CANTO X #2
Eteocles asintió. Salió del mégaron a tomar el mando de la séptima puerta.
Creonte se quedó atrás, recogiendo el cuerpo del hijo del foso.
Era escena pública: el padre cargando el cadáver del hijo en sus brazos, con los criados ayudándolo, mientras el resto de la ciudad se preparaba para defender las murallas.
Era escena que los habitantes de Tebas recordarían el resto de sus vidas.
Algunos cronistas tardíos la recogieron en mosaicos y frescos.
Pero el día empezaba. Las trompetas argivas estaban sonando ya. Los siete jefes se acercaban a sus puertas asignadas.
IV
En la puerta Pretis, al sur, Adrasto enfrentaba al jefe tebano Polifontes.
Era duelo prudente por las dos partes. Adrasto era el más viejo de los siete argivos; Polifontes era jefe tebano de experiencia comparable.
Ambos sabían que la victoria de la jornada no iba a decidirse en aquella puerta: era posición secundaria.
Adrasto atacó con disciplina, sin exponerse.
Polifontes defendió con disciplina. Hubo bajas menores en ambos lados.
Hacia mediodía la situación seguía estabilizada.
Adrasto, que era el único de los siete a quien Anfiarao había anunciado supervivencia, era también el que estaba protegido por su caballo Arión —regalo divino que iba a serle útil más tarde, cuando hubiera que huir—.
En la puerta Crénides, al sureste, Tideo enfrentaba al jefe tebano Melanipo.
Aquí el duelo fue de los más violentos del día.
Tideo era el más feroz de los argivos en combate cuerpo a cuerpo.
Melanipo era guerrero tebano de los Espartoi por línea colateral, descendiente del Espartoi llamado Udeo, conocido por su fuerza física.
Los dos jefes lucharon al frente de sus contingentes con desprecio mutuo.
Tideo hirió a Melanipo en el costado izquierdo con una lanzada profunda. Melanipo, antes de caer, le devolvió una lanzada en el vientre. Los dos cayeron simultáneamente, ambos heridos de muerte.
Tideo, en el suelo, no estaba aún muerto. Era hombre de constitución fuerte: las heridas mortales le tomaban más tiempo de matarlo que a otros.
Atenea, que protegía a Tideo desde joven —era hijo de Eneo de Calidón y la diosa lo había apreciado por su carácter directo—, vio la situación desde el Olimpo.
Bajó al campo de batalla con una pequeña ánfora en las manos.
Contenía elixir de inmortalidad, regalo que Atenea había decidido conceder a su protegido como recompensa por servicios.
Iba a aplicarle el elixir.
Pero antes de aplicarlo, vio lo que Tideo estaba haciendo.
Tideo, en el suelo, se había arrastrado hasta el cuerpo de Melanipo. Le había cortado la cabeza con un cuchillo corto. Le había partido el cráneo con una piedra. Y estaba devorando el cerebro del enemigo muerto.
Era venganza primitiva, costumbre de algunas tribus etolias arcaicas que Tideo había aprendido en su juventud. Pero era costumbre que los dioses olímpicos consideraban abominable. Era retroceso a la barbarie pre-olímpica.
Atenea, viendo la escena, se detuvo. Cerró el ánfora. Se la guardó. Subió al Olimpo sin aplicar el elixir.
Tideo murió en pocos minutos, con la boca llena de la sangre de Melanipo. Atenea, que había estado a punto de hacerlo inmortal, retiró el favor.
Era pérdida irreparable. Tideo no era hombre que pudiera ser purificado después: el acto era de los que no se purifican.
Polinices, desde su posición en la séptima puerta, vio caer a su cuñado y amigo. No pudo intervenir: estaba lejos. Pero anotó. Era el primero de los siete que caía. El presagio de Anfiarao empezaba a cumplirse.
V
En la puerta Electra, al este, Capaneo enfrentaba al jefe tebano Polifontes el Joven —no confundir con el de la puerta Pretis—.
Aquí el duelo fue desigual desde el principio.
Capaneo era hombre extraordinariamente alto y fuerte: medía cerca de dos metros y tenía la fuerza física de tres hombres normales.
Polifontes el Joven era guerrero competente pero no podía competir físicamente con él.
Capaneo lo derribó de un solo golpe de hacha al cabo de pocos minutos.
Tomó la entrada al pie de la muralla. Los infantes tebanos que defendían la puerta se replegaron al interior de las almenas, cerrando la puerta principal.
Pero Capaneo no quería entrar por la puerta. Quería subir directamente al muro y demostrar que podía conquistar la ciudad por la vía más difícil posible: escalando.
Mandó traer una escalera grande de las que el ejército argivo había construido durante las noches en el campamento. La escalera tenía treinta peldaños, suficiente para alcanzar lo alto de la muralla. Sus hombres la apoyaron contra el muro entre dos almenas.
Capaneo empezó a subir.
Subía con casco completo y armadura ligera. Llevaba en la mano derecha un hacha grande, en la izquierda una pequeña antorcha encendida con la intención de prender fuego a las almenas de madera que coronaban el muro de piedra.
Mientras subía, gritaba. Lo hacía con la voz que tenían los gigantes en aquella época: voz audible a doscientos metros de distancia.
—¡Tebas! ¡Soy Capaneo! ¡Voy a conquistar tu ciudad con o sin la ayuda de Zeus! ¡Que Zeus baje a impedírmelo, si tiene valor! ¡Yo entro hoy!
Era frase que Anfiarao le había advertido específicamente contra pronunciar.
Capaneo la pronunció.
Zeus, en el Olimpo, la oyó. Era frase de las que un dios mayor no podía dejar pasar: era afirmación pública de superioridad humana sobre lo divino, hecha por un guerrero al pie de una muralla, con la antorcha en la mano y la barba apuntando al cielo.
Era el tipo exacto de exceso que justificaba el rayo.
Zeus lanzó.
El rayo cayó sobre Capaneo cuando estaba aproximadamente a mitad de la escalera, en el peldaño quince. Le entró por el yelmo. Le atravesó el cuerpo en línea vertical. Le quemó por dentro.
Capaneo cayó hacia atrás. La armadura, calentada al rojo por el rayo, humeaba. El cuerpo cayó sobre la base de la escalera con un sonido sordo. La armadura empezó a fundirse parcialmente sobre el cadáver, mezclándose con la carne quemada.
Los hombres de Capaneo, que habían estado animándolo desde abajo, dejaron de gritar de pronto. Algunos se persignaron —si la palabra «persignaron» se puede aplicar a un gesto griego antiguo que tenía función equivalente—. Otros simplemente se quedaron callados.
Era espectáculo que iba a recordarse durante generaciones: el blasfemo fulminado a mitad de la escalada. Era el episodio que más a menudo se representaba después en las cerámicas áticas que ilustraban la guerra tebana.
Capaneo era el segundo de los siete que caía.
VI
En la puerta Ogigia, al noreste, Hipomedonte enfrentaba al jefe tebano Hiperbio.
Era duelo entre gigantes: los dos hombres eran del mismo tamaño descomunal.
Hipomedonte combatió desde el carro durante la mayor parte del enfrentamiento: era su especialidad.
Hiperbio combatía a pie. Estuvieron tres horas dándose lanzazos y esquivándose por el espacio frente a la puerta, sin que ninguno pudiera prevalecer.
Pero hacia el final de la mañana, Hipomedonte cometió un error táctico: bajó del carro para rematar a Hiperbio que parecía herido.
Era trampa: Hiperbio no estaba tan herido como parecía.
Cuando Hipomedonte se acercó, Hiperbio se levantó y le clavó la lanza en el cuello, en el espacio descubierto entre el casco y la coraza.
Hipomedonte cayó hacia atrás. Murió en pocos segundos.
Era el tercero de los siete.
En la puerta Neis, al norte, Partenopeo —el más joven, de veintidós años— enfrentaba al jefe tebano Periclímeno.
Era duelo desigual por edad. Partenopeo era hábil, valiente, hijo de Atalanta la cazadora, conocido por la velocidad. Pero Periclímeno era hombre maduro, experto, hijo de Posidón por línea legítima, con experiencia de muchas batallas. El combate duró menos de una hora.
Periclímeno mandó arrojar a Partenopeo, desde lo alto de la muralla, una gran piedra. La piedra alcanzó al joven en el casco. Lo aplastó. Partenopeo cayó muerto al instante. Atalanta, en el Peloponeso, sintió el momento exacto y supo lo que había pasado sin que nadie se lo contara.
Era el cuarto.
En la puerta Homoloíades, al noroeste, Anfiarao enfrentaba al jefe tebano Lastenes.
Pero Anfiarao no estaba combatiendo realmente. Llevaba toda la mañana en su carro, lanzando lanzas contra los defensores con la corrección formal de quien cumple órdenes, pero sin la intensidad de los que combaten por victoria. Sabía que iba a morir. Esperaba el momento.
El momento llegó hacia mediodía.
Lastenes había logrado herir al cochero de Anfiarao con una flecha. El cochero se había caído del carro. Anfiarao quedó solo en el carro con los caballos sin control. Los caballos, asustados, salieron a galope alejándose de la puerta hacia el campo abierto al norte.
Anfiarao no intentó controlar a los caballos. Sabía que era el momento.
Mientras el carro corría descontrolado por el campo, Anfiarao levantó las dos manos al cielo. Dijo, en voz alta —para que Zeus lo oyera bien—:
—Padre Zeus. He cumplido lo que se me pidió cumplir.
He venido a la guerra que sabía que no debía venir.
He muerto cumpliendo la obligación. Te pido una sola cosa: no me dejes morir bajo la lanza de un hombre.
Llévame entero. Que mi cuerpo no quede en el campo para ser saqueado. Es lo único que pido.
Zeus oyó. Era petición razonable. Anfiarao era hombre piadoso, era adivino respetado, era el único de los siete jefes que había cumplido sin desear cumplir. Merecía cierre digno.
Zeus abrió la tierra.
En medio del campo, frente al carro descontrolado de Anfiarao, el suelo se rajó. Apareció una grieta amplia, profunda, de la que salía vapor caliente. Los caballos, en lugar de saltar la grieta, corrieron hacia ella. Cayeron dentro. El carro cayó tras ellos. Anfiarao cayó con el carro.
La grieta se cerró sobre el carro entero, los caballos, y Anfiarao.