El cielo al fin puede esperar 6
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Hugo

Dos años antes

—D iez flexiones más.

Matar está mal. Matar es pecado. Pero con mucho gusto pondría mis manos alrededor del cuello de mi sargento y apretaría con fuerza.

Hace cinco semanas a varios reclutas se les fue la mano con una fiesta.

Los baños amanecieron llenos de botellas, basura, condones usados y un par de vomitonas.

Lo que se ha traducido en un arresto general, muchas, muchas flexiones y la promesa de nuestro sargento de convertir nuestra vida en un infierno.

Puedo prometer que por ahora lo está consiguiendo.

Me trago una maldición y termino la decena de flexiones rezando porque no añada otra decena más. Estoy reventado.

Después de una ducha merecida, me pongo el uniforme y mando un mensaje de auxilio. Llevo un mes de arresto obligatorio más otros cuantos de arresto autoimpuesto en la base. Necesito salir, necesito beber y necesito follar. No tiene por qué ser en ese orden.

Hugo: ¡Sácame de este infierno! Te invito a cenar

Marco: En ese infierno te metiste tú solito. Pero hecho, voy pidiendo las cervezas.

Wake me up when September ends de Green Day suena a todo volumen en el coche, y me obligo a vaciar mi cabeza y no pensar en nada esta noche. Sobre todo, no pensar en Carla.

Después de conocerla como una simple chica en un bar, decidí olvidarla, algo bastante difícil de conseguir si tenía que cruzármela cada vez que visitaba a mi familia.

Fue inevitable que se acercara a hablar conmigo la siguiente vez que nos vimos.

Se había metido a toda mi familia en el bolsillo y supongo que intentó hacer lo mismo conmigo.

No le hacía falta. Me tenía muy dentro desde el primer momento, por lo que fue necesario que la alejara de mí lo máximo posible.

Me mostré distante con ella, pero volvía a acercarse a la más mínima ocasión.

Después de varios encuentros, decidí por mi bien y por el suyo, que aquello debía terminar.

—¿Cómo estás, Hugo? Por aquí te echan de menos.

Su olor dulce me golpeó la nariz cuando se acercó hasta el rincón donde me escondo a fumar.

No debí girarme a mirarla, pero lo hice y me arrepentí de inmediato.

Llevaba una minifalda azul, camiseta ajustada y sandalias de tacón.

La melena recogida en una coleta dejaba a la vista la curva de ese cuello que había rozado con mis labios.

Apagué el cigarro y metí las manos en los bolsillos por precaución, no fuera a ser, que me diera por acariciar ese cuello tan comestible.

—Estoy bien, gracias —contesté cortante—. Me sorprende lo rápido que te ha metido mi hermano en casa, ¿qué lleváis dos o tres semanas?

—Tres meses, en realidad.

—Es muy poco para conocer a la familia, ¿no te parece?

—La verdad es que no. A veces solo se necesita una noche para conocer a alguien que sabes que te cambiará la vida, ¿no crees?

Maldición.

Eran mis propias palabras en su boca. Quizá le abrí demasiado el corazón aquella noche, y ahora tenía que cerrarlo de golpe.

—Sí, bueno. Son frases hechas que se dicen para ligarse a cualquiera.

Carla bajó la mirada. No se me escapó cómo la vergüenza le tiñó el rostro. Había conseguido lo que quería, herirla para que se mantuviera alejada y ahora me sentía un mierda por ello.

Mi hermano se acercó y por suerte cortó la conversación.

—Acabo de hablar con Andrés. Han organizado una fiesta en casa de Jaime.

—Creía que íbamos al cine.

—No, mejor vamos a la fiesta.

Escuché la conversación en un segundo plano, con la sangre bulléndome en las venas al anticipar lo que iba a hacer mi hermano.

—¿Pero va alguna chica? —preguntó Carla, aunque ya parecía conocer la respuesta.

—Creo que no.

Carla sopesó la respuesta y terminó por encogerse de hombros.

—Lo que prefieras.

—En ese caso, vámonos ya.

—Adiós, Hugo. —Carla se despidió sin ni siquiera mirarme.

Esas fueron básicamente las únicas palabras que habíamos cruzado en los últimos meses. No trató de acercarse de nuevo y yo no le dirigí la palabra, pero sí fui testigo de cómo se colaba poco a poco en mi familia.

Tenía que verla reír, jugar con mis hermanas como si fuera una niña más y confraternizar con mi madre que parecía que había adoptado una nueva hija. También fui testigo de cómo mi hermano se iba enamorando de ella, mientras que yo trataba de conseguir justo lo contrario.

No entendía el tirón en las tripas que me provocaba su sola presencia, la furia ciega que se desataba en mi pecho cuando mi hermano la besaba, o las ganas frustradas de ser yo quien la llevase a casa.

Decidí no volver durante un tiempo. Me quedaba en la base leyendo, cascándomela y sin otra cosa que hacer que pensar en ella. Era hora de pasar página con otra mujer.

Después de una suculenta cena, en la que pierdo la cuenta del número de jarras de cerveza que nos bebemos, vamos a un bar de copas a seguir bebiendo.

—Llevas tiempo sin salir con nadie —empieza Marco—. Y no has mirado a ninguna tía desde que hemos entrado. ¿Te la han cortado durante la mili y no me lo has contado?

Se me escapa una carcajada.

—Sí, no me lo has notado en la voz. —Pongo voz afeminada, pero no cuela.

Marco me mira a la espera de una respuesta mejor. El muy cabrón ha esperado a que fuera borracho para preguntar. Me conoce lo suficiente para saber que algo me ronda por la cabeza.

Somos amigos desde que puedo recordar. Me conoce tan bien que, a pesar de llevar varios meses sin vernos, me ha calado nada más verme.

Lo miro tentado a confesarme, pero ahogo las ganas con el siguiente trago de cerveza.

Es mi mejor amigo, pero no sé qué pensará de mí si descubriera que me siento atraído por la novia de mi hermano.

—Quizá debería ligarme a alguna esta noche a ver si salgo de una vez de este bloqueo.

—Bloqueo ¿por qué? O, mejor dicho: ¿por quién?

No contesto. Tan solo le sostengo la mirada con una sonrisa. Lleva el pelo castaño más largo de lo habitual y recogido en una coleta femenina. Le queda de pena, pero a su nueva novia parece gustarle.

—Es por quién entonces. ¿Alguna soldado que deba conocer?

—No —contesto escueto.

Me escudriña con esos ojos grises unos segundos en busca de una verdad que no pienso darle.

—Entonces es una mujer que pasa de ti. Maravilloso. —El sarcasmo de Marco resulta irritante, pero no voy a caer en su juego—. Tienes que presentármela.

—Por supuesto que no.

—Bienvenido al club de los enamorados.

—Patético.

—Vale, lo que tú digas. Bienvenido al club de los patéticos enamorados.

Me río a pesar de que no quiero hacerlo. A veces Marco puede ser un capullo tocapelotas.

—Bueno, en serio, ¿quién es?

—No la conoces.

—No vas a decirme ni siquiera su nombre.

—No.

Marco levanta una ceja.

—En ese caso, sí que debe ser serio.

Doy otro trago e intento cambiar de conversación. Marco me conoce demasiado bien, y yo voy demasiado borracho. Al final voy a terminar cantando.

—Entonces, ¿se ha acabado que me acompañes a ligar?

—Para empezar, no te acompañaba, íbamos juntos. —Levanto las manos a modo de defensa—. Y sí, se ha acabado. Ahora soy un hombre formal.

—Lo dicho, patético.

Bueno, me toca ligar solo. Justo cuando me dispongo a levantarme, una voz femenina nos saluda por la espalda.

—Hola, chicos.

Me hundo de nuevo en la silla al ver a Lisa. He salido a despejarme, a ligar si fuera posible. No me apetece una mierda hacer de sujetavelas .

—Hola, Lisa. —No disimulo la aspereza en la voz ni la desgana en la mirada.

—Oye, no me mires así, que yo tampoco sabía que ibais a estar aquí.

—Pues yo sí que me alegro de verte. Ven aquí. —Marco la atrae y la besa sin reparos.

Lo he visto enrollarse con muchas mujeres, pero este beso es muy diferente a los anteriores. Está cargado de sentimientos y me obliga a apartar la mirada.

—Ahora sí que me largo por ahí a ver qué encuentro —digo para mí mismo. Mi amigo sigue con la lengua perdida en la boca de su novia.

Me levanto dispuesto a dejarme seducir por cualquier chica, pero no doy ni un paso.

—Hola, Hugo.

El corazón me da un salto. La música de Pearl Jam suena de fondo, pero no me impide reconocer esa voz. Es la misma que me visita en sueños, la que me tortura día y noche los últimos meses y de la que he tratado de mantenerme alejado. Pero está claro que Carla ha llegado a mi vida para quedarse.

—Hola, Carlita. A ti sí que no te esperaba.

Es el alcohol o puede que las pocas ganas que tengo ya de resistirme, pero me la como con los ojos.

Va sencilla, con unos simples vaqueros, un jersey ancho que deja al aire uno de sus hombros y botas altas.

Casi sin maquillar y, aun así, preciosa, más de lo que recordaba, y yo voy demasiado borracho para tenerla tan cerca.

Vuelvo a hundirme en mi asiento, cojo la cerveza y me la bebo de un trago.

Hay que tener mala suerte.

Necesito otra copa ya. La pido y miro de reojo a Carla que permanece de pie, indecisa.

—¿Puedo sentarme? —pregunta con cierto reparo—. ¿O corro el riesgo de que me muerdas?

Sonrío de medio lado. Su pregunta desata mi imaginación y me veo clavándole los dientes en lo más hondo de sus piernas y… Y se acabó. No pienso imaginarme nada más. Es la novia de mi hermano, coño.

Me he pasado los últimos meses evitándola, mostrándome hosco y distante con ella.

Un frío saludo es lo único que me he permitido dirigirle antes de cambiar de habitación o de marcharme.

Sé que mi actitud distante no le ha pasado desapercibida, pero ahora no tengo a mi familia pululando alrededor, así que me permito soltar una pequeña verdad.

—Siéntate, por favor —señalo el sillón que queda más cerca—, pero no prometo nada.

Estoy seguro de que la miro tal y cómo me la imagino en ese momento: tumbada sobre la mesa como un festín a punto de ser devorada, y maldigo al verla tragar saliva y ruborizarse de esa forma que tanto me gusta. Cojo la cerveza y le doy otro trago que me sabe a pis, no sé por qué.

—Bueno, ¿cómo te va? —pregunta mientras se deshace de un hilo imaginario de los pantalones, esquivando mi mirada.

—¿Quieres la verdad o prefieres la versión que le doy a todos? —suelto sin pensar.