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Carla
S olo he dado una veintena de pasos cuando me detengo.
¿Qué estoy haciendo?
¿Por qué huyo de lo mejor que me ha pasado en la vida?
¿Por qué me alejo del único hombre al que de verdad he querido?
¿Por qué siempre rechazo todo aquello que podría hacerme feliz?
He vivido siempre poniendo a los demás por delante: mi madre, Álex, mis hijos, mi enfermedad. Me he pasado tantos años cuidando de otros que creo que no sé realmente lo que es vivir el momento, no preocuparse por el qué pasará mañana y aferrarse a la felicidad de instantes como este.
Hugo siempre me aportó esa chispa de la que ha carecido mi vida, y no he lamentado jamás haberlos vivido a su lado. Por una vez quiero coger lo que deseo para mí sin pensar en los demás.
«A la mierda las consecuencias».
Me doy la vuelta dispuesta a buscarlo, pero está justo detrás de mí, mirándome con tal intensidad que creo que va a partirme en dos. Nos observamos sin hablar, diciendo en silencio todo lo que no nos atrevemos a expresar con palabras.
Mi respiración se vuelve errática al mismo ritmo que los latidos de mi corazón. Hugo no está mucho mejor. Respira como si no lo hubiera hecho en media vida.
Da un paso que nos deja a un suspiro. Su aroma masculino me invade y siento que me ahogo. No nos tocamos, pero siento el calor de su cuerpo que enciende mi hoguera en solo un segundo.
El corazón me aprieta de una forma aterradora. No por deseo, sino por miedo. Porque en esa mirada suya hay una necesidad visceral que nos mueve a ambos y que ya nos destruyó una vez. Y sé que, si doy un paso más, ya no podré retroceder.
—¿Volvías a buscarme? —Asiento despacio—. ¿Por qué? —indaga con una voz que me eriza la piel.
No me atrevo a hablar. La valentía que me ha hecho darme la vuelta y volver a buscarlo me ha abandonado ahora que lo tengo ante mí. Las palabras se niegan a salir y él parece darse cuenta.
—Dime qué es lo que quieres de mí, Carla. Te daré cualquier cosa que desees. Pero tendrás que pedirlo.
Lo tengo aquí, al alcance de mi mano, dispuesto a volver a caer en ese abismo en el que sucumbimos con una facilidad pasmosa.
Debería dar un paso atrás, marcharme y volver a esa vida que trato de levantar.
Solo hace seis meses que soy viuda, y otro hombre en mi vida sería catastrófico.
Pero siempre he sido una egoísta con Hugo.
Quiero tenerlo otra vez, aunque solo sea otra única vez que sé que volverá a destrozarme.
—Necesito que me abraces. —Hugo entrecierra esos ojos negros, llenos de deseo, y su siguiente inspiración es tan fuerte que se lleva todo el aire—. Necesito que me beses y me acaricies, y me hagas el amor para poder sobrevivir otros diez años sin ti.
La sorpresa se refleja en su mirada durante un segundo. Rompe esos centímetros que nos separan y presiona su boca contra la mía con el ímpetu del que está hambriento y solo desea comida que poder devorar. Esa soy yo, esos son mis labios y mi lengua.
Diez años no parecen nada cuando me agarra de la nuca y me besa con esa intensidad que tanto he añorado. Mi cuerpo reacciona igual que antaño y arde como nunca lo he hecho, solo con sus labios, solo con sus caricias.
Su aroma me ahoga y me aferro a su cuerpo para no caer.
Sus manos están en mi cintura, pero casi ni se mueven.
No exploran mi cuerpo como deseo, como necesito.
No obstante, el gemido bajo que escapa de su garganta es la señal que me demuestra que está tan perdido como yo.
Necesito que lo demuestre, que pierda el control y me tome como solo él sabe.
Lo agarro de la camisa y profundizo el beso, desesperada.
La gente cree que un beso nunca se olvida, pero el tiempo y el dolor han hecho que me olvide de cómo es besarlo.
La sensación al volver a hacerlo es tan intensa que me desestabilizo, y Hugo me agarra de la cintura y me aprisiona contra su pelvis.
Siento su urgencia vibrando contra mi vientre, y un gemido se pierde en mi garganta.
Sin pensar, le muerdo el labio. Hugo gruñe contra mi boca y ese sonido recorre cada centímetro de mi piel.
Intento seguirlo cuando se separa, ansiosa por esos labios que quiero besar el resto de mi vida, pero Hugo me sujeta y me lo impide.
—¿Estás segura de esto, Carlita? Porque no pienso hacerte el amor. —Una punzada de decepción me pincha en el centro del pecho—. Pienso follarte como jamás te ha follado ningún hombre. Pienso follarte como jamás he follado a ninguna mujer. Así que vuelvo a preguntar, ¿estás segura?
Tiemblo de pies a cabeza. El mundo gira y gira a mi alrededor y yo, perdida como estoy en esa espiral sin retorno, me dejo llevar.
—Sí —susurro apenas sin voz.
—Menos mal, porque podría haber muerto aquí mismo si me dices que no.
Mi risa es engullida por otro beso hambriento.
Esta vez no hay contención. Ni por asomo.
Aniquila lo poco que queda de raciocinio con un beso que sé que recordaré el resto de mi vida.
No es tentativo, ni amable. Es profundo, húmedo y voraz.
Justo lo que necesito. Y me doy cuenta de que nadie me ha besado así nunca, ni siquiera él cuando éramos jóvenes.
Los besos se vuelven más lánguidos conforme andamos no me importa dónde. Hugo es quien me guía, y me dejo llevar con la esperanza de que nuestro destino incluya una cama.
El tiempo parece no avanzar. Nos detenemos cada pocos pasos, primero porque Hugo me envuelve la cintura y me besa lento y profundo, después porque yo lo agarro de la camisa y lo beso entre mordiscos desesperados.
No soy consciente de entrar en ningún edificio ni cruzar ninguna puerta.
Solo sé que cuando me separo para tomar aire estamos dentro de un ascensor.
Las puertas se cierran y Hugo se arrodilla a mis pies, dejándome sin respiración.
Con una caricia concienzudamente lenta, me levanta la falda y baja mis bragas para guardárselas en el bolsillo de los vaqueros.
—Recuérdame que te las devuelva —dice de forma entrecortada, con un beso aquí y allá entre mis muslos—. No estaría bien que te fueras sin ellas.
—Supongo que cuando me vaya me daré cuenta de que no llevo bragas y no se me olvidará pedírtelas.
Me apoyo en la pared del ascensor y cierro los ojos con el absoluto convencimiento de que despertaré de este sueño. Sé que no estoy soñando al sentir el lametón lento y húmedo de Hugo entre mis piernas.
Las puertas se abren y Hugo tira de mí con una violencia deliciosa. Es una suerte que no haya nadie al salir, porque de un tirón Hugo me abre la camisa, me aparta el sujetador y, sin aviso, atrapa uno de mis pezones entre los dientes.
Cómo Hugo consigue abrir también es un misterio que jamás podré explicar. Su boca está en mi pecho, sus manos avanzan con urgencia entre mis piernas e intuyo que, con la otra, logra empujar la puerta. En cuanto la cierra, quedo atrapada entre su cuerpo ardiente y la superficie fría.
Me aparta el pelo del cuello y se inclina para besarlo.
Baja lento por mis clavículas, mis hombros, de vuelta a uno de mis pezones.
Querría perderme en la intensidad con la que me muerde el pecho, que hace que gima y grite de placer y dolor, pero no consigo nada más que perderme en la forma en la que sus dedos se mueven en mi interior.
Puede que deba preguntarme cuántas azafatas han pasado por su cama para que sus labios besen con esa maestría.
Cuántas mujeres habrán disfrutado de la destreza de esos dedos que me hacen gritar con abandono.
A cuántas compañeras habrá hecho sentir únicas como me hace sentir a mí.
No me pregunto nada, solo me regocijo en la forma en la que me mira, en el deseo que le consume y que me devora.
En que somos él y yo recuperando los años perdidos.
Clava una rodilla en el suelo, y cuando vuelvo a tenerlo así, de rodillas a mis pies, estoy ya en el límite de mi cordura.
El grito que se me escapa al primer lametón bien podría ser un grito de auxilio.
No es tentativo, ni lento, ni suave a la hora de recorrer una zona tan sensible.
Cuando suma un dedo, o puede que dos, al juego de su lengua, agradezco tener algo detrás donde apoyarme, porque mis piernas no aguantan más.
—Eres lo mejor que he probado nunca.
Esa afirmación, acompañada de la calidez de su aliento sobre mis muslos, es el detonante que me hace estallar.
El orgasmo es tan intenso que dejo de ver unos segundos.
Al abrir los ojos, Hugo está de pie frente a mí, con los labios brillantes y el regocijo en la mirada que conlleva ver al otro sucumbir a tus caricias.
Creía que mi deseo se templaría con ese primer orgasmo, pero no lo ha hecho ni por asomo.
Hugo acoge mis mejillas entre sus manos y su siguiente beso es tan devastador como una detonación nuclear.
Es un beso lento, exigente y absorbente, que trata de llevarse consigo una parte de mí.
Se la doy, siempre fui suya de todas formas.
—Hugo… —consigo decir entre jadeos, pidiendo más.
Como respuesta a mi súplica me levanta en brazos. Mis piernas rodean su cintura mientras mi boca sigue enredada con la suya. No creo que pueda separarme de él jamás.
Llevo diez años soñando con volver a besarlo, con tenerlo justo así, jadeante entre mis piernas. Lo que no imaginé es que Hugo respondería con la misma necesidad, con esa sinrazón que nos hace desearnos más allá de la lógica.
Me lleva hasta su habitación, con mis piernas bien apretadas alrededor de su cintura. Me desprendo de mi camisa mientras avanzamos por el pasillo. Me arroja sobre la cama y me quedo enganchada en la visión de este hombre desnudándose lentamente para mí.
Creo que no he visto en mi vida un cuerpo tan perfecto. Esa piel bronceada hace destacar unos pectorales fuertes y un abdomen propio de un deportista de élite. Cada rincón de su cuerpo es una obra de arte que me como con los ojos, ansiosa por poder tocarlo.
Hugo se cierne sobre mí y abro mis piernas en una invitación silenciosa.
El muy cretino sonríe al verme tan necesitada, y sin aviso, me agarra las caderas y me da la vuelta.
Su peso cae sobre mi espalda. No me da tiempo a sentirme expuesta y vulnerable, atrapada entre el colchón y su cuerpo, porque arremete rápido y duro.
Me arqueo ante esa invasión tan bienvenida, tomándome un segundo para respirar después de quedarme sin aire.
Hugo también parece necesitar un momento para tomar fuerza.
Y lo hace, su siguiente embestida es tan dura como deliciosa.
Comienza a moverse con una lentitud desquiciante, mezclando dureza y dulzura a partes iguales.
Estoy perdida otra vez, y arqueo mi pelvis y mis movimientos instándolo a ir más rápido.
—Más… —gimo para que no pare.
—Carla…
La dulzura con la que dice mi nombre contrasta mucho con lo que él ha dicho que es esto.
No es solo follar. Lo percibo en esos movimientos lentos que me llevan al límite de la razón.
En la forma en la que besa mi cuello y vuelve a susurrar mi nombre, como si fuera el centro de su mundo.
En cómo me mira cuando me da la vuelta y nos quedamos frente a frente.
Aparto la mirada de esos ojos que me absorben cuando entra en mí de nuevo con una lentitud devastadora.
—Mírame, Carla.
Pero no puedo hacerlo. Temo que este momento mágico acabe.
Me aferro a sus hombros para no desmoronarme y escondo la cara en su pecho.
Una pequeña parte de mí, que no ha sucumbido al deseo, me dice que esto acabará, que Hugo no es nada mío y que se casará en pocos meses.
Y es un pensamiento tan doloroso que estoy a un paso de desconectar de este momento.
—Carla —susurra con una cadencia oscura y necesitada que me hace levantar la vista y clavarla en sus ojos—. Eso es. Mírame mientras te corres. Mírame mientras te deshaces. Porque este momento es nuestro. Solo nuestro.
—Pues entonces, demuéstralo —lo desafío.
Esa es la chispa, la detonación que lo hace hundirse con tanta fuerza que me quedo sin respiración.
Sus manos se aferran a mis caderas y me clavan a la cama para que sienta hasta donde puede entrar.
Toca partes de mí que no sé si han sido tocadas antes, partes de mi alma que solo le han pertenecido a él.
Sus labios se tragan mis gemidos cuando el placer se acrecienta, cuando vuelvo a estar al borde del abismo y caigo sin remedio en otro orgasmo que me parte por la mitad. Unos segundos después, es Hugo el que gime mi nombre y se abandona al placer conmigo.