2
Hugo
E l día ha amanecido tan gris como me siento. Las nubes cubren el sol, que por lo general luce radiante, y una brisa ligera hace llevadero ir embutido en un traje a finales de mayo.
Me sumerjo entre los invitados que ya esperan a la puerta de los juzgados.
Me gusta esta parte de la ciudad. Solía venir hasta aquí, junto a la orilla del río y lejos del bullicio del centro, a correr cada mañana para sacudirme la tensión que últimamente se me ancla en la nuca.
Hoy, sin embargo, no siento paz alguna. Al contrario.
Oteo entre las cabezas que ya esperan a los novios y, al no encontrarla, mi inquietud se dispara.
—Todavía no ha llegado.
Sigo la mirada de mi hermano y descubro que también la busca entre la gente. Maldigo en silencio y me doy la vuelta. Reconocer en Fran la misma necesidad que siento yo por encontrarla me pone enfermo.
Saco otro cigarro. Últimamente fumo demasiado, otra desagradable consecuencia que ha tenido para mí el divorcio de mis padres. Los momentos de vacío son tan frecuentes que siempre tiendo a llenarlos con un pitillo.
Antes de encenderlo, se me eriza la piel.
Es la misma sensación que siempre tengo cuando compartimos habitación. Mi cuerpo reacciona incluso antes de verla, como si el aire, la energía o la luz cambiara. Me giro sabiendo que está detrás y, aun así, no estoy preparado para lo que tengo ante mí.
Me quedo sin aliento. Creo que jamás en mi vida he visto algo tan bello.
Su melena castaña cae libre sobre sus hombros, y un maquillaje discreto acentúa la belleza natural de ese rostro ovalado.
Sus labios rosados brillan pese a que hoy no luce el sol.
Un vestido azul oscuro abraza su cuerpo como a mí me gustaría hacerlo, y sus caderas se mueven cuando camina, primero de forma tímida, y después con la picardía que le da el sentirse observada.
Joder, está preciosa.
Por un instante, siento que toda la tensión acumulada durante semanas se desvanece, y me obligo a apartar la mirada y fingir que su presencia no desestabiliza mi mundo. También soy un jodido experto en hacerlo.
Fran va a buscarla y me doy la vuelta para entrar a los juzgados. No necesito nada más. Saber que ella está aquí es suficiente.
La ceremonia es larga e insufrible. Mis tías exprimen su minuto de gloria y se muestran entusiastas al ensalzar las bondades de mi madre.
Rafa carece de familia que lo respalde en un día así, y desconozco quién es el hombre que habla de él como si fueran hermanos.
Solo sé que cuando lo veo emocionarse al oír hablar a su supuesto mejor amigo, comprendo que este instante pasará a la lista de recuerdos que trataré de borrar el resto de mi vida.
Todos los aquí presentes saben que su mejor amigo era mi padre.
Cuando ya no aguanto más, salgo a la calle seguido de cerca de Tina y Fran, y de ella. Ninguno de los cuatro se atreve a hablar y nos quedamos atrapados en un silencio pesado a la espera de que salgan los novios.
Los invitados salen poco después y se preparan para lanzar el arroz que mis hermanas pequeñas están repartiendo. Cuando mi madre aparece junto a su nuevo marido, los vítores se levantan aclamando a la nueva pareja, el arroz vuela sobre sus cabezas y la felicidad que irradian es indiscutible.
Se cumple el guion estándar en una boda: todo felicidad y purpurina rosa, pero yo solo quiero gritar, detener esta explosión de alegría y borrar esa sonrisa de la cara de mi madre. No creo que llegue a ser consciente jamás del daño que me causa y, aun así, vuelve a girarse y besa a Rafa de nuevo.
A mi lado oigo un gimoteo. Creía que esta situación no podía ser más dolorosa, pero ver a Tina con la cara empapada en lágrimas, con toda su fortaleza hecha añicos, es un disparo directo al corazón.
A su lado, Fran también llora y eso… es demasiado.
Siento que me asfixio, hasta me tambaleo porque lo he protegido de muchas cosas, pero no puedo protegerlo de esto: del dolor, de la sensación de pérdida, aunque nuestra madre siga ahí, viva y radiante.
Dejo caer mi peso en el capó de un coche, incapaz de recomponerme. Estoy roto. Mi madre y Rafa me han roto y ni siquiera son conscientes. Si lo fueran, no sonreirían como ahora mismo lo hacen.
Me cuesta respirar.
Me cuesta pensar.
Vuelvo a mirar a mi hermano. Debo consolarlo, aunque tan solo sea un consuelo efímero entre mis brazos.
Una mano acaricia su mejilla y, aunque no debería, soy incapaz de ignorarla.
La sigo y ahí está: la cara de mis sueños, la que me persigue de día y de noche, la que no consigo olvidar. Solo que no está mirando a mi hermano.
Sus ojos canela me atraviesan como lo hacen siempre que nos encontramos en la distancia.
El nudo del estómago que llevo ignorando toda la mañana me sube hasta la garganta y soy plenamente consciente de que voy a vomitar.
Aquí, en mitad de los invitados, durante la boda de mi madre.
Quizá se merezca el que su hijo arme un numerito y le reviente la boda, pero no soy tan cretino.
Nunca le haría algo así. Puede que ahora me muestre distante, enfadado y frío con ella, pero siempre será la persona que más quiera en este mundo.
Golpeo el parabrisas del coche y me alejo sin ver a dónde voy, tragándome el vómito junto con todos esos sentimientos que llevo tanto tiempo ocultando.
El hotel donde va a celebrarse la boda tan solo está unos pasos más allá.
Me refugio en el primer baño que encuentro y trato de serenarme, en un esfuerzo por apartar esa sensación pegajosa y amarga de la que no consigo deshacerme.
Los cubículos están abiertos y sé que estoy solo, aunque soy consciente de que me hubiese desmoronado igual con todo un equipo de hockey rodeándome.
Apoyo la frente en la fría pared y tomo varias inspiraciones. Es inútil. La sensación de mareo, las náuseas, la presión en el pecho, el sudor frío. El ataque de pánico está a punto de comenzar y yo soy su estrella principal.
La puerta del baño se abre y se vuelve a cerrar. Se me eriza la piel y no necesito darme la vuelta. Su presencia siempre es liberadora. La presión cesa, el mareo se detiene, las náuseas se esfuman al instante. Es el agua frente a un incendio, y las primeras palabras salen sin pensar.
—¿Sabes?, todavía conservaba la esperanza de que esto no sucediera.
Pensaba… que mi madre se echaría atrás, que rectificaría y volvería con mi padre.
—Se me escapa una risa rota ante lo ridículo que suena—.
Sé que es absurdo, un estúpido deseo infantil, pero la esperanza… Todavía no la había perdido.
Noto cómo ella se acerca despacio, y es lo único que necesito para continuar, para decir lo que sé que jamás volveré a repetir.
—¿Qué se supone que debo hacer? ¿Qué debo sentir a partir de ahora? —La voz se me quiebra y una jodida lágrima se me escapa—. Se supone que debo quererlo como a un padre, debo olvidarlo todo y recibirlo con los brazos abiertos.
No, no puedo hacer eso. La separación de mis padres fue demasiado traumática para hacer borrón y cuenta nueva.
—Y Rafa, ¿qué? —Mi voz se endurece a la par que lo hace mi corazón.
Solo mencionar su nombre despierta un odio que no puedo esconder—.
¿Va a querernos y a cuidar de nosotros como si fuéramos sus hijos?
No lo creo. Yo jamás podría querer o aceptar a unos hijos que no fueran míos.
Jamás. Dudo mucho que ningún hombre pueda hacer algo así.
La siento a mi espalda, antes de rodearme y colocarse frente a mí. Está aquí, a mi alcance de forma voluntaria. Entre la fría pared y la calidez de mi cuerpo, que empieza a arder ante su cercanía.
El mundo vuelve a desvanecerse; solo están esos ojos capaces de calmar hasta el rincón más oscuro de mi alma.
Traté de alejarme de ella, de no mirarla cuando estaba a mi lado, de no oler su delicioso aroma, de no tocarla cuando podía hacerlo, pero es inútil. Ella está incrustada en mi corazón y no consigo olvidarla.
Alarga la mano y me limpia esa única lágrima que no he conseguido reprimir con una ternura que no sabía que necesitaba. Pero la necesito, a ella y a nadie más.
Y sé que este instante es el que va a cambiarme la vida. No el divorcio de mis padres, ni la nueva boda de mi madre. Es este momento en el que rompo todas las promesas que me hice.
La atraigo hacia mí y la abrazo.
«No voy a hacer nada más», me digo en una promesa silenciosa, pero no puedo sobrevivir otro día más sin su contacto.
Su cuerpo es engullido por el mío. Tan solo es unos centímetros más baja, pero encajamos a la perfección.
Es una sensación extraña. He abrazado a muchas mujeres y nunca he sentido esa sensación de corrección que siento en este momento.
Puede que sea eso lo que me lleva a meter la nariz entre su pelo y aspirar ese aroma que me acompaña hasta en sueños. O quizá sea las incontables veces que he soñado con hacerlo. No lo sé. Solo sé que ese olor tan fresco y juvenil se lleva por delante todas mis promesas, todo mi control.
Me aparto a mirarla y lo que veo en sus ojos es mi perdición. Acojo su rostro entre mis manos y no me resisto a la necesidad de besarla, a darle lo que me pide en silencio, lo que lleva pidiéndome desde que nos conocimos y lo que hasta ahora me he resistido a darle.
Rozo sus labios con los míos. Un beso que dejo en la comisura de su boca, y me alejo de nuevo. Ella parpadea con la respiración tan agitada como la mía. Solo ha sido un roce, pero a mí me ha calentado tanto por dentro como creo que ha hecho a ella.
Al segundo siguiente, es ella la que me besa a mí. La que atrapa mi labio inferior entre sus dientes y enciende cada fibra.
Estoy perdido y trato como puedo de mantener la razón. En no llevar esto más allá. Me digo que no debo y, aun así, no tardo ni dos segundos en hundir la lengua en su boca, en paladear un sabor mezcla de pasta de dientes y frambuesa.
Aprieto mi cuerpo contra el suyo y la atrapo contra la pared. Me olvido de todo; de mi madre, de la boda, de mi familia y de quiénes somos, y solo me centro en esos labios que me devuelven el beso como si la vida les fuera en ello.
Mis dedos se hunden en su pelo sin importarme despeinarla. Mi cuerpo se aplasta contra el suyo sin pensar en no arrugarle su vestido. Mi boca devora a la suya sin detenerme en no estropear su maquillaje. Nada más importa en este momento que he deseado más allá de la razón.
Ella gime en respuesta. Un sonido que sacude el avispero de todo lo que siento, que me hace tomar conciencia de a quién estoy besando. Que me lleva a ralentizar el beso y a apoyar mi frente en la suya.
En sus ojos hay un reflejo de la misma batalla: el deseo luchando contra la culpa, la necesidad enfrentándose a la razón.
Sus manos tiemblan contra mi pecho y su aliento entrecortado me dice que está tan perdida como yo.
Sabe que hay que parar. Que no es conmigo con quien debería estar en este momento; que no es a mí a quien debería consolar ni mucho menos besar.
Los segundos pasan y me niego a soltarla, pero tengo que hacerlo. De lo contrario, no habrá marcha atrás.
Me doy la vuelta y me marcho, dejando mi corazón aquí, entre sus manos.
Voy hasta la primera barra que encuentro y me pido un whisky sin hielo. Me arde la garganta al primer trago y maldigo para mis adentros.
Este día es una mierda. Lo ha sido desde que me levanté y lo será hasta que me acueste. Pero ahora es mucho peor porque, además del dolor por la traición de mi madre, he besado a la única mujer de este mundo que tenía prohibido desear: a Carla, la novia de mi hermano.