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Hugo
Dos años antes
L a espero apoyado en el mismo coche en el que un rato antes me fumaba el que suponía sería el último cigarro de la noche.
Todavía no sé cómo Marco me ha convencido para salir.
Estoy molido. Llevo semanas haciendo turno doble en un restaurante antes de ingresar en la Academia General del Aire de San Javier.
El salario en el ejército no es demasiado alto, así que todo lo que pueda ahorrar antes es un extra que me evitará pedirle dinero a mis padres.
No quiero depender de ellos de ninguna manera.
No, si puedo evitarlo. Para eso llevo meses trabajando como un cabrón.
Pero resistirme a los planes de mi amigo siempre me ha resultado difícil.
Lo admito, soy un facilón cuando me proponen una buena fiesta.
Tampoco me resisto demasiado si hay mujeres de por medio, menos si esa mujer tiene el aspecto de una diosa.
Nos estábamos despidiendo cuando la voz melosa de una chica tratando de llamar mi atención me ha impedido marcharme.
Cuando la he visto apoyada en el coche, con esa larga melena castaña, los vaqueros ajustados a un cuerpo de infarto y con una belleza que quita la respiración, mi cansancio se ha esfumado de súbito.
He necesitado de todo mi control para darme la vuelta e ignorarla, pero esa forma descarada de coquetear, echándose a suertes con su amiga a quién se ligaría, me ha parecido irresistible. He caído como un memo, lo reconozco.
Puede que sea la primera vez que una mujer me liga a mí y no al revés.
Tengo un currículum amoroso, digamos, que abultado.
Ya suman unas cuantas que han pasado por mi cama, y unas cuantas más con las que solo llegué a la primera base.
Mi hermana Tina siempre me repite que a los hombres como yo el karma termina por devolvérsela, que llegará una mujer de la que realmente me enamoraré, pero a la que no podré tener.
Tenía razón, esta noche puedo afirmar que esa mujer ha llegado a mi vida, pero no pienso dejar que se me escape ni muerto.
Un grupo de chicas me mira al pasar con ganas de guerra. Las ignoro. No pueden interesarme menos. Solo tengo una mujer en mente. Una niña, más bien, pero que me ha robado el corazón tan rápido que aún no me lo creo.
Me enciendo un cigarrillo con la intención de calmar el cosquilleo que siento en el estómago.
Hace años que no me pasa con una mujer y me sorprende el temblor de mi mano.
Nada más dar la primera calada, lo lamento.
No quiero que el olor del tabaco pueda llevarse su aroma, aunque lo dudo.
Lo tengo incrustado en la nariz y me pican los labios por el beso que no le he dado.
Debería haberlo hecho, se habría dejado besar con gusto y yo lo habría disfrutado. Con otra mujer, ni me habría planteado no hacerlo, pero con ella... Solo tiene dieciséis años. Es una cría.
Creo que no iba muy desencaminado al decir que es pura y casta.
Tengo claro que es virgen en muchas cosas, no solo en lo que respecta al alcohol.
Supongo que ya habrá besado a ese novio del que me ha hablado, pero el beso que tengo planeado para ella no se va a parecer en nada al que le haya podido dar cualquier adolescente inexperto.
Quiero besarla en privado, con calma, saborear su boca con lentitud y devorar su lengua.
Hacer de ese beso algo totalmente inolvidable para ella, y quizá también para mí.
Estoy convencido de que lo que sentiré al besarla no se va a parecer en nada a mis anteriores besos.
El cigarro me tiembla entre los dedos solo con imaginarlo.
Le he prometido que esta noche no lo haré, y soy de los que cumplen, pero maldita sea si no voy a necesitar de todo mi autocontrol para no hacerlo.
No iba en broma cuando he dicho que no sé si es legal besar a alguien tan joven.
Es posible que no lo sea y que muchos me consideren un pederasta solo por pensarlo.
No puede darme más igual. Un beso va a ser lo más casto que pienso hacerle, y si tengo que esperar a que sea más adulta para hacerlo, lo haré.
Mi hermano llega tambaleante y los ojos le brillan como solo el alcohol otorga.
Tiene el pelo igual de negro que yo, pero mucho más rizado.
También es más delgado y unos centímetros más bajo, pero por lo demás, es como mirarse a un espejo.
En el estilo de vestir también somos diferentes.
A él le encantan las camisas de cuadros y los pantalones anchos de tiro bajo, que dejan parte de sus calzoncillos a la vista, y yo los odio.
—Aquí estás. —Fran me da un abrazo y por un segundo me mareo de la peste a alcohol que desprende.
—Joder, Fran. ¿Te has bebido toda la licorería?
—No, solo la mitad. —Se me escapa una carcajada porque seguro que es verdad—. Vamos, te presentaré a mi novia. Tiene que estar esperándome —mira el reloj y hace una mueca—, bastante enfadada, por cierto. Llego una hora tarde.
Me había olvidado de que habíamos quedado para que me presente a su novia.
Lleva un par de semanas dándome la tabarra diciéndome que solo falto yo por conocerla.
El muy idiota solo lleva dos meses flirteando con ella y ya la ha metido en casa.
Y, aunque siento curiosidad por saber quién es la chica por la que mi hermano se ha pillado tanto, me temo que hoy no va a poder ser. Tengo planes mejores.
—Lo siento, Fran, pero hoy no voy a conocer a nadie.
Mi hermano entrecierra los ojos y tengo que sujetarlo cuando se tambalea para que no se vaya de morros contra el suelo.
—¿Y se puede saber por qué?
Lo sujeto hasta dejarlo medio recto sobre el coche.
—Porque acabo de conocer a una mujer increíble y cuando salga me iré con ella.
—No me lo puedo creer. ¿Tenías que conocer a esa mujer justo hoy? —Toma aire y su cuerpo oscila en el aire como un péndulo. Menuda cogorza que lleva—. Vamos, solo cinco minutos. Seguro que mañana ni te acuerdas de su nombre.
Acepto la pulla con una sonrisa. Hemos salido de fiesta en varias ocasiones y ha sido testigo de cómo me escabullía de los bares cada noche con una distinta.
—Imposible. Lo recordaré hasta en sueños.
—¿Quién coño eres tú y qué has hecho con mi hermano?
—Soy el mismo de siempre, pero felizmente enamorado.
—Ya. A ver cuánto te dura.
Suelto una carcajada. Siempre he tenido debilidad por él, pero desde el divorcio de nuestros padres, somos uña y carne. No quiero desperdiciar ni un segundo de la noche en otra cosa que no sea Carla, pero la mirada suplicante de mi hermano me termina ablandando.
—Está bien, cinco minutos y me largo.
—No te arrepentirás. Estás a punto de conocer a la mujer más increíble de tu vida.
Pongo los ojos en blanco. No puede estar más equivocado. A esa ya la he conocido hace menos de una hora.
Nos dirigimos al bar y me choco con mi hermano cada vez que hace una ese.
—¿Tienes fuego?
Unas uñas rojas se enganchan a mi camisa, frenándome.
Me giro para mirar a la chica que me ha pedido fuego y descubro que es una mujer en toda regla, unos años mayor que yo.
Se lame los labios con una sonrisa y me enseña el cigarro.
No me apetece jugar a este juego, pero digamos que soy un caballero y saco el encendedor.
—Genial, estás aquí. —Escucho a mi hermano a mi espalda.
La música que sale del bar me impide escuchar con claridad la voz femenina que le responde, pero sí que oigo un: «Llegas tarde».
Debe de ser su novia. La puntualidad no está entre las virtudes de Fran y tampoco es de los que cuidan mucho a sus novias, aunque, según él, esta sea totalmente distinta.
No disimulo mi mal genio cuando la rubia a la que le estoy dando fuego tarda más de la cuenta en encenderse el cigarro y me tira el humo después.
—Vamos, que te presento a mi hermano.
El entusiasmo de Fran me obliga a darme la vuelta e ignorar a la rubia. Fran tira de la mano de una chica y, cuando la planta delante de mí, me quiero morir.
Debe de ser una broma, una muy jodida.
—Hugo, te presento a Carla.
Me quedo bloqueado unos segundos sin ser capaz de entender que la chica que ha removido tanto en tan poco tiempo dentro de mi pecho sea la novia de mi hermano.
—Encantada.
Trago saliva al escuchar su voz dulce, la misma que ha hecho botar mi corazón la primera vez que la he oído.
Al igual que antes, trato de aparentar que no me afecta y finjo que no la escucho.
Esta vez se me da como el culo. No consigo conciliar la imagen de sus dedos enredados con los de mi hermano cuando hace menos de cinco minutos estaban enredados con los míos.
Aprieto los puños hasta hacerme daño para evitar hacer alguna tontería, como darles un manotazo para que se suelten.
—Joder, Hugo, no pongas tanto entusiasmo. Carla tenía muchas ganas de conocerte.
El toque de atención de mi hermano solo empeora mi mal humor. ¿Así que quería conocerme? Pues ya lo ha hecho y por todo lo grande.
—Igualmente —consigo decir y cada letra me sale como un disparo.
Mi frío saludo no le pasa desapercibido a Carla. Se le encienden las mejillas de la misma forma deliciosa que lo ha hecho antes entre mis manos, solo que ahora ya no me parece tan irresistible.
—Vamos, que os invito a una copa. —Fran entra al bar con Carla todavía sujeta entre sus dedos y se pierden entre la gente.
Me planteo darme la vuelta y largarme, lamerme en silencio la herida que ahora mismo tengo en el centro del pecho por haberme enamorado de alguien tan rápido.
No mentía cuando le he dicho que quería saberlo todo de ella: sus pasiones, sus lugares favoritos, si le gusta leer o hacer deporte, cómo le gusta el café o si duerme bocarriba o de lado. Quiero saberlo todo.
Arrastro los pies hasta la barra donde hace unos minutos Carla era tan solo una chica encantadora que ha conquistado mi corazón, y yo solo era un idiota que se ha dejado conquistar con una facilidad insultante.
No debería mirarla, pero mis ojos no tardan en volver a ese rostro ovalado que parece sacado de un sueño.
Su melena castaña es una pincelada de color en la penumbra del bar, y sus ojos color miel destacan sobre los demás, aunque ahora mismo evite claramente mirarme.
No la culpo. Si se siente la mitad de mal que me siento yo, debe preferir que le arranquen las uñas una a una que estar aquí junto a mi hermano.
—Tres chupitos de tequila. Tenemos que celebrarlo.
Contengo una mueca al oírlo. Odio el tequila y no tengo una mierda que celebrar, pero aquí estoy fingiendo que esta situación no es la hostia de incómoda.
Aprovecho que Fran está distraído y observo a Carla de reojo. Se toquetea una cadena de plata con varias mariposas engarzadas y mira al suelo como si la hubieran pillado in fraganti, algo que realmente ha pasado porque ha estado a punto de ponerle los cuernos a mi hermano.
¡Conmigo!
¡Me cago en mi puta vida!
Por un segundo, veo cómo retuerce los dedos y se muerde el labio, y me arrepiento de no haberla besado. Ese labio regordete que ahora tiene atrapado entre los dientes debe de saber delicioso y… Y yo debería dejar de pensar en besar a la novia de mi hermano. Y punto.
—Ahora que me fijo, os parecéis bastante.
Si no estuviera tan jodido, me reiría al escucharla.
Ha estado ya en casa, sabe que me llamo Hugo, y Fran bien podía ser una calcomanía mía, solo que con cuatro años menos. Somos iguales, joder.
Empiezo a sospechar que todo esto también forma parte del plan de Carla para ayudar a su amiga y en el que yo he caído con tanta facilidad.
—Bueno, Hugo, ¿dónde está esa chica tan increíble por la que me ibas a dejar tirado?
La pregunta me arranca una maldición. No tengo claro quién de los dos es más bocazas, si él por decir en voz alta lo que acabo de confesarle o yo por hacerlo.
No aparto los ojos de Carla. Quiero ver cada una de sus reacciones, saber si todo esto es también parte de su juego.
Sigue con la mirada fija en el suelo, pero no se me escapa la sonrisilla de suficiencia en sus labios que hace que me hierva la sangre aún más.
Ahora sí que estoy seguro de que ligarse al hermano de su novio era parte de su estrategia.
—Pues un putón que iba a ponerle los cuernos a su novio —escupo a la espera de su reacción.
Su sonrisa se esfuma al escucharme y su mirada ofendida, casi dolida, se estampa con la mía y echa por tierra todas mis teorías. Es tan inocente como lo he sido yo, dos títeres con los que el destino se ha divertido un rato a nuestra costa.
—Pues entonces no sería tan increíble. Quédate, ya verás como no te arrepientes.
Fran sigue ajeno a lo que sucede entre nosotros y paga los chupitos.
Mi atención sigue fija en Carla. No quiero que piense que creo que es un putón, porque no lo es. Creo que es la chica más increíble por la que me he sentido atraído. Por eso digo lo que digo, porque quiero que no lo olvide.
—Sí que era increíble y seguro que me arrepentiré, pero es mejor así.
El rubor le sube por el cuello mientras su mirada se funde con la mía.
Quiero memorizar cada rasgo: la forma almendrada de sus ojos, los tres lunares sobre su mejilla, el grosor de sus labios.
Lo hago como un castigo por haberme fijado en la novia de mi hermano, sabiendo que su imagen no se va a borrar con facilidad de mi memoria.
Fran reparte los chupitos y nos obliga a brindar.
—Por nosotros tres.
Choco mi vaso con el de mi hermano y después con el de Carla, sin saber por qué mierda estoy brindando.