16
Carla
—T e digo que va a estar chupado —suelto con fanfarronería—. Las mujeres no nos excitamos tan rápido como los hombres.
Hugo se ríe y a mí se me calienta la sangre. No debería jugar. Está claro que voy a perder si su simple risa me pone febril.
—Pues, si tan fácil lo ves, empieza tú. —Extiende la mano de forma galante para cederme el turno.
Cojo aire y cierro los ojos. Pensar en cómo querría besar a Hugo, acariciarlo, abrazarlo y seducirlo, es bastante fácil. Desde que lo conocí, es el protagonista de todos mis sueños lascivos.
Abro los ojos y los clavo en él antes de empezar.
—Imagínate que estamos en la playa y que cuando has llegado a tu casa a altas horas de la mañana, me has encontrado en tu cocina y me has llevado a pasear para que se me pasara la borrachera.
—Hago una pequeña pausa y me mojo los labios—.
Imagínate que me llevas a un rincón recóndito de la playa, donde nadie nos puede molestar, y nos sentamos en la arena.
Que de pronto te das cuenta de que no llevo ropa interior debajo del camisón y te entran unas ganas irrefrenables de hacerme el amor.
Noto el rubor subir por mi cuello, pero no pienso detenerme.
—Así que me tumbas en la arena y comienzas a besarme el tobillo —rozo con los dedos uno de mis tobillos para acompañar mis palabras—, y vas subiendo lentamente por el interior de mis piernas.
—Me acaricio en ascenso, desde las pantorrillas, el interior del muslo hasta perder mi mano bajo el camisón.
Deslizo los dedos por encima de las bragas sin apartar la mirada de Hugo.
Hace rato que sus ojos dejaron mis labios para centrarse en la mano con la que me acaricio.
Se muerde el labio al verme juguetear con la tela, al observar el recorrido de mis dedos y la insistencia con la que busco aliviar la tensión que me recorre.
Su respiración se acelera a la vez que mi corazón se desboca.
Son pocas las veces que me he tocado así en soledad, y las pocas que lo he hecho han sido pensando en él.
Pero en ninguna de esas ocasiones me excité como lo hago ahora.
Tocarme para él incrementa mi placer y mi otra mano asciende sola hasta pellizcarme un pezón.
A Hugo se le escapa un gruñido, y no puedo más que sonreír satisfecha al escucharlo.
—Después subes regando mi estómago de besos, mientras metes un dedo en mi interior.
—Me aparto las bragas y eso es justamente lo que hago.
El camisón tapa la mayor parte de mi mano, pero creo que Hugo es muy consciente de lo que hago porque se inclina de forma amenazante hacia mí—.
Besarás y me morderás los pechos, y después, subirás hasta mi boca y me darás uno de esos besos que tantas ganas tengo de volver a probar.
—Me meto un par de dedos en la boca y jugueteo con la lengua más para mí misma que para Hugo.
Él no es capaz de mirar en otra dirección que no sea mi entrepierna—.
Y cuando ya esté excitada para ti, me harás el amor hasta que ambos alcancemos el orgasmo.
Me guardo las mil formas en las que mi imaginación ya nos ha desnudado. Estoy demasiado excitada para continuar y dejo de tocarme antes de estallar en un orgasmo aquí mismo.
Mi dedo está húmedo cuando lo saco y, antes de dejarlo en mi regazo, Hugo me coge la mano y se la lleva a los labios. Ahora sí que creo que voy a estallar. Hugo recoge la humedad de mi piel con la lengua; el jadeo se me escapa, traidor, al sentir su lengua entre mis dedos.
Es mi turno, o lo era, pero creo que esta apuesta ya la ha ganado él y todavía no ha abierto la boca. O bueno, sí que lo hecho, pero para algo mucho más sensual que para hablar.
Carraspeo y me suelto de su agarre.
—¿Qué tal lo he hecho? —Trato de sonar lo más decente que puedo.
Hugo se toma su tiempo para meditarlo.
—Yo diría que un ocho y medio.
Hago un mohín enfadada.
—Soy chica de sobresaliente, pero… No está mal. Tu turno.
Las mariposas zumban en mi estómago. Expectante, observo como Hugo se acomoda sobre la arena y se pone serio.
—Imagínate que estamos en la playa, y que cuando he llegado a mi casa a altas horas de la madrugada, te he encontrado borracha en mi cocina, y te he llevado a pasear para que se te pasara la borrachera.
—Sonrío al escuchar de sus labios mis propias palabras—.
Imagínate que te he traído deliberadamente a un rincón recóndito donde sé que nadie nos va a molestar, y nos sentamos en la arena.
Que sé que no llevas ropa interior desde que te he visto en la cocina, y que tengo unas ganas irrefrenables de hacerte el amor desde que te conocí aquella noche en Kitsch hace ya casi dos años.
—Si antes creía que se me paraba el corazón, era mentira.
Ahora sí que se detiene para después latir a marchas forzadas—.
Así que, como me muero por estar dentro tuya, te abro las piernas.
Sus manos vuelan hasta coger una de mis piernas y abrirla despacio, pasando el tobillo por encima de las suyas. No puedo hablar, no me puedo mover cuando repite la acción con la otra pierna y me quedo totalmente abierta para él.
—Te subo encima de mí y te penetro de una sola embestida. —Conforme lo dice, me sujeta por las caderas y me eleva hasta quedar a horcajadas sobre él. Caigo justo sobre su erección y se me escapa un grito cuando me da una fuerte embestida—. Y sigo penetrándote, hasta el fondo, una y otra vez.
Continúa con las embestidas y, aunque trato de no moverme, me adapto a él y acompaño sus movimientos. Mis caderas siguen el ritmo de las suyas en una cadencia lenta y deliciosa.
Me estremezco cuando roza mi clavícula con la mano y después la deja sobre mi nuca. No es una caricia. Es el punto de agarre para hacer que mi cuerpo se apriete contra el suyo.
Mantengo las manos sobre la arena en lugar de asirme a sus hombros como tantas ganas tengo de hacer. Si lo toco ahora no podré soltarlo jamás.
Se oyen risas a lo lejos y, en lugar de alejarme y devolverme a mi sitio en la arena, Hugo me agarra con más fuerza e intensifica los movimientos.
Quién nos vea pensará lo que no es, aunque lo siento tan intenso que es como si estuviésemos haciendo el amor de verdad.
Solo me falta un beso suyo, y creo que puedo estallar en un fuerte orgasmo sin haberme quitado las bragas.
—Haré que te corras encima de mí y después me correré dentro de ti —continúa con la voz ronca.
La respuesta se me atasca cuando me da otra fuerte embestida. Jamás pensé que se pudiera hacer el amor con la ropa puesta.
Se me escapa un gemido cuando su mano se desliza lenta sobre mi cuello e inspira con fuerza.
—Tu olor va a ser mi perdición.
Hugo detiene el movimiento, pero el deseo continúa. Las llamas arden en los lagos negros de sus ojos y amenazan con abrasarme. Lo deseo tanto ahora mismo que duele, y estoy tentada a besarlo. Es Hugo el que rompe el hechizo, me agarra por las axilas y me devuelve a la arena y a la realidad.
—Bueno, dime, ¿qué nota tengo?
Me trago una maldición al ver la sonrisa brabucona en su cara, y el deseo se torna en enfado con rapidez. Lo que para mí ha sido el momento más erótico de mi vida, para él solo era una apuesta. Su puntuación está entre el ciento quince y el ciento veinte, pero no pienso admitirlo ni muerta.
— Un nueve… con dos. —Nada más decirlo me arrepiento. Debería de haber mentido y haber dicho que cero. No habría sido muy creíble, pero al menos no tendría que soportar ese desmesurado ego que ahora mismo muestra.
—Bueno, ahora que eres mía, ¿qué voy a hacer contigo?
Se coge la barbilla y se da golpecitos sobre ella con el dedo. Podría parecer un gesto inofensivo, pero Hugo me evalúa como un tigre haría con su presa.
—No, no. De eso nada, Hugo. No pienso… No pienso acostarme contigo por una estúpida apuesta. —Me atraganto con las palabras.
Sostiene mi mirada y me obligo a que la mía no flaqueé. No pienso ceder tan fácilmente por mucho que una parte enorme de mí quiera hacerlo y dejarse llevar. No cuando para mí significaría algo totalmente diferente que para él.
—Túmbate, por favor —me ordena en tono relajado como un médico le pediría a un paciente.
—De eso nada. Ya te he dicho que no pienso acostarme contigo por una apuesta.
—¿Te estás rajando, Carlita? —Una de sus estúpidas cejas se levanta y pierdo la concentración.
¿Por qué siempre tiene que hacer ese gesto tan sexy y por qué mi corazón da una voltereta cada vez que lo hace?
—Por supuesto que no. —Trato de centrarme en la conversación.
—En ese caso, túmbate.
Tomo un par de inspiraciones, y termino cediendo no sé muy bien por qué. Debe ser el alcohol.
Me tumbo con las piernas flexionadas.
—Abre las piernas —dudo unos segundos. Esto está yendo demasiado lejos—. Confía en mí.
Hugo me roza un muslo con suavidad y no me resisto. Hago lo que me ha pedido y me quedo totalmente expuesta para él.
El frío de la arena no hace nada para aplacar mis nervios y cierro los ojos.
No sé cómo va a terminar esto. Una parte de mí lo desea más allá de la razón y la otra…
La otra es demasiado consciente de que es un error, un pecado que arrastraré para siempre por engañar a un buen hombre, pero, cuando abro los ojos y veo a Hugo mirarme desde arriba como si fuera lo más hermoso que ha visto en su vida, mis dudas desaparecen.
—El cielo al fin puede esperar.
Tiemblo al oírlo, al corroborar que para él esto también es un pecado que nos llevará directos al infierno. Arderemos en él, estoy segura, pero lo haremos juntos.
Hugo se inclina y su primer beso es sobre mi tobillo. El ramalazo que asciende por mi pierna es tan intenso que estoy a punto de apartarla, pero Hugo me sujeta y asciende entre besos por toda la cara interna del muslo.
Me estremezco de placer al sentir sus dientes arrastrar sobre mi piel hasta llegar hasta mi centro. Presiona con suavidad la nariz contra mis bragas y se impregna de mi olor. Se me escapa un grito cuando lo siento morder la tela y sus dientes rozan una parte tan sensible.
Me muero porque se deshaga de la ropa, porque me desnude y poder sentir esos dientes sobre la piel, pero Hugo continúa su ascenso hasta mi ombligo.
Me levanta el camisón lo justo para dejar mi estómago al aire.
La brisa de la noche no me refresca en absoluto cuando lo siento jugando y lamiendo mi ombligo.
No se detiene y continúa regando mi cuerpo de besos, esta vez sobre la tela del camisón.
Contengo el aliento cuando lo siento sobre el pezón, cuando lo atrapa entre los dientes y succiona hasta dejar la tela como papel mojado sobre mi piel.
Me retuerzo y gimo sin ningún pudor totalmente perdida y a punto de estallar.
Sus besos no llegan a subir hasta mi boca y me la tapa de forma deliberada. Mi gruñido en respuesta le arranca una risa que siento sobre el otro pecho.
—No pienso besarte, así que deja de pedirlo. —El tono ronco es una mezcla de súplica y perversión que me hace cerrar las manos en busca de algo a lo que aferrarme: solo encuentro arena húmeda.
Juega y lame mi pezón igual que ha hecho sobre su hermano gemelo antes de volver a bajar hasta mi ombligo y más abajo. Rezo porque se detenga y lama la humedad que ya siento empaparme las bragas, pero esta vez no se detiene. Sigue de regreso hasta mi otro tobillo.
De súbito, el calor se esfuma. Abro los ojos, aturdida, y descubro que soy la única que sigue en la arena. Hugo está de pie, con las manos en los bolsillos, y evita claramente mirarme.
—Vamos, levanta. Deberíamos irnos.
Me tiende la mano y parpadeo descolocada.
¿Cómo puede estar ahí de pie tan tranquilo después de lo que ha pasado?
¿Es que a él no le ha afectado tanto como a mí?
Por su aspecto y su mirada, diría que no.
El incendio de sus ojos ha quedado reducido a cenizas, sustituido por ese hielo distante que conozco demasiado bien: la barrera que siempre alza cuando hemos cruzado esa línea invisible que evitamos cruzar.
Quiero gritarle que vuelva a tumbarse, que todavía tiene que besarme, que deseo recordar este momento para el resto de mi vida: el sabor a alcohol, a tabaco y a mar que seguro que sus labios dejarían en mi lengua, y no el regusto de la decepción que empiezo a saborear al saber que solo soy una estúpida apuesta para él.
No digo nada. Me trago las ganas y tomo la mano que me ofrece.
Hugo comienza a andar, pero a mí me tiemblan las piernas y no puedo dar ni un paso.
Nunca he llegado tan lejos con ningún hombre.
Es la primera vez que alguien me besa así: centímetro a centímetro.
Ni siquiera Fran se ha tomado tanto tiempo en seducirme y llevarme hasta el límite y, ahora, me alegro de no habérselo permitido, porque ha hecho de este momento algo especial. Al menos, para mí.
Hugo se gira y al ver que no me muevo dice:
—Tienes que andar, ¿sabes? Un pie delante del otro. Así, mira. —Da pasos exagerados a modo de ejemplo y se me escapa una sonrisa.
Sé que para él solo soy una más, pero yo recordaré este momento siempre y es lo único que me importa.
Caminamos despacio y en silencio. El rostro de Hugo ha adoptado esa máscara pétrea que tan bien conozco cuando los remordimientos le juegan una mala pasada. Quiero borrársela de la cara. Seguimos solos por calles desiertas, con el deseo y el alcohol corriendo por las venas.
—Creo que… no deberíamos volver a apostar, ¿no te parece? —comento en un intento de devolverlo al presente.
Miro de reojo ese perfil increíble que parece creado por algún artista: la nariz recta, el trazo firme de la mandíbula, la sombra de la barba que ya empieza a asomar, y la piel bronceada incluso bajo la pálida luz de la luna.
—No, la verdad es que creo que no deberíamos.
Nos miramos y nos echamos a reír.
Un escalofrío me recorre. La brisa es fresca y noto el descenso de la temperatura como una caricia helada en la piel. Pese a ser agosto, las noches se tornan gélidas de madrugada.
—¿Tienes frío?
—Un poco.
Con un movimiento rápido, Hugo se quita la camiseta y me la tiende.
«Madre mía, menuda visión».
Su cuerpo es una escultura tallada por el ejercicio: torso firme, músculos definidos y un abdomen que parece dibujado. Siento el impulso de alargar la mano y recorrer con los dedos esa superficie perfecta, pero me contengo.
—No deberías hacer eso, Hugo. Mucho menos después de lo que ha pasado.
Una sonrisilla le curva los labios, la clase de sonrisa que suele llevarme a hacer alguna tontería.
Me pongo la camiseta. Aún conserva su calor y sobre todo su olor. Huele a mar, a sal, a alcohol… y a él. Inhalo despacio, saboreando ese aroma, y tengo que obligarme a mirar al frente porque Hugo está irresistible con el cabello revuelto y solo los vaqueros puestos.
—¿Se te ha pasado la borrachera? —pregunta.
—Estoy mejor. —Arquea una ceja—. Vale, estoy mucho mejor.
Es verdad. Después del momento que hemos compartido en la playa noto que los efectos del alcohol han desaparecido.
—Entonces vamos, tengo una idea.