El ciclo tebano: La caída de la casa de Layo CANTO XI #2
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CANTO XI #2

Había salido de Colono en cuanto Edipo había muerto.

Teseo le había facilitado escolta ática hasta la frontera tebana.

Había cruzado a Beocia. Había hecho el resto del viaje en grupo con unos comerciantes de paso.

Llegó al palacio sin previo aviso, con el polvo del camino encima, una pequeña bolsa con sus pertenencias y nada más.

En la puerta del palacio la reconoció el portero —era viejo esclavo que la había visto crecer en la corte cuando ella era niña—. Le permitió entrar inmediatamente. Antígona pasó al ala femenina. Buscó a su hermana Ismene.

Ismene llevaba seis años viviendo en el palacio bajo la regencia de su tío Creonte.

Tenía veintiocho años. Estaba prometida en matrimonio con un noble tebano —boda que iba a celebrarse al cabo de unos meses—.

Era mujer apacible, prudente, que durante seis años había llevado vida tranquila en la corte sin meterse en política familiar.

Cuando vio entrar a Antígona, se levantó del telar.

—Hermana. Has vuelto.

—He vuelto.

—Padre ha muerto.

—Hace una semana. Lo enterraron los atenienses en bosque secreto. Cumplió su destino.

—Lo siento.

—Lo siento yo también.

Se abrazaron brevemente. No lloraron: las dos eran mujeres adultas que habían vivido demasiado para llorar abrazadas en una primera escena. Se separaron.

—Ismene. Quiero hablarte de un asunto urgente. ¿Sabes lo que ha decidido el tío sobre los cuerpos de los hermanos?

—Lo sé.

—¿Lo apruebas?

Ismene la miró. Sabía que la pregunta venía con segunda intención.

—Antígona. Es decreto del rey. No me corresponde aprobarlo o desaprobarlo. Es ley de la ciudad.

—Es decreto que prohíbe enterrar a nuestro hermano. Aunque sea hermano traidor, es hermano. Las leyes de los dioses pesan más que las leyes de los hombres. El cuerpo insepulto es ofensa a los dioses del Hades. Hay obligación ritual de enterrarlo.

—Antígona…

—Voy a enterrarlo.

Ismene se quedó muy quieta.

—Hermana. ¿Estás diciendo en serio?

—Lo estoy diciendo. Voy esta noche al campo donde está el cuerpo.

Lo cubro con tierra. Hago las libaciones rituales mínimas.

Le doy paso al Hades. No es funeral pleno —no tengo capacidad— pero es lo suficiente para que el alma pase.

Es lo que mi hermano me pidió que hiciera la última vez que lo vi en Colono. Le di mi palabra. La cumplo.

—¿Le diste palabra?

—Sí.

—Antígona. Si lo haces, te matan. El decreto es explícito. Cualquiera que viole, ejecución sin juicio.

—Lo sé.

—¿Lo sabes y aún así lo haces?

—Sí.

—¿Vienes conmigo?

Hubo silencio.

Ismene miró el suelo. Era pregunta directa. Era pregunta que pedía decisión inmediata. La hermana mayor le pedía a la menor que la acompañara en un acto que las llevaría a las dos a la muerte.

—Antígona. Hermana. No puedo. Soy prometida. Tengo vida por delante. No quiero morir por un decreto roto. Si tú quieres hacerlo, lo entiendo. Pero no voy contigo.

Antígona la miró largamente. No estaba enfadada exactamente. Estaba simplemente confirmando lo que ya suponía.

—Está bien, Ismene. Ve con tu vida. Te la dejo. Yo voy esta noche.

Salió del ala femenina. Pasó las horas siguientes en su antigua cámara —la que había sido suya antes del exilio, conservada por Creonte como gesto familiar— preparando lo que necesitaba: un pequeño cántaro con vino para las libaciones, un poco de aceite, unas migajas de pan rituales. No necesitaba más.

Salió del palacio a medianoche por una puerta lateral que conocía desde niña.

VI

El cuerpo de Polinices estaba en el campo frente a la séptima puerta, donde había caído.

Habían pasado tres días desde la muerte.

El cuerpo estaba ya hinchado, oscuro, con la armadura pegada a la carne descompuesta.

Los buitres habían empezado a comerlo durante el día; los lobos, durante la noche anterior.

Pero todavía quedaba cuerpo reconocible.

Llevaba aún la armadura. Llevaba aún el blasón del león dorado en el escudo caído al lado, ya borrado por la lluvia y los animales.

Antígona llegó al campo poco después de la medianoche. No había guardias —el decreto de Creonte había sido considerado suficiente disuasivo y los soldados de la guarnición eran pocos—. La luna estaba alta. La noche era clara.

Se acercó al cuerpo. Lo reconoció. Era cosa fea de mirar, pero Antígona había acompañado durante veinte años a un padre ciego: las cosas feas no le impresionaban ya como a las muchachas de palacio.

Cumplió el rito mínimo. Recogió tierra con las dos manos.

La esparció sobre el cuerpo, cubriéndolo con una capa fina pero ritualmente suficiente.

Vertió el vino sobre la tierra. Vertió el aceite.

Esparció las migajas de pan. Pronunció las palabras de paso que su padre le había enseñado años atrás durante el viaje, cuando le había explicado los rituales funerarios mínimos que cualquier mujer aquea debía saber.

Cuando terminó, era casi el amanecer. Se sentó junto al cuerpo durante un rato. No lloraba. Estaba simplemente cerrando algo. Era hermana cumpliendo deber filial pesado.

Pensó en irse antes del amanecer. Pero no se fue. Algo en ella decidió quedarse. Era cosa difícil de explicar: era la sensación de que si se iba, el rito no tenía peso completo. Era la sensación de que el acto solo era pleno si quedaba presenciado, no escondido.

Las patrullas tebanas la encontraron al amanecer.

Eran tres soldados de la guarnición que pasaban por el campo en el cambio de turno habitual.

Vieron a la mujer sentada junto al cuerpo cubierto de tierra fresca.

Se acercaron. La reconocieron: era la hija del rey muerto, la sobrina del rey actual, la mujer que había vuelto del exilio dos días antes. Era cosa pública por ya entonces.

—Mujer —dijo el cabo de los tres—. ¿Has hecho tú esto?

—Lo he hecho yo.

—¿Sabes el decreto?

—Lo sé.

—Tenemos que llevarte al palacio.

—Llevadme.

VII

La llevaron al palacio.

Creonte la recibió en el mégaron. Era media mañana. Estaban presentes los nobles del consejo, los guardias, varias sirvientas. Era audiencia pública. Era cosa rara: la sobrina del rey ante el tío como rey, acusada de violar el decreto.

—Antígona. ¿Has enterrado el cuerpo de tu hermano?

—Lo he enterrado.

—¿Sabías el decreto?

—Lo sabía.

—¿Por qué lo violaste?

Antígona habló entonces con la voz que iba a hacer célebre el episodio durante siglos —y con la que Sófocles, dos siglos después, la convertiría en personaje canónico de la tragedia ateniense—:

—Tío. Tu decreto era de hombres. Mi obligación era con dioses.

Las leyes de los hombres cambian. Las leyes de los dioses no.

Mi hermano necesitaba paso al Hades. Sin entierro, su alma quedaba vagando, ofensa al Hades.

Yo cumplí la ley antigua. La tuya, nueva, es la que me hace ilegal.

Pero las leyes antiguas pesan más que las nuevas, porque vienen de antes, porque vienen de los dioses, porque no las hizo ningún hombre.

»No estoy avergonzada. No retiraré lo hecho. Si el castigo es muerte, lo acepto. Era mi hermano. Era mi obligación. Las dos cosas son mías.

Creonte la oyó hasta el final. Era discurso que lo conmovía como hombre —era su sobrina, era hija de su hermana muerta, era la mujer que había acompañado a su cuñado ciego durante veinte años de exilio—. Pero como rey, no podía aceptar el desafío público al decreto.

—Antígona. Te oigo. Pero soy rey antes que tío. Tu acto es violación pública. La penalidad es ejecución. La ejecución se ejecuta. Es palabra del rey.

—Tío. Hazlo.

—No te ejecuto con la espada. No es muerte que se aplique a las mujeres nobles. Te encierro en una cueva con provisiones para unos días. Cuando se acaben las provisiones, mueres por inanición. Es muerte digna. Es lo que se da a las traidoras de tu rango.

—Acepto.

Hubo movimiento en el mégaron. Los guardias se acercaron a Antígona para llevarla al sitio de la ejecución diferida. Pero antes de que la sacaran, una voz desde el fondo de la sala intervino.

Era Hemón.

Hemón era hijo de Creonte, hermano del Meneceo que se había arrojado de la muralla, prometido informal con Antígona desde años atrás.

Estaba en el consejo como joven noble. Llevaba dos días sin haber visto a Antígona después de que ella volviera del exilio: le habían informado pero no había habido ocasión de encontrarse.

Ahora salía al centro de la sala.

—Padre. Te ruego que recapacites. Antígona es prometida mía. Si la matas, me matas también a mí porque no podré vivir sin ella.

—Hijo. No es asunto que se decida por afecto personal. Es asunto de Estado.

—Padre. Es asunto de Estado pero también es asunto de tu casa. Antígona es la última mujer de la casa de Edipo en línea directa. Si la matas, extingues lo poco que queda de aquella casa. Es decisión grave. Te ruego que recapacites.

—No recapacito.

Hemón lo miró largamente.

—Padre. He dicho lo que tenía que decir. Si insistes en la ejecución, lo lamentaré. Pero te aviso de una cosa: lo que ocurra después de que Antígona muera, no lo controlas tú. Las consecuencias se desbordan de las decisiones que las generan. Lo que viene viene.

Salió del mégaron. Creonte no respondió.

Los guardias se llevaron a Antígona.

VIII

La cueva estaba en las afueras del norte de Tebas, en una pequeña colina detrás del templo de Dioniso.

Era cueva natural, pequeña, con una sola entrada baja.

Antiguamente se usaba para almacenamiento ritual de objetos sagrados.

Ahora la usarían como tumba viviente. Creonte había dado órdenes específicas: meter a Antígona dentro con un cántaro pequeño de agua, una hogaza de pan y un trozo de queso.

Cerrar la entrada con piedras grandes. Esperar.

Antígona entró voluntariamente. No protestó. No suplicó. Se sentó dentro, contra la pared del fondo. Los guardias colocaron las piedras de la entrada. La cueva quedó cerrada al cabo de media hora.

Hemón, mientras tanto, había salido del palacio. Iba a buscar a Tiresias.