El cielo al fin puede esperar 7
28%

7

Carla

Dos años antes

L o observo desde la otra punta del bar y el ardor de los celos me devora el pecho.

Deben ser eso: celos, porque en mi vida he experimentado ese incendio que siento bajo la piel al ver como otra mujer pone sus manos sobre Hugo y toquetea uno de los escudos de su uniforme. Sobre el pecho, ni más ni menos.

Agradezco que me dé la espalda y no pueda ver la mirada incendiaria que les dirijo.

Hugo no necesita lucir esa cabellera oscura para llamar la atención.

Incluso sin pelo lo hace. Con ese uniforme azul que se le ajusta a la perfección a cada músculo, solo necesita mirarte con esas pupilas de negrura imposible para que te tiemblen hasta las bragas.

Le doy un trago a la cerveza que hay sobre la mesa, con un temblor incontrolable en la pierna. Estoy desquiciada, tanto que estoy a segundos de levantarme y apartar de muy malos modos a esa guarra que liga de forma descarada con él.

No tengo ningún motivo para sentirme así, y tampoco ningún derecho. Hugo no es nada mío. Ni mi novio, ni mi ligue, ni tan siquiera debería gustarme, pero… lo hace.

Me he pasado meses convenciéndome de que los sentimientos que despertó en mí la noche que lo conocí no significaban nada.

Que para él solo fui un ligue en un bar del que estaba claro se había arrepentido después.

No había cruzado más que un par de saludos hoscos las pocas veces que coincidimos, pero esta noche…

Por el brillo en sus ojos y la pesadez al hablar está claro que va borracho. Casi estoy convencida de que ese «estás preciosa» se le ha escapado sin querer, y una idea empieza a tomar forma en mi cabeza. Una idea que se confirma segundos después, cuando Hugo fija sus iris en los míos.

Mi mal humor se evapora al detectar la voracidad en sus ojos negros, en la forma en la que me come con la mirada, pese a estar ligando con otra mujer, y en la certeza de que la distancia que ha mantenido estos últimos meses es su método de defensa.

Me pongo de pie de un salto. Las peores ideas surgen del amor o de los celos, y sé que esta puede llegar a copar los puestos más altos de las malas ideas, pero no me lo pienso demasiado. Si lo hago, me echaré atrás.

—¿Cuánto tiempo lleva? —inquiero, conteniendo el aliento.

—Ni cinco minutos, ¿por qué?

—Lisa, ven conmigo.

Tiro de su mano sin darle opción a que se niegue, y me voy directa a donde está Hugo y aquella morena a la que empiezo a desear matar.

Miénteme de David Bisbal comienza a sonar y me facilita la ejecución de mi plan. Me encanta esa canción y mi cuerpo cobra vida propia, como si fuera una experta en la pista y en seducir a un hombre, y no la primera vez que lo hago.

Lisa me sigue el juego sin hablar y comenzamos a movernos en un baile provocativo que pronto atrae las miradas de los hombres que nos rodean. Solo estamos ella y yo en medio de una pista de baile vacía, rodeada de mesas.

Me acaricia el abdomen de forma indecente y yo le devuelvo el gesto con la misma provocación. Después soy yo la que la agarra por la cintura y contonea el cuerpo a su alrededor, en un movimiento demasiado sensual para este antro.

No tardamos demasiado en ser rodeadas por varios hombres que nos observan hambrientos, pero a mí solo me interesa uno.

Me basta una mirada de reojo para ver a Hugo con la vista clavada en nosotras, con la mandíbula apretada y una expresión que solo podría describir como furia ciega.

Me río de forma descarada al verlo volver a morder mi anzuelo.

Ahora solo me queda terminar de pescarlo.

Doy una vuelta completa y me sitúo justo a su espalda.

—Vamos, déjalo ya —le pido con voz melosa—. Está claro que has ganado. Así que no sigas, por favor. —Me acerco hasta su oído y dejo mis palabras caer sobre su mejilla—. Ya estoy celosa, ¿contento?

Hugo me observa de reojo, con sus labios a centímetros de los míos.

—Mucho.

Sigue donde estaba, sin moverse del lado de esa chica que me mira como si quisiera quemarme en una hoguera. Decido ignorarla.

—Vamos, déjala y baila conmigo.

No opone ninguna resistencia cuando tiro de él y lo atraigo. Su cuerpo se inclina sobre el mío dejando una distancia prudente que yo tan solo quiero romper.

Puedo ver el fuego en sus ojos, el deseo bailando su propia canción entre nosotros, y la contención de la que hace gala. Pero si quiero ganar, necesito que dé rienda suelta a esa bestia hambrienta. Pego mi cuerpo al suyo y ese simple roce es un chispazo que casi nos electrocuta a ambos.

La canción no puede ser más acertada y casi parece que la hubieran escrito para nosotros, para este momento en el que solo deseo seducirlo, enloquecerlo y que sea mío, solo mío.

Deben ser los celos los que me dan la valentía para bailar de la forma en la que lo hago. No tengo ni idea si con esos movimientos conseguiré tentarlo, o justo lo contrario, pero sigo imitando esas hondas eróticas que las bailarinas hacen en televisión.

Le doy la espalda para que tenga una mejor visión. Doblo un poco las piernas, arqueo el cuerpo hacia delante y mezo las caderas hacia atrás. No es mi intención, o sí lo es, qué más da, pero mi culo roza sin querer la parte delantera de su uniforme.

—Joder, Carla. —La maldición de Hugo repta por mi espalda en una mezcla torturada de deseo y resistencia.

Debo romper esa última barrera que lo mantiene inmóvil si quiero ganar la apuesta, y demostrarle a él y a mí misma que la atracción que sentimos es muy real.

Repito el movimiento, más pronunciado esta vez. Ya no es un simple roce. Mi trasero se frota con fuerza sobre sus pantalones y corroboro que no es tan inmune a mí como aparenta. Notarlo así, tan excitado, solo me envalentona a seguir.

Me acaricio la cintura primero, las caderas y parte de mi pecho. Hugo no tarda en unirse a mis caricias. Pega su musculoso cuerpo a mi espalda y adapta los movimientos a mi ritmo.

No puedo evitar sentirme poderosa al ver cómo Hugo responde a mi sensual contoneo. La piel me arde y vuelvo a curvarme buscándolo. No termino el movimiento. Me coge del brazo y me obliga a girarme.

—Si vuelves a hacer eso, no respondo de lo que pueda pasar.

Suelto un grito al sentir una de sus piernas colarse entre las mías. Su fuerte muslo roza mi parte más sensible y me arqueo ante la potente sacudida que me recorre entera. Pero Hugo no me deja. Me rodea la cintura y me pega a su pecho.

No hay un centímetro de separación entre los dos y, aun así, quiero estar más cerca. Paso los brazos alrededor de su cuello y sus labios quedan a escasos centímetros.

—Pretendes que me vuelva loco, ¿no es así? —Deja caer su frente contra la mía con derrota, vencido porque ya lo hubiera hecho.

¿Es eso lo que quiero? ¿Volverlo loco?

Mi parte más sensual se restriega contra él a modo de respuesta.

«Solo quiero conocerte, tenemos toda la vida para lo demás».

«Cuando encuentras a esa mujer que te cambia la vida, desearás ser el primero».

Han pasado meses desde que Hugo me dijera aquellas palabras. Unas palabras que siguen grabadas a fuego en mi pecho y que ahora arden sin control.

Quiero que vuelva el chico de aquella noche que me conquistó con tanta facilidad, que me hizo sentir como si fuese la mujer más especial, la única para él. Quiero que regresen su sonrisa, sus bromas y sus caricias. No quiero más desplantes y duras miradas.

La mano de Hugo sube hasta mi mejilla. Sus nudillos me rozan a la par que su aliento se cuela entre mis labios. Sus ojos descienden despacio hasta mi boca y dejo de respirar.

El mundo desaparece a nuestro alrededor. La música sigue sonando, pero ya no la escucho. Los cuerpos se esfuman mientras los nuestros se mecen en un baile prohibido. Las siluetas a nuestro alrededor desaparecen porque solo puedo fijarme en esos ojos que me miran con hambre.

Esto no debe suceder y, sin embargo, no puedo parar. Todo volverá a su lugar cuando la canción acabe y no quiero que eso suceda, porque el mundo parece un lugar mejor entre sus brazos.

No consigo respirar con normalidad cuando la canción termina, con los labios de Hugo a escasos centímetros y sus manos tocándome por todas partes.

Mis pulsaciones siguen disparadas y no recuperaré el aliento si sigo bajo su contacto.

Me separo con reticencia, menos de la de Hugo que no parece dispuesto a soltarme.

Camino de la mesa, le guiño el ojo a una Lisa que me envía reproches con cada mirada. Me he pasado, lo sé, pero me regodeo en el cosquilleo que aún me recorre la piel. Me siento y vuelvo a beber de la cerveza, muy consciente de la forma en la que Hugo me clava los ojos a la espalda.

—¿Y bien? ¿Cuánto he durado con la morena?

Ahogo la risa ante la inocencia con la que Hugo le pregunta a Marco, sin ser consciente todavía de que ha perdido.

—Diez minutos —contesta con una sonrisilla maliciosa.

—Pues entonces es tu turno, Carlita.

—En realidad… yo ya he ganado, ¿no es así, chicos? —La pareja comparte una mirada cómplice y asiente.

Hugo parpadea, confuso.

—¿Cómo que has ganado? ¿Y se puede saber cuándo has ligado y con quién? ¡Yo no te he visto!

—¿Seguro? —canturreo con una sonrisa—. Habría jurado que estabas en primera fila.

Sonrío y doy otro trago a la espera de su reacción. Estallo en carcajadas al verlo pasar de la duda al enfado y fulminarme con la mirada.

—Eso no vale.

—¿Cómo que no? ¿Cuánto ha durado la canción? —Miro a Lisa, pero no espero su respuesta—. ¿Un par de minutos? He ganado.

Hugo se inclina sobre mí de forma intimidante y la chaqueta azul se ciñe aún más a los músculos de su pecho.

—No has ganado, te lo aseguro.

—¿Seguro? —susurro con pereza mirándome las uñas—. Porque juraría que alguien se ha quedado con demasiadas ganas de llevarme a la cama.

Levanto la barbilla desafiándolo a que lo niegue.

—En ese caso, hemos empatado.

Bufo de ira.

—De eso nada. ¿Por qué íbamos a empatar?

—Porque juraría que alguien se ha quedado con demasiadas ganas de que me la lleve a la cama.

Las pulsaciones se me disparan otra vez y me trago una maldición. Ha sido demasiado evidente, y sí, me he quedado con ganas de ir más allá de simples roces y caricias, pero reconocérselo es otro cantar.

Es Hugo el que levanta su irresistible mandíbula y me reta a que lo niegue.

—Bueno ¿hay empate o no? —Su sonrisa me quema en cada poro de mi cuerpo y no precisamente de rabia.

Aparto la vista, pero la sonrisa se desliza sola por mis labios. Es lo más excitante que me ha pasado en la vida y soy incapaz de disimularlo.

—Hay empate —suelto al fin.

—¡Sí señor! —Hugo da una palmada, victorioso y llama a la camarera.

—Pues yo no pienso pagar dos copas —se queja Marco.

—Ni yo —secunda Lisa.

Hugo vuelve su atención hacia mí.

—Bueno, nos conformaremos con solo una copa, ¿no, Carlita?

Carlita.

Odio que me llamen así y nunca, jamás, se lo permito a nadie, pero a Hugo… ¿Por qué no soy capaz de pedirle que no lo haga, y por qué me gusta tanto como suena en sus labios?

Me quedo enganchada de nuevo a la forma en la que Hugo me mira.

El alcohol le impide ponerse la máscara que ha llevado los últimos meses, y deja bien a la vista los oscuros deseos que encierra.

Arrastra sus ojos por mi rostro, por mis labios y después por parte de mi escote, y casi consigue que mi corazón abandone mi pecho.

—Sí, nos conformaremos solo con una —consigo decir no sé muy bien cómo.

La música sigue sonando, y a nuestro alrededor la gente bebe, fuma y baila, pero yo sigo inmersa en esos minutos que le hemos robado a un destino que no para de gritarme que nunca podremos estar juntos, dentro de una fantasía de la que Marco no tarda en sacarme.

—Creo que es hora de irse.

El contacto visual con Hugo se rompe y ambos lo miramos como si le hubieran crecido tres cabezas.

—¿Cómo que irse? ¿Ahora?

—Ahora —contesta Marco, y casi suena como una orden—. Alguien tendrá que poner un poco de cordura esta noche, ¿no os parece, chicos?

Miro a Hugo de reojo y compartimos una sonrisa. Marco tiene razón. Hay que poner un poco de sensatez y lo mejor es separarse, aunque a ninguno de los dos nos apetezca lo más mínimo.

—Bueno, en ese caso, un placer, señoritas. —Hugo se levanta con pereza y me dirige una mirada antes de marcharse.

Si piensa que se va a ir así sin más, lo lleva claro.

—Me alegra haber puesto las cosas en su lugar.

La sonrisa que le dedico cuando se gira es toda dientes blancos, una sonrisa triunfante con la que espero dejar claro que esto no ha terminado. Si esos escasos minutos son lo único que va a haber entre nosotros, que así sea.

Hugo me devuelve la sonrisa, todo malas intenciones y promesas perversas, y se marcha.

Tomo otra vez la cerveza y me la termino de un trago con las palabras de Lisa de fondo.

—Ya te vale, Carla.