El cielo al fin puede esperar 3
9%

3

Carla

Dos años antes

N uestros pasos resuenan por la calle. Me duelen los pies y avanzo con una torpeza nada seductora a causa de los tacones de aguja que llevo.

Es la primera vez que los uso y puede que la última.

Lisa, en cambio, camina como una diosa sobre esos mismos tacones.

Nos enamoramos a la vez de ellos en Zara y no pudimos dejarlos solos y abandonados allí.

Es el primer día que salíamos de verdad. Hemos dado vueltas antes por los bares como dos tontas, sabiendo que no nos iban a dejar entrar. Pero hoy sí lo harán, para eso llevo más maquillaje que una drag queen , un escote de infarto y los malditos tacones.

Nos dirigimos a Kitsch, uno de esos bares de copas que nunca pasan de moda y que, con toda probabilidad, lleva en el mismo lugar desde antes de que yo naciera.

Las calles están plagadas de estudiantes universitarios que aprovechan los últimos días de la primavera antes de encerrarse a estudiar.

No es nuestro caso. También tendremos que estudiar para los finales, pero del instituto, no de la universidad.

La puerta de Kitsch, sin embargo, está casi vacía.

Es un local para gente más mayor, treintañeros hartos de lidiar con adolescentes borrachos que buscan un ambiente más tranquilo.

—¡Oh, Dios mío! No me lo puedo creer. —Lisa se detiene en seco y me agarra del jersey con tanta fuerza que me tambaleo—.

Está ahí, Carla. El chico con el que me cruzo todos los días.

—Escudriño en la misma dirección que ella y solo veo un par de borrones al final de la calle—.

Tengo que conocerlo y tú vas a ayudarme.

La miro espantada.

Somos amigas desde sexto de primaria, cuando a mitad de curso llegó a clase con su cara llena de pecas y sus gafas de culo de vaso, y se sentó a mi lado. Nadie diría que aquella chica flacucha se convertiría después en la belleza rubia que ahora me mira como si fuera su salvadora.

—¿Yo? —pregunto con cierto temor. No tengo claro si quiero saber lo que trama.

—Vamos, Carla —me suplica—. Jamás me atreveré a abordarlo por la calle. Esta es la ocasión perfecta. Tú te ligas al amigo y me dejas el camino libre.

Se me escapa una carcajada que resuena a lo largo de la calle. Lisa siempre ha sido la más lanzada de las dos y tiene algo más de experiencia con los hombres. Por lo menos, hace unos meses estuvo saliendo con un chico un par de semanas. Yo ni eso.

—¿Y cómo lo hago? ¿Me acerco y le pregunto si quiere ligar conmigo?

—No lo sé. Usa tu imaginación.

Claro, como si fuera tan fácil.

Me agarra de la mano y tira de mí. La música sale de un bar cuando varias chicas entran, y me siento tentada a unirme a ellas y librarme de lo que me espera.

Trato de seguir los pasos apresurados de mi amiga y nos apoyamos en un coche unos metros más allá de nuestro objetivo.

No tengo que fingir cuando me desplomo sobre el capó y me ajusto la tira de la sandalia que se me clava en los dedos como un alambre de espino.

Eso me da algo de tiempo para evaluar a los dos chicos que fuman frente a nosotras.

—Por favooooor —me suplica entre dientes.

—Lisa… No tengo ni idea de cómo ligarme a nadie. Además, Fran tiene que estar a punto de llegar.

—¿Y qué? No le debes ninguna fidelidad. Ni siquiera os habéis enrollado.

Fran es un chico con el que llevo flirteando unas semanas y oficialmente estamos saliendo, aunque, como dice Lisa, todavía no nos hemos enrollado.

Se había lanzado a besarme un par de veces y yo le había hecho la cobra correspondiente.

No porque no quisiera hacerlo. Me apetece probar cómo será mi primer beso, cerrar los ojos y sentir otro aliento sobre la piel; perderme en la sensación de otra lengua dentro de la mía.

Aunque Fran es especial, tengo que reconocer que todavía no ha despertado esa necesidad en mí.

—Eso no importa —me defiendo—. No pienso enrollarme con otro y estropear lo que está surgiendo entre nosotros.

—Nadie te ha pedido que lo hagas. Solo un poco de ligoteo y te largas.

—¿Eso es todo?

Se hace una cruz sobre el pecho.

—Palabrita del Niño Jesús.

Suspiro sabiendo que no tengo escapatoria. En realidad, la adoro. No puedo negarme.

—Está bien, pero a los cinco minutos me largo.

—Hecho.

—¿Quién es de los dos?

Están al otro lado de la calle. Puedo verle la cara a uno de ellos.

Cabello y piel claros, cuerpo esbelto y bien formado.

Conozco a la perfección los gustos de mi amiga, y casi puedo afirmar que ese es el chico por el que suspira, pero no puedo verle la cara al que nos da la espalda, así que no puedo estar segura.

—El del jersey rojo.

Bingo.

Eso me deja a mí a camisa azul . Pues muy bien.

No tengo ni idea de cómo llamar la atención de esos dos sin hacer el más absoluto ridículo, pero me importa más bien poco. Solo serán cinco minutos y no volveré a ver a aquel tipo en mi vida.

Cierro los ojos un segundo, tomo aire e improviso.

—Oye, Lisa, el chico de la camisa azul parece bastante guapo, ¿no te parece? —comento en un tono lo bastante alto para que mis palabras crucen la calle y les lleguen con claridad.

Camisa azul nos mira de reojo. La penumbra de la calle no me permite distinguir con claridad sus rasgos, pero sí que deja intuir un rostro atractivo.

Trago saliva y continúo con mi farsa.

—Hay un montón de hombres con la camisa azul por aquí, no sé por qué te has dado por aludido.

Aquello es el eufemismo del siglo, porque, aparte de nosotros cuatro, no hay ni un alma en esta calle.

Camisa azul me repasa de arriba abajo sin ningún disimulo antes de darse la vuelta.

«Mierda».

Sé que no era el plan más brillante, pero que pase así de mí...

No soy fea, ni siquiera del montón. Si Lisa se lleva muchas de las miradas de los hombres con los que nos cruzamos, yo no me quedo atrás. Puedo ser joven e inexperta para muchas cosas, pero en cuanto a la forma en la que los hombres me comen con los ojos, tengo experiencia de sobra.

Suelto un bufido, indignada. Ahora sí que no pienso callarme.

—Esto es lo que pasa con los hombres hoy en día —murmuro con teatralidad, dejando que el sarcasmo rezume en cada palabra—, nos toca hacerlo todo. Es agotador.

Jersey rojo suelta una carcajada que me envalentona, pero no hay ninguna reacción de camisa azul .

«Vamos, date la vuelta».

Es el momento de apostar con todo. Me cruzo de brazos y me acomodo en el capó del coche.

—Bueno, dime, ¿con cuál te quedas?

Lisa finge tantear sus opciones.

—Pues no lo sé. Es una elección difícil. —Tamborilea los dedos sobre la barbilla, sopesando a ambos candidatos, como si realmente no pudiera elegir entre ellos.

Deberíamos estudiar teatro. A ninguna se nos da nada mal.

—Yo tampoco. La verdad es que el de rojo es bastante guapo y, bueno, el de azul… —Dejo en el aire mis palabras.

Camisa azul sigue de espaldas, fingiendo que la conversación no le interesa. O puede que realmente no esté interesado.

Me queda una última baza. Si no funciona, lo dejo. No pienso suplicar por la atención de nadie.

—Me resulta imposible elegir. ¿Qué te parece si nos lo echamos a suertes? Al pito, pito, gorgorito, por ejemplo.

La carcajada de camisa azul me llega con claridad. Ronca, intensa, casi sensual. Me recorre un escalofrío al verlo girarse y clavar sus ojos en mí, pero no me dejo distraer. Presiento que está a punto de engancharse a mi cebo y no pienso soltarlo.

—Pito, pito, gorgorito, ¿dónde vas tú tan bonito? A la era, verdadera. Pim pam pum, ¡fuera!

Mi dedo se detiene justo sobre él. Su rostro es todo sombras que me estudian desde el otro lado de la calle.

Puede que no le vea los ojos con claridad, pero sí que siento su intensidad clavarse en mi piel.

Por un segundo, deseo retroceder y largarme de aquí.

Creo que Lisa intuye mis intenciones porque enreda su brazo con el mío y me clava los dedos para que continúe con mi actuación.

Me armo de un valor que empieza a desaparecer y digo:

—Hasta el azar quiere que esta noche seas mío.

No sé de dónde salen esas palabras ni de dónde proviene ese tono sensual con el que las pronuncio, pero funcionan.

Camisa azul tira el cigarro al suelo y camina hacia mí.

—Pues entonces no se hable más. Aquí me tienes para satisfacer todos tus deseos.

Su cuerpo musculoso cruza la calle con la seguridad de un depredador que acude a la trampa para observar a su pobre presa.

Debería ser al revés. He sido yo quien ha empezado este absurdo jueguecito, pero está claro que es él quien ha terminado ganando porque, cuando la luz le da de lleno, se me queda la boca seca.

Todo pensamiento racional se va por el garete al ver el rostro bronceado de lo que podría ser algún modelo de revista.

Ojos oscuros de pestañas imposibles que me recorren sin ningún disimulo.

Mandíbula cuadrada, pómulos marcados y labios comestibles.

El rostro de un hombre hecho y derecho, mucho más experimentado y seguro de su atractivo, que me lleva a maldecir por haber empezado este juego absurdo.

Trato de recomponerme. Lo primero que hago es cerrar la boca y dejar de mirarlo embobada.

—Así que ¿todos mis deseos? —digo en el mismo tono burlón que ha usado él para disimular.

Una risa oscura brota de su garganta.

—Hasta el último.

Es del todo absurda la voltereta que me da el estómago y me alegro de que deje de clavar sus ojos en mí para indicarme el camino hacia el bar.

Recupero parte de la seguridad perdida al ser consciente de que sí que ha caído en mi trampa y no al revés. Me lo llevaría al bar, para darle una oportunidad a Lisa, pero no voy a dejarla aquí sola. Todavía puedo facilitarle las cosas un poco más.

—Entraría contigo encantada, pero no quiero dejar sola a mi amiga.

Le lanzo una mirada a jersey rojo, que no tarda ni dos segundos en saltar y venir hacia nosotras.

—Será un placer.

Entramos al bar a la vez, Lisa y yo, resguardadas por estos dos chicos que deben rondar los veinticinco años. El guardia de seguridad solo nos presta la atención necesaria para mirarnos el culo al pasar.

—¿Y por qué nombre debo llamarte?