CANTO XII
Los hijos de los Siete
I
Pasaron diez años desde la muerte de los seis jefes argivos.
Fueron diez años de tregua silenciosa entre Argos y Tebas.
Ninguno de los dos reinos tenía interés inmediato en reabrir la cuestión.
Tebas, gobernada por Creonte solo, había vivido la peor crisis dinástica de su historia y necesitaba reconstruir.
Argos, dirigida por Adrasto envejecido y por una nobleza herida en sus principales casas, no tenía fuerza moral para volver a salir al campo.
Las dos ciudades se ignoraron durante una década.
Pero las generaciones avanzan, y los hijos de los caídos no olvidan.
En Argos crecieron los hijos de los Siete:
Diomedes , hijo de Tideo y Deípila. Tenía diez años cuando murió su padre en la puerta Crénides.
Para el momento de la segunda expedición, tenía veinte.
Era el guerrero más prometedor de su generación.
Su madre Deípila lo había criado contándole con detalle, año a año, lo que su padre había hecho en cada batalla; le ahorró únicamente el detalle del cerebro de Melanipo, que ella misma había decidido no transmitir.
Diomedes crecía sabiendo que tenía que cumplir lo que el padre no había podido cumplir.
Egialeo , hijo de Adrasto y de una esposa anterior a la madre de Argía y Deípila.
Era el hijo varón único del rey de Argos.
Tenía veinticuatro años cuando llegó el momento.
Era el más educado de los Epígonos, hombre prudente, formado en el palacio.
Era también el único hijo de un padre vivo: los demás eran huérfanos.
Por eso mismo iba a tener un destino distinto.
Tersandro , hijo de Polinices y Argía. Tenía trece años cuando llegó el momento.
Era el más joven de los Epígonos. Argía lo había criado en Argos —Adrasto, su abuelo, lo había acogido en el palacio tras la muerte de Polinices—.
Tersandro era el legítimo pretendiente al trono tebano: era el único Epígono que tenía sangre tebana directa.
Toda la expedición, en cierto modo, era para él.
Estenelo , hijo de Capaneo y Evadne. Su madre Evadne se había arrojado a la pira funeral de su esposo el día de los funerales atenienses bajo Teseo —episodio que Eurípides recogió en Las suplicantes —.
Estenelo había crecido huérfano de los dos padres, criado por parientes maternos.
Tenía veintitrés años. Era hombre directo, sin la complejidad psicológica de su padre el blasfemo, pero con la misma fuerza física.
Promaco , hijo de Partenopeo. Era el más oscuro de los Epígonos: su padre había muerto a los veintidós años, sin haber tenido tiempo de dejar descendencia legítima; Promaco era hijo nacido durante la marcha hacia Tebas, de una mujer no identificada en las fuentes.
Tenía nueve años cuando llegó el momento, demasiado joven para combatir.
No fue a la expedición. Iba a sumarse a los Epígonos en su madurez, pero esto ya es material lateral.
Polidoro , hijo de Hipomedonte. Tenía dieciocho años. Era el menos memorable de los Epígonos. Las fuentes lo citan sin desarrollar.
Anfíloco , hijo menor de Anfiarao y Erifila, hermano de Alcmeón. Tenía dieciséis años. Era muchacho prometedor, dotado del don adivinatorio paterno aunque en menor grado. Iba a tener importancia posterior en otros ciclos.
Y por último, central a toda la expedición:
Alcmeón , hijo mayor de Anfiarao y Erifila.
Tenía dieciocho años en el momento del juramento del padre, doce años después de cumplir aquella promesa terrible.
Era ahora hombre de veintiocho años. Era el comandante natural de los Epígonos: por edad, por linaje, por la herencia ritual de su padre el adivino.
Pero era también, sin que nadie en Argos lo supiera todavía, el hombre que tenía cuenta pendiente con su propia madre.
II
Alcmeón había crecido en Argos sabiendo lo que tenía que hacer.
Su padre Anfiarao le había hecho la promesa cuando Alcmeón tenía ocho años.
Le había dicho, en aquella conversación privada antes de la marcha de los Siete, que la madre había aceptado un soborno por la decisión arbitral que mandaba al padre a morir, y que Alcmeón, cuando creciera, debería averiguar la naturaleza del soborno y vengar la traición materna.
Durante los diez años intermedios, Alcmeón había llevado una vida aparentemente normal: educación palaciega, entrenamiento militar, viajes diplomáticos con su tío político Adrasto, amistad con los otros hijos de los Siete que serían sus compañeros en la futura expedición.
Pero por dentro había estado calculando.
Calculaba dos cosas. La primera era qué había aceptado su madre Erifila a cambio de la decisión. La segunda era cuándo cumpliría la promesa que el padre le había arrancado.
La primera cuestión la resolvió hacia los quince años.
Era ya joven con sentido de la observación.
Notó que su madre, en ocasiones especiales —fiestas importantes, banquetes con embajadores extranjeros—, no usaba ninguna de las joyas familiares conocidas, pero llevaba una expresión particular en la cara, como de quien tiene en casa algo mucho más valioso pero ha decidido no exhibirlo.
Notó también que Erifila pasaba largas horas a solas en una pequeña sala lateral de la casa, sin que nadie supiera qué hacía allí.
Y notó, sobre todo, que cuando alguna conversación tocaba indirectamente el nombre de Polinices o el viejo asunto de la primera expedición, Erifila cambiaba de tema con una habilidad que solo se explicaba por el peso de algo concreto en su conciencia.
Una tarde, aprovechando que la madre estaba fuera de casa visitando a una hermana en Tirinte, Alcmeón entró a la sala lateral.
Estaba cerrada con llave, pero el muchacho conocía la cerradura: era una de las cerraduras antiguas de la casa, de las que se abrían con una llave maestra que el chambelán guardaba. Pidió la llave con un pretexto y entró.
En la sala había varios cofres pequeños. Los abrió uno por uno. En el tercero, debajo de una capa de tela vieja, encontró el collar.
Lo reconoció enseguida: era el collar de Harmonía.
La joya de la casa de Cadmo, conocida en toda Grecia, que durante años había circulado en susurros por los palacios aqueos como reliquia perdida desde la primera expedición tebana.
Alcmeón sabía por las crónicas familiares —su padre se lo había contado fragmentariamente— que aquel collar había sido el patrimonio de Polinices al exiliarse.
Que Polinices lo había llevado a Argos. Que después de la muerte de Polinices el collar no había sido devuelto a Tebas ni a ningún heredero.
Las versiones que circulaban decían cosas vagas: que se había perdido en la huida de Adrasto, que algún saqueador lo había tomado del cuerpo de Polinices en el campo. Nadie sabía dónde estaba.
Alcmeón ahora lo sabía. Estaba en casa de su madre. Había estado ahí los diez años intermedios.
Cerró el cofre. Cerró la sala. Devolvió la llave al chambelán. No le dijo nada a nadie.
III
La segunda cuestión —cuándo cumpliría la promesa— se resolvió por sí misma cuando Adrasto convocó la segunda expedición.
Hacia el final del noveno año desde la primera derrota, Adrasto reunió en su palacio a los hijos de los Siete. Eran los Epígonos: los siete hijos —o sus equivalentes— de los siete jefes caídos, más uno o dos primos colaterales. Adrasto, ya con sesenta y cuatro años, les habló desde el trono.
—Sobrinos. Hijos de mis compañeros. Llevamos diez años sin reabrir la cuestión tebana.
La piedad pide reapertura. Vuestros padres murieron en Tebas.
La ciudad sigue gobernada por Creonte, el hombre que dejó insepulto a Polinices.
Tersandro, que está aquí, debe heredar el trono que su padre no pudo tomar.
Os propongo que organicemos la segunda expedición.
Si los presagios son favorables, marchamos en primavera.
Hubo discusión. Algunos de los Epígonos estaban entusiastas: Diomedes especialmente, que llevaba años entrenando para aquello.
Otros eran cautos: Egialeo, hijo del propio Adrasto, sabía que una segunda expedición podía terminar como la primera.
Tersandro estaba ansioso: era su trono el que se reclamaba.
Adrasto propuso consulta al oráculo de Delfos antes de tomar la decisión final. Era cosa razonable. Habían pasado diez años desde la última consulta sobre Tebas; los signos podían haber cambiado.
Mandaron embajada. Fueron Diomedes y Alcmeón, los dos más representativos de los Epígonos —el mejor guerrero y el comandante natural—. Subieron a Delfos en quince días. Consultaron a la Pitia.
La Pitia era ya distinta de la que había recibido a Edipo y a Layo dos generaciones antes. Aquella había muerto hacía años. La nueva era mujer de mediana edad, con la voz más clara, menos amenazante en el tono. Pero la respuesta que dio aquel día tenía el peso de las anteriores.
—Hijos de los Siete. Esta vez Tebas cae. Pero solo si vais con Alcmeón al frente. Si Alcmeón no va, no caéis. Si Alcmeón va y os dirige, Tebas se rinde. Es lo único que se os dice.
Diomedes asintió. Era confirmación que necesitaban.
Pero Alcmeón se quedó callado.
—Pitia —dijo Alcmeón al cabo de un momento—. Una pregunta más, en privado.
Diomedes salió respetuosamente del recinto interior. Alcmeón quedó a solas con la Pitia.
—Pitia. Hace doce años mi padre Anfiarao me hizo prometer una cosa.
Su muerte fue forzada por mi madre Erifila, que aceptó un soborno por la decisión arbitral.
Yo prometí vengar al padre cuando creciera.
Sé ya en qué consistió el soborno: el collar de Harmonía.
Lo tengo localizado. Antes de marchar a Tebas, debería cumplir la promesa.
Pero matar a mi madre es acto que las Erinias persiguen. ¿Qué hago?
La Pitia lo miró largamente.