CANTO XIII
La caída de Tebas
I
Tebas, mientras tanto, había vivido diez años en una calma precaria.
Creonte seguía siendo rey. Pero era rey solo: sin esposa, sin hijos vivos, sin sucesión clara.
Había gobernado con eficiencia administrativa durante una década, había reconstruido las murallas dañadas en el sitio anterior, había restablecido las relaciones comerciales con las ciudades vecinas.
Pero la ciudad estaba marcada. Los tebanos sabían que la casa real había muerto entera en una sola semana de la generación anterior, y que el rey actual era simplemente continuidad administrativa, no continuidad dinástica.
Cuando llegaron las primeras noticias de que los Epígonos se estaban reuniendo en Argos, Creonte convocó al consejo. Tenía sesenta y tres años entonces. Había envejecido mucho en los diez años: la barba completamente blanca, los hombros caídos, la voz más débil.
—Tebanos. Los hijos de los Siete vienen. Hay confirmación de los espías. Marchan en la primavera. ¿Defendemos?
Era pregunta extraña para una asamblea. Era cuestión que normalmente se daba por respondida: una ciudad atacada se defiende. Pero Creonte la planteó como cuestión abierta, lo cual indicaba que él mismo dudaba.
Hubo discusión. Los nobles más jóvenes —aquellos que habían sido niños durante la primera expedición y que no recordaban el coste— querían defender.
Los nobles más viejos —los pocos supervivientes de la generación de Eteocles— estaban menos seguros.
Habían visto morir demasiados parientes en el sitio anterior.
Una segunda guerra contra Argos, ahora con tropas tebanas debilitadas por una década de baja natalidad y una sucesión real comprometida, no se presentaba bien.
Tiresias había muerto el año anterior, a los noventa y nueve años.
Su lugar como adivino consultor del rey había sido ocupado por su hija Manto, mujer entonces de unos treinta y cinco años, dotada del don profético paterno, aunque con menos autoridad pública por ser mujer. Manto asistía al consejo aquel día.
Creonte le pidió consulta.
—Manto. ¿Qué ves?
Manto cerró los ojos. Era costumbre que había heredado del padre. Permaneció así varios minutos. Cuando los abrió, su voz era distinta de la habitual.
—Rey. Esta vez la ciudad cae. Lo veo con claridad.
Hay menos margen del que los hombres calculan.
Los Epígonos vienen con Alcmeón al frente: es el adivino hijo del adivino.
La protección oracular favorece a los atacantes esta vez.
La maldición de Pélope se cumple ahora hasta el final: Tebas misma se extingue.
»No defendáis. Es lucha perdida. Lo que toca es organizar la huida ordenada. Si saco al pueblo de la ciudad antes de que los argivos lleguen, salvamos las vidas. Si os quedáis a defender, mueren miles sin resultado.
Hubo silencio en el consejo. Era propuesta extrema. Abandonar la ciudad voluntariamente era cosa que ningún tebano había considerado nunca.
Pero Creonte sopesó. Llevaba diez años de gobierno marcado por la pérdida de la familia. Había visto el coste de la resistencia. Manto era hija de Tiresias y tenía el don. La propuesta era dura pero racional.
—Manto. ¿Cuándo llegan los Epígonos?
—Dentro de unas tres semanas.
—¿Y la huida? ¿Adónde?
—Al norte. Hay territorios en la Tesalia oriental que estarían dispuestos a acoger a los tebanos como refugiados.
He hecho ya preparativos preliminares con sacerdotes del santuario de Apolo Tegireo.
Si me autorizas, mando avisos a esos santuarios y al rey local.
Mientras los Epígonos llegan, evacuamos.
Creonte miró a la asamblea. Hubo asentimientos.
—Aprobado. Procede, Manto.
II
La evacuación de Tebas duró tres semanas.
Era cosa nunca vista. Una ciudad entera —doce mil habitantes, contando hombres, mujeres, niños, esclavos— preparando voluntariamente la huida ordenada para evitar el asedio.
Manto organizó los grupos por barrios: cada barrio salía en un día distinto, con sus pertenencias mínimas, en columna larga hacia el norte.
Los animales se llevaban delante. Los carros familiares iban en el centro.
Los ancianos y enfermos en los carros más resistentes.
Los tesoros del palacio y los objetos rituales de los templos fueron evacuados primero. Las imágenes sagradas de los dioses tebanos —Atenea, Dioniso, Apolo— se llevaron en procesión hacia los santuarios de la Tesalia oriental. Manto supervisaba personalmente la evacuación de las imágenes.
Pero cuando llegó el momento de que la propia Manto se evacuara con el último grupo, ella se negó.
—Rey —le dijo a Creonte la noche antes de la salida del último grupo—. Yo me quedo.
—¿Por qué?
—Porque he visto algo más. Mi padre Tiresias también se quedará.
Está aún vivo, en su casa, demasiado viejo para viajar al norte.
Yo lo acompañaré. Cuando lleguen los Epígonos, nos rendiremos a Alcmeón directamente, sin combate.
Es posible que nos respete por ser adivinos.
Si no, moriremos juntos. Pero no abandonaré a mi padre en la ciudad sola.
Creonte asintió. Era decisión filial respetable.
—Lo entiendo. ¿Te debo algo antes de irme?
—Una sola cosa. Cuando estés en Tesalia, asegúrate de que la línea adivinatoria de mi padre no se pierda. Si yo muero aquí, mi hermano Tiresias menor —el sobrino del adivino— sigue vivo en Lebadia. Llévatelo contigo. Que continúe la línea.
—Lo haré.
Aquella noche, Creonte y los últimos grupos salieron de Tebas.
La ciudad quedó vacía salvo por un puñado de personas: la familia de Manto en una casa pequeña cerca del templo de Apolo, algunos esclavos de palacio que habían pedido quedarse por edad o enfermedad, y unos pocos guerreros voluntarios que habían decidido morir en la ciudad antes que huir al norte.
Eran en total unas treinta almas. Las únicas que quedaban en una ciudad construida para doce mil.
III
Los Epígonos llegaron tres días después.
Avanzaron sobre la llanura tebana con la formación de marcha habitual: Alcmeón al frente, Diomedes en el flanco derecho, Egialeo en el izquierdo, Tersandro en el centro junto a Alcmeón, Estenelo en la retaguardia con la mayoría de las tropas auxiliares.
Llegaron a la altura de las murallas al mediodía. Esperaban encontrar formación tebana defensiva en el campo. No la encontraron. Las puertas de la ciudad estaban abiertas. Las almenas estaban vacías. Las torres no tenían vigías visibles.
Alcmeón mandó parar la columna a un kilómetro de la muralla.
—Diomedes. Algo no cuadra.
—Lo veo. ¿Trampa?
—Posible. O algo más raro.
Mandó tres exploradores adelante. Los tres avanzaron a caballo hasta la puerta principal —la Pretis, al sur—. Entraron sin resistencia. Caminaron por las calles. Volvieron al cabo de una hora.
—Comandante. La ciudad está vacía. No hay tropas.
Las casas están abandonadas. Hay puertas abiertas, muebles que indican salida apresurada, pertenencias menores tiradas.
Solo hemos visto a dos personas: una mujer joven y un hombre muy viejo, en una casa cerca del templo de Apolo.
La mujer pidió audiencia con el comandante.
Alcmeón se sorprendió.
—¿Quién es?
—Dice ser Manto, hija de Tiresias. Adivina como su padre. Dice que se ha quedado para rendir la ciudad personalmente, y que tiene una propuesta para el comandante.
Alcmeón consultó brevemente con Diomedes y Egialeo. La situación era extraña pero no peligrosa: si la ciudad estaba vacía y solo dos personas la representaban, no había riesgo militar serio. Convenía escuchar la propuesta.
—Vamos.
Los Epígonos entraron en Tebas al cabo de una hora. Era escena rara: nueve mil hombres armados ocupando una ciudad sin combate, caminando por calles vacías, encontrando casas abiertas con la cena de tres días antes aún en las mesas, ya pudriéndose. Era ocupación sin guerra, victoria sin batalla.
Llegaron al templo de Apolo. Manto los esperaba en el patio.
Era mujer joven todavía, vestida con el peplo blanco de las sacerdotisas, con el pelo recogido en un nudo simple. Tenía la dignidad de los adivinos profesionales: voz calma, gestos medidos, mirada directa.
—Comandante Alcmeón. Soy Manto, hija de Tiresias. Mi padre vive aún, en su casa cerca de este templo. Es demasiado viejo para combatir o huir. Yo me he quedado con él. Te entrego la ciudad sin condiciones. Solo te pido tres cosas.
—Habla.
—Primera: que no destruyas los templos. Saquéalos si quieres, pero no quemes los edificios. Son lugares sagrados antiguos.
»Segunda: que no profanes la tumba de mi padre cuando muera. Llegará pronto. Es anciano. Si tú estás todavía en la ciudad, pidos que respetes la sepultura.
»Tercera: que me lleves contigo cuando salgas de Tebas. No quiero quedar como esclava de los nuevos ocupantes que vendrán después. Mejor ser esclava ritual en un sitio digno que esclava común aquí. Si me llevas a Argos o a Delfos, te ayudo con mi don adivinatorio durante el resto de mi vida.
Alcmeón la escuchó hasta el final. Era propuesta razonable. Las tres condiciones eran modestas comparadas con la magnitud del regalo: la ciudad entregada sin combate.
—Acepto las tres, Manto.
—Gracias.
—¿Y la cuarta?
—No hay cuarta.
—Te pregunto porque normalmente las adivinas piden cuatro.
Manto sonrió levemente. Era detalle que el comandante había captado.
—Comandante. La cuarta condición la voy a pedir al final, no ahora. Cuando esté en tu carro saliendo de Tebas. Te la diré entonces. Es la más difícil. Mejor que la pidas cuando ya no puedas decir que no.
Alcmeón asintió. Era jugada hábil. Le gustó.
IV
Tiresias murió aquella misma tarde.
No murió por causa relacionada con la ocupación. Murió por edad: había cumplido los cien años hacía meses y su cuerpo no daba para más. Manto lo encontró tendido en su lecho cuando volvió a la casa después de la audiencia con Alcmeón. Estaba apacible. Había muerto en el sueño, sin dolor.