberse acostado con mil mujeres que me seguiría dando igual.
Y esa ausencia de respuesta es quizá lo más perturbador de todo.
El diagnóstico terminal de una relación que lleva a la deriva mucho tiempo.
Lo veo tan claro como veo las sábanas revueltas de la cama, deshechas quizá por Hugo en los brazos de otra mujer.
Solo con pensarlo mi estabilidad se tambalea y el monstruo de los celos amenaza con comerme viva.
Dejo la camiseta de Hugo en su sitio, me quito el vestido y me tumbo sobre esas sábanas que ha compartido con otra.
Es un pensamiento pernicioso, retorcido y enfermizo, pero desearía haber sido esa mujer.
Así que cierro los ojos, abrazo la almohada y finjo que lo soy, que soy la única para él, aunque la verdad esté tan lejos que jamás podré alcanzarla.