El ciclo tebano: La caída de la casa de Layo CANTO XIV #4
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CANTO XIV #4

Acarnán y Anfótero llegaron a Delfos veinte días después.

Subieron al santuario. Pidieron audiencia con el sumo sacerdote. Le presentaron las joyas.

—Sacerdote. Somos hijos de Alcmeón y la ninfa Calírroe.

Estas joyas son el collar y el peplo de Harmonía, que han circulado por las casas reales aqueas durante cinco generaciones, causando muertes y traiciones a cada paso.

Las traemos a Apolo como ofrenda final. Que queden aquí.

Que no vuelvan a las manos mortales. Es lo único que pedimos a cambio: que el santuario las custodie para siempre.

El sumo sacerdote las examinó. Reconoció las dos piezas inmediatamente: las había visto descritas en los catálogos rituales del santuario.

Eran las joyas que habían movido la guerra tebana, el matricidio de Alcmeón, las muertes recientes en Psófide.

Eran las dos piezas que el santuario de Apolo había anhelado adquirir desde hacía generaciones para neutralizar de una vez por todas las maldiciones secundarias que ambas arrastraban.

—Hijos de Alcmeón. Aceptamos la ofrenda. Las joyas quedan colgadas en el santuario desde hoy hasta el fin de los tiempos. Son ofrenda válida. Vuestros nombres se inscribirán en las tablillas votivas del año.

Los sacerdotes tomaron el collar. Lo colgaron en una pequeña vitrina junto al altar principal del templo de Apolo. Tomaron el peplo. Lo extendieron sobre un soporte de madera junto a la vitrina. Las dos piezas quedaron expuestas a la vista de los peregrinos que subían al santuario.

Iban a quedar allí durante siglos.

Cuando Pausanias visitó Delfos en el siglo II d.C.

—casi mil años después de la ofrenda original— el collar y el peplo seguían colgados, aunque ya deteriorados por el paso del tiempo.

Pausanias los menciona en su descripción del santuario.

Era pieza canónica de la mitografía aquea. Era cierre visible del ciclo tebano.

Acarnán y Anfótero salieron de Delfos al cabo de unos días. Volvieron al delta del Aqueloo. Encontraron a su madre Calírroe esperándolos en la isla aluvial. Le entregaron la noticia: las joyas estaban en Delfos, la venganza del padre se había cumplido, el ciclo se había cerrado.

Calírroe asintió. Tenía la cara muy quieta.

—Hijos. Habéis cumplido. Es lo que pedí a Zeus. La maldición de Hefesto sobre la casa de Cadmo se ha agotado. Las joyas no volverán a circular.

—¿Y nosotros, madre?

—Vosotros vivís. Sois jóvenes. Tenéis vida por delante. Construid lo que queráis con ella.

Acarnán y Anfótero se quedaron en el delta unos meses más.

Después salieron hacia el oeste. Fundaron, según las tradiciones que recogen Tucídides y Pausanias, dos pequeñas ciudades en la región que después se llamaría Acarnania —llamada así por el mayor de los dos hermanos—.

Vivieron allí el resto de sus vidas. Tuvieron descendencia.

La casa de Anfiarao, que parecía extinguirse en la generación de Alcmeón, continuó en la generación siguiente bajo otro nombre y en otra región.

XIII

Y así se cierra el ciclo.

Cinco generaciones desde Cadmo, el fundador, hasta Acarnán y Anfótero, los nietos de Anfiarao. Doscientos años aproximadamente desde la boda del fundador con Harmonía hija de Ares y Afrodita hasta la ofrenda final en Delfos de las joyas que Hefesto había maldecido en aquella boda.

En el camino, la casa de Cadmo conoció todas las desgracias que las maldiciones bien tejidas pueden generar: el despedazamiento de Acteón por sus perros, la locura de Ino arrojando a su hijo al mar, la incineración de Sémele por el rayo de Zeus, el desmembramiento de Penteo por su propia madre Ágave durante las bacanales.

Y después, en la línea principal: la maldición de Pélope sobre Layo por el rapto de Crisipo; la exposición de Edipo en el Citerón; el cumplimiento doble del oráculo —parricidio en el cruce, incesto en Tebas—; el suicidio de Yocasta y la ceguera autoinfligida de Edipo; el exilio y la muerte sobrenatural en Colono; el duelo fraticida de Eteocles y Polinices ante la séptima puerta; los suicidios encadenados de Antígona y Hemón y Eurídice; el sacrificio voluntario de Meneceo desde la muralla; las muertes de los seis jefes argivos ante las seis puertas; el matricidio de Alcmeón contra Erifila y la persecución de las Erinias; la fundación de la isla aluvial del Aqueloo como único refugio posible; las muertes en cadena en Psófide.

Era cadena pesada. Era el material que los poetas griegos arcaicos —Cinetón, los autores anónimos de la Tebaida y los Epígonos , el autor de la Alcmeónida — habían trabajado durante siglos como contraparte oscura de la materia troyana.

Mientras la guerra de Troya cantaba la gloria heroica, el ciclo tebano cantaba la maldición familiar.

Eran dos epopeyas hermanas: las dos sobre el ciclo del mundo aqueo arcaico, las dos sobre lo que se gana y se pierde en las casas reales de la generación que precede a Homero.

Cuando los Epígonos vencieron en Tebas, Diomedes —hijo de Tideo, uno de los Siete— quedó libre para una nueva guerra.

Pocos años después zarpó con la coalición aquea hacia Troya.

Tersandro, nuevo rey de Tebas, lo acompañó: iba a morir en Misia en la primera expedición errada de los aqueos.

Los hijos de los Siete que sobrevivieron a la segunda expedición tebana iban a ser, casi todos, los jefes argivos y peloponesios que combatirían en Troya durante diez años.

La generación de los Epígonos fue también la generación de los héroes iliádicos.