CANTO IX #2
La serpiente, asustada por el contacto inesperado, atacó. Mordió al niño en el brazo. Le inyectó veneno. El niño murió en pocos minutos.
Cuando Hipsípila, una hora después, subió por el sendero a recoger al niño, encontró el cuerpo bajo el olivo. Tenía el brazo derecho hinchado, con la marca de los dos colmillos de la serpiente visible.
Hipsípila gritó.
Adrasto y Polinices, que habían subido tras ella, la oyeron. Subieron corriendo. Vieron al niño. Entendieron.
IV
Anfiarao llegó al lugar al cabo de poco.
Había venido con el grueso del ejército cuando los heraldos habían anunciado que la fuente estaba localizada.
Al ver la conmoción en la meseta, subió rápidamente.
Encontró a Hipsípila arrodillada en el suelo, llorando junto al cuerpo del niño.
Encontró a Adrasto sin saber qué hacer. Encontró a Polinices mirando el cadáver con la cara descompuesta.
Anfiarao se acercó al cuerpo. Lo examinó. Miró la marca de los colmillos. Miró el olivo. Miró la cavidad bajo las raíces, donde la serpiente —ya retirada de nuevo a su escondrijo— seguía a salvo.
Después miró al cielo.
Y dijo, en voz baja pero clara, para que los presentes oyeran:
—Es presagio. El niño se llamaba Ofeltes.
Pero a partir de ahora se llamará Arquémoro.
«El que abre el camino del destino». Es el primer muerto de esta expedición.
Será también el anuncio de los siete muertos que vienen detrás.
La serpiente ha mordido. La marcha se hará. Tebas no caerá. Y solo Adrasto volverá.
Adrasto, junto a él, lo miró.
—Anfiarao. No es presagio. Es accidente. Una nodriza descuidada dejó a un niño bajo un árbol. La serpiente lo mordió. Es desgracia, no augurio.
—Adrasto. Los presagios son a la vez accidente y augurio. La distinción que tú haces no la hacen los dioses. Lo que pasa, pasa. Lo que pasa con ciertas marcas en ciertos momentos, es presagio.
Adrasto bajó la mirada. No discutió más.
Hipsípila, junto al cuerpo del niño, seguía llorando. Cuando se calmó un poco, levantó la cabeza.
—Adrasto. Cuando el rey Licurgo se entere de lo que ha pasado, me matará. He dejado al niño solo. Es lo que prohibió expresamente. Mi vida está acabada.
Adrasto la miró. Era cierto. Hipsípila, en cuanto el rey local supiera, iba a ser ejecutada como nodriza negligente.
—Hipsípila. No te dejaré morir. Has salvado a quince mil hombres. Tu vida vale más que la de un niño, y mi gratitud te lo debe. Voy a interceder por ti ante Licurgo. Si insiste en castigarte, te llevo conmigo. Te concedo libertad y casa en Argos.
Hipsípila no respondió. Seguía mirando al niño.
Adrasto, a Anfiarao y Polinices:
—Hermanos. Hacemos los funerales aquí mismo. En honor del niño. Daremos al episodio el peso que pide. Los juegos fúnebres se celebrarán en honor de Arquémoro —si Anfiarao así lo pide— durante tres días. Es lo mínimo. Después continuamos.
V
Licurgo, rey local de Nemea, llegó al campamento argivo aquella misma tarde.
Venía con escolta armada. Tenía intención de exigir el cadáver del hijo y castigar a la nodriza.
Pero Adrasto lo recibió en su tienda con todo el aparato de un rey mayor recibiendo a un rey menor.
Le explicó la situación con habilidad: los argivos lamentaban la muerte del niño; iban a hacer juegos fúnebres en su honor; iban a sacrificar generosamente a Zeus en el templo de Nemea; iban a establecer los juegos como tradición permanente —una competición que se celebraría cada dos años en Nemea, en honor de Arquémoro, y que se convertiría en uno de los grandes juegos panhelénicos junto con los de Olimpia y Delfos—.
Licurgo escuchó. Era hombre piadoso. La oferta de instituir juegos permanentes en memoria del hijo era reparación generosa, más de lo que Licurgo habría conseguido por cuenta propia. Aceptó.
—Adrasto rey de Argos. Acepto la propuesta. Los juegos quedan instituidos. Mi hijo Arquémoro será honrado por siglos. Pero te pido una cosa más.
—Pide.
—La nodriza Hipsípila. Quiero llevármela a mi palacio. Quiero ejecutarla como castigo a su negligencia.
Adrasto negó con la cabeza.
—Licurgo. No. Hipsípila me ha salvado al ejército. Sin ella, mis quince mil hombres habrían muerto en el desierto de Nemea. Su vida me la debe a mí, no a ti. Te ofrezco compensación: oro por el valor de la mujer, lo que pidas, pero la mujer la conservo yo.
Licurgo lo pensó. Era exigencia razonable de Adrasto. Y Adrasto era rey mayor: no se le contradecía sin consecuencias.
—Acepto. Págame veinte minas de oro por la mujer. Y la conservas tú.
—Pagado.
Adrasto pagó al día siguiente. Hipsípila fue formalmente liberada del servicio de Licurgo. Adrasto, según había prometido, le concedió libertad plena, le dio una pequeña cantidad de oro, y le ofreció escolta para volver a su tierra natal de Lemnos si lo deseaba o para instalarse en Argos.
Hipsípila eligió volver a Lemnos. Sus dos hijos, que había tenido años atrás con Jasón antes de la matanza, debían haber crecido sin ella.
Quería buscarlos. La escolta argiva la llevó al puerto.
Embarcó hacia Lemnos al cabo de unas semanas.
Encontró a los hijos. Vivieron juntos el resto de la vida de Hipsípila.
Pero esto es ya material lateral al ciclo tebano y no nos detendremos en ello.
Los juegos fúnebres por Arquémoro se celebraron en Nemea durante tres días.
VI
Los juegos fueron cosa imponente.
Adrasto los organizó con todos los honores.
Competiciones atléticas —carrera, salto, lanzamiento de jabalina, lucha— en las que participaron los propios jefes argivos.
Carrera de carros, que Adrasto presidió personalmente.
Concurso de aedos que cantaron canciones fúnebres compuestas en honor del niño muerto.
Sacrificios continuos a Zeus en el templo local.
Los siete jefes participaron. Polinices ganó el lanzamiento de jabalina.
Tideo ganó la lucha cuerpo a cuerpo. Hipomedonte, el gigante, ganó el lanzamiento de disco.
Partenopeo, el más joven, ganó la carrera a pie.
Capaneo no compitió: era hombre que no se rebajaba a juegos públicos.
Adrasto presidía sin competir, por su rango.
Anfiarao no participó: pasó los tres días junto al cuerpo del niño Arquémoro, observándolo, contando los presagios menores que el cuerpo le iba entregando.