10
Hugo
L a veo al otro lado de la valla y se me disparan las pulsaciones.
Tengo cinco días de permiso, cinco días ociosos en los que aparte de leer y ver la tele, no tengo gran cosa que hacer.
El aburrimiento me ha traído hasta casa de mi madre para ver a las pequeñas un rato.
Después de media hora de problemas de matemáticas con Martina, me arrepiento de mi decisión, y salgo al jardín a fumarme un cigarro.
Desde que mi madre dejó de fumar, me tiene prohibido impregnar la casa con el olor del tabaco.
Así que siempre me siento en el banco de piedra del jardín, bajo la buganvilla, a fumar en busca de soledad en esta casa abarrotada.
No llevo ni cinco minutos y ya estoy sudando.
Las temperaturas han subido en los últimos días y el bochorno de la tarde augura una noche asfixiante.
Fran sale del garaje y lleva la moto hasta la verja. No puede verme desde aquí, pero yo sí veo a la perfección cómo saluda a Carla al llegar y a los pocos segundos se marcha.
Esta casa está a las afueras de la ciudad, en mitad de la nada. Las combinaciones de autobuses son espantosas y se tardan casi dos horas en llegar hasta aquí, algo que a Fran no parece importarle porque arranca la moto y se larga, dejando a Carla plantada en la puerta.
Voy a matarlo.
Mi hermano se parece tanto a mi padre que no debería sorprenderme la forma en la que acelera sin remordimientos.
A mi padre jamás le importó dejar a su mujer y a sus cinco hijos por cualquier plan que lo eximiera de las responsabilidades o los problemas familiares.
Fran es igual. Es un buen hermano, un buen amigo o un buen novio siempre que no haya un plan mejor.
En lugar de madurar conforme crece, se deja encandilar por cada nuevo brillo que aparece en su vida, sin darse cuenta de que lo que más brilla es justo lo que acaba de dejar atrás.
Aplasto de malos modos la colilla y me acerco hasta ella.
—Hola, Carlita.
Se gira sobresaltada y a mí se me encogen las tripas al verla. Está llorando, y no es una lágrima perdida. Su cara está empapada y desencajada, y no creo que sea porque mi hermano la haya dejado plantada.
Ahora sí que lo maldigo por marcharse y dejarla en estas condiciones.
La acerco y la abrazo.
—Ven, pasa.
Carla no dice nada y deja que la lleve hasta el banco. Está despeinada y mechones sueltos se le pegan a la frente por el sudor. Le aparto el pelo con cuidado y le seco cada nueva lágrima con el pulgar. Es como ver una obra de arte, vibrante, intensa. Preciosa.
La atraigo hasta mi pecho y la abrazo. No quiero preguntar qué le pasa, ni llenar este silencio con preguntas que quizá no esté preparada para contestar.
—No sabía a dónde ir. Quizás no debería haber venido.
—Ni se te ocurra pensarlo. Aquí tienes las puertas siempre abiertas. Si me hubieras llamado, habría ido a buscarte. Lo sabes, ¿verdad?
Asiente entre mis brazos.
—¿Estás mejor?
No responde. No tengo prisa, aunque me muero por entenderla. La miro entre mis brazos, los ojos cerrados, las pestañas mojadas que ya me mojan la camiseta, y creo que encajamos a la perfección. No es el momento adecuado para pensar en ello, pero me resulta inevitable al tenerla contra mi pecho.
—Ahora sí.
Tomo aire al escucharla. La entiendo. Hace tan solo dos meses fue al revés. Si ella no hubiera estado a mi lado en aquel baño me habría derrumbado. Fue mi salvación aquel día y yo quiero ser lo mismo para ella.
—Mi madre, no está… No está muy bien —dice tan bajo que el canto de las cigarras se come sus palabras y tengo que inclinarme para oírla.
Se vuelve a sumir en el silencio y la noto temblar. La abrazo un poco más fuerte y dejo que se desahogue, que lo suelte todo. Tras unos minutos, se incorpora y me mira con la cara mojada pero un poco más fuerte.
—Sufre ataques. Es como si perdiera la razón. —Se frota las manos en los pantalones—. Se pone a gritar como si estuviese loca, a golpear y a destrozar todo lo que encuentra a su alrededor. Se araña y se lesiona, como si no supiera lo que hace.
—¿Te ha puesto la mano encima alguna vez?
—Nunca queriendo. Cuando está así, ni siquiera me ve.
No sabe que estoy a su lado, hasta que consigo calmarla, y entonces me mira desencajada y empieza a llorar.
Después la acuesto y le doy un sedante que la ayuda a dormir.
Y cuando despierta, no hablamos de lo que ha pasado.
Vuelve a ese estado de sopor en el que está sumida desde… que mi padre murió.
Hablar de su padre parece un esfuerzo descomunal para ella, y estoy convencido de que nunca habla de él con nadie, ni siquiera con Fran.
—Hoy ha roto las últimas fotos que tenía suyas. Las ha hecho añicos para que no pueda pegarlas, para que sea imposible volver a arreglarlas y tenga que deshacerme de ellas. —Otra lágrima le baja por la mejilla y la cojo con dulzura antes de que caiga—. Creo que eso me ha superado.
—¿Qué le pasó? —me atrevo a preguntar. No quiero forzarla a hablar, pero me da la impresión de que es exactamente eso lo que necesita: desahogarse.
—Mi padre murió cuando yo tenía ocho años y mi madre nunca lo superó. Supongo que eso ya lo sabes. Lo que creo que no sabes es que fue mi madre la causante de su muerte, o al menos siempre ha pensado eso.
Me mantengo en silencio, con mi brazo acariciándole la espalda.
—Iban en el coche —continúa—, hablando y riendo, y ella lo miró un segundo.
No vio al coche que venía de frente invadir su carril.
Cuando levantó la vista, hizo lo que cualquiera haría: dio un volantazo y giró a la izquierda.
Es un acto reflejo que se hace sin pensar para que tu cuerpo reciba el menor impacto posible.
El lado del copiloto se llevó todo el golpe. Mi padre murió en el acto.
—No creo que fuera culpa de tu madre.
—Yo lo sé, pero ella lleva arrastrando esa culpa, repitiendo una y otra vez que si hubiera mirado a la carretera podría haber hecho otra cosa y quizá mi padre seguiría con vida.
Lo ha repetido tanto a lo largo de los años que hasta mis abuelos paternos se lo creyeron, y al poco tiempo dejaron de visitarnos.
Decían que no podían seguir viendo a la causante de la muerte de su hijo.
Desde ese momento, no volvió a ser la misma.
No sale de casa, casi no habla, a veces se olvida de comer…
—Lo siento.
Es lo único que puedo decirle. Las situaciones familiares a veces se convierten en marañas tan prietas que casi no te dejan respirar, que te impiden avanzar y vivir la vida que realmente querrías.
Vuelvo a apretarla entre mis brazos, a proporcionarle el único consuelo del que soy capaz para ayudarla a sobrellevar una situación que no tiene solución.
Permanecemos así mucho tiempo, mientras el calor sofocante del día es sustituido por el fresco de la noche, hasta que el estómago de Carla protesta.
—¿Tienes hambre? —Tiro de ella sin esperar respuesta—. Vamos, es la hora de cenar.