El cielo al fin puede esperar 6 #3
26%

6 #3

—Bueno, chicos, ¿os apuntáis a un juego? —interrumpe Marco.

Me obligo a apartar la vista de esos ojos marrones que me absorben.

—A ver, ¿qué juego? —pregunto con cierta reserva. Conozco a Marco lo suficiente para saber qué trama algo.

—A ver quién liga antes. —Suelta una carcajada al ver mi mirada asesina.

—Venga, Carla —la anima Lisa—. Marco y yo hemos jugado varias veces.

—Vale. ¿Qué hay que hacer?

—Tú no vas a hacer nada —suelto de malos modos.

He jugado en varias ocasiones con Marco y estoy convencido de que mataré a cualquiera que ligue con Carla esta noche.

—Perdona, ¿hoy de qué vas, de guardaespaldas? —pregunta ofendida.

—Contigo, por supuesto.

—Bueno, pensándolo bien… Creo que no me importaría que lo fueras. —Levanta el hombro y apoya la barbilla en él. Sin duda busca provocarme, y sin duda lo está consiguiendo—. Bueno, ¿qué hay que hacer? —Se vuelve hacia Lisa y me ignora.

—Tú no vas a hacer nada —repito y trato de contener mi temperamento—. No me apetece pelearme con nadie esta noche.

—¿Y por qué ibas a hacerlo?

—Porque eres la novia de mi hermano y no vas a ligar con ningún otro.

—Igual, si lo repites varias veces, terminas creyéndotelo.

—He dicho que no —insisto, porque darle la razón no es una opción.

—Olvídame —contesta con insolencia, sin ni siquiera mirarme.

—El juego consiste en ver quién se liga antes a cualquiera de este bar —intercede Marco—. No hay que pasarse, chicos, un poquito de tonteo, y cuando quede claro que te lo has o te la has ligado, os vais. El que tarde menos, gana.

—Cada uno tendrá que pagarle una copa al ganador —apunta Lisa.

—De acuerdo.

Carla me mira con una sonrisa desafiante que deseo borrar con un beso.

—Te recuerdo que tienes novio —repito para evitar besarla.

Pienso exprimir esa excusa todo lo que pueda, aunque me parece más que obvio que mis motivos van por otro camino. Pero voy muy borracho, no me apetece tener que arrancarle la cabeza a nadie que se acerque a ella.

—Y yo a ti te recuerdo que no lo he olvidado.

Carla tiene el valor de sostener mi mirada asesina y mis ganas de besarla se multiplican.

—Venga, Hugo, no seas aguafiestas. ¿Tengo que recordarte que Lisa y yo somos novios?

—Vale —cedo al fin con una sonrisa maquiavélica en los labios.

De pronto no me parece tan mala idea ligarme alguna chica delante de Carla, atormentarla un poco y descubrir si para ella aquella única noche significó tanto como para mí—.

Pero te lo advierto, Carlita, como te pases un pelo con alguno te aseguro que te pondré sobre mis rodillas y te daré unos azotes aquí mismo.

La imagen de Carla sobre mis rodillas y sin ropa mientras le doy unos azotes suaves se vuelve nítida y excitante. Me arranco de cuajo esos pensamientos perturbadores. Es la novia de mi hermano, joder.

«Ya, pero te gustaría demasiado que no lo fuera».

La conciencia es un asco que te habla cuando menos lo necesitas. La mía es molesta de narices.

—Empezamos Lisa y yo, para que veas que es de lo más inofensivo —explica Marco mirando a Carla.

Marco va directo a por una morena apoyada en la barra. Tenemos gustos parecidos porque yo también la he fichado nada más entrar. Pero mi atención ahora está puesta en la preciosidad que tengo sentada a mi lado.

Marco y yo llevamos jugando a este estúpido juego desde que éramos unos imberbes. La competición siempre está muy reñida, incluso en la mayoría de los casos nos era imposible saber quién había ganado porque, en ocasiones, terminábamos desapareciendo con la chica en cuestión para jugar de verdad.

Suelo ser yo el que siempre cronometra el tiempo, pero Lisa parece decidida a vigilar de cerca a su novio y no concederle un minuto de más.

Marco se lo trabaja bastante y al cuarto de hora, más o menos, queda claro que están a punto de liarse. Le dice algo al oído a ese ligue efímero antes de despedirse y volver a la mesa.

—¿Cuánto?

—Veintidós minutos. —Lisa lo mira con una mezcla de celos y orgullo—. No está nada mal. Mi turno.

Lisa se lanza a por un chico moreno que no parece creerse del todo que aquella belleza rubia se haya acercado a ligar con él. Tras varias sonrisas sensuales, caricias medidas y coqueteo intenso, queda claro que el chico babea por ella. Lisa se despide y se acerca con aire victorioso.

—¿Cuánto?

—Diecisiete minutos. Ven aquí —le ordena Marco y le da un beso brutal que deshace de un plumazo las posibilidades del afortunado anterior.

—Te toca. —Le cedo el turno a Carla, no sin cierto recelo. Puede que termine por reventarle la cabeza a cualquiera que se le acerque.

—Si no te importa, prefiero ser la última. Me da un poco de vergüenza.

—Como quieras —contesto ligeramente aliviado.

Me levanto de un salto. Este es mi campo y soy un jodido artista.

Una morena de curvas exuberantes es mi objetivo. Hemos compartido un par de miradas a la entrada y no me resulta difícil interrumpir la conversación con sus amigas y acaparar toda su atención. La tengo en el bote incluso antes de acercarme, y me giro a mirar a Carla.

Los celos bailan en esos ojos color canela.

Bien.

La noche promete.