El cielo al fin puede esperar 15
50%

15

Carla

E l cuarto se ha convertido en una noria sin intención de detenerse.

Intentar dormir queda descartado. Cada vez que cierro los ojos, mi estómago amenaza con echar hasta el desayuno, y me niego en redondo a hacer el mayor de los ridículos vomitando en la casa de los padres de mi novio. En concreto, en el cuarto de Martina.

No pienso vomitar, pero necesito aire fresco, y no el de esta habitación que ya empieza a apestar a todo el alcohol que he ingerido.

«Bajaré a la cocina y me escabulliré al patio. Me sentaré a ver las estrellas hasta que se me pase el mareo. Nadie tiene por qué enterarse».

Ese es el plan, pero nada más levantarme, choco contra una silla.

Miro a Martina y espero en silencio cualquier reacción.

Su respiración profunda mantiene el ritmo y bajo las escaleras.

Esta parte también me sale de pena. La madera cruje con cada paso y temo haber despertado a toda la casa cuando llego al piso de abajo.

Creía que en esta zona del salón no había muebles, pero me choco con varios de camino a la cocina y mascullo un par de maldiciones entre dientes. Cuando creo que por fin mi pesadilla ha terminado y puedo vomitar en las plantas del patio, descubro que la puerta está cerrada con llave.

Mierda.

Ni me molesto en probar con la puerta delantera. Me quiere sonar que Fran la ha cerrado con llave también, pero, aunque estuviera abierta de par en par, no conseguiría llegar hasta allí.

Me apoyo en la mesa y me tapo la boca para contener una arcada. De pronto, el frutero me parece el lugar ideal para vomitar. Cuando voy a cogerlo, la puerta de la entrada se abre.

—Pues ya hemos llegado. Ahora, sé buena chica, ponte el pijama y a dormir la mona. Mañana vas a tener una resaca cojonuda, así que disfruta de un buen sueño mientras puedas.

«Definitivamente el mundo me odia».

La voz de Hugo me llega con claridad y puedo ver, por el triángulo de luz que llega desde el salón, cómo empuja escaleras arriba a una Tina que parece tan perjudicada como yo.

Espero a que el crujido de las escaleras cese y contengo el aliento todo lo que puedo. También resulta ser una pésima idea porque, a los pocos segundos, se me escapa un hipito. Es imposible que me hayan oído desde arriba, pero seguro que sí han escuchado como la mesa se desplaza por mi peso.

La luz se enciende y me ciega por un momento. Cuando consigo enfocar, Hugo está inmóvil en la puerta ante lo que imagino que será una visión lamentable: yo tambaleante en camisón y a punto de echar hasta el higadillo.

—Veo que mi hermana no es la única que esta noche ha bebido de más.

En otro momento, habría disfrutado de ese tono provocativo en su voz y habría contestado en consecuencia. Ahora mismo, solo puedo pensar en una cosa:

—Necesito salir, dar un paseo y tomar el aire. Si no vomitaré aquí mismo. —Trato de no soltar demasiado aire al hablar, por lo que mis palabras parecen más gruñidos que otra cosa—. Por favor, Hugo. Déjame salir.

Me resultaría vergonzoso vomitar en casa de Fran, pero si lo hago delante de Hugo, empezaré a cavar una tumba justo después y me esconderé en ella el resto de mi vida.

Sus labios se curvan en una sonrisa ladeada y extiende la mano.

—Ven. Demos un paseo.

No lo dudo a la hora de aferrarme a él como único apoyo para mi precaria estabilidad.

El frescor de la madrugada me golpea las mejillas y es un choque para mi piel febril.

Las calles, que hace unas horas estaban llenas, ahora están desiertas y las mesas de las terrazas recogidas.

No hay voces ni gritos de niños. Tan solo se escucha el sonido lejano de las olas y los barcos que se mecen en el puerto.

Bajamos por el paseo hasta la playa. El pulgar de Hugo se mueve de forma rítmica sobre el interior de mi muñeca y estabiliza los latidos pulsantes de mi cabeza. Su olor también tiene un efecto calmante.

—¿Mejor?

Tomo aire y trato de evaluar mi estado.

—Bueno, por lo menos ya no voy a vomitarte encima.

La risa de Hugo me provoca un vuelco en el pecho.

—Sin duda es un avance.

Debería mantener la boquita cerrada, seguir con nuestro paseo en silencio y no hacer preguntas que no me incumben, pero eso es lo bueno de ir borracha, ¿no? Que no hay pelos en la lengua.

—¿Y tu amiga la rubia? ¿Dónde la has dejado?

En realidad, no tengo claro que me vaya a gustar la respuesta y mucho menos con la sonrisa engreída que me dirige Hugo.

—¿Celosa?

Bufo.

—¿Por ti? Venga ya.

—Vamos, Carlita. Mientes fatal y mucho más yendo borracha.

Finjo que no lo he oído.

—Espero que lo hayas disfrutado. Otras en cambio, nos hemos venido a dormir.

Tira de mi mano y me pega a su cuerpo. No estoy preparada para el calor que desprende y, sin embargo, me pego a él con una rapidez sorprendente.

—Cualquiera que te oiga pensaría que te habría gustado estar en su lugar.

Oigo la provocación en su voz y la veo en sus ojos. Tampoco ahora debería hablar, pero el alcohol todavía me burbujea en las venas y me suelta la lengua con una desfachatez vergonzosa.

—Me temo, Hugo, que no estás preparado para todo lo que yo te habría hecho en su lugar.

Se me escapa una carcajada al verlo con la boca abierta. Me separo de forma resuelta y trato de caminar sin zigzaguear demasiado.

—Y bueno, dime ¿qué me hubieras hecho? —Me alcanza en un par de pasos—. Ahora estoy intrigado.

—Ah, no. De eso nada. —No se lo diría ni muerta, y mucho menos ahora mismo. Seguro que terminaría confesándole todas las veces que he soñado con que me besaba—. Además, seguro que me rechazarías.

Me trago el regusto amargo al recodar la forma en la que me rechazó hace unas semanas, en la puerta de mi casa. La quemazón sigue bien fresca en mi pecho. No necesito otro desplante suyo.

Hugo da un paso y se planta frente a mí. Me veo obligada a levantar la barbilla y buscar sus ojos, de un negro tan profundo que parece competir con la noche a su alrededor.

—Yo nunca te rechazaría, Carlita.

Me tiembla el labio a la par que el corazón, pero no me da tiempo a nada más. Hugo tira de mi mano y me conduce hasta una bajada de rocas que parece desembocar en una cala.

—Lleva cuidado, las rocas por aquí son bastante afiladas.

Intento concentrarme todo lo posible para no despeñarme y lo maldigo tras un par de tropiezos. Pero cuando la arena fría me toca los pies, no dudo en deshacerme de las chanclas y tumbarme en la arena.

—No recuerdo haber estado en esta playa. —Evito decir que su hermano nunca me ha traído hasta aquí.

—Entre las corrientes y las rocas, son pocos los que se atreven a bañarse. —Hugo tampoco menciona a Fran. Es tabú entre nosotros.

Me quedo absorta en la luna que brilla triste en el cielo y el camino luminoso que llega hasta la orilla.

El cielo está despejado y todas las estrellas se ven con claridad.

Hay dos que brillan más que el resto. Mi padre era un apasionado de la astrología y lo recuerdo explicándome que la estrella más brillante se llama Sirio, que significa abrasador.

No consigo recordar el nombre de la otra.

De pronto, siento un nudo en el pecho como si no recordar ese detalle fuera lo mismo que olvidar a mi padre.

No quiero olvidar nada de él y, sin embargo, cada día que pasa siento que su recuerdo se desvanece un poco más.

Hugo se sienta frente a mí y me abstrae del momento.

—Me tapas la vista. —Aunque su portentoso cuerpo iluminado a la luz de la luna es una visión muchísimo mejor, pero no pienso reconocérselo ni muerta.

—Bueno, dime, ¿qué me harías? —El muy canalla sigue insistiendo.

—Ya te he dicho que no pienso decírtelo.

—Te propongo una cosa. —Cruza las piernas y me mira con el reto pintado en los ojos—. Si tú me dices lo que me harías, yo también lo haré. —Levanto una ceja sin entender—. Tú tampoco estás preparada para todo lo que te haría, Carlita.

Se me detiene el corazón y el aire desaparece de esta maldita playa. No solo no estoy preparada para saber todo lo que él me haría, sino que tampoco lo estoy para la forma en la que me mira, como si fuera algo comestible y él estuviera a punto de probarme.

Me tapo la cara ligeramente avergonzada. No sé cómo actuar ante él. Es demasiado seguro para mí y tiene tanta experiencia con las mujeres que a veces siento que estamos en dimensiones diferentes de realidad.

—Venga, vamos, Carlita. Hagamos una apuesta. —Se inclina hacia adelante y sonríe con malicia—. Tú me dices lo que me harías y yo te digo lo que te haría. A ver quién de los dos excita más a quién.

La boca se me abre hasta rozar la arena y acto seguido, estallo en una carcajada. No puedo evitarlo. Jugar con él es lo más divertido en el mundo.

—Está bien —acepto—. ¿Qué nos jugamos? Y no me digas que una copa, porque ahora mismo no podría beber más, aunque quisiera.

—No, no será una copa.

—¿Entonces?

—Si tú ganas, volvemos a darnos un paseo y cuando te encuentres en condiciones, te llevaré a casa, te acostaré en tu cama, y te daré un beso de buenas noches.

—¡Guau! Qué emocionante. —Silbo con ironía—. Y, dime, si ganas tú, ¿es igual de emocionante? Porque no sé si podré soportarlo.

—Si gano yo —hace una pausa que me pone todo el vello de punta— tendré derecho a hacerte algo de lo que hayas propuesto.

Mi risa se esfuma y me quedo muda. Estamos hablando de provocar al otro; solo de imaginar los pasos para lograrlo, la cabeza me da otra voltereta.

Es tensar la cuerda en exceso, llevar al límite este juego al que nos encanta jugar y del que puede que salgamos escaldados, pero voy demasiado borracha para pensar en las posibles consecuencias de un mañana que no quiero que llegue. Quiero esto, ahora.

Lo quiero a él y quiero ganar la apuesta. ¿Qué más se puede pedir?