12
Carla
T odavía no sé qué hago aquí. Es la primera vez que he aceptado la invitación de Cristina para pasar el fin de semana en la playa.
El calor de finales de julio es asfixiante y mi casa carece de aire acondicionado, así que no me ha costado demasiado conseguir el permiso de mi madre.
Puede que no me hable en exceso, pero siempre ha querido lo mejor para mí.
He metido más ropa de la cuenta en una vieja maleta, que por suerte guardábamos en el trastero, y el bikini azul que me he comprado exclusivamente para darme mi primer chapuzón en el mar.
Al menos, ese era el plan, hasta que Fran lo ha cambiado a última hora.
Ahora sigo a Cristina por mitad de un parque acuático en busca del refugio perfecto contra el sol.
Mientras todos están inmersos en colocar las toallas, los bocadillos y en ponerse protector solar, me quito el vestido. Nadie me mira y, aun así, me arden las mejillas. Gracias a que mi piel es blanca y puede confundirse con el efecto del sol, no estoy muerta de la vergüenza en este momento.
Corre una ligera brisa que debería aliviar ese ardor, pero es tan cálida que solo lo empeora. Son solo las once de la mañana y ya preveo que el día va a ser de los más calurosos del verano.
Cojo el protector y comienzo a echármelo por los brazos y el pecho cuando el vello de la nuca se me eriza. Me muerdo el labio para ocultar la sonrisa nerviosa porque sé quién está detrás de mí antes de girarme.
Hugo está de pie medio oculto por el tronco de una palmera. Lleva el pelo revuelto, una simple camiseta negra, un bañador azul y va descalzo. Aun así, es el hombre más guapo que he conocido en mi vida.
Nos separan unos metros de distancia, pero siento su mirada sobre mí como si me estuviera tocando.
Se me forma un remolino en la garganta que baja directo a mi bajo vientre.
Su mirada es una fuerza que puedo sentir físicamente en mi piel y que incrementa la temperatura de mi cuerpo hasta niveles nunca vistos.
Es de una intensidad que siento deseos de cubrirme, de tapar toda la piel que deja bien a la vista este escueto bikini.
Me agacho a coger el vestido sin apartar mis ojos de los suyos, y me lanza una mirada burlona que viene acompañada de una sonrisa satisfecha y prepotente.
Le gusta sonrojarme tanto como a mí me gusta provocarlo.
Se va a enterar.
Dejo el vestido donde está y me planto de frente, con los brazos a ambos lados para que pueda ver mi cuerpo en plenitud.
Después, me doy la vuelta para que pueda verme desde todos los ángulos, y paso dos dedos por el bajo de mi bikini para que se ajuste bien a mi culo, antes de darme la vuelta de nuevo y mirarlo de frente.
Soy yo la que ahora sonríe satisfecha al verlo inmóvil, con la boca abierta y esa mirada que es mi perdición. Le hago un gesto con la barbilla y me cruzo de brazos a la espera. No tarda ni un segundo en responder a mi provocación. Coge el bajo de la camiseta y se la quita de un tirón.
Mi respiración se atasca en algún punto dentro de mis pulmones.
El cuerpo de un hombre no debería ser tan perfecto, con esos brazos moldeados a base de duro esfuerzo, donde las venas resaltan en su piel bronceada.
Los pectorales se le marcan de forma perfecta al igual que los abdominales, que descienden hasta perderse dentro del bañador que cuelga de forma obscena de su cintura.
Me empapo de cada centímetro de su cuerpo sin ningún disimulo, antes de subir de nuevo hasta sus ojos.
Él todavía no ha abandonado las curvas de mis caderas y tampoco hace nada por disimular la forma hambrienta en la que me mira.
Creo que no me sorprendería demasiado si notara ahora mismo un mordisco sobre la piel.
—¿Me pones crema en la espalda?
La voz de Martina rompe ese pulso silencioso. Me giro hacia ella y me devuelve una mirada ceñuda que no tarda en desviar hacia Hugo. De pronto, soy consciente de que no estamos solos, sino rodeados de toda la familia.
—Sí, claro.
Le cojo la crema y la obligo a girarse para que deje de mirarnos a ambos de esa forma. Solo tiene siete años, pero es demasiado perspicaz y temo que haya detectado el hambre con la que observaba a su hermano. Al hermano equivocado.
Creo que a cada día me cuesta más fingir que mi corazón no se vuelve loco cada vez que Hugo está cerca, que mis ojos no se desvíen sin mi permiso a observarlo y se detengan más de la cuenta en él.
Que el anhelo por estar a su lado no se refleje en mi cara, sobre todo, después de consolarme como lo hizo hace unos días.
Unos minutos más tarde, el bienestar por las miradas de Hugo se ha esfumado y tiemblo de pies a cabeza mientras espero mi turno para tirarme por uno de los toboganes.
Esta atracción en concreto son Los Rápidos, unos toboganes anchos donde se desciende zigzagueante sobre enormes flotadores.
Es la atracción favorita de la familia, y todos han coincidido que es por la que había que empezar antes de que la gente llene el parque.
Me muerdo las uñas al ver cómo la cola va decreciendo y se acerca mi turno. Le he prometido a Fran intentarlo, pero no consigo detener el temblor de mi pierna, que parece tener vida propia.
—Vamos, nos toca. —Fran coge a Martina de la mano y se sitúa en la boca del tobogán—. ¿Estás preparada?
Martina hace un rápido asentimiento. También es su primera vez.
Los años anteriores no cumplía con la altura necesaria y ahora parece igual de nerviosa e insegura que yo.
Lástima que solo midan la altura. Si midieran el miedo, yo también me quedaría fuera.
Por suerte para ella, los flotadores para los menores de diez años son dobles.
Yo no tengo tanta suerte, y ya cargo con mi flotador extragrande de un tono rosa chicle.
Fran ayuda a su hermana a subir al hueco de delante y él se coloca en el de atrás.
—¿Preparados? —grita el socorrista.
—¡Síííí!
El pitido del silbato se traga el grito de Martina y los pierdo de vista tras la primera curva.
La siguiente es Sonia que, con tan solo diez, muestra una entereza que yo, con mis casi dieciocho, no siento. Es el primer año que puede subir sola en el flotador, y se coloca en posición con un entusiasmo que envidio. Yo solo quiero vomitar.
Cuando llega el turno de Tina, me tiemblan las rodillas y creo que me voy a ir de bruces contra el suelo. Una mano se posa sobre mi hombro y doy un respingo.
—¿Estás bien? Estás temblando. —Como siempre, Hugo está pendiente de cada reacción mía y es capaz de leer mis estados de ánimo con facilidad.
En condiciones normales, disfrutaría de este momento: Hugo y yo al final de la cola, tan cerca que tengo el vello de la nuca erizado justo donde siento su aliento.
No quiero mostrarme vulnerable otra vez, que tenga que cuidar de mí como si fuera una niña pequeña, pero su mirada preocupada me impide mentirle.
Ya me ha demostrado que puedo confiar en él. Con Hugo no siento vergüenza.
—Es que… no sé nadar. —Tengo dieciocho años y no sé nadar. Es vergonzoso, lo sé, pero nunca he tenido la oportunidad de aprender—. Creo que será mejor que me quede.
Me muevo para dejarlo pasar y me trago la vergüenza al hacerlo.
—Como quieras. —Hugo no dice nada y ocupa mi lugar.
Respiro aliviada. Una vez todos se hayan lanzado, bajaré de forma humillante la empinada cuesta entre una marea de gente que solo sube. Solo me queda el consuelo de pensar que eso es menos bochornoso que ser rescatada por el socorrista. O peor aún: morir ahogada.
Tina se sitúa sobre su flotador y levanta las manos, sin ninguna intención de sujetarse.
—Coloque las manos en las asas, por favor —le pide con educación el socorrista.
Tina obedece después de soltar un «aguafiestas» por lo bajo, pero en cuanto suena el silbato, levanta las manos y su grito triunfante reverbera por el tobogán conforme desaparece.
—¿Me puedo lanzar de espaldas? —La pregunta de Hugo me deja noqueada un segundo. Lanzarse de espaldas me parece una temeridad.
—Sí, claro, lo que prefieras. —La voz del socorrista suena hastiada pese a no haber pasado ni el mediodía.
El socorrista le sujeta el flotador mientras Hugo se sienta con la boca del tobogán amenazando con engullirlo.
—Suerte —le digo.
No puedo evitar morderme el labio, preocupada. Es absurdo. Sé que no va a pasarle nada y, aun así, no soy capaz de evitar el nudo que se me forma en el pecho por que pueda ocurrirle algo.
—¿Preparado?
Hugo asiente y me guiña el ojo.
—¿Qué pasa ahí atrás?
Me giro a la vez que el socorrista en la dirección que Hugo ha señalado, gesto que aprovecha para cogerme de la cintura, ponerme sobre sus rodillas y empujar el flotador.
El silbido estridente se pierde con el estruendo del agua y de los latidos enloquecidos de mi corazón, que de pronto siento en la boca.
—Pero ¿qué haces? ¡Te he dicho que no sé nadar!
Hugo pega su boca a mi oído para que pueda escucharlo con claridad.
—No tienes que renunciar a nada, Carlita. No mientras estés conmigo.
Sus brazos se aferran con fuerza a mi cintura en la primera curva.
No consigo reprimir los gritos conforme cogemos velocidad y el flotador zigzaguea de un lado al otro del túnel.
En una curva pronunciada, estamos a punto de volcar.
Debe ser la adrenalina que se me ha disparado, porque en lugar de cagarme de miedo, me da por reír.
El trayecto es tan rápido que no me da tiempo a pensar, a concentrarme en la sensación del cuerpo de Hugo cálido contra mi espalda, ni en la plenitud que siento cuando estoy entre sus brazos.
—Estamos llegando. —Me atenaza el miedo y me pongo rígida—. Tranquila, Carlita. No tienes nada que temer, no pienso soltarte.
En otras circunstancias, con los pies bien anclados en tierra firme, las palabras de Hugo me arrancarían un gemido. Ahora no me da tiempo ni a asimilarlas. Una piscina llena de agua se aproxima a nosotros a gran velocidad hasta engullirnos por completo.
El mundo se pone del revés cuando el flotador choca contra el agua.
Por un momento, dejo de sentir los brazos de Hugo sobre mi abdomen y las burbujas no me dejan ver nada.
No hago pie y, aunque muevo los brazos, tengo la sensación de que me hundo sin remedio.
Empieza a faltarme el aire. No puedo respirar. Voy a ahogarme…
Unos brazos fuertes tiran de mí y me sacan del agua. Solo me da tiempo a tomar una bocanada de aire antes de sentir mi mejilla contra un pecho fuerte, y unos brazos sujetarme.
—Estás a salvo, pequeña.
Mi miedo se esfuma de golpe y se me escapa un jadeo al escuchar a Hugo. Levanto la vista para darle las gracias, pero mis ojos no llegan más allá de su boca. El mundo se difumina y el deseo estalla en mi pecho, porque ahora sé lo bien que saben esos labios y solo quiero volver a probarlos.
Siento un cosquilleo en cada punto en el que nuestros cuerpos se rozan: en la cadera, en la cintura, en el pecho.
Deseo que me bese otra vez, de la misma forma brusca y visceral en la que lo hizo, como si fuera lo único que necesita en el mundo. Yo sí que lo necesito a él. Aquí. Ahora.
No me importan las consecuencias, no me importa nada más que esos labios por los que desciende una gota de agua que me muero por lamer. Me pongo de puntillas dispuesta a hacerlo…
El silbato vuelve a sonar a nuestra espalda.
—¿Qué habéis hecho? —El grito del socorrista me devuelve a la realidad y me doy cuenta de que estamos en mitad de una piscina con toda la familia de Hugo observándonos desde el borde—. Está prohibido lanzarse así.
Hugo no separa su mano de mi espalda cuando me vuelvo con una mentira ya en la lengua.
—¿Seguro? El socorrista de arriba nos ha dicho que podíamos.
—¿Eso te ha dicho? Se va a enterar. —Coge el walkie talkie dispuesto a decirle unas palabras a su compañero y de pronto me siento fatal. No por haber estado a punto de besar al hermano de mi novio delante de toda su familia, sino por el pobre socorrista de arriba que no ha tenido culpa de nada.
—Bueno, al menos eso es lo que me ha parecido. Arriba hay una pelea y el pobre estaba desbordado. No le digas nada, por favor. Prometo no volver a hacerlo.
Pongo todo mi empeño en poner la misma cara de súplica que he aprendido de Martina y, no sé si lo consigo, pero logro ablandar al socorrista que vuelve a guardar el walkie .
Mi promesa no es broma. Pienso cumplirla a rajatabla y no volver a subirme en un tobogán en mi vida. La adrenalina y yo no somos una buena combinación, ni siquiera entre los brazos de Hugo.
Al parecer, la pequeña Martina también ha tenido suficiente adrenalina para todo el verano. Pasamos el resto del día en la piscina de ranas jugando a ver quién adivina cuál será la siguiente rana en lanzar el agua, con el palmo de agua que necesito para disfrutar sin morirme de calor.
Junto a Martina, el día no discurre tan mal como pensaba. Tengo que reconocer que hasta me divierto. No vuelvo a ver a Fran hasta que toca recoger y volver a casa.
Es curioso, mi novio pasa todo el día a su aire sin prestarme la más mínima atención.
Sin embargo, puedo sentir a cada segundo la mirada de Hugo, vigilante, atento a todo lo que pueda necesitar.
Nos trae los refrescos y los bocatas a la hora de comer y se vuelve a marchar en silencio.
También regresa con la crema solar y vuelve a buscarnos cuando toca marcharse.
Es algo que cada vez pasa con más frecuencia: uno de los hermanos es el que se preocupa por mí, el que está dispuesto a hacer cualquier cosa que pueda necesitar, el que jamás me dejaría atrás, pero es el hermano equivocado.