El ciclo tebano: La caída de la casa de Layo CANTO XI #3
71%

CANTO XI #3

Tiresias seguía vivo a sus casi cien años, pero ya no se movía del lecho. Vivía en una pequeña casa cerca del templo. Hemón llegó a la casa, pidió audiencia. Tiresias lo recibió.

—Adivino. Soy Hemón, hijo de Creonte. Vengo a pedirte que vayas a hablar con mi padre. Va a matar a Antígona. Si la mata, ocurren cosas que ni él ni yo podemos prever bien. Tú sí las ves. Ve. Habla con él. Convéncelo.

Tiresias lo miró —es decir, dirigió la cara hacia él, porque ya no veía nada—.

—Joven. He visto lo que va a pasar. Iré. Pero te aviso: las decisiones de tu padre tienen ya peso de hierro. Voy a intentarlo. No prometo nada.

Tiresias se hizo llevar al palacio aquella misma tarde. Habló con Creonte en el mégaron. Le dijo lo siguiente:

—Rey. Tu decisión sobre Antígona es errada.

Has invertido el orden natural: los vivos los entierras, a los muertos los dejas sin tierra.

Los dioses del Hades están airados. Los pájaros sobre Tebas no traen presagios buenos hoy.

Si insistes en la ejecución, tu propia casa pagará.

Tu hijo Hemón morirá. Tu esposa Eurídice morirá detrás.

Te quedarás solo. Te ruego que liberes a Antígona y que entierres a Polinices ritualmente. Es lo único que te salva la casa.

Creonte lo escuchó. Tardó en responder. Tiresias era adivino respetado. Las predicciones del anciano tenían peso. Pero Creonte había construido su decreto en público. Retirarse en público era pérdida de autoridad que podía costar la estabilidad de la ciudad recién recuperada.

Tardó en decidir más tiempo del que debía haber tardado. Finalmente, hacia el atardecer, cedió.

—Tiresias. Tienes razón. Voy a liberar a Antígona. Voy también a enterrar a Polinices. Mando guardias a la cueva y al campo simultáneamente.

—Rey. Date prisa. El tiempo se escapa.

Creonte mandó dos contingentes de guardias. Uno fue al campo de la séptima puerta a recoger el cuerpo de Polinices para enterramiento ritual. El otro fue a la cueva del norte a liberar a Antígona.

Pero el primer contingente llegó antes.

IX

En la cueva, Antígona había decidido no esperar.

Había pasado las horas calculando. Sabía que la ejecución por inanición duraría siete u ocho días. Era muerte lenta, indigna, con tiempo para arrepentirse. Antígona no quería darle a su tío la satisfacción de su lenta degradación. Quería morir por su mano, en sus términos.

Llevaba al cuello una cinta de seda fina, regalo que le había dado años atrás su tía Yocasta cuando era niña. La cinta había sobrevivido al exilio, al viaje, al regreso. Era larga, suficiente para hacer lazo.

Pasó la cinta por una pequeña protuberancia de la roca del techo de la cueva. Hizo el nudo. Subió a la pequeña piedra que había en el suelo. Pasó la cabeza por el lazo.

Saltó.

Murió por ahorcamiento en pocos minutos.

Era el tercer ahorcamiento por cinta del pelo o cinta de seda en la familia: Crisipo en Pisa generaciones atrás, Yocasta en su cámara tras la revelación, Antígona ahora en la cueva. El mismo gesto recorría la maldición de Pélope desde su origen hasta su agotamiento.

Cuando los guardias llegaron a la cueva al cabo de una hora y abrieron la entrada, encontraron a Antígona ya muerta, colgada de la cinta. Hemón estaba con ellos —se había sumado al contingente al enterarse de que iban a liberarla, queriendo verla cuanto antes—.

Hemón entró primero a la cueva. Vio el cuerpo. Se acercó. Tocó el rostro. Estaba aún tibio. Pero no respiraba.

Se volvió hacia la entrada. Sus padres habían llegado al exterior de la cueva en aquel mismo momento: Creonte y Eurídice habían venido también, atraídos por las noticias.

—Padre. Has llegado tarde.

—Hijo. Lo lamento. He intentado.

—No has intentado a tiempo.

Hemón sacó la espada. Su padre creyó que iba a atacarlo —era el reflejo natural— y dio un paso atrás levantando las manos. Pero Hemón no atacó al padre. Se la clavó él mismo en el pecho con las dos manos.

Cayó al lado del cuerpo de Antígona. Murió encima de su prometida que no había llegado a ser esposa.

Eurídice, la madre, vio la escena. Vio a su segundo hijo muerto en el suelo de la cueva, a la prometida del hijo colgada de la roca del techo. Vio que había perdido los dos hijos en una semana: Meneceo en la muralla por sacrificio voluntario, Hemón ahora en la cueva por suicidio amoroso.

No gritó. Era mujer aquea de las antiguas: no gritaba.

Salió de la cueva. Volvió al palacio sin esperar a su esposo. Subió a sus aposentos. Tomó una espada corta de las que había en el armero familiar. Se la clavó en el cuello.

Cuando los criados la encontraron al cabo de un par de horas, estaba ya muerta sobre el lecho, con la sangre seca en el cuello y la espada en la mano.

Creonte, esa noche, se quedó solo en el palacio.

Había recuperado el trono de Tebas aquella semana al precio de cuatro muertes en su propia familia: Meneceo, Antígona como sobrina, Hemón como hijo, Eurídice como esposa. Había ganado la ciudad y perdido la casa.

Llamó a los guardias al amanecer. Les dio una sola orden:

—Enterrad a Polinices con todos los honores. Es la última vez que un rey de Tebas da órdenes esta semana.

Se sentó en el trono vacío del mégaron. Iba a sentarse así, en silencio, durante muchos días.

X

La primera guerra tebana se cerró así.

De los siete jefes argivos, solo Adrasto volvió vivo a Argos. Los otros seis quedaron en el campo o bajo la tierra abierta por Zeus: Tideo en la Crénides, Capaneo en la Electra, Hipomedonte en la Ogigia, Partenopeo en la Neis, Anfiarao tragado en el campo del norte, Polinices en la séptima puerta.