El cielo al fin puede esperar 18
57%

18

Carla

E l calor del asfalto me abrasa la piel conforme avanzamos por las calles desnudas de la ciudad.

Calles huérfanas sin la gente que las recorre a diario.

Es el último fin de semana del verano y el calor no da tregua.

El sol quema todo aquello que toca y debe de haberme frito el cerebro porque no he sido capaz de inventar ninguna excusa antes de venir hasta aquí.

Regresé a Murcia con el pretexto de cuidar a mi madre y así mantenerme lejos de Fran, de Hugo y del cacao mental que ahora mismo tengo en la cabeza.

Sin embargo, aquí estoy, con Fran a mi lado, en la casa que su padre compró cuando se divorció y que permanece cerrada el noventa por ciento del tiempo.

Fran abre la puerta y al entrar no ando ni dos pasos.

Odio venir a esta casa. El olor a cerrado unido al polvo que rara vez se limpia me hace estornudar.

Me cuesta seis estornudos seguidos y un picor de nariz considerable acostumbrarme a este ambiente cargado.

A Fran no parece importarle mi incomodidad.

En lugar de ventilar la casa como ha hecho en otras ocasiones, tira la mochila que lleva al hombro y se lanza a por mi boca como si fuera nuestro primer beso.

Por eso he tratado de evitar venir a esta casa. Presentía sus intenciones incluso por teléfono, cuando me ha dicho que venía a buscarme y mis continuas excusas no han logrado disuadirlo.

Su beso trata de ser pasional. Su agarre sobre mi cintura me pega a su cuerpo y, aunque intento evitar que se restriegue contra mí, es difícil no hacerlo.

Siento que me ahogo cuando el contacto de su lengua me resulta ajeno y asfixiante.

Rompo el beso buscando oxígeno y le ofrezco mi cuello.

Es una invitación efímera. Tras un par de besos sobre mi clavícula, Fran vuelve a la carga sobre mi boca.

Tras varios intentos, en los que trata de meterme la lengua hasta la garganta mientras yo trato desesperada de cerrar la boca, estalla.

—¿Se puede saber qué demonios te pasa?

Retrocedo un paso. El remordimiento por lo que sucedió el sábado es demasiado intenso y tras ese beso siento hasta angustia.

—Tus hermanos podrían aparecer en cualquier momento. —Es la peor excusa del mundo, lo sé, pero es la única que se me ocurre para mantenerlo separado de mí.

—Tina está en la playa, y Hugo ha quedado con una tía. Estamos solos.

Sus palabras actúan como un mazazo en el estómago.

Le doy la espalda y voy hasta la ventana.

Necesito luz natural, aire fresco que mitigue la quemazón de los celos que siento ahora mismo en el pecho.

Subo la persiana y salgo al balcón para calmarme.

Fran se acerca y me abraza por la espalda totalmente ajeno a las miles de dudas que me bailan en el pecho y al rechazo que me produce su contacto.

—¿Qué pasa, Carla? Parece como si no quisieras que te tocara.

«Es que no quiero que lo hagas» quiero gritar, pero permanezco callada.

—Nada —respondo como una cobarde y me deshago de su agarre—. Solo que no me apetece, nada más.

Fran me analiza serio. Esos ojos negros, tan parecidos y a la vez tan distintos a los de Hugo, buscan una explicación a mi rechazo.

—Carla, es que… nunca te apetece. —Se acerca y extiende los brazos para abrazarme de nuevo, y yo… doy un paso atrás que le arranca una mueca dolida.

—Ya lo sé, Fran, y lo siento. No sé qué me pasa, eso es todo. Además, es que a ti siempre te apetece.

No sé muy bien qué me lleva a atacarlo cuando está claro que tengo mucho por lo que callar, pero estoy harta de ser su segundo plato para todo y que solo me busque cuando quiere guerra.

—Claro que me apetece, eres mi novia, joder. Si no deseara acostarme contigo sería preocupante, ¿no te parece?

Ante eso no cabe discusión posible.

—Sí, bueno. Es solo que es demasiado pronto, eso es todo. —Vuelve a ser la peor excusa del mundo y Fran no tarda en desmontarla.

—¿Demasiado pronto, dices? Llevamos dos años saliendo. No puedes seguir posponiendo.

Un pensamiento desafiante cruza mi mente: claro que puedo posponerlo. Eternamente si así lo deseo. Excusa tras excusa hasta que se canse de mí.

¿Es eso lo que busco en realidad? ¿Que sea él quien acabe esta relación?

—El sexo no es nada malo, Carla, lo sabes ¿verdad? —La voz de Fran se suaviza y me envuelve de nuevo entre sus brazos. Esta vez no busco una excusa para que no lo haga.

—Claro que lo sé. Simplemente no quiero.

No quiero hacerlo contigo, es lo que debería añadir y, sin embargo, me callo como una cobarde.

Porque la verdad es que nunca he deseado acostarme con nadie.

La necesidad sexual no se había despertado en mí mientras he estado en los brazos de Fran.

En cambio, en los brazos de Hugo, no tenía ni que pensarlo.

Me habría acostado con él, en la playa, sin dudarlo si hubiese querido. Con él no hay límite que no cruzaría.

—No insistas, por favor. No entiendo qué te pasa. Nunca hasta ahora habías presionado tanto. ¿Qué ha cambiado?

—Nada, no ha cambiado nada. —Las palabras salen como proyectiles de su boca cargadas de una frustración contenida—.

Solo que esto no puede seguir así. Hace meses que no me acu…

—se interrumpe de golpe y el calor abandona su rostro como un niño pillado en mitad de una mentira.

Sus brazos caen laxos a ambos lados de su cuerpo y casi parece ansioso por echar a correr.

—¿Hace meses que no qué? Vamos sigue —lo apremio. Ahora soy yo la que bulle de frustración y no trato de contenerla—. Ibas a decir que hace meses que no te acuestas con nadie, ¿es eso? Que yo sepa eras tan virgen como yo cuando empezamos a salir.

Parpadea varias veces antes de soltar otra excusa. Espero ser mejor mentirosa que él, porque ahora mismo es penoso ver cómo trata de elaborar una mentira.

—Claro que no iba a decir eso, Carla —dice en tono conciliador—. No he querido decir nada.

Trata de volver a abrazarme, pero ni en broma. Ahora no hay culpa cuando pongo una mano en su pecho y lo alejo de mí.

El silencio se vuelve espeso mientras nos retamos con la mirada y la distancia entre los dos se hace tan grande que ya la siento insalvable.

¿Desde cuándo existe esa distancia entre nosotros?

No sé si fue tras el primer beso de Hugo hace unos meses o, si en realidad, siempre fue así y yo no me he dado cuenta porque estaba cegada por otras cosas que nada tenían que ver con Fran.

Había pasado de respirar convencida de que no podía vivir sin él, a sentirme incómoda en mi propia piel cuando estoy a su lado. Conforme pasan los días mi dependencia hacia Fran es menor. Me siento más libre sin necesitarlo.

En qué punto se había roto esa complicidad entre los dos.

Las tardes eternas de conversación tumbados en la alfombra de mi cuarto.

Las risas entre bromas cuando trató en vano de enseñarme a llevar su moto y casi nos estrellamos contra un árbol.

Los silencios cómodos al estudiar o la emoción de las primeras caricias.

Qué raro se me hace tener que llenar ese vacío que empieza a separarnos, llenar ese silencio que antes estaba cargado de palabras, de risas, de sentimientos. Quiero hacerlo, pero hay muchos secretos de por medio. Míos. También suyos.

Fran cada vez sale más con sus amigos y yo no estoy invitada. Salidas nocturnas cargadas de alcohol. Él mismo casi me acaba de confirmar que me ha sido infiel.

Su teléfono comienza a sonar y el alivio es tan inmenso por esa ligera interrupción que se me escapa un suspiro.

—Salvado por la campana.

Le devuelvo la ligera sonrisa que me dirige sin una pizca de alegría, ni en sus ojos ni en los míos.

—¿Sí? Hombre, Andrés, te echaba de menos. —Hace una pausa—. ¿Ocupado, yo? —Me dirige una mirada cargada de reproche—. No, qué va. Dime cosas.

Entro y me siento en uno de los sofás de ese salón carente de decoración. Paredes desnudas, estanterías vacías y un único mueble sobre el que descansa una televisión que rara vez se enciende. El piso de un hombre recién divorciado en el que su dueño no volcó ni un segundo de su tiempo para decorar.

Fran termina de hablar y cuando entra, temo retomar una conversación que llevo posponiendo demasiado tiempo. Por suerte, vuelvo a ser relegada al segundo puesto entre las prioridades de mi novio.

—No te preocupes. Voy para allá. Calculo que tardaré unos veinte minutos.

Cuelga y me mira muy lejos ya de dónde nos hemos quedado cinco minutos atrás.

—Era Andrés. Dice que se le ha pinchado una rueda del coche pasado el puerto de la Cadena y si puedo ir a buscarlo. El muy animal va sin seguro. ¿Te lo puedes creer?

Claro que me lo creo. Andrés es un desastre y uno de los pocos amigos de Fran a los que quiero como un hermano.

El puerto de la Cadena es un espacio natural protegido por el que cruza la autopista que une el interior de la Región con la zona de la costa murciana, y por donde hay que pasar para ir a la Torre de la Horadada. Si piensa recoger a Andrés dentro de veinte minutos significa que nos vamos ya.

Me contengo de dar saltos de emoción y solo me levanto con lentitud y cojo mi bolso.

—Pasamos por tu casa, recoges tus cosas y nos vamos directos a la Torre.

Fran ni se molesta en esperarme. Ni siquiera me mira antes de coger su mochila e ir hasta la puerta.

No cuando uno de sus amigos lo ha llamado y le ha propuesto cualquier plan.

No importa que Andrés lo necesite. Si le hubiese propuesto ir a su casa para pasarse toda la tarde sentados en el sofá mirando al techo, Fran habría acudido con la misma premura.

Y yo vuelvo a convertirme en un accesorio innecesario con el que tiene que cargar.

Llevo tantos meses sintiéndome así que creo que he llegado a mi límite.

—No pienso ir a la playa contigo. Ni en broma.

Ahora sí vuelve su atención hacia mí y me mira sorprendido.

—¿Se puede saber qué te pasa ahora? Si la Torre te encanta.

Bufo de indignación. ¿Desde cuándo soy una completa desconocida para mi novio?