El ciclo tebano: La caída de la casa de Layo CANTO XIII #2
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CANTO XIII #2

Manto lo amortajó ella misma. Cumplió los ritos. Lo enterró aquella noche en el patio de su propia casa, según la costumbre que el adivino había pedido años atrás: no quería tumba pública en el cementerio, quería tumba modesta en su casa. Manto cumplió.

Pero algunas tradiciones tardías —especialmente las que recogen Apolodoro y los escolios— cuentan una versión distinta.

Dicen que Tiresias no murió en su lecho aquella tarde.

Dicen que salió de la casa por la mañana, antes de que llegaran los Epígonos, y huyó al norte con los últimos tebanos.

Que bebió agua helada de la fuente Tilfusa, cerca del santuario de Apolo Tegireo, y que el agua —demasiado fría para el cuerpo centenario— le paralizó el corazón.

Que murió allí, en la fuente, a la sombra de un sauce.

Hemos preferido la versión en que muere en casa, atendido por Manto. Es más coherente con la decisión filial de la hija de quedarse, y con la promesa que hizo a Alcmeón sobre no profanar la tumba. Pero la tradición de la fuente Tilfusa también es atestiguada y conviene mencionarla.

En cualquier caso, Tiresias murió aquella tarde o aquella mañana. La línea adivinatoria de la casa de Melampo se cerró en Tebas. Su sobrino Tiresias el Menor seguía vivo en Lebadia. Y Manto, su hija, se preparaba para salir de Tebas con los Epígonos.

V

Pero aún quedaba una batalla.

Cuando los Epígonos llevaban dos días en la ciudad —saqueando ordenadamente los palacios, recogiendo el botín, preparando la marcha de regreso—, llegó la noticia de que un grupo de jóvenes tebanos había vuelto a la llanura.

Era grupo pequeño: unos doscientos jóvenes, hijos de los nobles tebanos que habían huido al norte.

Algunos habían decidido, contra el consejo de los padres, no aceptar el exilio sin combate.

Habían vuelto durante la noche por una ruta lateral.

Iban a atacar a los Epígonos en la llanura, al menos para que la rendición tebana no fuera completa.

Era cosa simbólica más que militar. Doscientos jóvenes contra nueve mil argivos no tenían posibilidades reales. Pero era cuestión de honor.

Entre los jóvenes tebanos había uno llamado Laodamante, hijo de Eteocles —el rey muerto en el duelo fraticida diez años antes—.

Tenía dieciséis años. Era hijo póstumo, criado por la madre tras la muerte del padre.

Llevaba años sabiendo que algún día tendría que combatir contra los Epígonos para vengar a su padre.

Cuando los nobles tebanos huyeron al norte, Laodamante simuló acompañar al grupo de evacuación; al cabo de unos días se separó y volvió con el pequeño grupo de los doscientos.

Era el último descendiente directo de la casa de Edipo en línea masculina. Era el único que podía cumplir la venganza por Eteocles.

Los doscientos atacaron a los Epígonos en la llanura del este, fuera de la ciudad, una mañana temprano.

Era cosa absurda en términos militares. Los Epígonos los rodearon en pocos minutos. La pelea fue corta. La mayoría de los doscientos murió antes de que el sol estuviera alto.

Pero antes de morir, Laodamante hijo de Eteocles consiguió hacer una sola cosa importante.

Atravesó la formación argiva en una carga directa, buscando específicamente el carro del comandante.

No alcanzó a Alcmeón —que estaba protegido en el centro—.

Pero alcanzó al segundo, Egialeo, hijo de Adrasto.

Egialeo lo vio venir. Levantó la lanza. Pero Laodamante era más rápido. Le clavó la espada corta en el costado izquierdo, en el espacio entre el peto y la coraza ventral, justo bajo el corazón.

Egialeo cayó del carro. Murió antes de tocar el suelo.

Laodamante intentó retirarse después del golpe. No lo consiguió. Una flecha argiva lo alcanzó en el cuello cuando se daba la vuelta. Cayó cerca del cuerpo de Egialeo que acababa de matar.

Los dos cuerpos quedaron en el suelo a tres pasos uno del otro. Eran simetría exacta: el hijo único de Adrasto matado por el último descendiente directo de Edipo. Era el cierre de la simetría que la primera expedición había abierto.

Alcmeón, desde su posición, vio caer a Egialeo. No pudo intervenir a tiempo. Cuando llegó al lugar, los dos jóvenes estaban ya muertos.

Era la única baja argiva importante de toda la segunda expedición.

Era también, en términos cósmicos, la confirmación exacta del presagio de Anfiarao: del padre, Adrasto, había muerto un yerno y varios compañeros; del hijo, Egialeo, moría el único hijo varón.

La línea de Adrasto se extinguía como se extinguía la línea de Edipo.

Las dos casas reales, atacante y defensora, quedaban sin sucesión legítima al mismo tiempo. La maldición había sido cumplida en las dos direcciones.

VI

Alcmeón recogió el cuerpo de Egialeo personalmente.

Lo cargó en el carro principal. Lo llevó a Tebas.

Mandó construir pira aquella misma tarde.

Se quemó el cuerpo con todos los honores del jefe argivo caído.

Las cenizas se recogieron en una urna de bronce.

Tersandro, como pretendiente al trono tebano, fue testigo.

Diomedes ofició como mariscal en ausencia de Adrasto.

Aquella noche, en la tienda del comandante, Alcmeón habló a solas con Diomedes.

—Diomedes. Es hora de volver. La ciudad está tomada. Tersandro será rey: los tebanos del norte volverán cuando sepan que la guerra terminó, y aceptarán a Tersandro como sucesor legítimo. Es lo único que queda por hacer.

—¿Y tú qué harás?

—Vuelvo a Argos. Tengo una cuenta que cerrar con mi madre antes de pensar en lo que viene después.

Diomedes asintió. Sabía lo de Erifila. Era cosa que Alcmeón le había contado durante la marcha. No le había gustado. Pero entendía que era promesa filial vieja, irrenunciable.

—Alcmeón. ¿Has pensado en lo que las Erinias te harán después?

—Lo he pensado. La Pitia me indicó vía de escape. Hay una isla aluvial en el oeste, en el río Aqueloo. Es tierra que no existía cuando el matricidio ocurre. Las Erinias no pueden seguirme allí.

—¿Estás seguro?

—Es lo que dijo el oráculo. Si los oráculos se equivocan, también me equivoco yo. Pero los oráculos no se equivocan en mi experiencia.

Diomedes no respondió. Era cuestión que Alcmeón tenía que resolver por sí mismo.

Diomedes ya tenía sus propias cosas que pensar: la guerra estaba terminada para él, debía volver a Argos, después esperar la convocatoria de la guerra mayor —la de Troya— que sabía que vendría dentro de algunos años porque las noticias del rapto de Helena empezaban ya a circular por los reinos aqueos.

Alcmeón se quedó solo en la tienda. Llamó a Manto.

Manto entró. Tenía consigo un pequeño hatillo: era su único equipaje, todo lo que se llevaba de Tebas además del recuerdo del padre enterrado en el patio.

—Manto. Mañana salimos. La columna marcha rumbo a Argos primero. Tú vienes en mi carro.

—Bien.

—¿Cuál es la cuarta condición?

Manto sonrió.

—La cuarta condición es que no me lleves a Argos.

Cuando lleguemos a la altura del paso del Citerón, donde el camino a Argos se separa del camino a Delfos, te pido que tomes la vía de Delfos.

Llévame al santuario. Que me ofrezcan como esclava sagrada al templo de Apolo, donde sirva como sacerdotisa el resto de mi vida.

Es lo único que me queda como destino digno.

Argos no me sirve: allí seré esclava común. Delfos sí.

Alcmeón lo pensó.

—Es buena condición. Acepto.

—Gracias.

—Una pregunta antes, Manto.

—Pregunta.

—¿Ves algo sobre mí?

Manto cerró los ojos un momento. Era costumbre del don familiar. Después los abrió.

—Veo lo que tú sabes. Vas a Argos. Cumples lo que tu padre te encargó.

Las Erinias te persiguen después. Llegas a la isla aluvial del Aqueloo.

Encuentras paz parcial. Te casas dos veces: una con Arsínoe hija de Fegeo, otra con Calírroe hija del río.

Mueres por venganza familiar diez años después.

Tus hijos pequeños crecen en una sola noche por intervención divina y vengan tu muerte.

El collar y el peplo de Harmonía vuelven a Delfos como ofrenda final.

»Es lo que veo. ¿Cambias de plan al saberlo?

—No.

—Bien. Vamos.

VII

La columna argiva salió de Tebas al amanecer del día siguiente.

Llevaba en carros el botín de la ciudad: oro de los templos, plata, vasijas labradas, armas tomadas de los pocos defensores, telas, esclavos.

Era botín considerable. No era saqueo brutal —Alcmeón había cumplido su palabra a Manto: los templos no se quemaron, las imágenes sagradas no se profanaron, la tumba de Tiresias quedó intocada—.

Pero era ocupación legítima de bienes públicos: la ciudad atacante tenía derecho al patrimonio de la ciudad atacada.

Tersandro se quedó en Tebas con un pequeño contingente argivo.

Era nuevo rey, en cierto modo formal: hijo de Polinices, descendiente de Edipo por línea masculina, único con sangre tebana legítima.

Cuando los tebanos del norte volvieran, lo aceptarían.

La continuidad dinástica se restablecía, aunque por la rama que había salido derrotada en la primera guerra.

Pero la ironía no se le escapó a Manto cuando salía de la ciudad: Tersandro iba a reinar en Tebas, sí, pero su reinado iba a ser breve.

Las noticias de la guerra de Troya ya se estaban moviendo por los reinos aqueos.

Tersandro iría a Troya con la coalición aquea —era de la generación de los pretendientes que habían jurado el viejo juramento sobre el caballo cortado de Tindáreo—.

Y Tersandro iba a morir en Misia, en la primera expedición errada de los aqueos, antes de que la flota llegara siquiera a la Tróade.

Era la muerte por la lanza de Télefo que el Vol.

I de los Cantos restituidos iba a narrar generaciones después.

Pero esto Manto lo veía y Alcmeón no. Y Manto, cuando salieron de Tebas en aquel amanecer, decidió no contárselo a Alcmeón. Era cosa que el comandante no necesitaba saber. Cada uno tenía su propia cadena de cumplimientos por delante.