El ciclo tebano: La caída de la casa de Layo CANTO XI
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CANTO XI

El duelo fratricida y Antígona

I

En la séptima puerta el día había sido distinto.

Mientras en las otras seis los combates se habían sucedido durante toda la mañana con resultados que se iban precipitando hacia la decisión, en la séptima los dos hermanos llevaban horas mirándose desde sus posiciones sin entrar en combate directo.

Era cosa que ninguno había verbalizado pero que los dos habían decidido tácitamente: el duelo entre ellos iba a ser duelo singular, no batalla colectiva.

No tenía sentido que los hombres de cada uno se mataran entre sí mientras los hermanos estaban dispuestos a resolver la cuestión personalmente.

Polinices había llegado al pie de la séptima puerta al amanecer, con su contingente argivo de unos dos mil hombres. Había dispuesto las tropas en arco frente a la puerta, sin lanzar asalto. Había mandado heraldo a la muralla. El heraldo había gritado, en voz audible para los tebanos:

—¡Eteocles, rey de Tebas! ¡Polinices, hijo de Edipo, te reta a duelo singular!

¡Que el trono de Tebas se decida hoy entre los dos hermanos!

¡Si Eteocles vence, los argivos se retiran y la guerra acaba!

¡Si Polinices vence, los tebanos lo aceptan como rey legítimo y la guerra también acaba!

¡Que los demás hombres de ambos lados se queden mirando!

Era propuesta antigua, propia de los duelos heroicos del Egeo arcaico.

Era propuesta que solía rechazarse porque ningún rey aceptaba arriesgar su vida en un único combate cuando podía arriesgarla escondido detrás de sus tropas.

Pero en este caso, la propuesta tenía lógica especial: los dos contendientes eran hermanos, la causa de la guerra era la disputa entre los dos, y el ejército atacante solo había venido para apoyar al exiliado.

Eteocles, en la muralla, escuchó el reto.

Lo consultó brevemente con sus capitanes.

Algunos le aconsejaron rechazar —era riesgo innecesario—.

Otros le aconsejaron aceptar —era ocasión de cerrar la guerra del día en una hora, antes de que los argivos pudieran reagrupar—.

Eteocles, en el fondo, ya tenía decisión tomada antes de consultar.

Sabía que el duelo era inevitable: era lo que el padre había maldecido en Colono hacía cinco años, era lo que la profecía tebana había anunciado, era lo que la simetría del ciclo pedía.

Aceptar era ahorrar tiempo y formalidades.

Aceptó.

Mandó heraldo de respuesta. El heraldo gritó desde la muralla:

—¡Polinices! ¡El rey Eteocles acepta! ¡Duelo singular al mediodía, en el campo frente a la puerta! ¡Los hombres de ambos lados quedan como testigos!

Hubo aclamación contenida en ambos lados. Era cosa que ningún testigo había visto antes y que probablemente no volvería a ver: dos hermanos del mismo padre y la misma madre, herederos del mismo trono, disputando ese trono en duelo singular frente a la muralla de su propia ciudad.

II

Al mediodía, los dos hermanos salieron al campo.

Eteocles bajó de la muralla por la escalera interior, atravesó la puerta —que se abrió específicamente para él y se cerró tras él—, y caminó hasta el espacio abierto entre los dos ejércitos.

Llevaba armadura completa de bronce labrado: peto con incrustaciones, casco con plumas rojas, escudo redondo grande, espada larga al cinto y lanza en la mano derecha. Era armamento de rey en duelo formal.

Polinices vino desde el otro extremo del campo.

Llevaba armadura semejante pero de fabricación argiva: las correas más cortas, las plumas del casco de color púrpura en lugar de rojo, el escudo con el blasón de la casa de Edipo aún visible —un león dorado, símbolo familiar—.

Era el mismo blasón que Adrasto había reconocido años atrás en el manto de Polinices al llegar a Argos. Iba ahora a la batalla con él.

Se detuvieron a quince pasos uno del otro. En el espacio entre los dos había hierba pisoteada y polvo. Detrás de cada uno, en silencio, los respectivos ejércitos.

Era la primera vez en cinco años que los hermanos se veían.

Eteocles habló primero.

—Polinices. Hermano.

—Eteocles. Hermano.

—Has venido por el trono.

—He venido por lo que tú me robaste.

—No te robé nada. Cumplí lo que la ciudad votó.

—La ciudad votó después de que tú rompieras la palabra empeñada.

Hubo silencio.

—Hermano —dijo Eteocles—. Ya no importa la palabra empeñada. Importa la lanza. ¿Quieres realmente hacer esto?

Polinices lo pensó. Era pregunta legítima: ahora, frente a frente, con la lanza levantada, los dos hombres podían todavía decidir abrazarse en lugar de combatir, dividir el reino, encontrar tercera solución cualquiera. Era la última puerta abierta antes de que se cerraran todas.

—Hermano —dijo Polinices al cabo de unos segundos—.

Lo quiero hacer. Llevo cuatro años de exilio.

He perdido cinco compañeros esta mañana.

He hipotecado el collar de nuestra casa.

Mi hijo Tersandro tiene tres años y crece sin conocer Tebas.

Si me vuelvo a Argos ahora con el rabo entre las piernas, lo pierdo todo sin haber peleado. Lo hago. ¿Tú?

—También.

—Bien.

Se separaron unos pasos más. Levantaron las lanzas. Y se atacaron simultáneamente.

III

Lo que pasó en los siguientes minutos las fuentes lo recogen con cierta variación en los detalles pero coincidiendo en el resultado.

Los dos hermanos eran guerreros formados, los dos de la misma edad, los dos con armamento equivalente.

Era duelo de equilibrio. Las lanzadas iniciales fueron esquivadas con escudo.

Después se acercaron a distancia de espada.

Combatieron durante quizá diez minutos, intercambiando golpes que ninguno conseguía penetrar las defensas del otro.

Pero el cumplimiento de la maldición no permitía el equilibrio prolongado.

En un movimiento simultáneo, los dos atacaron al mismo tiempo con la espada apuntando al pecho del otro. Las dos hojas encontraron las dos aberturas justas entre el peto y la coraza ventral. Las dos entraron al mismo tiempo. Las dos hojas atravesaron los cuerpos al mismo tiempo.

Eteocles y Polinices se quedaron de pie un instante, cada uno con la espada del otro clavada en el pecho. Se miraron. Ninguno podía sacar la espada sin morir antes. Estaban atados el uno al otro por las hojas.

Eteocles habló primero. Tenía sangre saliéndole por la boca.

—Hermano. Lo hemos cumplido.

—Hermano. Sí.

Cayeron al mismo tiempo. Hacia adelante.

Quedaron uno sobre el otro, las espadas todavía clavadas, la sangre mezclándose en la hierba pisoteada del campo.

Murieron en el plazo aproximado de un minuto.

Ninguno de los dos sobrevivió al otro: la maldición de Pélope había pedido simultaneidad y la simultaneidad ocurrió.

En los dos lados del campo, los ejércitos se quedaron mudos.

Era escena que ninguno había contemplado: los dos hermanos abrazados por la muerte en el centro del campo, sin que ninguno de los dos hubiera vencido al otro.

Era cumplimiento exacto de la maldición de Colono.

Era cierre simétrico que ningún hombre podía haber planificado y que solo los dioses, en este caso, habían podido orquestar.

El ejército argivo, con cinco jefes ya muertos y el sexto desaparecido (Adrasto ya en fuga) y el séptimo ahora caído, no tenía mando. Empezó a desbandarse espontáneamente. Las tropas argivas tomaron el camino del sur en grupos pequeños, cada uno por su cuenta, sin orden de retirada.

El ejército tebano, dueño del campo, recogió los cuerpos.

IV

Creonte asumió el mando esa misma tarde.

Era el único miembro de la casa real legítima que quedaba.

Eteocles había muerto sin descendencia varón: tenía solo una hija pequeña, Laodámea, demasiado joven para gobernar.

Polinices había muerto con descendencia varón —Tersandro, en Argos, de tres años— pero esa descendencia era hostil, hija del exiliado, no aceptable como heredero por la nobleza tebana.

La asunción de Creonte no era nueva: era la tercera vez en su vida que asumía el poder en Tebas. Había sido regente después de Edipo, había sido regente entre los hermanos durante los años de minoría, ahora era rey efectivo por la extinción de la línea masculina directa.

Esa misma tarde, Creonte convocó al consejo de la ciudad. Anunció su primera decisión como rey:

—Tebanos. Los cuerpos de los dos hermanos caídos serán tratados de manera distinta.

Eteocles murió defendiendo la ciudad. Recibirá funerales públicos completos, con todos los honores debidos a un rey.

Se quemará su cuerpo en pira en el campo central de Tebas.

Sus cenizas se enterrarán en el panteón real.

»Polinices, en cambio, murió atacando la ciudad.

Trajo enemigos extranjeros contra su propia patria.

Es traidor. Su cuerpo no recibirá funeral.

Quedará insepulto en el campo donde cayó.

Será comido por los perros y los buitres.

Es la condena ritual a los traidores que la tradición tebana recoge desde tiempos antiguos.

Decreto que ningún ciudadano de Tebas, bajo pena de muerte, puede enterrar el cuerpo, cubrirlo con tierra, ni siquiera depositar libaciones sobre él. Su memoria queda manchada para siempre.

»Cualquiera que viole este decreto, sea hombre o mujer, sea noble o esclavo, sea joven o anciano, será ejecutado por orden mía sin más juicio que el reconocimiento del acto. Es ley nueva de Tebas. Es palabra del rey.

El consejo lo aceptó. Era decisión dura pero coherente con las prácticas atestiguadas: la ciudad atacada tenía derecho a denegar funeral a los atacantes. Pocos protestaron.

Pero hubo una persona, no presente en el consejo, que iba a protestar.

V

Antígona llegó a Tebas dos días después.