El cielo al fin puede esperar 17
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Carla

L a siguiente cala está al otro lado de la colina.

No necesito que me lleve de la mano. Ya no me siento mareada y el descenso está bien iluminado, pero me permito disfrutar de la naturalidad con la que paseamos cogidos como una pareja cualquiera.

Lo siento tan correcto que deseo gritárselo al mundo. En cambio, solo digo:

—¿Por qué me has traído hasta aquí?

—Porque en la anterior cala hay rocas en el agua.

Levanto las cejas sin entender.

—Vamos a bañarnos, Carlita. Voy a enseñarte a nadar.

—¿De noche? —Todas mis alarmas se encienden y ese miedo irracional al agua salta a escena de golpe—. Pero no se ve nada. Seguro que hay peces que muerden o bichos. —Si el mar me da respeto cuando puedo ver el fondo con claridad, ahora que no me veo ni los pies, me aterroriza.

Hugo se ríe y me siento tentada a darle un puñetazo.

—En el mar no hay bichos, Carlita.

—Sí que hay, solo que otro tipo de bichos.

—No hay nada, Carla. Es solo agua. Te aseguro que los peces de por aquí no muerden. Además, te tienen más miedo ellos a ti. En cuanto noten que entramos en el agua, se irán.

Hugo comienza a desabrocharse los botones de los vaqueros y se los baja de un tirón hasta los tobillos. Me cubro la boca con las manos. Siempre pienso que soy yo la que lo lleva demasiado lejos, pero termina siendo él quien sube la apuesta.

—¿Se puede saber qué estás haciendo?

Los bóxer de algodón se le ciñen de tal manera que no dejan nada a la imaginación. La mía está desbordada en este momento y me sorprende seguir de pie.

—¿A ti qué te parece? ¿No creerás que voy a bañarme en vaqueros? —El muy canalla sonríe con picardía—. Tranquila, me dejaré los calzoncillos. A no ser que quieras que me los quite.

Ahogo un grito ante la sugerencia, y no de miedo precisamente. La luz de la luna es como un faro en el horizonte que recorta la silueta de Hugo cuando entra en el agua. Las olas se mecen con calma sobre la orilla en una invitación a que lo siga.

Una parte de mi mente me pide a gritos que me deje de estupideces y miedos irracionales y me meta en el agua con Hugo y su cuerpo medio desnudo. Pero mi parte racional es demasiado prudente y no termino de decidirme.

—No sé si es buena idea.

—Supongo que es demasiado para ti, ¿verdad, Carlita?

Hugo me mira de reojo con esa media sonrisa que siempre me lleva hasta el filo, ansiosa por cortarme hasta desangrarme.

Es la tónica de todos nuestros encuentros: el reto, el juego, la posibilidad de traspasar otra barrera.

No sé si soy capaz de resistirme a ese perfil que esta noche me parece más irresistible que nunca.

—No puedo bañarme. Sabes que no llevo sujetador.

—Claro que lo sé. —Su voz suena un poco más ronca—. Quítate el camisón, puedes bañarte con mi camiseta.

No me lo pienso más. Si lo hago me echaré atrás. Meto las manos por dentro de la camiseta y me quito los tirantes del camisón, dejándolo caer a la arena junto con todos mis miedos.

Hugo me ofrece su mano de nuevo y no lo dudo a la hora de enredar mis dedos con los suyos.

El agua se me antoja gélida cuando me toca los pies y retrocedo por inercia. Es Hugo quien tira de mí y me obliga a entrar hasta que el agua me llega por la cintura.

—Lo primero que tienes que aprender es a flotar. Así que intenta tumbarte sobre mis manos. —Pone una mano sobre mi espalda en una invitación a que me tumbe sobre la superficie del agua. Después desliza la otra mano por debajo de mis rodillas para mantenerme a flote.

La temperatura del agua es la ideal para templar mis nervios. Comienzo a temblar, no sé si de frío, de miedo o por sentir las manos de Hugo sobre mi piel.

Hugo comienza a girar y me arrastra en el movimiento.

Después de varias vueltas, el temblor desaparece, pero la quemazón persiste.

Está demasiado cerca. Su calor corporal traspasa mi fina piel y todo el vello se me pone de gallina.

Temo que perciba que mis nervios ya no se deben al miedo y sí al deseo que trato de contener.

Empiezo a hablar en un intento de distraer mi mente.

—Sé que no es la primera vez que me baño en el mar, porque he visto fotos de cuando era pequeña bañándome con mis padres, pero no lo recuerdo —confieso.

Un nudo prieto se me forma en la garganta.

Mi madre rompió esas fotos hace años, pero aún tengo el recuerdo fresco de la sonrisa de mi padre y su bañador de flores—.

Así que esta es como si fuera mi primera vez.

Con hoy, es la tercera vez que vengo a La Torre de la Horadada a pasar el fin de semana.

Nunca me he bañado. Los amigos de Fran son unos brutos, y su principal diversión dentro del agua es capuzarse los unos a los otros.

Si alguien lo intentara conmigo creo que moriría en el acto, así que he preferido quedarme bien sequita en la seguridad de la arena.

—Entonces, vamos a ver —empieza Hugo y por el tono sé que va a provocarme—. He estado en tu primera copa, en tu primera vez en un parque acuático y en tu primer baño en el mar, que no es el primero, pero como si lo fuera.

—Y en mi primer baile —añado.

—Y en tu primer baile. Me empieza a gustar esto de estar en tus primeras veces. De hecho —baja la cabeza hasta acercarse peligrosamente a mi boca— me encantaría haber estado en todas.

Mis sucios pensamientos enseguida se van donde no deben y no consigo reprimir el rubor que ya siento subirme por el cuello.

—Qué pena que esté tan oscuro. Me encanta cuando te pones roja.

Me muerdo los labios completamente abochornada. Que Hugo sepa con tanta seguridad cuando me sonrojo es lamentable y tremendamente vergonzoso. Yo no soy capaz de distinguir bien sus rasgos. Espero que él tampoco.

—Y cuando digo algo más y te pones todavía más roja, me vuelve loco.

La vergüenza es sustituida por un cosquilleo intenso al sentir su aliento sobre mis labios. Sería tan fácil besarlo. Aquí, en mitad de la oscuridad, podríamos fingir que no somos nadie, solo dos desconocidos que se desean más allá de la razón.

—¿Sabes? Si me hubieras besado aquella noche, en aquel bar, también habría sido mi primer beso.

Hugo no responde. Se guarda lo que tenga que decir y sigue girando mi cuerpo sobre el agua. Cierro los ojos y me relajo, hasta que dice:

—He lamentado muchas veces no haberte besado aquella noche.

El peso de esa confesión es como una bofetada. ¿Qué habría pasado entre nosotros si lo hubiera hecho? ¿Si mi primer beso hubiera sido de Hugo y no de su hermano? Nuestra historia sería muy diferente.

Mi relación con Fran estaba empezando y quizá, aquel beso, hubiera supuesto el final de mi historia con él y el principio con la de Hugo.

A veces somos unos idiotas que posponemos los sentimientos pensando que, pasados unos días, semanas o meses, tendremos esa oportunidad que tanto ansiamos.

Y eso es una ilusión, una falacia que nos lleva a posponer nuestra propia felicidad de forma indefinida.

Porque el futuro, ese que creemos que siempre estará ahí para nosotros, que esperamos que nos aguarde para cumplir los sueños que aplazamos, jamás espera por nadie.

En un instante, la seguridad de las manos de Hugo desaparece.

La ausencia de ese soporte despierta un pánico que asciende desde mi estómago hasta la garganta.

Mi cuerpo reacciona por instinto. Me enderezo y busco desesperada un ancla.

Mis brazos se aferran al cuello de Hugo con tanta fuerza que temo provocarle un latigazo cervical.

Solo me calmo cuando siento sus manos rodearme la cintura.

—Tranquila, solo quería ver si te quedabas flotando. Tendría que haberte avisado.

Mis pies no tocan el suelo. Es Hugo quién me sostiene y sigue girando y arrastrándome con él.

Me pierdo por un momento en su boca, en esos labios carnosos que vuelvo a tener a mi alcance.

A pesar de todos los besos que he sentido sobre mi cuerpo, me he quedado con demasiadas ganas de volver a probar sus labios.

—Creo recordar que ya te dije que no pienso besarte. Así que deja de pedírmelo. —Otra vez ese tono juguetón en su voz.

—Y yo te recuerdo que no he pedido nada.

—Conmigo no te hace falta —me recuerda—. Sé que quieres que te bese.

—Ah, ¿sí? ¿Y cómo lo sabes?

—Porque yo tengo las mismas ganas de hacerlo —la barbilla de Hugo baja hasta quedar a solo unos centímetros de mi boca y un escalofrío de anticipación se enreda en mi pecho—, pero no puedo.

Puede que sus palabras digan que no va a hacerlo, pero su cuerpo me dice otra cosa. Su cabeza se alinea con la mía y entreabro los labios en una invitación.

—Carla, no puedo. Si empiezo, sé que no podré parar. —Escucho la contención en su voz, la necesidad de aferrarse a la prudencia y no dejarse llevar.

Mi cuerpo ruge de necesidad por acercarme y recorrer esos pocos centímetros que nos separan para que empiece a besarme y no pueda parar. No lo hago. Vuelvo a cerrar los ojos y trato de encontrar otra vez esa contención de la que él hace gala.

—Así no puedo enseñarte a nadar.

Abro los ojos y lo veo sonreír, ahora un poco más triste que antes. Hacer lo correcto siempre es una mierda.

—Eres tú el que me tiene abrazada por la cintura.

—Es verdad. —Me roza la mejilla con la punta de la nariz y me aparta con delicadeza.

Esos pequeños gestos, esas pequeñas caricias son tan tiernas que, cuando estamos así, me creo que es él mi novio y no su hermano.

—La forma más fácil de nadar es el estilo braza —comienza a explicarme—.

Es muy fácil. Tienes que sumergir todo el cuerpo en el agua, excepto la cabeza.

—Se sumerge hasta los hombros para darme ejemplo—.

Juntas las manos al frente, y haces un amplio arco con los brazos, haciendo lo mismo con los pies.

—Sale del agua lo suficiente para enseñarme el movimiento—.

Cuando termines de hacer el arco, vuelves a poner los brazos y los pies rectos, y lo repites.

Imito sus movimientos. Las primeras brazadas no me salen demasiado bien y necesito que Hugo me corrija la postura. Tras unos cuantos intentos, ya he cogido ritmo.

—Sabía que lo harías fenomenal.

Hugo me alcanza sin problemas y seguimos nadando en silencio.

Una vez perdido el miedo y las reservas iniciales, estoy entusiasmada. Quizá sea el hecho de que nunca he tenido a nadie que me enseñara a nadar, ni siquiera, la posibilidad de hacerlo.

No nos podíamos permitir el lujo de que acudiera a ninguna actividad extraescolar.

Tampoco participé en ninguna de las excursiones escolares que en verano se realizaban en la playa.

Mi madre tampoco me llevó a ver el mar de nuevo.

Cuando no tienes algo, no sabes lo mucho que lo necesitas.

Ahora que conozco la sensación de nadar en el mar, no quiero dejar de hacerlo.

Pasamos nadando y riendo cerca de una hora, reacios a dar por terminada la noche. Cuando la claridad comienza a asomar en el horizonte no podemos seguir ignorándola.

—Deberíamos volver. No debe de faltar mucho para que amanezca —dice Hugo, casi gruñe con pereza. Él también parece necesitar alargar las horas un poco más.

Vuelvo a tomar la mano que me ofrece y salimos del agua. La camiseta se me pega a la piel y trato de escurrirla sin mucho éxito. A Hugo no parece importarle ir todavía chorreando. Se pone los vaqueros con la misma rapidez con la que se los ha quitado. Yo no pienso hacer lo mismo ni en broma.

—Debería cambiarme. —Cojo el camisón con reservas. No puedo cambiarme delante de Hugo. Me gusta apostar contra él, pero creo que sería llevar nuestro juego demasiado lejos.

—Aquí no, cualquiera podría verte.

Me lleva hasta un saliente de una roca que me da la intimidad suficiente para cambiarme. Hugo me da la espalda y me protege con su cuerpo de cualquier mirada indiscreta.

Me quito la camiseta deprisa y me pongo el camisón con la misma premura. Si Hugo intentara girarse, me vería desnuda, y aunque eso debería asustarme, en realidad, no lo hace. Pero es un caballero y no hace ni un leve intento.

Regresamos a casa otra vez de la mano y en silencio.

Conforme nos acercamos, la realidad se hace patente y Hugo me suelta.

Se me forma un nudo en el estómago. No tengo ni idea de cuando volveré a sentir esos dedos sobre los míos, si volveré a sentir sus caricias sobre mi piel o si simplemente podremos hablar libremente lejos de las miradas de su familia.

Solo sé que esta noche permanecerá en mi memoria de por vida.

—¿Sabes? —susurro en el salón antes de subir las escaleras—. Sí que volverás a besarme. La próxima vez que estemos solos, sé que lo harás. A no ser —ronroneo— que no te atrevas.

Hugo me dedica una sonrisa, pero esta vez no es la de medio lado que tanto adoro. Esta vez es una completa, de esas que llenan la cara y se trasladan a los ojos. Y esa es el tipo de sonrisa más peligrosa de todas.

—¡Feliz cumpleaños, Hugo!

Le doy un beso en la mejilla y subo corriendo a acostarme, aunque dudo mucho que pueda dormir .