El cielo al fin puede esperar 14
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Carla

L a plaza de la Iglesia está abarrotada; no cabe ni un alfiler, ni en la calle ni en los diversos bares en los que los asistentes al cumpleaños de Hugo piensan continuar la fiesta.

Cuando ya no quedaba nada más para beber en la playa, la gente se ha tambaleado hasta aquí para asaltar las reservas de los bares.

Estoy rodeada y, sin embargo, estoy sola. Hace rato que Fran desapareció dejándome con sus amigos. Lisa también se ha dado a la fuga con Marco, y yo me he cansado de ser la única chica entre un grupo numeroso de hombres.

La casa de Cristina está a la vuelta de la esquina, y seguro que Sonia o Martina me abrirían la puerta, pero me niego a marchame. La noche aún es joven y estoy convencida en lo que antes le dije a Hugo: creo que esta noche será inolvidable.

No tengo que esperar demasiado para que su olor me envuelva. Siempre nos buscamos entre el gentío y, cuando la gente ha bebido tanto como esta noche, somos un poco más libres de acercarnos.

—Buenas noches, preciosa. ¿Estás sola?

Hugo me rodea la cintura con una confianza que me desarma. Me atrae hacia él y su calor corporal es un shock para mis sentidos. Huele a ese perfume masculino que me vuelve loca, mezclado con el aroma del alcohol.

Ha estado atento a los invitados, hablando con unos y con otros, y prestando especial atención a los que se han desplazado desde fuera para asistir a su cumpleaños.

Ha sido increíble verlo rodeado de tantos amigos, ser testigo de lo mucho que lo aprecian.

No he logrado evitar sentir un pinchazo de envidia.

Lisa es mi mejor y casi mi única amiga. Cuando vives encerrada cuidando de tu madre no tienes tiempo de fomentar nuevas amistades, y no te queda más remedio que centrarte en las que realmente importan.

—Sí, y no me importaría un poco de buena compañía.

De sus labios asoma una sonrisa torcida y sus ojos recorren mi rostro con una avidez que enciende cada centímetro de mi cuerpo.

Es todavía peor cuando su mano cae de forma distraída desde mi cintura hasta descansar en una de mis nalgas.

Es fuego lo que ahora me recorre las venas al sentir sus dedos apretar ligeramente mi culo.

—¿Me estás tocando el culo? —pregunto, porque a pesar de sentir su mano sobre mi falda todavía no me lo creo del todo.

Una sonrisa canalla que alberga toda clase de malas intenciones y promesas oscuras le ilumina el rostro.

—No todo, solo una mitad —responde con una falsa inocencia que me mata.

Se me escapa una carcajada ante la facilidad con la que consigue tirar de ese hilo que nos mantiene unidos. Si no es él quien tira para provocarme, soy yo la que lo hace y, si soy sincera, cada vez me cuesta más no ceder a sus provocaciones con otra mayor.

—¿Qué buscas? ¿Guerra?

Hugo se encoge de hombros.

—Puede.

—Pues en ese caso, solo tienes que decir dónde, y cuando quieras empezamos la pelea. —Hago una pausa para mojarme los labios en un gesto que él devora, y me acerco hasta que mis labios rozan su oído—. Prometo ser una muy buena rival.

Me retiro para poder mirarlo a los ojos.

El negro chisporrotea de diversión y deseo contenido.

Quiere ir más allá. Lo siento en la forma en la que aprieta mi nalga para pegarme a su cuerpo, en la respiración agitada que siento sobre mis mejillas, y que me obliga a levantar la barbilla y retarlo también con mi boca.

Sé que aquí no lo hará, rodeados de tanta gente.

Por eso es momento de dar un paso atrás y dejar que saboree la miel de la tentación en los labios.

—Ahora si me sueltas el trasero, creo que me voy.

Me sostiene la sonrisa antes de soltar uno a uno los dedos de mi culo. Me supone un acto heroico darme la vuelta y marcharme, caminar lo más erguida posible después de todo lo que he bebido, y no ceder al hormigueo que me recorre la espalda al sentir su mirada clavada en ella.

Camino sola hacia Ottawa. Es la única discoteca de la zona y, cuando los bares cierran cerca de las dos, es el único sitio donde se puede continuar la fiesta. Estoy cansada y demasiado borracha. Debería irme a dormir la mona y dar la noche por concluida, pero ni por todo el oro del mundo.

Hugo camina unos pasos más atrás. Escucho su risa mientras habla con un amigo y siento sus ojos de nuevo clavados en mí.

En un silencio, reduzco mis pasos para ponerme a su altura.

Él hace lo mismo y, en pocos segundos, volvemos a estar solos entre una marea de gente que camina hacia la discoteca.

Fran no sé dónde está. Lo perdí al subir de la playa y no he vuelto a buscarlo.

No es su compañía la que quiero esta noche.

Es la compañía del hombre que tengo a mi lado la única que me interesa y no quiero esconderlo ni un segundo más.

—Bueno, no me has dicho cuál va a ser el campo de batalla. Doy por hecho que te has rajado.

No sé qué tiene provocarlo, pero me sale con una facilidad vergonzosa. Cuando se cierra de esa manera y pone fin a nuestro juego, más quiero jugar. Cuanto más inalcanzable lo siento, más deseo atraparlo. Siempre sucede lo mismo, pero cada día que pasa, esa necesidad crece más y más.

Esta vez, sin embargo, no consigo mi objetivo. Hugo me sujeta del brazo y me obliga a detenerme. En su mirada ya no hay ese brillo pícaro con el que ha estado provocándome toda la noche. Ahora solo hay la oscuridad que acompaña a la culpa por lo que estamos haciendo.

—¿Vas en serio?

Hugo me mira directamente a los ojos a la espera de encontrar hasta dónde estaría dispuesta a llegar, como si todo lo que ha pasado entre nosotros hasta ahora fuera un juego infantil que no conlleva ninguna consecuencia.

Puede que sea así, que para él todo esto no sea más que un mero entretenimiento con el que hacer más llevaderos los momentos incómodos con su familia.

Si es así, no debió besarme, porque ese beso sí que fue un terremoto en mi vida que destrozó las bases de lo que creía cierto.

—Eso depende. —Yo también ensombrezco mis palabras. Siento curiosidad de hasta dónde está él dispuesto a llegar.

—¿De qué depende?

—De si tú vas en serio o no.

Nunca daré ese paso, nunca cruzaré la línea que nos separa hasta que no sea él quien lo haga. Por eso contengo el aliento a la espera de una respuesta que no llega. Hugo se da la vuelta y retoma el camino hacia la discoteca.

Me quedo petrificada unos segundos, o unos minutos, hasta que su silueta se pierde entre la gente y me obligo a caminar. No sé exactamente qué es lo que me lleva a seguir andando en lugar de darme la vuelta e irme a dormir. Puede que sea la esperanza de que esto no se ha terminado.

Siempre sucede lo mismo cuando Hugo se percata de que hemos ido demasiado lejos. En ese momento se enfunda la máscara de pasividad que suele adoptar con el mundo para alejarse de mí. Pero siempre termina volviendo. Al menos, eso espero.

En la discoteca me encuentro con Fran. No me da explicaciones de dónde ha estado durante más de dos horas, y yo tampoco se las pido. Bastante ocupada estoy en evitar a toda costa que me meta la lengua hasta la garganta y que deje de sobarme el culo.

Es mi novio, debería gustarme estas muestras de amor en público, pero su caricia es un jarro de agua helada que enfría mi cuerpo en lugar de calentarlo.

Todavía conservo la sensación de las manos de Hugo rodeándome la cintura y sus dedos apretando mi nalga.

La respuesta de mi cuerpo a ambas caricias es tan desproporcionada que podrían pertenecer a dos personas diferentes.

—Voy a pedirme una copa.

Me escabullo de su agarre y me oculto por un rato en el lugar más apartado de la discoteca.

Oteo entra las cabezas en busca de Hugo, pero no hay ni rastro de él.

Es posible que se haya marchado, que sí se haya cansado de este jueguecito y busque a cualquier otra mujer con la que realmente pueda estar.

Solo de pensarlo, los celos me clavan su aguijón con tal violencia que me tambaleo.

No llego a caerme porque unas manos me sujetan por la cintura.

El mundo se detiene al sentir los dedos de Hugo sobre mis caderas de nuevo, su aliento sobre mi nuca y su pecho contra mi espalda.

No me lo pienso y dejo mi peso caer sobre sus manos de forma que mi cuerpo caiga sobre el suyo.

Me da igual dónde estamos, me da igual quién nos vea.

Solo quiero sentir su calor unos segundos más, robárselos al tiempo y detenerlo para que este momento sea eterno.

—No te muevas, por favor —suplico—. Quédate así. Solo un momento.

Los dedos de Hugo dudan unos segundos antes de envolverme entre sus brazos. El calor que emana de su cuerpo traspasa su ropa y la mía, y lo siento en cada punto de contacto. Podría arder ahora mismo solo con sentirlo así, como si fuera mío y yo fuera suya, y nada más importase.

Mis dedos se enredan con los suyos sobre mi abdomen.

Es el único movimiento que me atrevo a hacer.

No quiero asustarlo, que vuelva a huir de mí como hace cada vez que vamos un paso más allá.

Soy consciente de que sus reservas son mayores que las mías.

Sé que a Hugo lo une con su hermano un sentimiento puro de amor, y ser la que se interponga entre ellos me comprime las entrañas.

Por eso no me muevo y solo disfruto del placer efímero que siento entre sus brazos.

Alguien tira una copa a nuestro lado y el momento se quiebra.

El calor de Hugo se aleja y vuelvo a tragarme la necesidad de seguirlo.

Cada vez es más difícil esquivar el impulso que tira hacia a él y me aleja de Fran.

Es un impulso que llevo esquivando dos años y que me resisto a liberar, porque hasta ahora me he conformado con lo que tenemos: pequeños momentos robados en el tiempo.

Hugo pasó en una misma noche de ser un amor repentino a uno imposible. Lo nuestro nunca podrá hacerse realidad. Lo he sabido desde aquella noche que tuve que tragarme mis deseos y seguir con mi vida.

Te levantas por las mañanas y sigues con la relación que tienes.

Porque es sencilla y sabes que te hace bien, porque estás a gusto con esa persona que te aporta mucho más de lo que resta.

Y los días siguen corriendo, sin descanso, aunque el sentimiento no desaparece.

Solo aguarda a la espera del momento adecuado para salir y, cuando lo hace, sabes que ya es imposible contenerlo.

Yo ya no puedo hacerlo.

Al volver al centro de la discoteca, la sangre me abandona.

La pierdo por la herida cortante que me abre el pecho al ver a una chica rubia despampanante restregarse sin ningún disimulo contra Hugo.

Él la escucha con atención mientras bebe de su copa y no la aparta cuando una mano de uñas delicadas le rodea el cuello.

Quiero gritarle que lo suelte, que ese simple gesto es un puñetazo en las entrañas que sé me va a matar lentamente. Los ojos de Hugo se encuentran con los míos un segundo y no termina de llevarse la copa a su boca. Tampoco aparta a esa chica que acerca peligrosamente sus labios a los de él.

Solo me aguanta la mirada y parece decirme:

«Esto es lo que hay. Asúmelo de una vez».

Porque yo no soy nada para él, cuando él lo es todo para mí.

Soy del todo consciente en este momento de mis sentimientos, de que lo quiero a él, y que todo lo demás es una farsa que mantengo con la esperanza de verlo un día más, de poder estar a su lado y robarle al destino unos minutos más junto él.

Pero estoy demasiado dolida para hacer otra cosa que darme la vuelta y suplicarle a Fran que me lleve a casa.

También voy demasiado borracha y, si me quedo, creo que puedo llegar a cometer cualquier locura, como matar a una rubia inocente.