CANTO XIV
El matricidio y las joyas devueltas
I
Alcmeón llegó a Argos diez días después de salir de Delfos.
Llegó al amanecer, sin escolta visible —había dejado a los cinco hombres de su pequeña compañía en una posada en las afueras—.
Entró en la ciudad solo, a pie, con la capa de viajero sobre los hombros y la espada al cinto.
Las calles estaban casi vacías a aquella hora; los pocos vecinos que lo vieron lo saludaron con la inclinación habitual sin reconocer del todo bajo la capucha al comandante vencedor de Tebas.
Subió hacia el barrio donde estaba la casa de la familia. Atravesó la avenida principal. Llegó al pequeño patio frente a la entrada. Se detuvo un momento.
Era la casa donde había crecido. La conocía cada piedra.
Las dos columnas blancas de la entrada —una con una pequeña muesca que él mismo había hecho con la espada de juguete a los nueve años—.
El pozo del patio, donde se había caído una vez de niño y había salido con un golpe en la sien.
El olivo viejo del rincón, que el padre había plantado el día del nacimiento de su segundo hijo Anfíloco.
Era casa familiar. Iba a entrar como hijo. Iba a salir como matricida.
Empujó la puerta. Estaba abierta —era costumbre tenerla abierta a esas horas, cuando los criados ya estaban en faena—. Entró. Cruzó el patio. Subió la escalera lateral hacia el ala de los aposentos privados.
Una sirvienta lo vio en la escalera. Era anciana, criada de la casa desde antes de que Alcmeón naciera. Lo reconoció.
—Mi señor. Has vuelto.
—He vuelto.
—Voy a avisar a la señora.
—No la avises. Le doy yo la noticia.
La sirvienta lo miró un momento. Algo en la voz del señor le llamó la atención. Pero era criada vieja: las criadas viejas no preguntan. Bajó al patio. Siguió con sus tareas.
Alcmeón subió hasta la puerta de la cámara de Erifila. Estaba entornada. Empujó.
II
Erifila estaba sentada junto a la ventana, peinándose.
Era costumbre matinal: levantarse temprano, sentarse junto a la ventana del oeste para aprovechar la primera luz del día, peinarse despacio con un peine de marfil.
Llevaba el peplo blanco de la noche. Tenía cuarenta y siete años.
Estaba todavía hermosa, con la hermosura que conservan las mujeres aqueas de buena casa hasta entrada la madurez.
Cuando vio a Alcmeón en la puerta, dejó el peine sobre la mesa lateral. No se sobresaltó. Llevaba semanas esperando aquel momento desde que había llegado el primer mensajero argivo con la noticia de la victoria.
—Hijo. Has vuelto.
—He vuelto, madre.
—Entra. Cierra la puerta.
Alcmeón entró. Cerró la puerta. Se quedó de pie en el centro de la cámara. Erifila lo miró desde el banco junto a la ventana.
—¿Tomas algo? Te mando subir vino.
—No.
—¿Comer?
—No.
Hubo silencio.
—Madre. ¿Sabes a qué vengo?
—Lo sé.
—¿Y no me dices nada?
—No te digo nada. Llevo diez años sabiéndolo. Llevo veinte años sabiendo que tu padre te encargó la venganza. Llevo dos meses sabiendo que volvías de Tebas con el oráculo cumplido. He tenido tiempo de prepararme. Lo que tenga que pasar, pasa. No voy a suplicar.
Alcmeón la miró largamente.
—Madre. Quiero que sepas una cosa antes.
—Dime.
—No lo hago por placer. No lo hago por enfado personal. Lo hago porque mi padre me lo encargó y porque las Erinias castigan las promesas filiales no cumplidas tanto como castigan los matricidios. Estoy entre dos castigos. Elijo el que mi padre me pidió.
—Lo entiendo, hijo. Yo también estuve entre dos castigos hace diez años. Elegí mal entonces. Tú eliges mejor ahora. Es la misma situación, en realidad: las dos elecciones acaban en muerte. La mía acabó con la muerte de tu padre. La tuya acaba con la mía.
—¿No te arrepientes?
—Sí me arrepiento. Pero el arrepentimiento no deshace nada.
Llevo diez años con el collar en la sala lateral.
Llevo unos meses con el peplo junto al collar.
Las dos joyas no se han movido. No las he usado.
No he disfrutado de tenerlas. Han estado simplemente ahí, como peso.
He pensado en sacarlas y tirarlas al pozo del patio muchas veces.
No lo he hecho porque tirar las joyas no me devolvía a tu padre.
Las he conservado por cobardía, no por avaricia. Es la verdad.
Alcmeón asintió.
—Es bueno saberlo, madre.
—¿Cambia algo?
—No.
—Bien. Entonces hazlo. No quiero discurso largo. Quiero que sea limpio.
III
Alcmeón se acercó al banco.
Erifila no se levantó. Permaneció sentada, mirando al hijo. Tenía las manos sobre el regazo, una sobre la otra, con la calma extraña que tienen las personas que han aceptado el momento.
Alcmeón sacó la espada. Era espada corta, de bronce, de las que los aqueos usaban para los actos rituales más que para el combate.
Era la espada que su padre Anfiarao le había regalado a los doce años.
Era cosa cargada: el padre le había dado el instrumento sin saber que se lo daba para esto, pero el instrumento había crecido con el muchacho hasta este momento.
Erifila vio la espada. Cerró los ojos. No los abrió más.
Alcmeón le clavó la espada en el pecho. Fue golpe limpio: una estocada directa al corazón, no muchas heridas pequeñas. Era la manera digna de matar a una mujer noble: una sola entrada, profunda, sin tortura.
Erifila cayó hacia adelante en el banco. La sangre empezó a salir por la boca y por la herida. Alcmeón sacó la espada. Sujetó el cuerpo de la madre para que no cayera al suelo. La depositó con cuidado tendida sobre el banco.
Murió en pocos segundos.
Alcmeón se quedó un momento mirando el cuerpo. Después limpió la espada con un paño de la mesa lateral. La envainó. Bajó la mirada al suelo.
Sintió en ese instante el primer escalofrío.
Era cosa física: un cambio de temperatura en la habitación que ningún cambio físico justificaba. La luz de la ventana parecía distinta, aunque no había nubes. El aire tenía un olor que antes no estaba: como a tierra húmeda y a algo viejo, como a cuevas donde nadie ha entrado en siglos.
Eran las Erinias.
Estaban llegando.
Alcmeón sabía lo que tenía que hacer. Lo había planificado durante todo el viaje desde Delfos.
Antes de salir de la cámara, hizo lo que había decidido: subió a la pequeña sala lateral que estaba contigua al cuarto materno.
Abrió el cofre debajo de la cama. Sacó el collar de Harmonía.
Sacó el peplo. Los envolvió juntos en una tela de lino que tomó de un baúl cercano.
Hizo un hatillo pequeño que cabía bajo el brazo.
Salió de la sala. Salió de la cámara. Bajó por la escalera lateral. Atravesó el patio. No se cruzó con nadie. Salió de la casa por la puerta principal.
Caminó por las calles de Argos con el hatillo bajo el brazo. Era media mañana ya. Las calles estaban más concurridas. Algunos lo saludaron al pasar. Él respondió con la inclinación habitual, manteniendo la cara serena.
Pero por dentro, las Erinias ya estaban con él. Las sentía detrás. Eran tres figuras femeninas de las que solo veía la sombra cuando giraba la cabeza —cuando giraba del todo, no había nadie; pero el rabillo del ojo registraba siempre tres sombras a tres pasos detrás—.
Salió de Argos por la puerta del oeste. Tomó el camino hacia el norte: hacia la Élide, hacia el Aqueloo, hacia la isla aluvial que el oráculo le había anunciado.
IV
Las Erinias lo siguieron durante semanas.
Eran tres. Se llamaban —según los nombres más comúnmente atestiguados— Tisífone, Megera y Alecto.
Eran hijas de Urano, de la sangre del titán cuando Crono lo castró en tiempos antiguos.
Eran de las divinidades más antiguas del panteón griego: anteriores a los olímpicos, anteriores incluso a los titanes que los olímpicos habían derrocado.
Su función era específica: perseguir a los matadores de parientes, especialmente a los matricidas, hasta que recibieran purificación ritual de un rey extranjero.
Alcmeón sintió su presencia durante toda la marcha hacia el oeste.
No siempre las veía. A veces caminaba durante horas con la sensación de estar solo, sin más compañía que el silencio del bosque o el ruido del viento sobre los caminos.
Pero después, sin previo aviso, las tres sombras volvían: tres pasos detrás, al borde del campo visual, sin acercarse pero sin alejarse tampoco.
Y cuando Alcmeón intentaba descansar —dormir bajo un árbol, comer pan en una posada— las tres voces empezaban a hablarle.
Eran voces de mujer, bajas, susurradas, en idioma que Alcmeón no entendía del todo pero cuyo sentido captaba: le acusaban del matricidio, le recordaban a la madre tendida sobre el banco, le describían en detalle el momento de la espada entrando en el corazón.
No le dejaban dormir. Cuando conseguía dormir un rato por puro agotamiento, soñaba con la cara de Erifila tal como la había visto la última vez, con los ojos cerrados, esperando el golpe.
Era persecución que iba a durar hasta que Alcmeón recibiera purificación.
Llegó al reino de Fegeo, en la región de Psófide, al cabo de tres semanas.
Fegeo era rey local, no de los más conocidos del Peloponeso.
Reinaba sobre una pequeña ciudad amurallada al noroeste del Peloponeso, con territorio reducido pero próspero por la agricultura del valle.
Era hombre maduro, viudo, padre de dos hijos varones —Pronoo y Agenor— y de una hija, Arsínoe, de unos veintidós años, casadera.
Alcmeón llegó a Psófide al atardecer. Pidió audiencia con el rey. Le explicó la situación: era matricida que buscaba purificación ritual; era hijo de Anfiarao, el adivino caído en Tebas hacía diez años; cumplía promesa filial hecha al padre. Pidió purificación bajo el rito antiguo.
Fegeo dudó.
—Hijo de Anfiarao. Te conozco de fama. Pero el matricidio es crimen pesado. ¿Estás seguro de que la purificación de un rey extranjero te bastará?
—Eso me dijo el oráculo de Delfos antes del crimen, señor. Y la Pitia me indicó también este reino como uno de los lugares posibles.
—¿Y qué ofreces a cambio de la purificación?