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—Que vaya a un colegio de monjas no significa que sea pura y casta —alego, y espero sonar medianamente convincente porque, en cuanto a pureza y castidad, está primero Teresa de Calcuta y después yo.
—Pero lo eres, si no habrías bebido antes de esta noche.
—¿Por qué cuanto más pervertido es un hombre, más pura y casta desea que sea una mujer?
—Pues no sabría decir, pero es así.
—Eso no es una respuesta. —Tuerzo el gesto ante la evasiva—. ¿Vas a contestar o me haré vieja esperando?
Hugo pone los ojos en blanco con una sonrisa.
—Supongo que hay ciertas mujeres que sabes que van a estar de paso en tu vida, y no importa el número de hombres con los que han estado.
—Mira la copa mientras habla, como si fuera a ella a la que se lo estuviese explicando—.
Otras, que sabes que van a ser importantes, prefieres que hayan estado con el menor número de hombres posibles.
Y también sabes que habrá una —levanta la mirada y la clava en mí con una intensidad que me roba el aliento— que te cambiará la vida para siempre, que te marcará de tal forma que tu vida nunca volverá a ser la misma.
Y para esa mujer, desearás ser el primero y que no haya amado a ningún otro.
Por eso me alegra tanto que vayas a un colegio de monjas.
El hormigueo se instala en mi estómago con fuerza y echo la cabeza hacia atrás para evaluarlo mejor.
¿Se refiere a mí cuando dice que habrá una mujer que te cambiará la vida para siempre?
¿Por qué si no iba a decir que se alegra tanto de que vaya a un colegio de monjas?
¿Puede una persona a la que acabas de conocer tener ese efecto sobre otra?
Sí, claro que puede. Hugo está teniendo exactamente ese efecto sobre mí.
Un empujón por la espalda hace que me golpee las costillas contra la barra. El bar comienza a llenarse y el ambiente cargante me resulta asfixiante.
—¿Te apetece dar un paseo? —pregunta Hugo como si me hubiese leído el pensamiento—. La música está demasiado alta aquí dentro y me gustaría seguir hablando contigo.
—Un paseo solo para hablar, ¿y debería creérmelo?
Me gusta este chico, de hecho, me gusta un montón, más de lo que debería, pero puedo oír a mi madre advirtiéndome que no me vaya con un desconocido. Mucho menos si el desconocido está tan bueno como lo está este.
—Pues sí. —Enreda sus dedos con los míos y me recorre un escalofrío—. Deseo conocerte mejor. Quiero saberlo todo de ti. —Me pasa los nudillos por la línea de la mandíbula y creo que voy a estallar—. Tenemos toda la vida para lo demás.
—¿Tenemos toda la vida para lo demás? —Repito no sé muy bien cómo. Esas palabras parecen demasiado profundas para alguien a quien acabas de conocer, ¿verdad?
—Cuando conoces a esa persona que sabes que te cambiará la vida, no hay prisa. No es necesaria.
Se inclina hacia mí y no puedo retirarme. Su olor lo ocupa todo: el espacio, mis sentidos, mi lengua que quiere salir y lamer el lugar de su cuello que huele de esa manera.
Es él quien acerca su nariz a mi cuello y la desliza sobre el punto en el que mi pulso late desbocado. El escalofrío que me recorre es difícil de disimular y siento su sonrisa sobre mi piel. Sin duda, todo lo referente a ligar se le da mucho mejor que a mí.
—¿Qué me dices? Solo un paseo.
Me cuesta un mundo volver a encontrar mi voz para hablar.
—Yo no quiero… —Las palabras se me atragantan en la garganta. Su boca está demasiado cerca de la mía.
—¿No quieres?
—No, no es eso —corrijo con rapidez—. Sí que quiero, es que… Tengo novio —confieso avergonzada—. No quiero engañarlo, eso es todo.
Si Hugo se sorprende ante mi confesión, no lo parece. Me coge el mentón y me levanta la cabeza para que nuestras miradas se encuentren.
—Solo quiero conocerte mejor. Esta noche no le engañarás, te lo prometo. Como te he dicho antes, tenemos toda la vida para todo lo demás. —Me toma la cara con una mano y me pasa el pulgar con suavidad por los labios—. ¿Alguna vez te han dicho que tienes una boca perfecta?
Tiemblo de pies a cabeza por esa simple caricia. Estoy a punto de perderme con este hombre. No quiero engañar a Fran, pero lo que Hugo está despertando en mí no lo he sentido antes, ni por Fran ni por nadie.
Hasta el día de hoy no he deseado que nadie me bese, pero creo que ahora mismo podría matar porque esos labios se acerquen y lo hagan.
—Si no quieres engañar a tu novio, deberías dejar de mirarme así.
—¿Y cómo te estoy mirando? —ronroneo y acerco mis labios a los suyos.
—Como si quisieras que te besara.
Siempre odio tener los sentimientos tan expuestos. Ahora mismo me alegro de que sea así. Me muero porque me bese, pero no quiero hacerlo aquí. En mitad de un bar lleno de desconocidos y con la amenaza de que Fran llegue en cualquier momento.
Doy un paso atrás y me alejo lo justo para poder respirar de nuevo.
—Espérame fuera. Me despido de Lisa y salgo.
—Hecho. Pero no tardes. Estoy ansioso.
Se da la vuelta y lo veo alejarse con el corazón aporreándome el pecho. Esquivo a la gente hasta llegar a Lisa y me despido con prisas. Yo también estoy ansiosa por saber qué me deparará esta noche.