El cielo al fin puede esperar 3 #2
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No he sido consciente de la cercanía de camisa azul hasta que siento su aliento sobre mi cuello.

—Carla, me llamo Carla.

—Carla —repite saboreando cada letra—. Un nombre perfecto para una noche perfecta. Yo soy Hugo.

También me parece un nombre perfecto.

—Bueno, ¿qué te apetece tomar?

Me apoyo sobre la barra y me muerdo el labio de abajo.

—No lo sé.

—Ron, whisky , ginebra…

—No, no es eso lo que no sé. Es que… mi plan solo llegaba hasta aquí —confieso sin una pizca de vergüenza.

Una sonrisa lenta se forma en sus labios.

—¿Había un plan?

—¡Oh, sí! Mi plan consistía en distraer a camisa azul para que mi amiga tuviera una oportunidad con jersey rojo . Y me alegra comunicarte que has caído como un idiota.

Se apoya en la barra con una sonrisa, verdaderamente impresionado.

—Me siento utilizado. —Chasqueo la lengua, divertida—. Me debes una copa como pago por mis servicios.

—Está bien. Pero pagas tú.

—Hecho. ¿Qué te apetece?

—¿Qué me recomiendas?

—Whisky, ginebra… ¿Qué sueles beber?

El camarero espera al otro lado de la barra y me muerdo el labio sabiendo que mi respuesta no va a ser la esperada.

—Nada. Nunca he probado el alcohol.

—¡¿Nunca has probado el alcohol?! Pero ¿qué edad tienes? —Eleva el tono y mis mejillas se encienden al sentir varias miradas sobre mí.

—Dos cubatas, por favor —pido e ignoro la pregunta sobre mi edad. A lo mejor así no me echan del bar.

Tras un par de segundos de deliberación, el camarero debe decidir que no le importa la edad que tengo.

—¿De qué lo quieres?

—De… ron con Coca-Cola —pido con ciertas dudas.

El camarero se marcha y me giro hacia Hugo con los ojos entornados.

—Podías haber preguntado por mi edad un poco más alto. Creo que el de seguridad de la puerta no te ha oído.

—Sí, bueno. A lo mejor me he excedido. Pero eso no contesta a mi pregunta.

—¿Qué pregunta?

—¿Qué edad tienes?

—La semana pasada cumplí los dieciséis. —Se me escapa una carcajada al ver su cara de susto—.

De hecho —me acerco hasta su oído y me tapo la boca con la mano—, si no hubiese entrado contigo, creo que no me habrían dejado pasar.

Este bar es para mayores de dieciocho. —Se queda en silencio y doy por hecho que los cinco minutos que le he prometido a Lisa han expirado.

Lástima, no me apetece nada marcharme—. Entonces, lo de invitarme a una copa, ¿sigue en pie?

Me mira de arriba abajo.

—Por supuesto. Solo estaba pensando —se rasca la barbilla— que no sé si es legal que un chico de veintitrés ligue con una chica de dieciséis.

Menuda ocurrencia.

—Bueno, en ese caso, tendrás que valorar si merezco la pena para correr ese riesgo.

Su mirada me recorre entera. Empieza por el flequillo que me cae a ambos lados de la frente, pasa por el cuello y se detiene más de la cuenta en el escote del jersey, hasta acariciar con tranquilidad la longitud de mis piernas.

Mi cuerpo se va calentando conforme baja y después sube, con una lentitud exquisita.

—Por supuesto. Cada centímetro.

No puedo evitar ruborizarme. Por suerte, el camarero interrumpe ese intercambio de miradas.

—Aquí tenéis. —Me guiña el ojo, pero no tarda en darse la vuelta al advertir la mirada asesina de Hugo.

—Pobrecito, solo intentaba ser amable.

—Me temo que intentaba algo más.

Le doy un trago y escondo la sonrisa. Es la primera vez en mi vida que un hombre saca los codos por mí. La noche promete ser muy interesante.

—Y dime, ¿estudias o trabajas? —pregunto con una mueca. No sé qué estoy bebiendo exactamente, pero no me gusta nada.

—Trabajo. Soy piloto.

—¡Venga ya! Seguro que es la historia que siempre cuentas para impresionar a una chica.

—¿Y funciona?

—Por ahora no, tendrás que hacerlo mejor.

—Vale, ¿qué te parece si añado que soy piloto del Ejército del Aire? Piloto de combate, para ser exactos —dice mientras le da un trago a su copa—. ¿Qué tal eso?

—He de admitir que eso lo mejora bastante. ¿Y por qué piloto de combate, por qué no piloto… —Trato de buscar la palabra correcta, pero al no encontrarla solo digo—: no sé, piloto normal?

—Bueno, ser piloto comercial —y remarca la palabra comercial haciendo dos comillas con los dedos— siempre es una opción. Muchos pilotos terminan dejando el ejército y trabajando para alguna aerolínea, pero a mí me gustaría ser piloto de combate.

—Pero ¿por qué?

Entiendo que quiera ser piloto. De hecho, me parece una profesión increíble, pero ¿piloto de combate? Jugarse la vida cada vez que se monte en un avión me parece demasiado para alguien tan joven.

—Porque sí. —Me cruzo de brazos a la espera de una respuesta mejor. Hugo pone los ojos en blanco y continúa—: Deseo volar, es lo que siempre he querido, pero también quiero hacer algo más, algo por mi gente, por mi país. Supongo que suena tópico y estúpido, pero es la verdad.

Pasa los dedos por su copa y recoge una gota que resbala por el borde, como si esas palabras no tuviesen ninguna importancia.

—No es estúpido. En realidad, es precioso.

—Me parece loable que alguien quiera ser piloto de combate, que se juegue la vida cada día mientras yo permanezco en la seguridad de mi hogar.

Si alguien está dispuesto a correr ese riesgo por los demás, me parece admirable—.

Pues mucha suerte. Supongo que para ser piloto de combate tendrás que hacer el servicio militar —bromeo, rompiendo la seriedad que acaba de adquirir la conversación.

Solo han pasado cinco años desde que se puso fin al servicio militar obligatorio, algo que ha supuesto que los jóvenes de este país respiren aliviados por no tener que tirar por el retrete un año de sus vidas.

—Me temo que sí —corrobora y se tapa la cara de forma teatral.

—Ahora que han quitado la mili obligatoria, vas tú y te ofreces voluntario. Hay que ser bobo.

—No puedo hacer otra cosa que darte la razón.

—Y dime, ¿dónde vives? Quiero decir, ¿un piloto de combate está obligado a vivir en la base militar o no es necesario?

—No es necesario, muchos viven en sus casas, pero yo vivo en la base. Lo prefiero.

—¿Por qué?

—Haces muchas preguntas, ¿no te parece?

—La verdad es que no.

Hugo se ríe ante mi respuesta.

—Supongo que no todo el mundo que vuelve a su casa vuelve al hogar. Prefiero vivir en la base, es mejor para todos.

No se me escapa la sombra que le cruza la mirada. Parece un tema espinoso para él, así que intento suavizar el ambiente.

—¿Y qué haces cuando sales con una chica y quieres invitarla a casa?

No sé muy bien por qué lo pregunto. ¿Curiosidad? ¿Provocación? Qué más da.

Al ver la sonrisa torcida de Hugo, soy consciente de lo mucho que deseo que responda.

—¿Interesada?

—Para nada —miento y le vuelvo a dar un trago a esa bebida repugnante.

Hugo se acerca y sus palabras me acarician la piel.

—Mentirosa.

Lo encaro y contengo el rubor que me sube por el cuello. Lisa siempre me dice que soy transparente, y lo odio a más no poder.

—Supongo que no tienes muchas citas porque todavía no has contestado.

—Vamos a su casa.

Claro, cómo no. Un hombre como él debe tener una legión de mujeres a sus espaldas, y a una estúpida como a mí no debería importarme.

Le doy otro trago a mi copa, esta vez más largo. Está asqueroso, pero mejor beber que permanecer con cara de tonta.

—Las chicas que todavía van al colegio no deberían beber tan rápido.

Entrecierro los ojos y me trago un bufido. Puede que sea guapo, pero ahora mismo solo me apetece darle un puñetazo.

—Voy al instituto, listillo.

—¿A cuál?

—Al colegio de monjas Jesús y María.

—Oh, vaya, una chica de un colegio de monjas, pura y casta. ¡Qué bien suena!