El ciclo tebano: La caída de la casa de Layo CANTO XII #2
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CANTO XII #2

—Alcmeón. Hay solo una respuesta. Tu padre te hizo prometer.

La promesa tiene peso ritual. Las Erinias castigan los matricidios, sí, pero también castigan las promesas filiales incumplidas.

Estás entre dos castigos divinos. La elección es tuya: cumples a tu padre y las Erinias te persiguen como matricida, o le faltas a tu padre y las Erinias te persiguen como hijo desleal. No hay tercera salida limpia.

»Te aconsejo lo siguiente: cumple primero la expedición a Tebas, no la cuestión filial.

La expedición es deber colectivo, debido a tus compañeros.

Vuelve después. Cumple entonces lo de tu madre.

Las Erinias caerán sobre ti pero —y aquí escucha bien— tendrás purificación posible.

Hay un río en el oeste de Grecia llamado Aqueloo.

Forma cada año una isla aluvial nueva por sedimentación.

Esa isla, cada vez que se forma, es tierra que no existía antes.

Si vas a la isla aluvial del año en que cometas el matricidio, las Erinias no podrán seguirte allí: para ellas, una tierra que no existía cuando se cometió el crimen no es tierra.

Es la única vía de escape que se te concede.

—Pitia. Lo cumpliré.

Salió del recinto. Reunió a Diomedes. Bajaron de Delfos. Volvieron a Argos en quince días.

IV

Adrasto recibió la respuesta del oráculo en consejo público.

—Hijos. La Pitia confirma. Alcmeón al frente. Tebas cae si Alcmeón va.

Hubo aclamación. Alcmeón aceptó la responsabilidad formalmente. Era ya cosa cerrada por el oráculo: no podía rehusarse sin invalidar la expedición entera.

Pero Alcmeón sabía que ahora venía la parte difícil: necesitaba que la expedición saliera bien organizada, lo que implicaba cierta cantidad de tropas, suministros, alianzas con reinos vecinos.

Y para conseguir todo eso, necesitaba que la coalición fuera vista como justificada también espiritualmente, no solo políticamente. Necesitaba a una madre.

Necesitaba a su madre.

Era cosa amarga. Erifila era exactamente la persona a la que Alcmeón iba a matar cuando volviera. Pero por ahora la necesitaba como peso ritual de la familia: como esposa del adivino muerto, como mujer cuyo asentimiento daba la bendición simbólica al hijo que iba al frente.

Alcmeón habló con Erifila aquella misma semana.

Le explicó que la expedición se había aprobado.

Que el oráculo lo había nombrado comandante.

Que necesitaba que la madre asintiera públicamente al hijo —era costumbre antigua en Argos que las madres de los jefes militares hicieran asentimiento público en el templo de Hera, marcando la salida ritual—.

Erifila se mostró distante.

—Hijo. ¿Por qué necesitas mi asentimiento? Eres ya hombre. Eres comandante por elección oracular. No te falta nada formal.

—Madre. Es costumbre. La gente espera. Si no asientes, hay murmuración. La expedición sale debilitada.

—No voy a asentir.

—¿Por qué?

—Porque he visto morir a tu padre por una expedición tebana hace diez años. No voy a verte morir a ti por otra. No te bendigo. No te asiento. Si vas, vas sin mi palabra.

Era reacción que Alcmeón había temido. Era también, en el fondo, lo único humano que la madre podía decir: no quería perder al hijo después de haber perdido al marido.

Pero Alcmeón sabía algo más. Sabía que la negativa de Erifila tenía precedente: diez años antes había aceptado vender al marido por un collar. Si había habido un soborno una vez, podía haber un segundo.

Pero esta vez, Alcmeón no podía hacer el soborno personalmente. Sería visto como manipulación del hijo. Tenía que hacerlo otro.

Lo hizo Tersandro.

V

Tersandro, hijo de Polinices y Argía, tenía trece años pero sabía lo que estaba en juego.

Argía, su madre, había heredado las pertenencias personales de su esposo difunto cuando Polinices murió. Entre esas pertenencias estaba el segundo objeto familiar tebano que Polinices había sustraído del tesoro de Tebas al exiliarse: el peplo de Harmonía.

El peplo había permanecido en una sala lateral de la casa de Argía durante diez años, sin uso. Argía no lo había usado nunca: era pieza demasiado importante para llevar a ocasiones cotidianas y demasiado marcada por su procedencia para usar en fiestas públicas. Era reliquia guardada.

Cuando Alcmeón habló con Tersandro sobre el asunto de la negativa de Erifila, Tersandro entendió enseguida lo que se le estaba pidiendo.

—Tío Alcmeón. Mi madre tiene el peplo. Lo sé. Si lo entrego a tu madre, ¿asentirá?

—Asentirá, Tersandro. Es la única manera.

—¿Y mi madre?

—Tu madre cumple si se lo explicas bien. Es por tu trono. Por la expedición. Por el cumplimiento de lo que tu padre no pudo cumplir. Es razón fuerte. Ella aceptará.

Argía aceptó cuando Tersandro se lo planteó.

Tenía treinta y un años, era viuda joven, había criado al hijo sola durante diez años en el palacio paterno.

El peplo era objeto suyo formalmente, pero su valor real estaba en el trono que Tersandro iba a recuperar.

Si el peplo abría las puertas a la expedición, Argía no era persona que se aferrara a una reliquia.

Tersandro tomó el peplo. Lo envolvió en lino. Subió a la casa de Erifila al cabo de unos días, en visita formal de cortesía. Era ocasión razonable: Tersandro era primo materno-político de Alcmeón, tenían trato cordial desde la infancia. Una visita de cortesía del muchacho a la tía no era extraña.

Erifila lo recibió en la sala principal. Tersandro fue directo. Sacó el peplo del lino.

—Tía Erifila. Esto es tuyo si asientes a la expedición.

Erifila miró el peplo. Lo reconoció inmediatamente: era pieza famosa, igual que el collar. Llevaba diez años con el collar en su sala lateral. El peplo era el otro objeto de la pareja maldita, el complemento. Era la oportunidad de tener las dos joyas de la casa de Cadmo en una sola sala.

Pero Erifila había aprendido algo en los diez años.

—Tersandro. ¿Sabes lo que estás haciendo?

—Lo sé, tía.

—¿Sabe Alcmeón?

—Alcmeón lo sabe.

—¿Y aún así me lo ofrece?

—Aún así.

Erifila se quedó muy quieta. Era cosa rara. Era el segundo soborno de su vida y los dos eran de la misma casa: el primero había sido Polinices con el collar, el segundo era Tersandro hijo de Polinices con el peplo. La sangre se repetía. Los objetos también se repetían.

Y la decisión de Erifila se repetía.

—Tersandro. Tómalo. Lo asentiré. Mañana en el templo de Hera. Pero quiero el peplo aquí, en mi casa, esta noche.

—Te lo dejo, tía.

Tersandro dejó el peplo sobre la mesa. Salió.

Erifila guardó el peplo en el mismo cofre donde tenía el collar. Era la segunda vez en su vida que aceptaba la traición. La primera había costado la vida del marido. Esta iba a costar la suya.

VI

Erifila asintió al día siguiente, en el templo de Hera, ante toda la nobleza argiva.

Era ceremonia formal. Las madres de los jefes que partían a la guerra se reunían frente al altar. Tocaban con la mano la lanza del hijo. Pronunciaban la fórmula ritual de bendición. Era acto público, breve, pero pesado en la economía simbólica de la coalición.

Erifila lo cumplió correctamente. Tocó la lanza de Alcmeón. Pronunció la fórmula. Le deseó victoria y regreso seguro.

Alcmeón, frente a su madre, en el altar, la miró. Erifila lo miró también.

En los ojos de los dos había una conversación silenciosa.

Ninguno la verbalizaba. Pero los dos sabían lo siguiente: que el asentimiento materno había sido comprado con el peplo, igual que diez años antes la decisión arbitral había sido comprada con el collar; que el hijo conocía el segundo soborno tan bien como había conocido el primero; que el padre Anfiarao, antes de partir, había instruido al hijo a vengar; y que el día en que Alcmeón volviera de Tebas, esa venganza se iba a cumplir.

Erifila lo sabía. Alcmeón sabía que ella lo sabía. Y se miraron en el templo, frente al altar, con la corrección de un hijo y una madre en ceremonia ritual, sabiendo los dos que la próxima vez que se vieran sería para la muerte de uno a manos del otro.

Alcmeón rompió la mirada primero. Recogió la lanza. Salió del templo. Caminó hacia el palacio donde lo esperaban los demás Epígonos para los preparativos finales.

Erifila se quedó en el templo unos minutos más. Cuando salió, lo hizo despacio. Bajó hacia su casa. Subió a la sala lateral. Abrió el cofre. Sacó el peplo. Lo desplegó sobre la cama. Sacó también el collar. Lo puso al lado del peplo.

Las dos joyas malditas de la casa de Cadmo, juntas por primera vez en doscientos años, brillaban sobre la cama de Erifila.

Erifila se sentó al borde de la cama. Las miró durante mucho rato.