5 #2
—¿Café? —pregunta desde la cocina.
—Sí, gracias, Isabel.
Nos sentamos a la mesa y observamos a mi madre trajinar en silencio. Creo que Lisa está tan sorprendida como yo al verla interactuando así. Ha estado incontables veces en mi casa, pero puede que sea la primera que no soy yo la que cocina.
Lo normal es que exista un vínculo estrecho entre madre e hija, una especie de dependencia entre ambas, que siempre se decanta a favor de una mayor dependencia de una hija hacia su madre. En este caso es al revés. Mi madre jamás podría sobrevivir sin mis cuidados.
Tenía ocho años cuando mis padres tuvieron un accidente de coche. Un día te acuestas en casa de tus abuelos siendo feliz, y al día siguiente descubres que tu mundo se ha ido a la mierda.
Mi padre murió en el acto, mi madre salió ilesa, ni un solo rasguño. Todas las cicatrices las lleva por dentro, cosidas a la piel, tirantes y retorcidas, y le arrebatan cada día las ganas de vivir y, con ellas, la capacidad de cuidar de mí.
Se encerró en sí misma culpándose de la muerte de su marido, encerrándose en esta casa y encerrándome a mí con ella. Nunca sale, no habla con nadie, a veces ni siquiera conmigo. Se olvida de comer, de asearse o de dormir.
Cuando sucede algo así, te das cuenta de verdad a cuánta gente le importas. Los amigos fueron desapareciendo, hasta que no quedó nadie. Mis abuelos paternos, la única familia que nos quedaba, también se perdieron dentro del dolor que les supuso la pérdida de su hijo.
Nos quedamos solas.
Fui yo la que cuidó de ella tras el accidente, alerta siempre a que no hiciera ninguna tontería, como tomarse una caja entera de pastillas o cortarse las venas.
La que administra la escasa pensión de viudedad para poder llegar a fin de mes, y la que sostiene la casa a base de determinación, sacrificio y renuncias, primero de mi infancia y después de mi juventud.
La quiero, pero la libertad de la que me ha privado a lo largo de los años me asfixia cada día un poco más.
Hay días que siento que ya no puedo más.
Mi madre dejó de hablar del accidente hace años, y nunca habla de mi padre.
Para ella es una herida sin cerrar y, en algún punto del camino, dio por hecho que para mí ya había cicatrizado.
Lo que ella no puede ni imaginar es que, a cada año que pasa, más lo añoro, a él y a esa vida que un día tuvimos cuando los tres éramos una familia.
Lo recuerdo enseñándome a montar en bici, ayudándome con los deberes o preparando la cena. Casi la totalidad de mis recuerdos de la infancia son con él, un profesor de Lengua que tenía las tardes libres para dedicárselas al completo a su hija.
Fran fue un soplo de aire que poco a poco se fue llevando el polvo que acumulaba desde que mi madre enfermó.
Él supone libertad, diversión, familia, risas, algarabía.
Supone salir y disfrutar, y no pensar en lo que me encontraré cuando vuelva a casa.
Quizá Lisa no lo entienda, quizá nunca he sabido explicarme, pero Fran llena ese vacío inmenso que mi padre dejó en mi vida.
Ambos representan roles tan diferentes que nunca deberían estar en la misma ecuación, sin embargo, los siento como dos incógnitas imprescindibles que necesito para resolver todos mis problemas. No pude evitar perder a mi padre, pero sí que está en mi mano no perder a Fran.
—¿Cómo fue la boda? —pregunta mi madre mientras corta los tomates para las tostadas—. Venga, cuéntamelo todo y no te dejes nada.
Su interés repentino por mi vida es tan inusual que tardo unos segundos en contestar.
—Fue una boda preciosa, mamá. Cristina estaba guapísima.
Bueno, ella necesita poco para estar guapa, ya lo sabes.
—Lo sabe. Las únicas novedades en mi vida de los últimos dos años se reducen a Fran y su familia.
Siempre trato de hablarle de ellos, de integrar a alguien más en nuestras vidas y dejar de estar tan solas—. Se la veía tan feliz, mamá.
Cristina estaba radiante, pero al recordar su imagen, otra me viene a la cabeza. Ver a sus tres hijos mayores llorar al verla tan feliz me produce retortijones e incrementa la angustia con la que me he levantado.
—Bueno, cuenta algo más. ¿Cómo iban vestidos?
—Cristina llevaba un traje de chaqueta color crema precioso. De seda, con escote de barco y un poco de tul cubriéndole los hombros. Era muy original y a la vez elegante.
—¿Y Fran, iba guapo?
—Eso, Carla, cuéntanos cómo iba Fran —añade Lisa con retintín.
La fulmino con la mirada. Me conoce. Sabe que, aparte del hecho de saber que el traje de Fran era oscuro, no me fijé mucho más.
—Iba guapo —digo sin ningún entusiasmo.
Tan solo me fijé en él unos pocos segundos porque, cuando mi mirada se cruzó con la de Hugo, ya no tuve ojos para nadie más.
Hugo estaba increíble. Lo había visto en vaqueros, con uniforme y con ropa de deporte, pero nada comparable a la estampa que ofrecía con un buen traje.
Parecía hecho a su medida. La chaqueta le quedaba perfecta sobre sus anchos hombros, para ceñirse con suavidad sobre su cintura.
El color azul marino del traje relucía bajo la luz del sol y lo hacía brillar.
El pelo engominado le daba un aspecto más sofisticado y marcaba más los ángulos de su rostro, aunque yo lo prefiero con el pelo revuelto, con esa barba de un par de días y ese aspecto desaliñado tan irresistible que siempre me invita a imaginarlo recién salido de la cama de alguna amante.
Cuando bajé del taxi y lo vi a los pies de la escalera de los juzgados, mi corazón emprendió una frenética carrera de la que no pudo parar hasta que llegué a casa a medianoche.
—Cuéntanos algo más, Carla —me apremia Lisa—. Parece como si todavía no te hubieras despertado del todo.
—Pues la verdad, la boda por lo civil no me gustó demasiado. Fue un poco fría. —Aunque fue la primera boda a la que asisto, así que no puedo comparar—. Lo que me gustó fue el restaurante. El hotel es precioso, mamá, y la comida estaba para chuparse los dedos.
De hecho, no había comido tanto en mi vida.
—¿Y pasó algo emocionante durante el banquete o fue todo normal? —Lisa no esconde la sonrisa burlona y por un segundo me planteo largarla de mi casa.
—Todo fue muy normal. Gracias por preguntar —espeto.
Menos mal que mi madre está ocupada preparando los cafés y ha vuelto a su mundo otra vez. Ni siquiera entiendo por qué me ha preguntado por la boda.
En realidad, no todo fue normal. De hecho, al salir de la ceremonia, mi mundo dio un giro de ciento ochenta grados y se puso del revés.
Todavía siento el nudo en el estómago de cuando los vi llorar.
A Tina, que parece tan fuerte y se ha mostrado impasible con todo lo que tuviera que ver con la boda de su madre, se derrumbó nada más verla salir del juzgado con su nuevo marido.
A Fran, que lleva meses haciéndose el duro y que lloraba como un niño pequeño. Y a Hugo…
Él no lloraba, pero su mirada escondía tanto odio, resentimiento y dolor que lo sentí como propio.
Tenía que haberme quedado con Fran, tendría que haberlo consolado a él, pero cuando vi a Hugo golpear el coche y alejarse, supe que tenía que seguirlo.
Nunca me lo había pedido y no lo haría, pero algo me decía que me necesitaba y no podía quedarme impasible. Lo que no esperaba era verlo tan hundido, tan… perdido. Era como si hubiera perdido a su madre y él se hubiera perdido con ella.
Necesitaba abrazarlo, consolarlo, demostrarle que podía contar conmigo para lo que fuera. Que soltara la rabia acumulada y se calmara.
Solo pretendía eso, nada más. ¿O deseaba algo más? ¿Fue por eso por lo que lo seguí hasta el baño? ¿Porque quería más?
Hasta ahora nunca me lo había planteado. Lo había soñado, sí. Demasiadas noches Hugo se colaba en mis sueños y me besaba, pero jamás pensé que esos sueños se harían realidad.
Él era el hermano de mi novio. Estaba prohibido.
Yo era la novia de su hermano. Estaba prohibida.
Y, sin embargo, ninguno de los dos se resistió a la electricidad que siempre flota entre nosotros. A la atracción que gravita a nuestro alrededor cuando estamos en la misma habitación. Al deseo contenido durante dos años.
Lo que no esperaba era la intensidad de ese beso, la necesidad, como si yo fuera lo único que podía salvarlo. Mi entrega a ese beso tampoco fue lo esperado.
Estuvo mal, lo sé. Pero es peor lo que siento ahora mismo en el pecho, porque ese beso ha despertado algo en mí que no debería haber despertado jamás.
Mi madre pone un plato de tostadas y café sobre la mesa. Contengo una arcada. Soy incapaz de ingerir nada.
Lisa parece leerme el pensamiento.
—Anda, ve a acostarte otra vez y a seguir soñando. No creo que hoy seas capaz de hacer nada más.
Compartimos una sonrisa. Le doy un beso y otro a mi madre, y me vuelvo a la cama a seguir soñando.