El cielo al fin puede esperar 1 #2
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Mi madre se acerca hasta mí y agradezco que esconda su felicidad por un segundo.

—Hugo, cariño, estás muy guapo.

Me acaricia la mejilla con la misma ternura que en otro tiempo me habría arrancado un ronroneo, pero esta vez la siento como un arañazo sobre la piel.

—Tú también, mamá.

Mi cumplido suena vacío, carente de la sinceridad que ella merece, porque hoy está realmente preciosa. Doy un paso atrás y aparto el rostro.

La punzada de culpabilidad que siento en el centro del pecho es tan dura como la mirada que le lanzo, pero intento que no se note.

Tengo un máster en camuflar mis emociones, en mostrar desinterés por todo aquello que me afecte o me dañe.

Últimamente creo que lo hago tan bien que a veces siento que me he vuelto insensible al mundo exterior.

Este momento me confirma que no lo soy porque el corazón me duele a rabiar.

Físicamente no podemos ser más diferentes: ella, de cabello rubio, ojos azules y piel de porcelana que la hace parecer nórdica y no nacida en la costa murciana; yo, con la piel bronceada de mi padre, el cabello ondulado y tan negro como mis ojos y una altura que sobrepasa con creces la suya.

Ahí terminan nuestras diferencias. En todo lo demás, siempre fui un fiel reflejo de ella.

Se supone que las madres no tienen favoritos, pero sé que ella siente debilidad por mí.

La adolescencia, esa época oscura que todo joven tiene que vivir y que suele alejarte de tus progenitores, a mí me unió a ella.

La tensión en el matrimonio de mis padres ya era más que evidente y, ante la ausencia reiterada de mi padre, me volqué en ayudarla con mis hermanas pequeñas y asumí el rol de hermano mayor.

Eso es lo más difícil estos últimos meses: sostener ese papel, fuerte y seguro, con unos sentimientos que a cada día me ahogan un poco más.

Observo cómo le tiembla el labio y los ojos le brillan por mi fría reacción y, por un segundo, deseo volver a cuatro años atrás, cuando éramos uña y carne.

Ella aparta la mirada y se dirige a Tina y a Fran, que la reciben con el mismo entusiasmo, y el aire se vuelve tan denso que asfixia. La tensión del momento se disipa cuando Sonia se tira a sus brazos.

—Mamá, estás guapísima. ¡Nunca he visto a una novia tan guapa como tú!

El abrazo de mi hermana es tan enternecedor que estoy a punto de ablandarme e ir yo también a abrazarlas, pero la presencia de Rafa a mi espalda consigue bloquear todos mis instintos.

—Gracias por venir. —Su agradecimiento, aunque frío, sé que es sincero.

Ni me molesto en mirarlo, y mantengo fija la vista en mi madre y en la forma en la que trata de contener las lágrimas al recibir el cariñoso abrazo de uno de sus hijos.

—No lo he hecho por ti. —Mi tono no oculta el desprecio que siento.

Siempre que hablo con él, procuro que le quede bien claro y trato de compensar todas las conversaciones mantenidas a lo largo de mi vida en las que usé un tono familiar y cariñoso.

—Aun así, te lo agradezco. Significa mucho para mí.

Me guardo las manos en los bolsillos para que no vea lo mucho que me afectan sus palabras. Sé que es verdad. Pese a mi distanciamiento, su cariño hacia mí no ha disminuido.

Se aleja y lo sigo con la mirada, con mis peores instintos pidiendo permiso para salir.

Su traje de chaqueta es muy similar al mío, un tono más oscuro.

Todavía conserva el cuerpo atlético que tuvo en la juventud y que lo convirtió en uno de los mejores jugadores de hockey sobre patines del país y puede que de parte de Europa.

Mi amor por el hockey y todos los años que le he dedicado a ese deporte vienen de él.

Por eso dejé de practicarlo, y ahora lo odio tanto como a él.

No siempre fue así. Hubo un tiempo en que su presencia en esta casa era bienvenida, y confiaba en él más que en mi propio padre.

Que lo buscaba siempre que necesitaba ayuda y que me cubría las espaldas cuando me metía en líos.

Hasta que usó esa misma confianza para colarse en el corazón de mi madre y traicionarnos a todos.

Rafa abraza a mi madre por detrás. Martina, que observa la escena desde el suelo, corre hacia ellos y se une al abrazo familiar. El fotógrafo se vuelve loco por recoger ese momento tan fraternal: las hijas abrazando a los novios.

Me obligo a apartar la mirada y salgo a la calle a fumarme un cigarro. ¿Soy un cretino por comportarme así? Estoy seguro.

Recuerdo todas las veces que mi madre trató de explicarme que ya no quería a mi padre, que hacía años que el amor se acabó entre ellos y que tiene derecho a ser feliz.

—Tú eres el mayor, Hugo. Esperaba que me entendieras y me apoyaras.

Si ese hubiese sido el motivo real de su separación, lo habría entendido y la habría apoyado como ella quería que hiciera: hablando con mis hermanos y haciéndole la vida más fácil.

Pero yo sabía las razones que la habían llevado a abandonar a mi padre, y no podía hacerlo.

Ni hablar. No después de todo lo que vi y tuve que callar.

Aquella había sido su decisión, sin importar cómo les afectaría a sus hijos.

Ahora le tocaba asumir las consecuencias.

No tardo demasiado en oír unos tacones acercarse a mi lado.

—¿Estás bien?

La voz de Tina suena preocupada, algo raro en ella. Somos tan parecidos como dos mellizos. Solo nos separan nueve meses, pero los que no nos conocen dan por hecho que nacimos a la vez.

—Lo estaré. ¿Y tú?

Tina tampoco encajó bien la separación de nuestros padres. Siempre fue alocada y excéntrica, pero estos últimos años se ha desmadrado de tal forma que empieza a preocuparme.

—Me la suda con quién se case, Hugo. —Se encoge de hombros y finge un desinterés que sé que no siente—. Solo me importa la barra libre, así que vámonos ya. Cuanto antes acabe esto, mejor.

En otra cosa en la que nos parecemos es en que somos unos expertos a la hora de esconder nuestros sentimientos, pero puedo ver en ella el mismo dolor que siento yo, y eso me lleva a detestar aún más este maldito día de mierda.