El ciclo tebano: La caída de la casa de Layo CANTO X
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CANTO X

El asedio y las siete puertas

I

Tebas tenía siete puertas.

Eran cosa antigua, contemporáneas de la fundación misma de la ciudad.

Cadmo, según las tradiciones, había trazado la muralla con siete entradas porque siete eran los planetas conocidos por los astrónomos del Egeo, y los siete planetas presidían los siete días de la semana, y los siete días componían la semana de los hombres, y la semana de los hombres reflejaba el orden divino del cosmos.

Era cosa simbólica. Cada puerta llevaba el nombre de algo: la Pretis al sur, llamada así por las hijas de Preto que habían sido curadas allí por Melampo en tiempos antiguos.

La Crénides al sureste, por una fuente que manaba justo dentro.

La Electra al este, por una hermana de Cadmo —o por el ámbar, según las versiones—.

La Ogigia al noreste, por Ógige, rey legendario anterior a Cadmo.

La Neis al norte. La Homoloíades al noroeste, por las nubes que se acumulaban en las colinas cercanas.

Y la séptima al oeste, que en tiempos arcaicos se llamaba simplemente «la séptima», sin nombre propio, porque era la que tenía la importancia menor en términos comerciales y militares.

Era la séptima puerta la que daba al sendero que llevaba a Argos.

Polinices iba a marchar contra esa.

Era simbolismo deliberado: el hermano que había salido por aquella puerta cuatro años atrás como exiliado, volvía por aquella puerta como atacante.

Y Eteocles, dentro de la ciudad, había elegido esa misma puerta para defenderla en persona: los dos hermanos iban a encontrarse exactamente en el sitio por donde se habían separado años atrás.

La maldición del padre operaba con la simetría que las maldiciones bien pronunciadas suelen tener.

II

Dentro de la ciudad, Eteocles había estado preparándose durante meses.

Llevaba un año sabiendo que la coalición argiva venía.

Los espías tebanos en Argos habían informado de cada movimiento: el reclutamiento, el juramento, la marcha.

Había hecho lo que se podía hacer: había reforzado las murallas en los puntos más débiles, había acumulado provisiones para un cerco de seis meses, había convocado a las tropas de los nobles tebanos y de las ciudades aliadas menores —Tespias, Tanagra, Hisias— para reforzar la guarnición regular.

Tenía dentro de Tebas unos diez mil hombres armados.

Era menos que los argivos —que llegaban con quince mil— pero los tebanos defendían muros propios, lo cual compensaba en gran parte la inferioridad numérica.

Eteocles era hombre maduro entonces, de treinta y siete años.

Llevaba seis años como rey absoluto, sin el hermano en la ciudad.

Había gobernado bien. La ciudad lo apoyaba mayoritariamente —no por afecto personal, sino por estabilidad: la alternativa, traer a Polinices con un ejército extranjero detrás, era inaceptable para la nobleza tebana, que veía en eso la pérdida de soberanía local—.

Pero la mañana en que los heraldos anunciaron que las tropas argivas estaban desplegadas frente a las puertas, Eteocles se levantó con una sensación que no había tenido antes.

Era cosa nueva. No era miedo exactamente: era el sentimiento, más sutil, de que algo había caído por fin después de años de aplazamiento.

Llevaba años sabiendo que el hermano iba a volver.

Ahora estaba volviendo. Era cierre, no apertura.

Convocó al consejo de la ciudad antes del amanecer.

En el consejo estaban los principales nobles tebanos: Creonte, hermano de Yocasta, ya hombre viejo —tenía más de sesenta años— pero todavía consejero respetado.

Sus dos hijos, Hemón y Meneceo, jóvenes adultos.

Los descendientes de los Espartoi originales —cinco familias—.

Y Tiresias, el adivino ciego, que tenía ya casi cien años pero seguía vivo, transportado al consejo en una silla por su lazarillo.

Eteocles habló brevemente.

—Tebanos. Los argivos están frente a las puertas.

Cada puerta será defendida por un capitán principal.

He distribuido los puestos. Yo defenderé la séptima puerta en persona.

Allí estará Polinices, mi hermano. Es donde nos toca encontrarnos.

Os pido que cumpláis cada uno con vuestra puerta.

Os pido también vuestras opiniones antes de salir.

Tiresias levantó la cabeza.

—Rey. Yo tengo opinión que dar.

—Adivino. Te oigo.

III

Tiresias se aclaró la voz. Era voz cansada pero clara.

—Rey. He consultado los presagios anoche.

Vienen mal y bien. Mal porque seis de los siete jefes argivos morirán al pie de las murallas.

Eso es bueno para Tebas. Pero el séptimo —tu hermano— y tú moriréis también, simultáneamente, en duelo singular.

La ciudad sobrevivirá, sí, pero sin reyes legítimos. Es lo que veo.

Hubo silencio en el mégaron.

—¿Hay manera de evitarlo?

—Hay una. Solo una. Pero el precio es alto.

—Habla.

Tiresias bajó la cabeza un momento. Cuando habló, fue con cuidado:

—La maldición de Pélope sobre tu casa tiene cláusula vieja que ya he visto activarse otras veces.

Cuando una casa real está condenada a extinguirse, los dioses aceptan a veces el sacrificio voluntario de uno de sus miembros como reparación.

Si un descendiente directo de los Espartoi originales —de los hombres-dragón que nacieron de los dientes en tiempos de Cadmo— se arroja voluntariamente desde la muralla en ofrenda a Ares, dios del dragón ancestral, la maldición se suspende.

La ciudad se salva. Los siete argivos mueren todos.

Tú y tu hermano sobrevivís, aunque tendréis que reconciliaros después.

»Pero el descendiente que se sacrifica tiene que ser descendiente directo de los Espartoi por línea no diluida. Tiene que ser joven, sin descendencia propia, virgen. Tiene que ser ofrecimiento voluntario.

Hubo silencio largo.

En el consejo había cinco familias que descendían de los Espartoi.

Pero las descendencias estaban mezcladas con otras líneas: matrimonios con casas externas habían diluido la sangre originaria.

Solo una rama mantenía la línea pura por las dos partes: la rama de Equión, el primero de los cinco Espartoi supervivientes, de la que descendía Yocasta.

Y los descendientes vivos de Equión por línea no diluida eran tres: Creonte, hermano de Yocasta; y los dos hijos de Creonte, Hemón y Meneceo.

Hemón estaba prometido —en compromiso informal, todavía no consumado— con Antígona, hija de Edipo, prima suya.

Antígona no estaba en Tebas: seguía con su padre Edipo en el exilio del Ática.

La promesa había sido cosa familiar, prevista para cuando la muchacha volviera.

Por eso Hemón no se consideraba virgen ritual en sentido estricto: era hombre con compromiso futuro establecido.

Meneceo, el hijo menor de Creonte, era distinto. Tenía dieciocho años, no estaba comprometido con nadie, era virgen efectivamente, era descendiente directo de los Espartoi por línea no diluida.

Meneceo entendió antes que su padre lo que Tiresias había dicho.

Se levantó del banco lateral donde había estado sentado en silencio.

—Adivino. Soy yo. Cumplo la condición.

Creonte se levantó también.

—Hijo. No. No es decisión que se tome así.

—Padre. Es la única decisión que cabe. La ciudad pide.

Tiresias ve. Yo cumplo el requisito. No hay otro candidato.

Y si yo no me ofrezco, sea quien sea el que se ofrezca tendrá que ser de mi familia, porque solo nuestra rama queda pura.

Mejor yo que mi hermano Hemón, que tiene compromiso.

Mejor yo que tú, que eres anciano pero ya has tenido descendencia.

Creonte intentó protestar. Pero su voz le falló. Era padre. Era el padre que iba a ver al hijo menor lanzarse desde una muralla aquella misma mañana. Y no tenía argumentos para impedirlo: las palabras del joven eran exactas.

Tiresias, desde su silla, asintió.

—Joven. Si lo haces voluntariamente, la maldición se suspende. Pero tiene que ser voluntariamente. Si te empujan, no cuenta. Si te resignas porque no encuentras salida, no cuenta. Tienes que querer. Es lo único que se te pide y es lo más difícil que se te puede pedir.

Meneceo asintió.

—Quiero. Por la ciudad. Por mi familia. Por el cumplimiento de lo que toca cumplir.

Salió del mégaron. Subió a la muralla por la escalera más cercana. Llegó a lo alto. Caminó hasta el borde, donde la muralla daba al exterior de la ciudad, sobre el foso. Era altura considerable: unos doce metros sobre el suelo seco.

Se quitó la túnica. Quedó desnudo, como mandaba el ritual de los sacrificios humanos antiguos. Levantó las dos manos al cielo.

—Ares. Hijo del dragón. Te ofrezco mi sangre, descendiente directa del dragón tuyo. Toma la ofrenda y suspende la maldición de la casa.

Se arrojó.

Cayó sobre el suelo seco del foso. Murió al impacto. La sangre se extendió en círculo sobre la tierra. Era ofrenda válida según los criterios antiguos: lugar elevado, voluntad expresa, linaje correcto, animal libre de defectos.

Ares, en el Olimpo, lo aceptó.

La maldición de Pélope sobre la casa de Layo no se suspendió del todo —era maldición vieja, de cuatro generaciones, no se podía suspender por entero con una sola ofrenda—.

Pero sí se suspendió parcialmente: la cláusula sobre los descendientes inmediatos de Edipo se relajó.

Eteocles y Polinices no iban a morir necesariamente aquel día.

Tiresias, en el mégaron, sintió el cambio en el aire. Avisó:

—La ofrenda ha sido aceptada. La maldición sobre los hijos de Edipo está suspendida por hoy. Si los dos hermanos se enfrentan en duelo singular, ya no es seguro que mueran los dos. Uno puede sobrevivir. Tal vez los dos sobrevivan. Es lo que se ha comprado con la sangre de Meneceo.