CANTO IX
La marcha y Nemea
I
La columna salió de Argos al amanecer.
Iba en orden de marcha establecido: los siete carros principales en cabeza, formando una línea ancha que ocupaba toda la avenida; detrás los siete contingentes de a pie, en columnas separadas según el jefe al que pertenecían; detrás los carros de cargamento; detrás las tropas auxiliares —arqueros, honderos, esclavos de servicio—; y al final los rebaños de ganado vivo que iban a sacrificarse durante el trayecto.
La ruta planificada cruzaba la Argólide hacia el norte, pasaba por Nemea —donde tenían previsto hacer escala larga para reagrupar y reabastecerse—, continuaba después por Corinto sin entrar en la ciudad, atravesaba la istmo y bajaba a la Beocia por el paso del Citerón.
Era ruta de unas diez jornadas si el clima acompañaba.
El clima acompañó durante los primeros tres días.
Los siete jefes cabalgaban juntos por las tardes, cuando la marcha del día terminaba.
Era costumbre que los jefes cenaran en un único campamento central, separado del de las tropas, donde podían discutir asuntos de la campaña en privado.
Adrasto presidía la mesa. Polinices y Tideo, los dos yernos, se sentaban a los lados.
Capaneo, Hipomedonte y Partenopeo ocupaban los otros tres puestos.
Anfiarao se sentaba apartado, en un extremo, con frecuencia en silencio durante toda la cena.
Anfiarao había cambiado desde el juramento.
Antes era hombre conversador, capaz de discutir tácticas durante horas.
Ahora apenas hablaba. Comía poco. Bebía aún menos.
Pasaba la mayor parte del tiempo libre observando los pájaros que sobrevolaban el campamento, o estudiando la disposición de las hogueras nocturnas, o leyendo los presagios menores que el día le iba entregando.
Los otros seis lo notaban. Pero ninguno preguntaba directamente. Era hombre con derecho a su silencio.
Tideo era el más impaciente. Hacia la cuarta noche, en la cena, no pudo aguantar más.
—Anfiarao. Llevas tres días sin decir palabra. ¿Vas a contarnos algo o vas a llegar a Tebas sin haber abierto la boca?
Anfiarao levantó la cabeza.
—Tideo. Te voy a contar algo, ya que insistes. Pero te aviso de que no te va a gustar.
—Cuenta.
—Vamos a morir los seis. Solo Adrasto vuelve vivo a Argos. Lo he visto en los presagios desde antes de partir. Lo veo ahora cada noche con más claridad. Estoy contando los días que me quedan.
Hubo silencio en la mesa.
Capaneo se rió. Era el blasfemo: las profecías le parecían cosa de viejas.
—Anfiarao. Bonita historia. Pero yo no voy a morir. Yo conquistaré Tebas con o sin la ayuda de Zeus.
Anfiarao lo miró.
—Capaneo. Esa frase es la que te va a matar.
Te lo digo por anticipado. Cuando llegues al pie de la muralla y pronuncies esa frase al lado de tu escalera, Zeus te oirá.
Cuando subas la escalera repitiéndola, el rayo te alcanzará a mitad del ascenso.
Te quedará la opción de cerrar la boca antes. Te aconsejo cerrarla.
Capaneo se rió otra vez, pero con menos seguridad.
Adrasto intervino.
—Anfiarao. Te ruego que no asustes a la mesa. Lo que pueda pasar, pasará. Por ahora estamos en marcha. Conservemos la moral.
Anfiarao asintió. No volvió a hablar de los presagios aquella noche. Pero los demás jefes ya no lo miraron igual durante el resto de la cena.
II
Al sexto día llegaron a Nemea.
Era región árida del norte de la Argólide, con valles secos entre colinas bajas.
La ciudad de Nemea propiamente dicha era pequeña, casi aldea, con un templo de Zeus al borde del valle principal.
Estaba a unas dos jornadas de Corinto. Allí tenían previsto hacer escala larga: dos o tres días para reabastecer agua y forraje, descansar a las tropas, esperar a los contingentes auxiliares que venían desde Tirinte.
Pero al llegar al valle principal, encontraron un problema.
Los manantiales de Nemea estaban secos. Era año de sequía local.
Las fuentes habituales, que normalmente daban agua suficiente para las caravanas de paso, llevaban semanas sin manar.
Las aldeas locales se abastecían con cisternas privadas que cada familia mantenía.
Pero el ejército argivo, con sus quince mil hombres más los animales, no podía reabastecerse de cisternas.
Adrasto convocó consejo de emergencia.
—Hermanos. Si no encontramos agua, no podemos seguir. Quince mil hombres no llegan a Tebas en seco.
—¿No hay nadie local que sepa dónde queda agua todavía? —preguntó Tideo.
—Los lugareños dicen que solo queda una fuente activa en toda la región. Está a media jornada de aquí, en un valle apartado. Pero no saben señalárnoslo: es zona aislada, atendida por una sola familia.
Anfiarao habló desde su extremo:
—¿Qué familia?
—Una mujer extranjera, según los lugareños.
Vino a Nemea hace algunos años, vendida como esclava.
Trabaja como nodriza para el rey local, Licurgo.
Cuida a un niño pequeño. Conoce los senderos de la región como pocos —ha andado por todas partes en sus paseos con el niño—.
Si alguien sabe dónde queda agua, es ella.
—Mándadla llamar.
Adrasto mandó dos heraldos a buscar a la nodriza.
Los heraldos volvieron al cabo de tres horas con una mujer.
Era mujer madura, de unos cuarenta y cinco años, con la dignidad que tienen los nobles caídos en desgracia.
Vestía túnica sencilla pero llevaba el pelo recogido en un nudo elegante.
Tenía marcas en las muñecas —las marcas que dejan los grilletes de los esclavos vendidos en cadenas—.
Llevaba en brazos a un niño pequeño, de unos dos años, envuelto en un manto de lana fina.
—Mujer —dijo Adrasto—. Soy Adrasto rey de Argos. Te he mandado llamar. Mis ejércitos necesitan agua. Los lugareños dicen que tú conoces los senderos. ¿Puedes guiarnos a una fuente activa?
—Mi rey. Puedo. Hay una fuente en el valle del este, a tres horas a pie de aquí. Está oculta entre rocas, pero la conozco. He estado allí con el niño muchas veces.
—¿Cómo te llamas?
—Hipsípila, mi rey.
Adrasto la miró con cuidado. El nombre era cosa rara. Era nombre noble, no de nodriza esclava.
—Hipsípila. ¿De dónde eres originaria?
—De Lemnos, mi rey. Fui reina de Lemnos años atrás.
Salvé a mi padre Toante de la matanza colectiva de los hombres de la isla por las mujeres lemnias.
Las mujeres descubrieron que yo lo había salvado; me echaron de la isla.
Fui capturada por piratas. Fui vendida en mercados sucesivos hasta llegar aquí, a la corte del rey Licurgo, como nodriza de su hijo Ofeltes.
Era historia notable. Era además historia que Adrasto reconocía de oídas —la matanza de las mujeres de Lemnos había sido escándalo internacional hacía años—. Hipsípila era figura legendaria, en cierto sentido, caída ahora a posición de servidumbre.
—Hipsípila. Te ruego que nos guíes a la fuente. Si lo haces, te recompensaré como te corresponde por tu antiguo rango.
—Mi rey. Te guío. Pero tengo en brazos al niño Ofeltes, que tengo prohibido dejar solo aunque sea un momento. El rey Licurgo, mi amo, me lo prohibió expresamente. Si bajo al niño para guiaros, rompo la orden.
—¿Y si lo dejas un momento bajo un árbol mientras nos guías? Volverás al niño en una hora.
Hipsípila vaciló.
Era cosa que no debía hacerse. La orden de Licurgo había sido clara: el niño no podía quedarse solo nunca.
Pero quince mil hombres pedían agua. Sin agua morirían en pocos días.
Hipsípila calculó: dejar al niño una hora en un sitio seguro, bajo la sombra de un árbol grande, era cosa mínima comparada con el bien colectivo de un ejército de paso.
Calculó mal. No tan mal: el cálculo era razonable. Pero los presagios no escuchan cálculos razonables.
—Mi rey. Lo guiaré. Dejaré al niño bajo el árbol mientras tanto. Volveré al niño en cuanto pueda.
III
Hipsípila guió a la cabeza del ejército a través de los senderos secos del valle.
Adrasto, Polinices y dos heraldos la acompañaron. Los demás jefes y el grueso de las tropas se quedaron en el campamento esperando la confirmación de la fuente.
Caminaron tres horas. Hipsípila los llevó por sendero estrecho que subía a una pequeña meseta entre dos colinas.
En lo alto había un olivo grande, antiguo, con la copa amplia y la sombra densa.
Bajo el olivo, Hipsípila depositó al niño Ofeltes con cuidado.
Lo envolvió bien en su manto. Lo colocó tendido sobre una capa pequeña, en posición fetal. El niño dormía.
—Bajo este olivo se queda. Está protegido por la sombra. Estará bien una hora. Vamos.
Bajaron de la meseta por el otro lado. Caminaron quince minutos más. Llegaron a un pequeño valle apartado entre rocas. Allí, en el fondo, había efectivamente una fuente: un manantial fino pero constante que salía de una grieta en la roca. El agua era limpia.
Adrasto se inclinó. Probó el agua.
—Es buena. Hipsípila, mil gracias. Has salvado al ejército. Heraldos, volved al campamento. Que vengan los aguadores con todas las jarras que tengamos. Empezamos a sacar agua hoy mismo.
Los heraldos salieron corriendo. Adrasto, Polinices y Hipsípila se quedaron junto a la fuente mientras los heraldos volvían con las primeras tropas auxiliares.
Pero entonces, en lo alto de la meseta donde había quedado el niño Ofeltes, ocurrió lo que iba a ocurrir.
El niño se despertó. Era niño curioso, ya de dos años, capaz de gatear con agilidad. Se quitó el manto. Salió de la capa donde Hipsípila lo había acostado. Empezó a explorar la sombra del olivo.
Bajo las raíces gruesas del olivo, en una pequeña cavidad oscura, había una serpiente.
Era serpiente grande, sagrada de aquel valle —según las tradiciones locales, era criatura de Zeus, animal protector del olivo—.
Llevaba años viviendo allí sin molestar a nadie, porque nadie subía a aquella meseta apartada.
Ofeltes, niño pequeño, no sabía lo que era una serpiente sagrada. Vio el animal saliendo de la cavidad bajo las raíces. Estiró la mano para tocarlo.