13
Hugo
T umbarme a leer en el patio, bajo el sol del mediodía, con un buen libro y una cerveza fresquita, me supone un placer inigualable. Es el comienzo oficial de mis vacaciones y pienso disfrutar cada segundo.
Cada verano, de forma religiosa, nos trasladamos a la Torre de la Horadada y pasamos desde junio hasta bien entrado septiembre aquí.
Somos de los pocos que disfrutan de la playa todo el año, y casi todos los fines de semanas hasta Navidad, venimos a disfrutar de la soledad que solo existe en los lugares de veraneo durante el invierno.
Con su chimenea ennegrecida por el uso, sus vigas de madera y un patio lleno de flores que mi madre cuida como si fueran sus hijos, esta casa alberga de los mejores recuerdos de mi niñez, cuando todavía este lugar era casi desconocido para el mundo.
Por supuesto, la masificación turística también ha llegado hasta aquí, pero todavía me recuerdo de niño corriendo salvaje por sus playas casi vírgenes, por calles sin semáforos, saludando a cada vecino y jugando con cada niño que he mantenido como amigo hasta ahora.
Marco es uno de ellos. Su casa linda con la mía y nuestra amistad fue de las que sobreviven más allá del verano y que nos ha mantenido unidos a lo largo de los años. Este momento, los dos tomando el sol en una hamaca, es un ritual que mantenemos desde la adolescencia.
—Bueno, ¿cómo va la fiesta? —pregunto como si nada. Fingir no se me da demasiado bien, mucho menos siendo mi cumpleaños.
Marco suelta una carcajada.
—Pero ¿quién ha sido el bocazas?
—Por favor, Marco, llevo dos días disimulando que no sé nada, pero es que me lo estáis poniendo demasiado fácil. Además, ¿os habéis vuelto locos? Va a venir media Murcia.
He visto amigos de Sevilla, de cuando estudié allí, que, casualmente, han decidido venir a pasar este fin de semana a la Torre de la Horadada.
También de casualidad se les había olvidado que veraneo aquí de toda la vida.
También han venido amigos de Cambridge que mantengo de cuando estuve de intercambio.
Y amigos del colegio que también por casualidad han acudido con sus parejas a disfrutar de la playa.
Tampoco falta ni uno solo de los amigos que ido acumulando verano tras verano aquí en la Torre.
No hay que ser un lince para atar cabos.
—Creo que se nos ha ido un pelín de las manos —afirma Marco entre risas—. Qué le vamos a hacer, solo se cumplen veinticinco una vez en la vida.
Sin embargo, no me he cruzado ni una vez con la única persona que de verdad necesito que venga a la fiesta.
—¿Mi hermano viene? —pregunto y trato de prestar atención al libro que tengo entre las manos. Hace rato que solo veo borrones negros donde se supone que hay líneas.
—Sí, claro. —Cierra los ojos y se acomoda mejor en la hamaca.
Su escueta respuesta se merece mi mejor derechazo, pero aprieto los puños y respiro por la nariz como un toro en la puerta de toriles. Estoy convencido de que sabe de sobra mi verdadero interés, pero el muy cretino me va a obligar a mendigar por una respuesta.
—¿Y Carla? —pregunto a regañadientes.
Sonríe de forma ladina sin ni siquiera abrir los ojos.
—¿Puedo preguntar por qué te interesa?
—¿Puedo poner mis manos sobre tu cuello y empezar a apretar? —pregunto en contra en mi tono más agresivo.
Marco enarca las cejas, muy divertido a mi costa.
—Qué violento.
—Puedes contestar a la puta pregunta antes de que te dé una paliza.
—¿Tú a mí? —Le dirijo una mirada asesina cargada con todos mis malos propósitos—. Está bien. Pero solo por esos bíceps que has desarrollado en los últimos meses. Sí, la he invitado, aunque creo que no debería.
—Eso no es asunto tuyo —le espeto mucho más relajado.
—Cierto, no lo es. Solo espero que sepas lo que estás haciendo. —Toma su cerveza y se la acaba de un trago.
Varias horas después estoy que me subo por las paredes.
Marco hace rato que se marchó y solo soy capaz de dar vueltas en el sofá como una cucaracha panza arriba.
Son más de las siete y ni mi hermano ni Carla han aparecido por aquí.
Ni la media docena de cervezas que ya me he bebido con Marco, ni el baño relajante en la playa, ni el haberle ganado al ajedrez dos veces, han conseguido apaciguar la zozobra que me bulle por dentro.
Tengo demasiadas ganas de verla después de haberla sentido entre mis brazos en el parque acuático.
Su cuerpo encajaba a la perfección con el mío, su temblor se calmó entre mis brazos y su olor se me quedó incrustado en la piel.
Me pidió a gritos silenciosos que la besara, allí, en aquella piscina, delante de toda mi familia.
Ya me es casi imposible fingir, disimular mi atracción por ella, y tragarme las ganas que yo también tengo de besarla.
Cuando oigo voces al otro lado de la puerta, me tenso y enciendo la tele.
Fran entra seguido de Carla y las pulsaciones se me disparan.
Tan solo lleva una camiseta de tirantes por donde asoma ese bikini azul que tan bien le sienta, y unos shorts vaqueros que dejan a la vista sus piernas kilométricas.
Solo me basta un rápido vistazo para estar excitado más allá de la razón.
Disimularlo es tan complicado, que cojo un cojín y me lo pongo encima de las caderas.
Mi hermano se queda noqueado en la puerta sin saber si seguir avanzando o no. Supongo que la bolsa enorme que lleva en la mano y que no consigue ocultar tras las piernas tiene mucho que ver.
—Pensaba que estarías en la playa. —Da un par de pasos tentativos hacia la escalera y contengo una sonrisa.
—Sí. Parece que hoy estoy siempre donde no debo. Hola, Carla, no sabía que venías —miento como un bellaco.
—No podía faltar a tu fiesta de cumpleaños.
—Vaya, menuda bocazas estás hecha —protesta Fran y por fin deja de esconder la bolsa con lo que sé que es mi regalo—. Era una sorpresa.
—Pero si toda la Torre lo sabe, por favor. ¿No me digas que no lo sabías? —Más que una pregunta es una afirmación y no consigo reprimir mis ganas de jugar con ella.
—¿Hay una fiesta?
Carla se lleva las manos a la boca y el rubor le enciende el cuello. Casi me arrepiento de provocarla. Casi, porque ruborizarla es lo más placentero del mundo.
—Perdona, pensé que lo sabías.
Quiero hacerla sufrir un poco más, pero no logro reprimir una sonrisilla malévola. Me llevo la correspondiente mirada asesina por su parte, que me llena de satisfacción.
—Eres lo peor.
—Lo sé.
—Bueno, ya que estamos siendo tan sinceros, voy a esconder tu regalo arriba y, por favor, esta noche hazte el sorprendido. Nos ha costado mucho reunir a tanta gente.
—Lo prometo.
Fran desaparece escaleras arriba y nos deja solos: a Carla, a mí y a la desazón que siento de pronto. Mi hermano me ha organizado una fiesta sorpresa, está escondiendo mi regalo y yo aquí, loco de deseo por su novia. Hay veces que desearía que el mundo me tragara y me escupiera en otro lugar.
Pero por mucho que me esfuerce, mis ojos se vuelven a desviar hacia ella. Rebusca algo en el bolso, se acerca hasta mí y me da un sobre.
—¿Qué es esto?
—Tendrás que abrirlo y descubrirlo.
Lo abro con dedos temblorosos. Esperaba regalos por mi cumpleaños, pero reconozco que de ella no. Cuando veo lo que hay dentro la miro pasmado.
—¡Feliz cumpleaños!
—¿Me has comprado entradas para Green Day? Si se agotaron hace meses.
Me pasé varias horas tratando de comprar las entradas para el único concierto que van a dar en otoño en Barcelona, y ni en broma. En menos de dos horas, estaban agotadas.
—¿Cómo las has conseguido?
—Un amigo trabaja en la tienda donde las venden y le pedí que me guardara un par.
—De eso hace más de seis meses.
—He sido paciente.
Por unos segundos, me quedo sin habla. Vuelvo a mirar el sobre buscando una explicación a lo que no deja de crecerme en el pecho. Fran lleva los mismos meses lamentando no poder ir al concierto y, sin embargo, las entradas las compró para mí y las ha guardado todo este tiempo.
—No puedo aceptarlas. —Se las ofrezco de vuelta sin meterlas en el sobre.
—Esto no es un regalo que se pueda devolver.
—No sé qué decir.
—Puedes empezar por un gracias y terminar por: Carla me sobra una entrada, ¿te gustaría acompañarme?
Me reclino en el sofá y la observo, para qué mentir, con la boca abierta.
Trato de discernir si es una propuesta real o parte de ese juego al que últimamente jugamos de más.
Tiene la barbilla izada con insolencia, pero a mí no puede engañarme.
Detecto un brillo nervioso en esos ojos que hoy parecen un tono más oscuro, que contrasta con esa fachada de seguridad que intenta exhibir.
Fran baja las escaleras y me guardo la respuesta provocadora para más tarde. Mi hermano no tarda en identificar lo que tengo entre las manos y me arrebata las entradas de un tirón tan entusiasta que temo que las rompa.
—¿Son las entradas para Green Day? Pero si se agotaron hace meses. ¿Cómo las has conseguido?
Miro a Carla en busca de una explicación, pero de pronto parece muy interesada en el polvo que hay sobre la mesa.
—Son un regalo de Jorge, el piloto sevillano. Me las compró hace tiempo y me las acaba de dar.
La mentira es una mezcla de estiércol y miel en la boca. Odio tener que mentirle a mi hermano, pero por Carla… Por ella las mentiras son un dulce veneno.
—Bueno, ya sabes con quién vas a ir, ¿no? —Fran se señala con ambos pulgares arrugando las entradas.
Me levanto y se las arranco de las manos.
—Cada vez lo tengo más claro. —Y no, no es con Fran con quien iré.
Mis ojos vuelan en dirección a Carla y me devuelve una respuesta sin hablar. Ya buscaremos la forma, ya idearemos las mentiras, ya nos inventaremos las excusas, pero a ese concierto solo iré con ella.
—Me alegra saberlo. —Fran coge una toalla, ajeno a nuestro intercambio de palabras silenciosas—. ¿Te vienes a darte un baño rápido?
Me muero por ir, por darme ese baño con mi hermano. En otra ocasión no lo habría dudado, pero con Carla allí, con ese bikini azul… Mejor me mantengo lo más lejos que pueda.
—Id vosotros. Luego nos vemos.
—Lo que prefieras.
Fran sale por la puerta y Carla se detiene un segundo antes de seguirlo.
—Espero que este sea un cumpleaños que nunca olvides. —Se da la vuelta y se marcha.
Y así de fácil, con una simple frase, deshace los fantasmas de los remordimientos que ya habían comenzado su ronda por mi cabeza.
Espero un rato tumbado, mirando las entradas.
«A la mierda».
Cojo una toalla y me voy directo a la playa. Puede que jamás estemos juntos, pero pienso estar cerca de ella todo el tiempo que pueda.