El cielo al fin puede esperar 11 #3
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Rafa fue mi padrino, el hincha más entusiasta en todos mis partidos de hockey y mi taxi particular hasta que me saqué el carnet de conducir.

Siempre rondaba por casa y, más de una noche, después de varias copas de vino durante la cena, se quedaba a dormir.

Cuando eso sucedía, mi padre estaba en casa.

Aquella noche no era así. Sabía que estaba de viaje de negocios y que no volvería hasta dentro de tres días.

Subí las escaleras con el corazón a mil y un único deseo: estar equivocado. No me detuve a llamar a la puerta. La abrí y vi lo que ningún hijo debería ver jamás.

Mi madre estaba a cuatro patas sobre la cama, sudorosa y jadeante. Se sujetaba con fuerza al cabecero mientras Rafa la embestía desde atrás.

No fueron conscientes de mi presencia, y no pude moverme. Estaba paralizado, incapaz de alejarme, de apartar la mirada, de gritar que pararan o de abalanzarme contra Rafa y matarlo allí mismo.

Cuando mi madre jadeó de placer, una sacudida en el estómago me sacó del estado de shock y vomité allí mismo, en la puerta de la habitación.

Se separaron de inmediato, pero yo ya estaba huyendo de aquella casa y de una visión que nunca podría sacar de mi cabeza. Me monté en el coche y me marché, sin detenerme ante los gritos de súplica de mi madre que me pedía que me detuviera.

Al día siguiente, mi madre puso fin a un matrimonio de más de veinte años, y yo me marché con mi padre en busca de un nuevo hogar.

Mi madre ocultó su relación con Rafa durante dos años.

Nadie supo, ni siquiera mi padre, que el motivo real de su divorcio había sido que mi madre se follaba a su mejor amigo.

Cuando anunciaron su boda, tampoco confesaron su pecado.

El rechazo de Tina y Fran a esa relación se basa más en la creencia de que Rafa usó la ausencia de mi padre para colarse en el corazón de mi madre.

Nunca han sospechado que esa relación venía de lejos.

Un secreto que ellos jamás se atrevieron a revelar, y que yo mantuve bien oculto por el bien de la familia, aunque ese secreto supusiese volver a mi hogar solo de visita.

—Algún día te lo contaré —digo volviendo al presente.

Aparco el coche y al bajar le ofrezco la mano a Carla.

La coge sin dudar, y caminamos en silencio hasta su casa.

Es cerca de medianoche, pero las terrazas siguen llenas.

Debería soltarla. Con total seguridad habrá más de un conocido sentado y sé lo que pueden interpretar al vernos paseando de la mano.

No lo hago. Ahora mismo, Carla necesita mi agarre y no pienso soltarla.

Abre la puerta de su portal y nos quedamos en silencio en el rellano. Es Carla la primera en hablar.

—Gracias por todo.

—Ha sido un placer.

Carla se toquetea el bajo de la camiseta, y cuando levanta la mirada, y esos ojos me atraviesan, necesito hacer acopio de toda mi templanza para hablar. El deseo se despierta como si alguien apretara un interruptor.

—No pienso besarte, así que deja de pedírmelo.

En sus ojos veo brillar un anhelo mal escondido. Yo también quiero besarla, sentirla, cogerla de la mano y alejarla de aquí. Escondernos en algún lugar en el que nada duela y solo estemos nosotros.

—No he dicho nada —replica con una sonrisa.

—No ha hecho falta. Eres como un libro abierto.

—Quizá debería pedirle a Martina que me enseñe a poner esa cara de gato a ver si así soy más persuasiva.

—Conmigo no te hace falta.

Le rozo la mejilla con los nudillos y me deshago en la forma en la que Carla amolda la cara a mis caricias.

Podría acostumbrarme a esta sensación, a colarme poco a poco bajo su piel en la misma forma que ella se cuela bajo la mía.

A ver cómo esos ojos se funden en miel derretida solo con tocarla.

A sentir la necesidad en cada una de sus inspiraciones.

Apoyo la frente en la suya y le rozo la nariz con la mía. Las ansias me bailan en el pecho por besarla otra vez. Puedo ver cómo ella también lo desea, como tiembla bajo mi mano y la forma en la que abre los labios para mí.

Sería tan fácil rendirse, dejarse llevar. Cada segundo a su lado me convence un poco más de que estamos hechos el uno para el otro. Que fue un error del destino que conociese a mi hermano antes que a mí.  Si no hubiera sido así, hace tiempo que Carla sería mía.

De pronto, me atenaza el miedo y doy un paso atrás. Y no es el miedo a las consecuencias, como tan gentilmente me ha recordado Rafa; ni a hacerle un daño irreparable a mi hermano y a nuestra relación; ni al rechazo que estoy seguro sufriría por parte de mi familia.

Tengo miedo de tocarla de nuevo porque sé que, en cuanto lo haga, no podré parar; querré tocarla el resto de mi vida y ese deseo es aterrador. Mis sentimientos por ella siempre han sido intensos, pero si no me marcho ahora, me arrollarán.

Solo por pura fuerza de voluntad soy capaz de separarme de ella.

—Buenas noches, Carlita.

Solo por pura fuerza de voluntad soy capaz de darle la espalda y no mirar atrás. Solo por fuerza de voluntad la dejo sola en esta casa que tanto daño le hace. Y solo por pura fuerza de voluntad soy capaz de no volver a buscarla y hacerla mía aquí mismo.