El cielo al fin puede esperar 5
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Carla

E l golpeteo de un martillo me saca del sueño.

Trato de parpadear y abrir los ojos, pero el pinchazo agudo me obliga a desistir.

Agarro la almohada y me doy la vuelta dispuesta a volver a dormir, pero otro golpe me lo impide.

Si mi madre se ha puesto a colgar un cuadro en mi primera mañana de resaca, puedo llegar a matarla.

Aunque lo dudo. Hace años que dejó de prestarle atención a cualquier objeto de esta casa, yo incluida.

Escucho más golpes, esta vez en la puerta, y la voz de Lisa al otro lado me lleva a maldecir.

—Carla, ¿estás despierta?

Ayer quedamos en que se pasaría a cotillear de la boda, pero ahora mismo solo quiero que se marche y me deje dormir. Si no fuera porque hablar me supone un sacrificio draconiano, la echaría de mi casa.

Lisa entra sin ser invitada y sube la persiana hasta arriba. Me quedo ciega unos segundos, en los que no logro abrir los ojos, y se me escapan varios tacos.

—Arriba, perezosa. Es hora de levantarte.

—Quieres hacer el favor de bajar la persiana y largarte —exijo con la voz ronca y pastosa. Si no me doliera hasta el pelo, le lanzaría la almohada, pero no tengo fuerza suficiente.

—Vamos, cuéntamelo todo.

La cama se hunde cuando Lisa se sienta a mi lado y me zarandea sin piedad. El dolor de cabeza se incrementa y me hago una anotación mental para no volver a beber en mi vida, ni invitar a mi mejor amiga al día siguiente para hablar.

—Fue una boda muy bonita, la verdad.

La boda de Rafa y Cristina ha sido la primera a la que he asistido.

He estado meses compaginando mis estudios con hacer de niñera para varios vecinos, y así poder ahorrar lo suficiente para comprarme el vestido perfecto, acudir a la peluquería y poder hacerles el regalo que se merecen después de todo el cariño que he recibido de ellos.

Llevo los mismos meses ilusionada, escondiéndole a Fran lo mucho que deseaba que llegara ese día y la alegría que sentía porque su madre se casara con ese hombre maravilloso.

Nunca se lo he dicho. La sola mención de la boda despertaba los peores instintos de mi novio y, hemos dedicado estos últimos meses a evitar hablar del tema, como si nunca fuese a ocurrir.

Pero lo ha hecho, y debo admitir que ha sido mucho mejor de lo esperado.

—No te hagas la tonta. ¿Qué pasó con Hugo?

Por fin consigo abrir los ojos. La luz se cuela brillante por la ventana y enmarca la imagen de mi amiga. Su cara es todo expectación contenida y se me forma una sonrisa.

—Pues… flirteamos. —Lisa arquea una ceja, incrédula—. Vale, vale, tonteamos un montón.

Lisa es la única persona en este mundo que ha sido testigo de mis flirteos con Hugo.

Adora a Fran tanto como yo, pero le resulta divertido ese juego de seducción al que llevo jugando dos años con el hermano de mi novio.

O le resultaba divertido, porque ahora mismo me mira con el ceño fruncido, llena de reproche.

Así que me guardo muy en el fondo el beso que compartimos en el baño y todos los sentimientos que ha removido a su paso.

—Lisa, no me mires así. Solo es un juego, nada más. —Levanta una ceja—. Vale, es muy morboso, pero es tan divertido. —Intento que mi voz vaya acorde con mis palabras y suene despreocupada.

Aparte de miradas furtivas y caricias robadas, no ha pasado nada entre nosotros, pero eso no significa que lo que exista entre Hugo y yo no sea real. Lisa lo sabe y por eso se recoge la melena rubia en una cola y toma aire, me temo, dispuesta a cantarme las cuarenta.

—El problema es que cada vez te gusta más el juego, y un día te darás cuenta de que te has convertido en una ludópata sin solución. —Me hace un mohín divertido y las pecas se le amontonan en la nariz—. ¿Y qué pasa con Fran? ¿Sigue sin sospechar nada?

Fran es mi novio desde que hace dos años nos tropezamos a la salida del colegio y la conversación fluyó como si nos conociéramos desde niños.

Los primeros meses solo fuimos buenos amigos, pero cuando me dio el primer beso no me resistí demasiado.

Reconozco que fue un poco torpe y carente de esa chispa que esperas sentir al besar por primera vez a alguien.

Nunca me ha importado. Besarme con él, dejar que me toque, sentir que se excita solo por acariciarme, me gusta, aunque yo no haya sentido nunca lo mismo. Tampoco he tenido con quién comparar.

Hasta ayer.

—Que yo sepa no. —Trato de volver a la conversación y no perderme en el recuerdo de ese beso. —Jo, deja de mirarme así —protesto ante la mirada que vuelve a lanzarme—. Yo no quiero hacerle daño a Fran, ¿vale?

Solo de pensarlo se me remueve el estómago. Fran es el pilar más estable de mi vida. Si él se cae, yo también lo haré.

—¿Le quieres?

—Pues claro que le quiero —contesto rotunda.

Es algo que tengo tan claro que no tengo ni que pensarlo—.

No me imagino mi vida sin él. Para mí es tan importante, no sé cómo explicártelo, como mi madre.

El día en que ella falte, sentiré un vacío tan grande que no sé si podré seguir respirando. Pues igual me pasa con Fran.

Mi explicación no suena tan convincente como lo hace cuando me la repito mentalmente. Creo tener claros mis sentimientos, o creía tenerlos claros, porque después del beso de ayer ya no sé ni qué pensar.

Lisa se queda callada unos segundos antes de volver a la carga.

—Carla, ¿pero te estás oyendo? Comparas a Fran con tu madre. Cuando te oigo hablar de cómo quieres a Fran me recuerda a cómo quiero yo a mi hermana. Te pregunto si lo quieres cómo yo quiero a Marco, por ejemplo.

—¿Y cómo lo quieres tú? Si se puede saber. —Comienza a irritarme la forma en la que Lisa me juzga. Nunca lo había hecho hasta ahora, y una mañana de resaca me parece el peor momento para empezar.

Lleva dos años de relación idílica con su novio, desde aquella noche que hice de intermediaria.

—No solo no me imagino mi vida sin él, como sé qué te pasa a ti, sino que no me imagino mi vida sin sus caricias, sin sus besos.

Cuando Marco me toca, solo con una simple caricia, siento que mi cuerpo se enciende.

El deseo comienza y no lo puedo frenar. Y hacer el amor con Marco, ¡joder, Carla! Te aseguro que no hay nada igual.

Tengo que apartar la mirada, avergonzada. Lo que siento por Fran no se parece en absoluto a su relación. Ya lo intuía, pero que me lo tire a la cara me molesta tanto como una bofetada.

—¿Has sentido eso por Fran alguna vez?

Ni contesto. Lisa sabe de sobra mi respuesta.

—¿Y por Hugo?

Cojo la almohada y me tapo la cara. De pronto, tengo deseos de llorar a lágrima viva y no quiero que me vea. Es la primera vez desde que la conozco que siento vergüenza en su presencia. Lo que deja bastante claro que lo que siento por Hugo es del todo equivocado.

«Solo es un juego, nada más» me repito, pero esta vez no tiene el efecto convincente de otras veces.

—Marco dice que Hugo está loco por ti —comenta mirándose las uñas como si lo que acaba de decir no desestabilizase mi mundo.

Me siento en la cama de golpe e ignoro el pinchazo doloroso en la cabeza.

—¿Se lo ha dicho Hugo?

—Qué va, nunca le ha dicho nada, pero es su mejor amigo, ¿recuerdas? Lo conoce bien, y está convencido de que está loco por ti. Así que ten cuidado con tus jueguecitos. —Me coloca un mechón de pelo tras la oreja. Seguro que parezco Chucky ahora mismo—. Te haré un café. Me da que lo necesitas.

Me tumbo en la cama otra vez dispuesta a volver a dormir, pero mis obligaciones me sobrevienen de golpe.

—¿Qué hora es? —Me da miedo preguntar. Lo mismo son las cinco de la tarde y yo sigo acostada.

—Las once, ¿por?

—Mierda.

No es tan tarde como suponía, pero, aun así, me toca levantarme.

Me peino un poco y me lavo los dientes antes de salir. Puede que a mi madre no le importe una mierda mi vida, pero yo me niego a acercarme a ella apestando a alcohol.

Mi madre está sentada en el mismo lugar, una vieja mecedora verde que heredó con la casa y de la que prácticamente no se levanta. Con la mirada perdida más allá de la ventana y envuelta en esa bata de la que casi nunca se desprende.

Me acerco y le doy un beso en la mejilla.

—Buenos días, mamá, ¿has desayunado?

La veo parpadear un par de veces antes de enfocar su mirada en mí. Parece vagar por sus recuerdos hasta que me localiza y es consciente de quién soy.

—No, cariño, todavía no. —Se encoge un poco al decirlo, como si supiera que es la respuesta incorrecta.

Tomo un ligero suspiro y ahogo la preocupación o el hartazgo; la línea que los separa se ha vuelto invisible. Cada mañana es la misma rutina. Me levanto, voy hasta la mecedora y la hago regresar de dónde quiera que esté.

—No pasa nada, mamá. —Impregno mis palabras de una alegría que no siento—. Así desayunamos juntas. ¿Qué te apetece?

Mi madre vuelve a mirarme como si le hubiera hecho una pregunta de lo más difícil. Me armo de paciencia y espero a que conteste. Sé que va a tomar té y magdalenas, pero siempre trato de que me responda, si no, se olvidará también de hablar.

—Hoy haré yo el desayuno.

Ahora soy yo la que parpadea confundida al verla ponerse de pie y andar hacia la cocina. Es alta y delgada como yo. Si cuidara su aspecto, su melena castaña y se maquillara, sería increíblemente hermosa. Pero hace años que su físico pasó a estar en el último lugar de su lista de prioridades.

Al ver que no le contesto, se gira y pregunta:

—¿Te parece bien? Supongo que estarás cansada después de la boda.

Me deshago de la sorpresa con rapidez. Es la primera vez en semanas que quiere hacer algo por voluntad propia. No pienso oponerme.

—Me parece fenomenal, mamá.

Lisa, que es una observadora silenciosa desde la puerta, se apunta con rapidez.

—Yo también quiero desayunar.

Mi madre asiente en silencio y la miro desaparecer en la cocina.

La tristeza la sigue allá donde va y esta casa está empapada de ella hasta los cimientos.

He pasado años con ella y todavía no consigo adaptarme a compartir este pequeño espacio, porque su tristeza lo ocupa todo y deja un hueco muy pequeño para mí.