El cielo al fin puede esperar 9
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Carla

N ada más abrir la puerta oigo los gritos. Me lanzo a la carrera y subo las escaleras de dos en dos con el corazón desbocado. El portero me espera en la puerta como un perro asustado sin saber qué hacer.

—No he entrado, como tú me dijiste. —Tiene que levantar la voz para hacerse oír por encima de los gritos.

—Gracias, Fernando. Yo me ocupo.

Trato de mantener la calma, de que mi rostro no refleje la ansiedad que me devora por dentro. Fernando es mayor, tan solo le quedan unos meses para jubilarse, y no quiero que se llevé otro mal recuerdo de nosotras: la loca del segundo y la pobre de su hija, como nos llaman el resto de vecinos.

Entro con sigilo y dejo en el rellano a Fernando con la preocupación pintada en la cara.

Adoro a este hombre. A lo largo de los años su compañía ha aliviado el peso de la depresión de mi madre.

Me ha enseñado a cocinar lo poco que sé, y nos ha ahorrado mucho dinero reparando los pequeños desperfectos que iban surgiendo.

Le dedico una sonrisa para tranquilizarlo antes de cerrar la puerta.

Una vez más, el horror me espera al otro lado. Mi madre está ida, con el rostro roto y lleno de lágrimas, el pelo despeinado, la boca desencajada y la mirada turbia por unos recuerdos que solo ella ve.

Todo está fuera de lugar, tirado por el suelo y arrasado por su locura.

La mesa de la cocina está volcada, el frutero roto y varias piezas de fruta por el suelo.

Ha debido estampar un vaso sobre el frigorífico.

Gotas de agua descienden por el frontal gris y terminan en un charco sobre cristales rotos.

Hace tiempo que me deshice de cualquier objeto decorativo que fuese prescindible: jarrones, plantas, cuadros o figuras eran siempre su primer objetivo. Pero me he negado a deshacerme de ciertas cosas, como el marco que está tirado en mitad del salón como si fuera basura.

No me detengo en los detalles y voy hacia ella.

La abrazo por detrás y trato de alejar sus pies descalzos de los cristales que llenan el suelo.

Con los años he aprendido cual es la mejor manera de enfrentarme a este momento: inmovilizarla.

Le presiono los brazos contra el cuerpo para que no me arañe, ni me tire del pelo o me pellizque como siempre trata de hacer cuando pierde la razón de esta manera.

Cuando ni siquiera es capaz de reconocerme como su hija, y solo me ve como una extraña de la que tiene que defenderse.

—Shhh, Shhh… Estoy aquí, mamá. Ya pasó.

Trato de acunarla entre mis brazos, pero me suelta un codazo en el estómago que me arranca el aire de golpe.

Debería soltarla, abandonarla de una vez para que no vuelva a golpearme, marcharme de esta casa que se parece más a una prisión que a un hogar.

Sé que no lo haré, que, aunque mi madre haya estado en este estado más que en uno normal, la quiero y no puedo abandonarla.

Tampoco hay nadie más para cuidar de ella.

—Shhh… Shhh… —repito y aprieto mi agarre.

Mi madre pierde fuerza conforme mi presión aumenta. Sé que tardará en calmarse unos diez minutos antes de que el llanto arrecie y se dé cuenta de lo que ha hecho. Espero paciente, meciéndola de un lado a otro mientras me trago las lágrimas.

Miro el reloj en la pared y cuento los minutos. Está colgado lo más alto posible, cerca del techo, para que nunca pueda alcanzarlo y romperlo. Es de los pocos recuerdos de mi padre que aún conservo: verlo llegar con aquel reloj y colgarlo en la pared como si fuera un tesoro.

A los ocho minutos exactos sé que lo peor ha pasado y la suelto. Se da la vuelta y entonces me ve de verdad, a mí, a su hija, no a la extraña de la que trataba de defenderse hace unos minutos.

—¿Carla?

Creo que este momento es el peor de todos, cuando la tormenta ha pasado y ella es tan consciente como yo del daño que ha causado.

—Lo siento, cariño. Lo siento tanto.

Llora sobre mi hombro mientras la abrazo y le acaricio el pelo como ella hacía conmigo cuando era una niña y los papeles estaban cambiados, cuando mi madre era una madre de verdad y no la mente perturbada de la que llevo cuidando toda mi vida.

—Vamos, mamá, te llevaré a la cama.

Es mediodía y el sol luce brillante, pero la guío hasta su cuarto y la acuesto sin comer. También sé que no probará bocado hasta mañana. Le doy el sedante de siempre y, cuando su respiración se vuelve pesada, le suelto la mano dispuesta a enfrentarme al desastre de fuera.

De forma mecánica, coloco cada cosa en su lugar.

Levanto la mesa, recojo las naranjas y las vuelvo a colocar en el frutero.

Limpio el frigorífico y barro los cristales.

Coloco la televisión en su lugar y compruebo que funcione.

Cualquier cosa antes de enfrentarme al marco destrozado y los restos de la foto desparramados por el suelo.

Cuando me arrodillo a recoger los pedazos del último recuerdo que me queda de mi padre, me rompo. He aguantado esta situación durante años, pero ver los pedazos de la única foto que me quedaba con él me desgarra el corazón en los mismos trozos.

Soy yo la que grita ahora y lanza esos trozos de papel contra la pared.

No podré pegarlos como he hecho otras veces.

Ya no veré más su sonrisa al posar conmigo en mi primer pódium de gimnasia rítmica.

Cada tarde me acompañaba a los entrenamientos y se quedaba observando para después corregirme los fallos.

Cuando murió, mi pasión por la gimnasia murió con él.

No he vuelto a practicar, pero ver esa foto cada día al entrar me llenaba de orgullo.

Cojo las llaves y doy un portazo. Necesito salir, alejarme de esta casa maldita y de una vida de mierda. Huir lo más lejos que pueda.

Me siento en la parada y espero paciente a que llegue el siguiente autobús. Aún faltan cuarenta minutos, pero no importa. Prefiero estar al aire libre que encerrada de nuevo con los fantasmas de mi madre.

En realidad, no tengo a donde ir. Solo hay un sitio, y rezo para ser bienvenida.

El trayecto es largo, primero en un autobús y después en otro. También recorro el kilómetro de distancia desde la parada hasta mi destino. Cuando veo la casa de Fran, estoy hambrienta, cansada y empapada en sudor.

La verja está abierta y me cuelo en el jardín.

Los rosales a los que tanto cuidado le dedica Cristina están en plena flor y su olor inunda el ambiente.

Tomo un suspiro de alivio. Solo con estar en el jardín de este chalet a las afueras de la ciudad me siento como en casa, algo que no me pasa entre las paredes de mi hogar.

No tengo que llamar al timbre. Fran sale en ese mismo momento del garaje.

—¿Qué haces aquí?

—Me apetecía salir un rato —miento, y espero que la congoja en mi voz no sea tan evidente como la siento. Mis ojos reparan en la moto de Fran y se me cae el alma a los pies—. ¿Te vas?

—Sí, he quedado con Andrés para ir al partido de baloncesto, ¿no te acuerdas?

—Ah, es verdad —vuelvo a mentir.

Las notas de selectividad salían hoy y habíamos quedado en que me acompañaría a la universidad. Por supuesto, ha cambiado los planes en el último momento y me ha tocado ir sola, pero he estado tan ocupada limpiando el desastre de mi madre que ni me he acordado.

—Si quieres me quedo.

Por un segundo, estoy tentada a decirle que sí, a gritarle que lo necesito.

Que no quiero que me vuelva a relegar al fondo del cajón de los planes, el lugar al que solo va a buscar cuando no tiene nada mejor que hacer.

Pero sé distinguir la pesadumbre en su voz, y no es de preocupación por mí exactamente, sino por tener que rechazar ese nuevo plan que no me incluye.

—No te preocupes. Entraré a saludar a tu familia.

—Pues perfecto. —Ni siquiera se molesta en ocultar un suspiro de alivio. Mira el reloj y me dice con prisas—: Me voy que llego tarde.

Al menos tiene el detalle de darme un beso fugaz en la mejilla antes de largarse.

Trato de contener las lágrimas. Solo lo consigo durante unos cinco segundos antes de desmoronarme del todo. Aunque esta vez no son solo lágrimas de pena. Son de rabia, maldita sea.

Yo siempre estoy ahí para él. ¿Cuántas veces me ha buscado después de tener una bronca con su madre?

¿Cuántas veces lo he consolado después de que hubiese quedado con su padre y no apareciera?

Recuerdo a la perfección el día que tuvo un ataque de ansiedad cuando se cruzó con su padre por la calle y con aquella chica que tenía edad de ser su hija y no su amante.

Lo llevé al hospital y, cuando le dieron el alta un par de horas después, me quedé consolándolo.

Yo siempre he estado ahí cuando Fran tenía una crisis familiar, que era muy a menudo. Sin embargo, podía contar con los dedos de una mano las veces que yo lo había necesitado y él había estado a mi lado. Me sobran tres dedos.

Me trago la rabia, me trago el dolor, y me doy la vuelta.

No pienso entrar a saludar. No sé si seré capaz de soportar el ambiente familiar de esta casa.

Cristina quiere a sus hijos con una fiereza admirable.

Puede que sus tres hijos mayores se muestren distantes desde que ha vuelto a casarse, pero no puede ser más palpable el amor que se respira en esta casa.

Envidio esa forma de querer, supongo porque he carecido de una madre que me haya querido así.

Empiezo a andar, dispuesta a volver a recorrer mi periplo en autobús, sintiéndome más sola que nunca.