11
Hugo
M i madre está en la cocina preparando la cena. Huele a tomate frito y especias, y oigo cómo las tripas de Carla vuelven a protestar con el delicioso aroma. Me pregunto si habrá comido a mediodía. Estoy convencido de que no.
—Mamá, traigo una invitada.
Empujo a Carla al interior de la cocina. Entra con pasos tímidos, como si fuese la primera vez. Su cara está despejada, limpia de lágrimas, pero la tristeza que han dejado a su paso es bien visible.
—Qué sorpresa. —Mi madre se limpia las manos antes de abrazarla.
—Perdona que me presente sin avisar. No querría molestar.
—Ni se te ocurra decir eso, cariño. Tú puedes venir siempre que quieras, aquí nunca molestas.
La franqueza de mi madre le arranca otras tantas lágrimas a Carla.
—Pero, cariño, ¿estás llorando? Está bien, no pasa nada. —Mi madre no lo duda y la acuna entre sus brazos como si fuese una niña.
Se me forma un nudo en el estómago al ver la escena. Creo que mi madre es justo lo que Carla necesita en este momento: una madre cariñosa y atenta que siempre está ahí cuando la necesitas. Yo la tuve siempre que la necesité, pero de eso hace ya unos cuántos años.
—Hugo, no entiendo esto.
Inspiro resignado al escuchar a Martina al fondo del pasillo. Las matemáticas con ella son desquiciantes. Otro problema más y me tiraré por la ventana.
—¿Puedo ir yo? —Carla se limpia las lágrimas y me suplica con la mirada.
—Será lo mejor —contesta mi madre por mí—. Hugo no tiene mucha paciencia con su hermana.
Pongo los ojos en blanco y sigo a Carla hasta que sale de la cocina.
—¿Qué ha pasado? —susurra mi madre cuando Carla se aleja lo suficiente.
—Su madre —contesto de forma escueta. No pienso contarle nada. Si Carla no se lo ha contado a nadie más, yo tampoco voy a hacerlo.
—Pobre chica, esa mujer le está haciendo la vida demasiado difícil. Y tu hermano, ¿dónde está?
Enciende el horno y mete la lasaña.
—Se ha ido a ver el partido de Andrés.
—¿Y Carla cómo ha venido?
Puedo ver la secuencia lógica de pensamientos de mi madre. Si Carla está aquí, en ese estado, mi hermano también debería. Pero en todo esto no hay lógica alguna.
—En autobús.
—¿Tu hermano ha llegado a verla? ¿Sabía que iba a venir?
—La ha visto en la puerta cuando se iba.
—Espera. —Mi madre se gira de golpe—. ¿Me estás diciendo que tu hermano ha visto a Carla y, aun así, se ha ido?
Asiento con la cabeza.
—Si se tardan casi dos horas en llegar aquí en autobús. ¿Cómo ha podido irse? ¿Cómo ha podido dejarla tal y como está?
No contesto. Bastante esfuerzo me supone ya no de decir todas las maldades que ahora mismo pienso sobre Fran.
—Tu hermano no se merece a esa chica.
—Por una vez estamos de acuerdo. —Sus cejas rubias se arquean y me dirige una mirada sorprendida, casi esperanzada, pero no le doy tiempo a que diga nada más—. Voy a poner la mesa.
Hoy somos pocos para cenar, por lo que me las ingenio para situarme en el extremo opuesto de Rafa. Tina ha empezado a trabajar de camarera por las noches para pagarse sus caprichos, y Fran… A él mejor ni lo menciono.
—Este fin de semana tenemos que ir a la playa y poner la casa a punto —propone mi madre.
Poner la casa a punto implica un fin de semana de limpieza intensiva hasta que todo brille.
—Qué pena, mamá. Tengo guardia. —Le sonrió con malicia ante la mirada de reproche que me lanza.
—Pido no. —Martina levanta la mano en el intento de librarse del entretenido fin de semana que les espera.
—De eso nada, señorita. Ya eres mayor para ayudar en las tareas.
Aprieto los puños sobre el mantel. Odio que Rafa les hable a mis hermanas como si fuera su padre. Las palabras afiladas me cortan en la lengua y le doy un trago al vino para tragármelas. Lo que menos necesita Carla en este momento es una discusión, pero no reprimo mi mirada asesina.
—Bueno, Martina, ¿qué tal han ido las clases con Carla?
La estrategia de Rafa siempre es la misma: fingir que no existo y centrarse en mis hermanas.
—Muy bien. Carla me ha explicado los problemas y los he hecho todos sin equivocarme. Es muy buena profesora.
—¿Es verdad, Carla? ¿Lo ha hecho bien? —Los ojos azules de mi madre la miran con esperanza. Martina ha aprobado con nota la mayoría de las asignaturas, pero las Matemáticas no son su fuerte.
—Es verdad, lo ha hecho muy bien. Los problemas son lo más difícil. Creo que una vez que entiendes el razonamiento de deducción puedes resolver cualquier problema.
—Eso es porque eres buena estudiante y tienes mucha paciencia. Hugo en cambio…
Sonrío antes de llevarme otra cucharada de lasaña a la boca. No tengo nada que rebatir. Con Martina y su bloqueo para las mates tengo la paciencia de un toro bravo.
—Claro que lo es —exclama Martina—. ¿Sabéis qué nota ha sacado en selectividad?
Me vuelvo hacia Carla.
—¿Han publicado ya las notas? —Estas dos semanas he estado tan en vilo como si fueran mis propias notas y no las de ella.
—Las han publicado esta mañana. He sacado un 9,78.
—¡Guau! —Silbo—. Debes de haber sido la nota más alta de la región.
—Eso es fantástico, Carla —la felicita mi madre—. ¿Sabes ya qué vas a estudiar?
—Todavía no.
—Deberías ser médico, cariño.
—Lo he pensado, pero no sé si estoy capacitada para ello. Hay una diferencia muy grande entre ser buen estudiante y ser buen médico. —Se encoge de hombros y toquetea la servilleta que tiene sobre los muslos todavía con los ojos brillantes.
Este debería ser un motivo de celebración, sin embargo, esconde la mirada al borde de las lágrimas.
Casi puedo verla llegar a su casa exultante, con deseos de compartir con su madre los frutos de tanto esfuerzo, y cómo su madre los destrozaba con gritos y dolor.
Tengo tantas ganas de volver a abrazarla que me duelen los brazos por no poder hacerlo. En su lugar solo digo:
—Creo que serías una gran médica, Carlita.
Sus mejillas se encienden y sonrío satisfecho. Ruborizarla es lo más divertido del mundo.
—Por cierto, creo que se acerca el cumpleaños de alguien. —Miro a Martina—. ¿Qué vas a querer de regalo?
—Quiero una fiesta de cumpleaños supergrande, pero mamá me ha dicho que no. —Martina se cruza de brazos enfadada.
—Te recuerdo que has sacado un suficiente en Mates y otro en Lengua. Para tener una superfiesta de cumpleaños hay que obtener mejores notas. Pero tranquila, prometo hacer de este verano unas vacaciones inolvidables.
Martina traga saliva y, por un segundo, parece sumisa y dispuesta a achantarse, pero el efecto se evapora pronto. Es el privilegio de ser la pequeña de cinco hermanos: los castigos con ella en esta casa duran lo mismo que una bolsa de croissants de chocolate.
—Bueno, no pasa nada. —Se encoge de hombros y añade—: Carla ha prometido organizarme una.
Todas las miradas de la mesa se giran hacia la aludida y un tono rojo oscuro delicioso le tiñe el rostro.
—Yo… no sabía que estaba castigada —intenta justificarse—. Lo siento mucho, Cristina. Es que me ha puesto una cara que no me he podido negar.
—Te ha puesto cara de gato, ¿verdad? —Sonia no ha abierto la boca hasta ahora. Suele ser bastante callada, sobre todo si hay invitados, pero cualquier beneficio que obtenga Martina saca su vena más combativa.
—¿Cara de gato? —pregunta Carla.
—Es la cara del gato con botas de Shrek —le explico.
Shrek 2 es la película favorita de Martina.
La habrá visto como mínimo medio millón de veces y nos ha obligado a verla con ella otras tantas.
En la película, el Gato con botas pone tal cara de súplica, con sus grandes ojos negros implorantes y casi al borde de las lágrimas, que sus rivales se enternecen bajando la guardia y poniéndoselo en bandeja al gato, que aprovecha para sacar su espada y acabar con ellos.
Es la misma cara que pone Martina cuando quiere salirse con la suya, y puedo asegurar que es imposible decirle que no.
—Es verdad. —Carla se gira hacia Martina—. Es una pasada, tienes que enseñarme.
—No, por favor —pido, casi suplico—. Como te enseñe a poner esa cara, entonces sí que vas a ser mi perdición.
Carla se gira como un resorte y me pierdo en su mirada. Podría hacerlo el resto de mi vida, pero después de unos segundos, vuelvo a mi plato y termino de rebañar la lasaña. Hay demasiados testigos en la mesa.
—Carla, este año tienes que venir unos días a la playa. —No es la primera vez que mi madre la invita. Carla siempre rechaza el ofrecimiento con educación, por eso me sorprendo tanto al escucharla.
—Me encantaría. Iré sin falta.
La cena continúa con la cháchara incesante de Martina. Si a Sonia los invitados le retraen la lengua, a Martina se la sueltan y no para de atosigar a Carla hasta bien entrado el postre.
Son cerca de las diez cuando Carla da por concluida la velada.
—Será mejor que me vaya. Muchas gracias por la cena, Cristina. Estaba todo buenísimo.
—Aún es temprano, cariño, puedes quedarte un rato más si te apetece.
—Prefiero volver ya. No me gusta estar tanto tiempo fuera. —Mi madre asiente como si entendiera a la perfección la situación—. Además, si no me voy ya, perderé el autobús.
Mi madre me mira alarmada.
—No permitirás que se vaya en autobús, ¿verdad?
—Por supuesto que no, mamá.
—No es necesario, Hugo.
—Anda, vamos.
Tengo ya mi mano apoyada en la espalda de Carla cuando Martina vuelve a interrumpir.
—Me quedan solo dos problemas y has prometido ayudarme.
La muy bruja vuelve a exhibir su cara de gato y Carla es incapaz de resistirse.
—Te espero fuera —le digo y me saco el paquete de tabaco.
La noche es más fresca de lo esperado y una ligera brisa mece los árboles cuando salgo al porche.
Me enciendo un cigarro y dejo que el humo me llene los pulmones de calma, pero es efímera.
Voy por mi segunda calada cuando intuyo la presencia de Rafa a mi espalda, y mi cuerpo entra en tensión antes de que hable.
—¿Qué estás haciendo?
Suspiro con hartazgo.
—Por si te has vuelto ciego en los últimos cinco minutos, estoy fumando —contesto con mi tono más hostil.