6 #2
Llevo meses contando maravillas de mi estancia en la base, mintiendo de forma descarada a mi familia para que no se preocupen por mí y no indaguen en el motivo real que me mantiene alejado de ellos. Pero con Carla… A ella no quiero mentirle.
Levanta la mirada y la clava en mí. El aire del bar desaparece de golpe y soy yo el que tiene que tragar para calmarme.
—La verdad siempre —contesta y es como si hubiera abierto la presa que me da libertad para hablar.
—Pues me va regular, Carlita. No era como yo esperaba, la verdad.
—Viendo que Marco y Lisa van a su rollo y no nos prestan atención, decido sincerarme—.
Podría haberme librado de la mili, ¿sabes?
Pero me apunté de forma voluntaria para después poder volar con el ejército, pero…
—Resoplo y me paso una mano por el pelo—.
Ahora no tengo claro si he tomado la mejor decisión.
No recuerdo un día de mi vida que no quisiera volar, desde que Rafa me obligó a asistir a una exhibición de la Patrulla Águila con tan solo seis años.
Desde aquel momento, deseé formarme en el mismo lugar que aquellos pilotos hasta llevar uno de esos aviones.
En los últimos años, ese sueño se ha transformado en algo más.
Con una madre a la que no consigo perdonar, un padre ausente con el que nunca encajé, y traicionado por el hombre al que consideraba un padre, el sueño de ser piloto se ha convertido en una obsesión, un pretexto que me permite alejarme de mis progenitores y sus líos amorosos.
Clavo la mirada en Carla para evitar profundizar más en unos sentimientos que no auguran nada bueno, y no puedo evitar sonreír al notar cómo se pone tensa y aparta la vista.
—Ya te queda poco. Verás cómo cuando termines la instrucción todo cambia. Estoy convencida de que es lo mejor que podías haber hecho. Tengo entendido que es muy difícil conseguir horas de vuelo.
—Sí, lo es.
—Pues aguanta. Nadie dijo que conseguir lo que uno quiere fuera fácil.
Tomo aire sin apartar mis ojos de ella. Si sus palabras son una metáfora de lo que siento en ese momento, ha dado en el clavo. Porque la quiero a ella y resulta realmente jodido no ceder a la tentación.
Hablar de mí mismo siempre me incomoda de narices, así que cambio de tema.
—Y a ti, ¿cómo te va el colegio?
—Aburrido. Ser pura y casta siempre lo es.
—¿Sigues siendo pura y casta? —pregunto con sorna.
—Pues claro, ¿lo dudabas?
Me encojo de hombros, reacio a contestar. Hay muchas posibilidades de que la chica pura y casta que conocí hubiera dejado de serlo, y todas me revuelven las tripas.
—Nunca te había visto con el uniforme —comenta—. Te queda bien. Con la cabeza rapada y esas botas das hasta miedo.
Otra maravilla del servicio militar es tener que raparte la cabeza. Despedirme de mi pelo ondulado me costó más de lo que estoy dispuesto a admitir.
—Gracias.
—¿Te lo has puesto para ver si ligas esta noche? —Se muerde la comisura del labio al decirlo y no puedo evitar fijarme en esa boca exuberante que tanto deseo probar.
—Si quisiera ligar, te aseguro que no necesito el uniforme. Aunque cualquier ayuda es siempre bien recibida. —Esbozo una sonrisa tonta sin desviar la mirada de esos labios que siguen atrapados entre sus dientes.
Una sonrisa pícara se dibuja en su cara, y una pregunta me viene a la mente, una que llevo haciéndome desde que entré en el ejército.
—¿Por qué a todas las mujeres os gustan los hombres en uniforme? No lo entiendo.
Pasear por los alrededores de la base con el uniforme es como ser famoso y tener una legión de admiradoras mirándote. O al menos es así como me hacen sentir las mujeres con las que me cruzo. Nada más entrar al bar, podría haberme llevado a la cama a un par.
Carla se encoge de hombros.
—No sabría decir.
—Eso no es una respuesta. —Tuerce el gesto, pero no dice nada—. ¿Vas a contestar o me haré viejo esperando?
La conversación se parece tanto a la que tuvimos la noche que nos conocimos, que quizá podría ignorar todo lo que ya sé y que hace imposible que Carla sea mía.
—Pues, creo que es porque, aunque toda mujer busca la libertad, la independencia, un hombre con uniforme representa esa especie de dominación, ese sometimiento que, en ciertos momentos, puede llegar a ser… —deja de hablar como si no se atreviera a terminar.
—¿Llegar a ser qué, Carlita?
—Llegar a ser… erótico. —Se pasa un mechón de pelo por detrás de la oreja con el rubor subiéndole por el cuello—. O quizá sea que la mayor parte de los hombres que llevan uniforme están bastante cachas. Eso siempre ayuda.
La conversación empieza a dirigirse a terreno peligroso, pero no puedo dejar de mirarla.
El pelo le cae en ondas sugerentes por la espalda y deja a la vista un hombro que el jersey apenas cubre.
Lleva los ojos ahumados y los labios brillan en el rosa pálido propio de las flores recién nacidas.
La línea redondeada de su cara luce un tono dorado que sé que va a permanecer grabado para siempre en mi memoria.
Me es imposible no dejarme llevar por esa atracción y digo mis pensamientos en voz alta.
—Estás preciosa.
Carla entreabre los labios, pero no dice nada. Solo me sostiene la mirada hambrienta que le dirijo.