El cielo al fin puede esperar 8
30%

8

Hugo

Dos años antes

S algo del bar con el deseo todavía latente en las venas y con ninguna gana de irme a mi casa, y mucho menos aguantar el sermón que Marco se ha guardado para cuando estuviéramos solos.

—¡Pero tú estás loco! Así que Carla es tu bloqueo. ¡No me lo puedo creer!

—La culpa es tuya —admito, con una risa amarga ante lo patética que suena mi excusa.

—Mía, ¿por qué?

—Era a ti a quien se quería ligar Lisa aquella noche. Carla solo fue el cebo y yo caí como un idiota. He intentado mantenerme alejado de ella, pero…

Meto las manos en los bolsillos y voy hasta el coche con prisas, como si con ello pudiera alejarme de ella y del maremoto que ha provocado al presionar su cuerpo contra mi po…

—Pues he de decirte que has vuelto a caer como un imbécil, porque eso —y señala hacia el bar— ha sido lamentable.

Suspiro enfadado. No con Marco, él solo es un amigo diciéndome la jodida verdad. Si estoy enfadado es por ser un completo idiota sin autocontrol. Después de meses evitándola, intentando alejarme de ella, he cedido con docilidad y me he enredado en apenas un par de minutos.

Niego con la cabeza. Parezco nuevo.

—Anda, llévame a casa.

Había pensado volver a la base, pero no estoy en condiciones de conducir. En vez de llevarme a casa de mi padre, el muy idiota me lleva a casa de mi madre. La costumbre, supongo.

Al día siguiente, el ruido de los platos me saca de un sueño resacoso. Apesto a alcohol. Necesito lavarme los dientes tres veces y una ducha rápida para volver a ser persona. Nada más salir del baño, Martina me espera con su cháchara habitual.

—¿Has dormido aquí? —Asiento sin ganas de hablar—. ¿Por qué no me despertaste cuando llegaste? Habría ido a dormir contigo.

—Por eso mismo no te desperté. Das muchas patadas. —Me saca la lengua antes de irse.

Me seco el pelo con la toalla. Estoy tan adormilado que no me doy cuenta y choco de bruces contra algo. No, contra algo, no. Contra alguien.

—Perdona, Hugo, no te había visto.

Carla se aferra a mi camiseta para no caerse y no me queda más remedio que cogerla por la cintura.

No toco gran cosa. Lleva una sudadera un par de tallas más grandes y unos vaqueros, la cara lavada y el pelo suelto.

Aun así, siento un fogonazo de deseo atravesarme como un rayo y tengo que dar un paso atrás como precaución.

—Perdóname tú. Me acabo de levantar y todavía no estoy muy despierto.

Asiente antes de marcharse con las mejillas encendidas.

La mesa está puesta cuando llego al salón.

La casa de mi madre, mejor dicho, la casa donde he crecido y pasado mi infancia y adolescencia, y que hasta hace bien poco había considerado como mi hogar, es acogedora.

Ubicada en una zona residencial a las afueras de la ciudad, cerca de la vía del tren, tiene un estilo rústico de techos altos, vigas de madera y muebles oscuros.

Rodeada de arbolado, con una piscina, y amplitud en cada estancia, fue el lugar ideal en el que crecer.

Conservo muchos buenos recuerdos de los años vividos aquí, hasta que uno solo se los llevó todos y los redujo a cenizas.

La comida es insufrible. La resaca me facilita volver a colocarme la máscara y distanciarme de todo el mundo. Después de meses sin sentarme a comer en la misma mesa que mi madre y Rafa, y de Fran y Carla, la perspectiva de volver a la base a sufrir con mis compañeros no me parece tan mala.

Ver a mi madre tan feliz se me hace insoportable.

El divorcio de mis padres fue muy complicado. Todavía recuerdo las peleas, los llantos de mi madre, las huidas de mi padre. Que se separaran era el final anunciado de una historia de amor que se tambaleaba desde hacía años.

A veces me pregunto cómo dos personas que se habían querido tanto podían pasar a odiarse con tanta rapidez. Después miraba a Rafa y lo entendía. Yo mismo lo quise como a alguien de la familia y ahora lo detesto como a una enfermedad contagiosa.

Entendía que mi madre abandonara a mi padre.

Nunca fue un buen marido y se lo ganó a pulso.

Podía soportarlo, igual que los meses en los que me usaban de forma constante como mensajero de palabras afiladas que solo buscaban dañar al otro, y que la mayor parte de las veces me guardaba para que la guerra entre ellos se fuera enfriando.

Ya era lo bastante mayor para aguantarlo.

Que mi madre rehiciera su vida con otro hombre, aunque no me gustara, eso podía entenderlo, podía respetarlo. Pero no con él. Con él nunca.

Ver a Rafa presidiendo la mesa familiar como si fuera el dueño de esta casa me pone enfermo.

La forma en la que mi madre le ríe todas sus gracias y lo mira con adoración me provoca arcadas.

Y la ternura con la que siempre lo acaricia, sin importar que sus cinco hijos estén sentados a la mesa, es agónica.

Me levanto de golpe al ver que mi madre le pasa el pulgar por el labio retirándole una miga imaginaria. Mis hermanos piensan que su relación acaba de empezar y por eso son todo carantoñas y miradas enamoradas. Solo yo sé la verdad.

Comienzo a recoger la mesa dando la comida por concluida y mis hermanos me imitan. Meto los platos al lavavajillas y recojo la cocina sin hablar con nadie. Cuando vuelvo al salón, estoy solo. Me enciendo un cigarro y hojeo los libros que mi madre ha atesorado a lo largo de los años.

Dos estanterías de suelo a techo llenas de obras de todos los tamaños y géneros decoran la mayor parte de las paredes.

Es admirable la colección que mi madre ha reunido a lo largo de su vida.

Estoy tan absorto eligiendo cuál llevarme a la base, que no me percato de que Carla está limpiando la mesa, hasta que siento su roce a la espalda.

—Perdona, no me había dado cuenta de que estabas ahí —se disculpa con una sonrisa pícara.

«Será bruja».

Esa disculpa no puede ser más fingida.

Recorro el salón con la mirada. Seguimos solos.

Carla no puede terminar de limpiar la mesa si yo no me muevo, y yo no voy a hacerlo ni en broma.

Pasa la bayeta por la mesa, recogiendo las migas que se han derramado durante la comida, y de forma distraída vuelve a rozarse contra mí. Esta vez es su culo el que me roza la pierna enviando una descarga eléctrica por todo el cuerpo. Tengo que morderme la lengua para no maldecir en voz alta.

—¿Podrías dejar de rozarte, por favor?

Aprieto los puños y trato de contenerme para no saltar sobre ella. Es la novia de mi hermano, estamos en casa de mi madre, y yo… ¡¡No.Debo.Desearla!!

Debería tatuármelo en la jodida piel.

—Va a ser que no.

La forma descarada en la que responde sí que no me lo espero. Vuelve a darse la vuelta y finge de nuevo limpiar la mesa con su culo frotándose contra mi pierna.

¿Así que este va a ser el juego? Cuando nadie esté alrededor, cuando nadie mire, este será su juego.

Se va a enterar.

Me inclino sobre ella y apago el cigarro en el cenicero al otro lado de la mesa con una mano, mientras que con la otra le rodeo la cintura. Tiene que apoyarse sobre ambos brazos para aguantar su peso y el mío.

—Perdona, Carlita —le susurro al oído, mis labios rozando su piel—. Yo tampoco me he dado cuenta.

Se gira y clava esos ojos de largas pestañas en mí. La siento temblar bajo mi cuerpo, nerviosa por si alguien nos pilla. Su cadena dorada con mariposas engarzadas pende entre ambos, y estoy tentado a tirar de ella y acercarla aún más.

Si alguno de mis hermanos entrara en este momento no sé muy bien cómo podría explicarme, pero ahora mismo me da igual. Me pierdo un segundo en sus labios y tomo aire llevándome ese olor que me vuelve loco. Ojalá pudiera guardarlo para poder saborearlo más tarde.

—No estarás fumando dentro de casa, ¿verdad, Hugo?

La voz de mi madre me obliga a apartarme y me separo de ella como si nada hubiese sucedido.

Y así comienza nuestro juego, peligroso, retorcido y morboso. Un juego de miradas furtivas, de caricias robadas y deseo clandestino. Nos buscamos en cada encuentro familiar, y nos hablamos con la mirada en la distancia. Nunca sucede nada. Es la novia de mi hermano, jamás cruzaré esa línea.

Por suerte para mí, nunca estamos realmente solos.

Porque la única vez que eso ha sucedido, la he besado.

En la boda de mi madre, en mi momento más vulnerable, traspasé la frontera de lo prohibido.

Había sido como tocar el cielo y bajar al infierno inmediatamente después.

Y ahora los remordimientos juegan a devorarme, aunque tengo que admitir que son muy dulces.