El ciclo tebano: La caída de la casa de Layo CANTO VIII #2
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CANTO VIII #2

Y pensó, sobre todo, una cosa más: Polinices no era el primero que le hacía oferta.

Estaba siendo invitada a actuar como árbitro.

Su decisión, fuera la que fuera, iba a contar.

Si aceptaba el collar, se llevaba el collar y decidía a favor del hermano.

Si rechazaba el collar, decidía a favor del marido y se quedaba sin la joya.

La elección era binaria. Polinices solo aceleraba lo que la naturaleza del juramento iba a forzar a Erifila a hacer de cualquier modo.

Erifila tomó el collar.

—Polinices. Decidiré a favor de mi hermano. Mañana, en el consejo. Anfiarao irá a la expedición.

—Gracias, tía.

—No me las des. He hecho lo que tenía que hacer. Vete.

Polinices salió.

Erifila se quedó sola en la sala con el collar entre las manos. Lo guardó en un cofre pequeño, escondido bajo la cama. No se lo puso. No se atrevió a ponérselo. Lo guardó solo. Iba a sacarlo años después, ocasionalmente, cuando Anfiarao estaba lejos. Iba a admirarlo a solas, sin mostrarlo a nadie.

V

Anfiarao supo de la decisión al día siguiente.

El consejo se reunió formalmente. Adrasto planteó la cuestión: necesitaba a Anfiarao en la expedición; Anfiarao se negaba; el juramento viejo entre ellos pedía que Erifila decidiera.

Adrasto presentó la cuestión sin presionar visiblemente —Polinices le había aconsejado mantener neutralidad pública—.

Erifila intervino. Era costumbre que las esposas no asistieran al consejo de los hombres, pero el juramento la había convertido en árbitro y la convocaba por excepción. Entró al mégaron. Habló brevemente:

—Hermano. Esposo. En virtud del juramento que ambos hicisteis ante mí hace quince años, escuchad mi decisión.

La disputa de hoy es entre el deber militar de Adrasto rey de Argos y la prudencia personal de Anfiarao mi marido.

He pensado la cuestión. Decido a favor de mi hermano. Anfiarao irá a la expedición.

Anfiarao, sentado en el banco lateral, escuchó la decisión sin moverse.

No protestó. Era hombre que sabía que protestar no servía: el juramento estaba activado, la decisión era ritualmente vinculante. Si la rompía, perdía el honor; y un hombre que perdía el honor en aquel mundo perdía más que la vida.

Cuando Erifila terminó y se retiró del mégaron, Anfiarao se levantó.

—Adrasto. Acepto la decisión. Iré.

—Te lo agradezco.

—No me lo agradezcas. Acepto porque tengo que aceptar, no porque quiera ir. Y te aviso: lo que va a pasar después de esta expedición no se quedará en silencio. He visto cosas. Vamos a hablar de ellas a solas, después del consejo.

Anfiarao salió. Adrasto lo siguió hasta el patio. Allí, en privado, tuvieron la conversación que Anfiarao quería tener.

—Adrasto. Mi mujer ha decidido. Acepto. Pero sé también algo que tú no sabes: alguien la ha sobornado.

Esto no es disputa libre entre tú y yo arbitrada por ella.

Es decisión comprada. He visto la cara de Erifila durante el discurso.

He visto los gestos de las manos. Ha tomado algo a cambio de la decisión. No sé qué. Pero alguien ha pagado.

Adrasto bajó la mirada.

—Anfiarao…

—No me lo niegues. Y no me digas quién. No quiero saberlo.

Saberlo me obligaría a hacer cosas que no quiero hacer todavía.

Solo te digo esto: yo voy a morir en Tebas.

Lo sé. Está visto. Pero antes de partir voy a dejar instrucciones a mi hijo Alcmeón.

Cuando yo muera, Alcmeón —cuando sea adulto— vengará la decisión comprada.

Sea quien sea la persona que se benefició del soborno, sea quien sea la persona que pagó, los dos pagarán a través de Alcmeón.

Lo juro por las Erinias del hogar, que son testigos de los juramentos rotos.

Y los juramentos rotos en esta casa, hoy, son varios.

Adrasto asintió en silencio. No respondió. Sabía que Anfiarao tenía razón.

Anfiarao volvió a su casa aquella misma tarde. Reunió a su hijo mayor Alcmeón, que tenía entonces ocho años. Lo llevó a una sala privada. Le habló durante una hora.

Le contó al niño lo siguiente: que el padre iba a partir pronto a una guerra de la que no volvería; que la decisión de partir había sido tomada por la madre del niño contra el padre; que la madre había aceptado algo a cambio de la decisión, aunque el padre no sabía qué; que Alcmeón, cuando creciera y llegara a la edad de las armas, debería buscar y averiguar qué había sido el soborno, y vengar la traición materna.

—Padre. ¿Quieres que mate a mi madre?

—Quiero que cumplas el juramento que tu padre te encarga ahora. Es deber filial pesado. Pero los deberes filiales pesados también son deberes. Si cuando crezcas las Erinias te exigen el cumplimiento, no las decepciones.

—Padre. Lo haré.

Era promesa hecha por un niño de ocho años. Era promesa que iba a cumplirse veinte años después, en circunstancias que aún no se podían prever del todo pero que estaban ya en marcha. Era la semilla de la Alcmeónida que cerrará el volumen entero.

VI

La expedición se cerró formalmente al cabo de un mes.

Los siete jefes se reunieron en el patio del palacio de Adrasto para el juramento colectivo.

Cada uno llevaba ya su contingente preparado, sus armaduras pulidas, sus carros listos.

Era cosa imponente: siete reyes y príncipes en el mismo patio, con la armadura completa, formando círculo en torno al altar central.

Anfiarao ofició el sacrificio. Era el adivino del grupo. Sacrificó un toro a Zeus, una novilla a Ares, un cerdo a las Erinias del hogar. Pronunció las invocaciones rituales. Roció el altar con sangre.

Cuando terminó, los siete jefes pusieron las manos sobre el altar al mismo tiempo y juraron:

Combatirían hasta tomar Tebas o morir en el intento.

Cada uno marcharía contra una de las siete puertas de la ciudad.

El que tomara la entrada a su puerta primero, sería honrado como el más valiente de los siete.

Y si alguno volvía vivo de la expedición habiendo abandonado el sitio, los otros seis —o sus descendientes, si los seis habían muerto— le considerarían deshonrado y le harían pagar la deshonra.

Los siete pusieron la mano sobre el altar. Los siete juraron simultáneamente.

Anfiarao, mientras juraba, miraba al cielo.

No miraba a los compañeros. Estaba viendo —lo veía con la claridad que tenían los adivinos en aquellos momentos— el cumplimiento futuro de cada uno de los siete juramentos.

Veía la lanza que lo iba a matar a él mismo —no era lanza humana, era abismo de tierra abierto por Zeus para tragarlo—.

Veía a Capaneo cayendo de la escalera fulminado por el rayo.

Veía a Tideo en el suelo devorando el cerebro de un enemigo.

Veía a los otros caer cada uno a su puerta.

Veía a Adrasto huyendo a galope sobre un caballo divino que no era el suyo.