El cielo al fin puede esperar 11 #2
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Rafa se coloca frente a mí y no me queda más remedio que mirarlo. Es tan alto como yo y, por la cara de malas pulgas que tiene, sé que intenta intimidarme al acercarse tanto. Lo lleva claro.

—Me refiero a Carla. ¿Qué estás haciendo?

Todas mis alarmas se encienden y siento la necesidad de retroceder, pero me obligo a permanecer en mi sitio y mantener esa máscara de indiferencia que siempre muestro ante él.

Creía haber sido discreto, he mantenido la distancia prudente con Carla para que nadie en mi familia sospeche cuan profundos son mis sentimientos.

Está claro que lo he hecho como el culo.

—No estoy haciendo nada.

—Ya —suelta sarcástico—. Supongo que es lo que te dices por las noches para convencerte. Pero tú sabes que ya ha pasado algo entre los dos, aunque todavía no hayas movido ficha.

Un sudor frío baja por mi columna. No sé qué es lo que me ha descubierto, si las atenciones que he mostrado a lo largo de toda la noche con ella, o las miradas que hemos compartido en más de una ocasión. Ahora es lo de menos.

Mi mente trata de formular una mentira plausible que justifique lo que Rafa cree que ha visto. Me conoce, más incluso que mis padres y hermanos. Una mentira ahora me delataría aún más.

—Si así fuera, no es tu puto problema —le espeto y dejo caer el cigarrillo y lo aplasto con el pie.

Me evalúa durante unos segundos.

—Espero que estés preparado para las consecuencias de tus actos.

—Supongo que lo dices por experiencia —suelto a la defensiva.

—Yo me pasé años enamorado de tu madre, sopesando las consecuencias de lo que pasaría si algún día mis sentimientos eran correspondidos. Sabía el daño que iba a causar y estaba preparado para enfrentarme a él. Pero, y tú, Hugo, ¿estás preparado?

Mi máscara se desmorona.

Es una verdad para la que no estoy preparado, que en realidad nunca he querido analizar. ¿Qué pasaría si realmente me dejara llevar? ¿Si diera rienda suelta a todos esos sentimientos que llevo reprimiendo tanto tiempo? Y lo que es peor, ¿qué sucedería si fuesen correspondidos?

Rafa tiene razón, no estoy preparado para las consecuencias. Perdería a mi hermano. Nunca me perdonaría haberlo engañado quitándole a su novia. ¿Hay alguna traición mayor hacia un hermano? Estoy seguro de que no.

Por un segundo, miro a Rafa y me siento tentado a volver a confiarle mis secretos, a apoyarme en él como antaño hacía, y dejarme aconsejar. Mi padre y él eran como hermanos, aunque no llevaran la misma sangre. Rafa eligió a mi madre, pero perdió a la única familia que realmente había tenido.

Abro la boca para hablar, para sincerarme con alguien de una vez por todas, pero Carla nos interrumpe.

—Ya podemos irnos.

Rafa ni se inmuta. Su expresión se mantiene igual de firme a la espera de mi respuesta. La tensión es tan palpable que Carla pregunta:

—¿Todo bien?

Por suerte para mí, es Rafa quién contesta.

—Sí, todo bien. Llevad cuidado.

Le da un beso paternal en la frente y vuelve a mirarme a la espera de algo: una respuesta, una reacción… No tengo ninguna. Solo pongo mi mano en la espalda de Carla y la guío para marcharnos.

En el coche se instala un cómodo silencio entre nosotros. La radio suena de fondo mientras el viento se cuela por la ventana bajada.

—Tienes una familia maravillosa. —Se aparta los pelillos que se han escapado de la cola y noto su mirada sobre mí.

—Puede que desde fuera lo parezca, pero no todo es tan bonito. También tenemos nuestras mierdas. —Y cada día que pasa se hacen más grandes.

—Sé a qué te refieres y no son tan oscuras como tú crees.

—Según la versión de mi hermano puede que no. Quizá la mía sea un poco diferente.

De pronto, en el coche hace demasiado calor. El aire que entra por la ventana es insuficiente y siento que me cuesta respirar.

—¿Quieres contármela? —No contesto. Sigo con la vista fija en la carretera—. Yo te he contado mis mierdas. Nunca se lo había contado a nadie, ni siquiera a tu hermano.

La miro sorprendido.

—¿Por qué no?

—A mi madre le avergüenza su comportamiento. Al día siguiente, cuando es consciente de lo que ha hecho, se hunde aún más y llora durante días. Pero no me distraigas. Puedes hablar conmigo, si quieres.

¿Quiero?

En realidad no.

¿Cómo contarle mi mayor secreto y que la imagen que ella tiene de mi madre, de mi familia, hasta de Rafa que la ha besado como si fuera su hija, quede destruida? No puedo hacerle eso, no ahora que he presenciado el hueco que Carla ha encontrado entre los míos.

Pero sería liberador hacerlo, decir en voz alta lo que lleva cuatro años atormentándome.

Era tarde cuando llegué a casa después de una noche de estudio en la biblioteca y unas cuantas cervezas en la cantina.

Era una noche sin luna. El jardín estaba en penumbra y no había luces en la casa.

Algo brilló a través de la valla justo cuando iba a apagar el motor.

Más allá del jardín tan solo había un huerto abandonado, nada que reflejara aquel extraño brillo. Al asomarme, vi el coche de Rafa.

El corazón me dio un bote. Algo grave debía haber sucedido para que Rafa siguiera en casa a esas horas.

Entré a la carrera, pero solo encontré silencio.

Algo comenzó a tomar forma, una verdad que llevaba tiempo en mi cabeza y que nunca dejé germinar, como si fueran muchos hilos dispersos y deshilachados que comenzaban a unirse formando una costura que solo podía conducir en una dirección.

Rafa siempre estuvo en nuestras vidas, desde que mi abuela se dio cuenta de que el vecino pegaba más a su hijo que lo alimentaba. Lo acogió bajo su ala y prácticamente lo crio como a los suyos.