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El cielo al fin puede esperar

El cielo al fin puede esperar

Por Clara Garrido

© inepub.com

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Hugo

T ermino de ajustar el nudo de la corbata y me ato los zapatos.

Ni me molesto en mirarme al espejo. Este aspecto, con traje de chaqueta nuevo y zapatos relucientes, dista tanto de mi imagen habitual de vaqueros desgastados y uniformes que seguro que ni me reconozco en el espejo.

Tampoco quiero ver la zozobra que trato de ocultar bajo esa expresión de pasotismo que siempre mantengo dentro de las paredes de esta casa.

Puede que consiga ocultársela al mundo, pero está ahí y me aprieta de tal forma las entrañas que las náuseas amenazan con arruinarme el traje.

Me dispongo a salir, pero un estúpido tirón de nostalgia me hace darme la vuelta y echar un último vistazo a la que fue mi habitación.

Mis trofeos de hockey siguen en la estantería, pero hace años que desapareció el orgullo que sentía al mirarlos.

La bufanda del Real Madrid que compré en el Bernabéu sigue anclada con chinchetas a mi pared, junto al póster desgastado de Green Day...

Siempre que sacaban un álbum, retiraba el póster antiguo y lo sustituía por uno nuevo, pero con este último no me he molestado.

Permanecerá ahí hasta que mi madre o el próximo inquilino de esta habitación lo arranque de la pared.

Porque este cuarto, esta casa, ya no es mi hogar.

Inspiro con fuerza y no pierdo más el tiempo con recuerdos absurdos.

El olor a calas me recibe al salir. Son las flores favoritas de mi madre y el salón está abarrotado de centros, decorado para unas fotos en las que no pienso aparecer.

Mi hermana Sonia pasa a la carrera a mi lado sin importarle despeinarse ni arrugar el vestido que sé que a mi madre le ha costado una pequeña fortuna. Detrás de ella, cómo no, Martina.

—Hugo, dile que me devuelva a Silvestre.

Silvestre es un gato de peluche que mi hermana arrastra a todas partes y me temo que pretenda llevarlo también hoy. No me parece apropiado para este día, pero no seré yo quien se lo diga. Me siento incapaz de negarle nada a esta cría cuando me suplica con esos ojos negros.

—Sonia, devuélvele el dichoso gato.

Sonia se detiene frente a la puerta y se da la vuelta con las mismas ganas de guerra de siempre.

—Que venga a por él.

Agita el muñeco en las narices de su hermana antes de salir disparada al jardín, seguida muy de cerca por Martina.

Se me escapa la risa.

Tina y yo éramos iguales, siempre a la gresca. Reconozco que durante mi niñez no conocía un placer mayor que fastidiar a mi hermana pequeña. Menos mal que con los años esas rencillas pasaron a la historia y ahora somos inseparables.

Me paso la mano por el pelo sin pensar en la gomina que me he puesto hace un rato. Adoro a estas crías, pero es agotador que estén todo el día peleándose. Me llevo la friolera de dieciocho años con Martina y quince con Sonia. Más que un hermano mayor, a veces siento que soy su padre.

Mi labor de hermano mayor no solo se reduce a mis tres hermanas.

Fran está espatarrado en el sofá sin prestar ninguna atención al traje de chaqueta que se ha llevado una buena suma de mis ahorros.

No se molesta en ocultar la amargura que siente por ver a su madre casarse con otro hombre que no es su padre.

Nunca se le ha dado bien. Es transparente como el agua recién nacida, sin maldad ni dobles intenciones.

Verlo en este estado, obligado a vivir este momento tan amargo para todos, me produce un retortijón.

Lo obligo a levantarse y trato de arreglar el desastre: camisa arrugada, corbata torcida y zapatos sin brillo. Por desgracia, es tarde para la camisa y los zapatos.

—Ven aquí. Llevas la corbata torcida.

Le deshago el nudo y empiezo de nuevo.

—Por mí como si la quieres quemar. —Intenta parecer sarcástico, pero le sale de pena.

—Sería una lástima. Es nueva y me ha costado cara.

Le ofrezco una sonrisa de dientes blancos.

—Tú ríete, Hugo. Como no vives aquí.

—Si viviera en esta casa, no estaríamos celebrando una boda porque habría matado a Rafa hace mucho tiempo.

Me lanza esa sonrisa afable que siempre consigue ablandarme.

A diferencia de mí, Fran es el cariñoso, el de la sonrisa fácil que consigue hacerte ceder, aunque hubieras jurado que no lo harías.

El que, de pequeños, ponía paz entre Tina y yo con un simple puchero, y al que nunca le ha importado su aspecto más allá de salir vestido a la calle.

Esa parte amable también lo convierte en el más vulnerable de los tres, lo que ha hecho que siempre quiera defenderlo: con puños en el colegio si hacía falta; con palabras cortantes contra Tina cuando Fran se convertía en su objeto de tortura; o comprándole un traje de chaqueta de quinientos euros para que hoy esté a la altura.

—Piensa en el lado bueno. Solo faltan… —consulto mi reloj y desvío la conversación a un punto menos doloroso— tres horas para que empiece la barra libre: primero la de cerveza y después la de las copas. Con un poco de suerte, a las cinco habré perdido el conocimiento.

Fran suelta una carcajada que deshace un poco el nudo que siento en el estómago.

—¿Y si empezamos a beber ya y vamos al juzgado piripis?

Tina agita una cerveza que ya tiene en la mano antes de darle un trago.

Conociéndola, seguro que no es la primera de la mañana.

También he dedicado parte de mis ahorros a comprar ese vestido asimétrico de un amarillo chillón que lleva.

En cualquier otra mujer, ese vestido de capas superpuestas de diferentes larguras quedaría estrafalario y hortera, pero a ella la hace destacar frente a cualquier mujer.

El color contrasta con su piel bronceada y la reafirma como una mujer segura de sí misma.

Pensar en beber antes del mediodía me revuelve las tripas. Llevo días con el estómago encogido por la tensión y no parece tener intención de desaparecer. Sin embargo, ir borracho a la ceremonia me parece la mejor idea que Tina ha tenido en su vida.

—Es una idea fantástica. No sé cómo no se me ha ocurrido a mí.

La carcajada conjunta llama la atención indeseada de mi tía Amalia.

—¿Qué estáis tramando?

—Estaba pensando en repartir el arroz en toples —suelta Tina, que no se calla ni debajo del agua—. Creo que le daría un toque distintivo a la ceremonia.

—Hoy no es día para tus tonterías, Tina.

—A mí me parece el día perfecto. Nunca voy a tener más público.

Fran camufla una carcajada con un ataque de tos, y yo estoy a un paso de aplaudir a mi hermana.

Tina es, con diferencia, la más intensa y enérgica de la familia, capaz de meterse en problemas con la misma rapidez con la que se prende una cerilla, y de hacer explotar hasta a un témpano de hielo como nuestra tía Amalia.

El pelo lila, teñido en exclusiva para hoy, ya ha supuesto un escándalo esta mañana.

Puede que mi madre la mate cuando la vea, algo que ahora mismo no me importaría en absoluto porque me libraría de este día de mierda.

Mi tía no tarda en ignorar a Tina. Sabe que perder los papeles o montar numeritos no es mi estilo. Las sonrisas afiladas y las palabras cortantes van más con mi personalidad. Por eso mi tía centra con rapidez su atención en mí.

—Vas a portarte bien, ¿verdad, Hugo?

Siendo la mayor de tres hermanas y sin hijos que criar, mi tía siempre se creyó con derecho a cantarnos las cuarenta si la situación lo requería. No he hecho nada todavía para ganarme ninguna reprimenda ni esa mirada ceñuda que me dirige, pero el día promete.

—Yo siempre me porto bien, tía Amalia.

La mirada que me dirige bien podría amilanar a una fiera, pero no me dejo intimidar. Ya no, al menos. Cuando era un crío, en cambio, escapaba en cuanto veía esa ceja levantada.

—Ya sabes a lo que me refiero.

—¿Lo sé?

—No te hagas el tonto conmigo, niño. —Mi tía sigue llamándome niño a pesar de tener veinticuatro años—. Como hagas llorar a tu madre hoy —aprieta el nudo de la corbata con fuerza hasta cortarme la respiración—, te las verás conmigo, jovencito.

Me lanza una última mirada que es mucho más dura de lo que creo merecer, antes de alejarse.

—¿Y qué vas a hacer si es ella la que me hace llorar a mí? —pregunto mientras aflojo el nudo, y es otro nudo distinto el que se me forma en la garganta.

Mi tía se gira y me mira durante un largo segundo.

Esos ojos azules, tan propios de la rama materna, se suavizan un instante antes de darse la vuelta y alejarse.

Como hermana mayor, a ella también le ha tocado defender a su hermana pequeña contra el mundo, aunque sea tan consciente como yo del daño que esto nos hace a todos.

La puerta del piso de arriba se abre y el mundo se paraliza.

Las bromas de un segundo atrás quedan diluidas cuando mi madre aparece en lo alto de las escaleras, con un dos piezas blanco que resalta esa figura envidiable que todavía conserva.

Lleva la media melena rubia suelta, decorada con unas flores a juego con el ramo que sostiene entre las manos, y luce una sonrisa de esas que solo se pueden lucir si eres plenamente feliz.

Me quedo sin aire al verla. Toda esa felicidad que a ella le da este día, a mí me la quita.

No aparto la vista cuando baja las escaleras con la cabeza bien alta, otra cualidad propia de las mujeres de su familia.

Desde pequeño, he sentido admiración por la forma que tiene mi madre de afrontar la vida: siempre de frente.

La mujer que se enfrentó a su familia para casarse con mi padre; la mujer que estudió Derecho mientras criaba a cinco hijos; la mujer que siempre tenía una respuesta para todo y un abrazo de consuelo cada vez que lo necesitaba.

Me he pasado la vida tratando de vivir como ella siempre ha hecho, y afrontar la vida con las mismas agallas y fortaleza.

Pero ahora, esa misma fuerza que tanto he admirado parece un arma afilada que usa para distanciarse de sus propios hijos.

Rafa le pisa los talones y baja tras ella como si fuera el dueño de esta casa. Siento que me ahogo con ese nudo que no para de crecer en mi garganta y, aunque quiero gritarle que se largue de aquí, no lo hago.