El ciclo tebano: La caída de la casa de Layo CANTO XIV #2
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CANTO XIV #2

Alcmeón abrió el hatillo. Sacó el collar de Harmonía y el peplo. Los mostró al rey.

—Esto es lo que ofrezco. El collar y el peplo de la casa de Cadmo. Las dos joyas que viajaron por toda Grecia durante doscientos años. Son tuyas si me purificas.

Fegeo los miró. Era hombre piadoso pero no era estúpido: las joyas eran fortuna inmensa. Cualquier rey aqueo habría purificado a cambio de aquello.

Pero Fegeo añadió condición.

—Las joyas me las quedo, sí. Pero la purificación es solo parte.

Te pido también que te cases con mi hija Arsínoe.

Si te casas con ella, eres yerno mío, eres familia, eres aceptado completamente en mi corte.

La purificación es plena. Si solo te purifico sin matrimonio, las Erinias podrían volver al cabo de un tiempo.

Alcmeón aceptó. Era condición razonable. Arsínoe era mujer joven, hermosa según los rumores, hija de rey. El matrimonio era oferta digna.

La purificación ritual se hizo aquella misma semana en el templo de Apolo de Psófide.

Era ritual largo: sacrificios, abluciones con sangre de cerdo, invocaciones, ofrendas en el altar.

Alcmeón pasó por todos los pasos. Al final del ritual, las tres Erinias se retiraron por primera vez en semanas: Alcmeón sintió por la noche, durmiendo en una pequeña sala del palacio, que las sombras habían desaparecido de detrás.

Era cosa nueva. Era la primera noche desde el matricidio en que dormía sin las voces susurrándole.

El matrimonio con Arsínoe se celebró un mes después. Era boda modesta, sin embajadas extranjeras: Fegeo no quería que la noticia de la presencia de Alcmeón en su corte se difundiera demasiado, y Alcmeón tampoco quería atraer atención.

Entregó el collar y el peplo a Arsínoe como dote. Arsínoe se puso el collar el día de la boda. Era pieza pesada en el cuello. Pero la lucía bien.

V

Alcmeón vivió en Psófide tres años.

Fueron años aparentemente buenos. Arsínoe resultó esposa apacible. Alcmeón aprendió a manejar las haciendas del suegro. Tuvieron un hijo varón, llamado Clitio, al cabo del primer año. Era niño sano. Alcmeón intentó construirse una vida ordinaria.

Pero la purificación no era plena.

Hacia el tercer año, empezó a notar otra vez las sombras.

Eran más débiles que antes, más lejanas, no tan continuas.

Pero estaban. A veces, caminando por el campo del suegro, Alcmeón giraba la cabeza y veía durante un instante las tres siluetas familiares al borde del bosque.

A veces, durmiendo junto a Arsínoe, oía las voces susurrando en sueños.

La purificación de Fegeo había suspendido la persecución, pero no la había eliminado del todo. Las Erinias estaban volviendo.

Alcmeón consultó otra vez. No al oráculo de Delfos —era demasiado lejano— sino a un adivino local. El adivino lo examinó. Después le dio la noticia:

—Alcmeón. La purificación de Psófide era parcial. Es tierra que existía cuando cometiste el crimen, por tanto la purificación no es completa. Las Erinias acabarán volviendo del todo. Necesitas otra purificación, más radical.

—¿Cuál?

—La que el oráculo de Delfos te indicó antes del crimen. Tienes que ir a la isla aluvial del Aqueloo. Es la única solución real.

—Pero llevo tres años aquí. Tengo esposa. Tengo hijo. ¿Lo dejo todo?

—Lo dejas. Es la única manera de salvarte. Si te quedas, las Erinias volverán plenamente dentro de un año, y entonces la persecución será peor que la primera vez.

Alcmeón pensó la cuestión durante semanas.

Era decisión difícil. Le tenía afecto a Arsínoe. Quería a su hijo Clitio. La vida en Psófide era cómoda, ordenada, sin las pesadillas constantes. Pero las sombras estaban volviendo. Si esperaba un año más, podía ser tarde.

Tomó la decisión de partir. Pero la tomó de manera deshonesta.

No le dijo a Arsínoe que iba a marchar definitivamente.

Le dijo que iba en viaje breve a una región vecina por asuntos del suegro.

Que volvería al cabo de unas semanas. Tomó el collar y el peplo de la cámara nupcial donde Arsínoe los guardaba —se los pidió prestados con el pretexto de necesitarlos para una negociación diplomática menor, y Arsínoe se los entregó sin sospechar—.

Y salió de Psófide al amanecer del día siguiente.

No iba a volver.

VI

Caminó hacia el oeste, hacia la región del río Aqueloo.

El Aqueloo era el río más largo de Grecia.

Nacía en el Pindo y desembocaba en el mar Jónico, en la costa oeste.

Era río de caudal poderoso, especialmente en el delta donde se abría en varios brazos antes de entrar al mar.

En el delta se formaban cada año nuevas islas aluviales por sedimentación: pequeñas extensiones de tierra que el río depositaba sobre los bancos de arena previos, y que se consolidaban con los meses hasta formar tierra firme habitable.

Alcmeón llegó al delta del Aqueloo al cabo de un mes de marcha.

Era región pantanosa, poco habitada, con algunas aldeas de pescadores en las orillas.

Buscó al adivino local que el adivino de Psófide le había recomendado por carta: un hombre llamado Ferécides, conocedor de los rituales de purificación de los ríos.

Ferécides examinó el delta. Le señaló a Alcmeón una pequeña isla aluvial en el centro de uno de los brazos secundarios.

Era extensión de tierra reciente: se había formado durante la última temporada de crecidas, por sedimentación de arena y limo sobre un banco previo.

Tenía unos doscientos pasos de largo por cien de ancho.

Estaba ya consolidada lo suficiente para soportar peso, pero seguía siendo tierra técnicamente nueva.

—Alcmeón —dijo Ferécides—. Esta isla no existía hace un año. No existía cuando cometiste el matricidio. Para las Erinias, no es tierra: es agua sedimentada. Si te instalas aquí, las Erinias no pueden seguirte. Su jurisdicción se limita a la tierra que ya existía en el momento del crimen.

Alcmeón cruzó al islote. Llegó al centro de la pequeña extensión. Esperó.

Las sombras detrás se detuvieron en la orilla del brazo del río. No pudieron cruzar. Era cosa visible incluso para Alcmeón: las tres siluetas familiares, durante un momento, intentaron entrar en el agua. Se quedaron en la orilla, paralizadas. Después se retiraron hacia atrás y desaparecieron.

Por primera vez en tres años, Alcmeón sintió la ausencia completa de la persecución. Era cosa física: un peso que se quitaba del pecho.

Vivió en la isla aluvial los siguientes meses. Construyó una cabaña modesta con materiales del lugar. Pescaba en el río. Cazaba aves acuáticas. Era vida solitaria pero pacífica.

Al cabo de unos meses, se casó otra vez.

La nueva esposa era Calírroe, hija del propio río Aqueloo.

Era ninfa fluvial, divinidad menor, asociada al curso bajo del río.

Era costumbre antigua que los héroes que se instalaban en territorios de ninfas terminaran casándose con la divinidad local —era forma de obtener permiso permanente para habitar el sitio—.

Calírroe aceptó el matrimonio. Era unión válida según los criterios de los matrimonios mortales-divinos, aunque informal por su naturaleza fluvial.

Tuvieron dos hijos varones en los siguientes dos años: Acarnán y Anfótero. Eran niños sanos, mitad mortales y mitad divinos por la madre.

VII

Pero la paz no iba a ser permanente.

Calírroe había oído hablar del collar y del peplo de Harmonía.

Llegaban rumores incluso al delta del Aqueloo: los marineros de paso, los comerciantes que subían el río, los pescadores que se cruzaban en las aldeas.

El collar y el peplo eran cosa de fama. Eran las joyas más célebres del mundo aqueo arcaico.

Y Calírroe sabía que Alcmeón los había tenido.

Llegó a oír por los rumores que él los había entregado como dote a Arsínoe de Psófide.

Llegó a la conclusión —después de meses pensándolo— de que si las joyas estaban ahora en manos de la otra esposa, era afrenta personal contra ella, Calírroe, esposa actual.

Se lo planteó a Alcmeón una tarde, en la cabaña, después de que los dos niños se hubieran acostado.

—Esposo. Quiero el collar y el peplo de Harmonía. Sé que los tuviste. Sé que los entregaste a tu primera mujer. Quiero que los recuperes y los traigas aquí.

—Calírroe. No puedo. Si vuelvo a Psófide, las Erinias me persiguen otra vez en cuanto pise tierra firme fuera de la isla.

—Encuentra la manera. Es lo único que te pido. He sido buena esposa durante años. He tenido dos hijos contigo. Quiero las joyas. Si no las consigues, sabré que no me valoras tanto como valoraste a la otra.

Era exigencia injusta. Pero era también exigencia inflexible.

Calírroe era ninfa: las ninfas, cuando quieren algo, lo quieren con la persistencia que les da su naturaleza fluvial.

Y Calírroe controlaba el río que rodeaba la isla.

Si Alcmeón le negaba el favor, ella podía hacer subir el caudal y borrar la isla aluvial en cualquier momento.

No le dijo esto explícitamente. No hacía falta.

Alcmeón pensó la cuestión durante una semana.

Decidió, finalmente, intentar la operación.

Cruzaría el río al amanecer, viajaría a Psófide con engaño, recuperaría las joyas, volvería a la isla.

Esperaba que las Erinias no lo persiguieran demasiado durante el viaje breve —era cosa de tres semanas en total—.

El plan era recuperar las joyas con un engaño.

No iba a contarle a Arsínoe que ya no era su esposo —ella seguía pensando que el viaje breve de tres años atrás se había prolongado por causas externas, no por abandono—.

Iba a presentarse en Psófide con una explicación: que había vuelto al cabo de los años, que tenía cuestión importante que resolver, y que necesitaba las joyas de la dote por un tiempo breve para una purificación ritual extraordinaria en Delfos.

Era mentira. Pero era mentira que Arsínoe podía creer.

VIII

Alcmeón cruzó el río al amanecer. Caminó hacia el este durante tres semanas. Llegó a Psófide al final del verano.

Pero Psófide había cambiado.