El ciclo tebano: La caída de la casa de Layo CANTO XIV #3
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CANTO XIV #3

Fegeo, el rey, era ya hombre muy viejo: tenía setenta años.

Los dos hijos —Pronoo y Agenor— eran ya hombres adultos, ambos casados, ambos con autoridad en la corte.

Arsínoe seguía viviendo en el palacio con su hijo Clitio, ya niño de cuatro años.

Llevaba tres años esperando el regreso del marido.

Había soportado la ausencia con paciencia al principio, después con resignación, ahora con resignación amarga.

Alcmeón llegó al palacio. Fue recibido por Fegeo, que se sorprendió de verlo después de tantos años pero lo acogió con la cortesía debida al yerno.

Alcmeón explicó el supuesto motivo del retorno: necesitaba las joyas para una purificación final en Delfos, porque las Erinias habían vuelto y solo Apolo podía neutralizarlas definitivamente.

Fegeo escuchó. Era hombre piadoso. La razón le pareció verosímil.

—Yerno. Si necesitas las joyas para tu purificación, llévatelas. Pero te advierto: cuando vuelvas, quiero verte de nuevo en Psófide instalado de manera definitiva. Mi hija ha esperado tres años. Mi nieto Clitio crece sin padre. Es hora de que asumas la familia que tienes aquí.

—Lo haré, suegro.

Era segunda mentira. Alcmeón no tenía intención de volver. Pero Fegeo no podía sospecharlo aún.

Arsínoe entregó las joyas. Lo hizo en privado, en la cámara nupcial. Cuando Alcmeón se las pidió, Arsínoe lo miró durante mucho rato antes de moverse hacia el cofre.

—Esposo. ¿Es verdad lo de la purificación?

—Es verdad.

—¿Vuelves después?

—Vuelvo.

—Te lo creo. Pero te aviso: si no vuelves, no soy yo la que te perseguirá. Son mis hermanos. Pronoo y Agenor son hombres orgullosos. No aceptarán que su hermana sea abandonada por segunda vez. Si descubren que has mentido, vendrán a buscarte donde estés.

—No descubrirán que he mentido.

—Te lo creo de palabra. Pero los hermanos descubren cosas que las esposas no descubren.

Arsínoe abrió el cofre. Sacó el collar. Sacó el peplo. Se los entregó a Alcmeón. No lloró. Tenía la cara muy quieta.

Alcmeón los recogió. Los envolvió en lino. Los guardó en el hatillo. Aquella misma tarde salió de Psófide rumbo al oeste.

IX

Pronoo y Agenor descubrieron el engaño al cabo de tres días.

Fue uno de los criados que oyó por casualidad una conversación.

Un mercader que volvía del oeste estaba contando en el mercado, sin saber a quién se refería, que en el delta del Aqueloo vivía un héroe matricida con una ninfa, en una pequeña isla aluvial, y que el héroe tenía dos hijos pequeños con la ninfa.

El criado, oyendo el detalle del matricidio, ató cabos: era Alcmeón.

El criado se lo contó a Pronoo aquella misma tarde. Pronoo se lo contó a Agenor. Los dos hermanos se lo contaron al padre Fegeo.

Fegeo no se sorprendió tanto como cabía esperar. Era hombre viejo y había visto muchos engaños en sus años de reinado. Pero la afrenta era pública —el yerno había mentido al suegro y había deshonrado a la hermana de los dos jóvenes—. No podía quedar sin respuesta.

—Hijos. Vais a por él. Lo encontráis. Lo matáis donde lo encontréis. Es la única respuesta que cabe.

Pronoo y Agenor salieron de Psófide al día siguiente con una pequeña escolta de seis hombres. Iban a caballo. Su intención era alcanzar a Alcmeón antes de que él llegara al delta del Aqueloo, porque sabían que en la isla aluvial estaba a salvo de las Erinias y posiblemente también de ellos.

Lo alcanzaron al borde del río, antes de que Alcmeón cruzara al islote.

Alcmeón los vio venir desde lejos. Reconoció las armaduras de Psófide. Entendió. Echó a correr hacia el río con el hatillo de las joyas en el brazo.

No llegó.

Pronoo, que iba en cabeza, le alcanzó a unos diez pasos del agua. Le lanzó la jabalina por la espalda. La jabalina entró por entre los omoplatos. Atravesó el pecho. Salió por delante.

Alcmeón cayó hacia adelante. El hatillo salió rodando hacia el agua. Quedó tendido en la orilla, con la cara en el barro.

Murió en pocos minutos.

Pronoo y Agenor desmontaron. Recogieron el hatillo. Comprobaron que el collar y el peplo seguían dentro. Tomaron las joyas. Las llevaron de vuelta a Psófide.

El cuerpo de Alcmeón quedó en la orilla del Aqueloo. Los lugareños lo enterraron al cabo de unos días en un túmulo modesto sobre las arenas del delta.

Calírroe, en el islote, supo lo que había pasado por los pájaros del río. Era ninfa: las noticias le llegaban por vías que no eran las de los mortales. Se quedó muy quieta durante un día entero. Después miró a sus dos hijos —Acarnán de tres años, Anfótero de uno— jugando en la orilla.

Y rezó.

X

Calírroe rezó a Zeus aquella misma tarde.

Era cosa atrevida —las ninfas fluviales no solían dirigirse directamente a Zeus, sino a los dioses menores de su jerarquía—.

Pero Calírroe era hija del Aqueloo, río importante, descendiente lejana de Océano y Tetis los titánicos.

Tenía derecho a invocar a Zeus en casos extraordinarios. Y este era extraordinario.

—Padre Zeus. Mi esposo Alcmeón ha sido asesinado por los hermanos de Arsínoe en venganza por una afrenta.

La afrenta es real, lo reconozco, pero la venganza tiene que cumplirse también desde mi lado.

Mis hijos Acarnán y Anfótero son demasiado pequeños para vengar al padre.

Te pido que crezcan rápido. Que crezcan en una noche.

Que mañana al amanecer sean hombres en edad de empuñar la espada.

»Si me concedes esto, los enviaré a Psófide. Matarán a Fegeo, a Pronoo y a Agenor. Recuperarán el collar y el peplo. Y los llevarán a Delfos como ofrenda final al santuario de Apolo, para que las joyas malditas queden colgadas allí y dejen de circular por las casas reales aqueas.

»Es lo que pido. Que la circulación termine. Que las joyas vuelvan a manos divinas. Que el ciclo de la casa de Cadmo se cierre por fin después de doscientos años.

Zeus, en el Olimpo, oyó la oración.

Era oración razonable. Era también oración estratégicamente útil: las joyas malditas de Hefesto habían causado muertes durante cinco generaciones. Era hora de que se neutralizaran. Apolo, en Delfos, era el dios que podía custodiarlas sin que volvieran a generar tragedias en las casas mortales.

Zeus concedió.

Aquella misma noche, mientras Acarnán y Anfótero dormían en la cabaña de la isla aluvial, los dos niños crecieron.

Era proceso que duró aproximadamente siete horas: empezó a la medianoche y terminó al amanecer.

Durante esas siete horas, los dos cuerpos pequeños se estiraron, los huesos se alargaron, los músculos se formaron, los rostros se afilaron.

Cuando Calírroe entró a la cabaña al amanecer con el desayuno habitual, no encontró a los dos niños que había acostado la noche anterior.

Encontró a dos hombres jóvenes dormidos en las camas pequeñas, con los pies sobresaliendo por los bordes.

Acarnán tenía ahora unos veinte años. Anfótero, dieciocho. Eran hombres formados, fuertes, con la apariencia plena de la juventud aquea.

Despertaron a la misma hora. Se miraron mutuamente. Entendieron lo que había pasado. Calírroe se lo explicó en cinco minutos.

XI

Los dos jóvenes salieron del delta al amanecer del día siguiente.

Caminaron hacia el este. Iban armados con espadas que Calírroe había pedido a los pescadores de la aldea cercana —los hombres acuáticos no usaban espadas habitualmente, pero las tenían guardadas para casos como este—.

Llevaban provisiones. Iban a paso de hombres adultos, con la energía de quienes acababan de nacer al cuerpo de adultos sin haber gastado años en gastarse.

Llegaron a Psófide al cabo de tres semanas.

Era ahora plena estación de las recolecciones agrícolas. La ciudad estaba ocupada en cosa práctica. Acarnán y Anfótero entraron sin ser identificados. Subieron al palacio. Pidieron audiencia con el rey Fegeo, presentándose como mercaderes de paso con ofrecimientos comerciales menores.

Fegeo los recibió en el mégaron, sin sospechar. Era hombre ya muy viejo: setenta y un años, casi ciego, sin la memoria que había tenido en su madurez.

Cuando los dos jóvenes entraron en el mégaron, sacaron las espadas inmediatamente.

Mataron a Fegeo de dos estocadas casi simultáneas.

El viejo rey no llegó a comprender lo que pasaba: las dos hojas le entraron una por el costado izquierdo, la otra por el derecho, y cayó muerto del trono en pocos segundos.

Después salieron del mégaron y mataron a Pronoo y a Agenor en la avenida principal, donde los dos jóvenes estaban supervisando el trabajo de los criados.

La pelea fue rápida: Acarnán y Anfótero eran guerreros recientes pero con la fuerza física plena de la juventud, y los dos hermanos de Arsínoe estaban desarmados.

Mataron también, en el camino, a varios criados del palacio que intentaron detenerlos.

Llegaron por último a la cámara de Arsínoe. La encontraron con su hijo Clitio en brazos —el muchacho tenía ya siete años—. Acarnán y Anfótero la miraron. Era media hermana de ellos, en cierto modo: era esposa de su padre antes que su madre.

—Arsínoe —dijo Acarnán—. Has perdido al padre y a los hermanos hoy. No te tocamos a ti ni al niño. Pero queremos el collar y el peplo de Harmonía. Sabemos que las joyas volvieron a Psófide hace unos años. Las queremos.

Arsínoe los miró. No lloró. Era hija de rey: había sido educada para situaciones graves.

—Las tengo. Os las doy. Pero a cambio de algo.

—Pide.

—Que perdonéis a mi hijo Clitio. Es vuestro medio hermano. Es niño de siete años. No tiene culpa de nada.

—No tocaremos al niño. Te lo juramos.

—Bien.

Arsínoe sacó las joyas del cofre. Se las entregó. Acarnán y Anfótero salieron de Psófide aquella misma tarde, con el collar y el peplo en un hatillo de lino.

Pero antes de salir de Psófide, Acarnán hizo una cosa más. Volvió a la cámara de Arsínoe. Le dijo, en voz baja:

—Arsínoe. Lamento la muerte del padre y los hermanos. No tenemos rencor contra ti personalmente. Pero la afrenta que tu casa nos hizo era grave. Hemos cumplido. Esperamos que entiendas.

Arsínoe asintió. No habló más.

XII