El ciclo tebano: La caída de la casa de Layo CANTO VIII
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CANTO VIII

El reclutamiento de los Siete

I

Polinices vivió cuatro años en Argos antes de que la expedición saliera.

No fueron cuatro años de espera ociosa. Fueron cuatro años de planificación constante.

Adrasto, fiel a la promesa hecha la mañana del oráculo, organizó pacientemente la coalición que iba a marchar sobre Tebas.

Pero coalición de esa escala no se reclutaba en pocas semanas.

Había que convocar jefes argivos secundarios, había que negociar contingentes con reinos aliados, había que asegurar provisiones, había que esperar el momento favorable según los presagios.

Hacia el final del cuarto año, el grupo de los siete jefes principales estaba casi cerrado.

Eran, en el orden que las tradiciones suelen consignar:

Adrasto, rey de Argos, comandante en jefe. Era el más viejo de los siete —cincuenta y cuatro años por entonces—. Era jefe natural por rango y por experiencia.

Polinices, hijo de Edipo, causa de la guerra. Era el más interesado en el resultado: la guerra era para él. Tenía treinta y cuatro años en el momento de la marcha.

Tideo, hijo de Eneo, yerno de Adrasto. Era el más feroz en combate cuerpo a cuerpo. Era pequeño de estatura pero compacto y rápido. Tenía treinta y dos años.

Capaneo, hijo de Hipónoo. Era el blasfemo.

Era hombre alto, fuerte, con fama de ser invencible a manos humanas pero también con fama de despreciar a los dioses.

Solía decir que conquistaría Tebas con o sin la ayuda de Zeus, frase que Zeus le iba a hacer pagar al pie de las murallas. Tenía treinta y cinco años.

Hipomedonte, sobrino de Adrasto. Era el gigante: medía cerca de dos metros, era el más grande físicamente de los siete, especialista en combate desde el carro. Tenía treinta y tres años.

Partenopeo, hijo de Atalanta. Era el más joven: veintidós años cuando la marcha se cerró.

Su madre Atalanta —la cazadora del jabalí de Calidón, donde casualmente Tideo había crecido— lo había enviado con la coalición contra su propia voluntad, pensando que el muchacho podía morir; pero el padre político (Meleagro o Melanión, según las versiones) había insistido.

Y el séptimo iba a ser Anfiarao.

II

Anfiarao era distinto.

Era hijo de Oicles, descendiente del legendario adivino Melampo, casa con tradición profética desde tres generaciones.

Era jefe argivo respetado, primo segundo de Adrasto, casado con la hermana del propio Adrasto: Erifila.

Tenía hacienda propia, contingente militar propio, fama propia.

Era también, aparte de jefe militar competente, adivino él mismo: leía las entrañas, los pájaros, los presagios celestes.

Era uno de los pocos hombres en el mundo aqueo que combinaba mando militar y don profético.

Cuando Adrasto le propuso sumarse a la expedición, Anfiarao se negó.

Lo hizo con calma. Era hombre prudente. No quería pelearse con el rey en público. Pero se negó.

—Adrasto. No voy. Lo he visto en los presagios. Esta expedición va a fracasar. Van a morir seis de los siete jefes principales. Solo tú vuelves vivo. Yo, si voy, muero también. Tengo hijos pequeños. Tengo esposa. No voy.

Adrasto, que apreciaba a Anfiarao por su sentido común además de por su don, no insistió en el momento.

Era cuestión que había que dejar reposar.

Pero entendió también que sin Anfiarao la expedición perdía algo importante: era el único adivino del grupo, era el que podía leer los presagios sobre el terreno, era el que daba peso ritual a la coalición.

Anfiarao no fue al consejo siguiente donde se discutió el asunto.

Pero se enteró de la discusión por su mujer.

Erifila era hermana de Adrasto y esposa de Anfiarao desde hacía quince años.

Era mujer madura entonces —unos treinta y cinco años—, con tres hijos vivos: dos varones (Alcmeón el mayor, Anfíloco el menor) y una hija (Eurídice).

Era mujer inteligente, ambiciosa de manera contenida, de carácter más bien duro.

Quince años antes, cuando Erifila y Anfiarao se habían casado, había habido una disputa importante entre Adrasto y Anfiarao por una herencia común de tierras pertenecientes a la familia materna de los dos.

La disputa había estado a punto de degenerar en pelea armada: Adrasto y Anfiarao se habían enfrentado abiertamente en consejo.

Erifila había intervenido entonces para reconciliarlos.

Lo había logrado, pero con condición: los dos hombres habían jurado solemnemente, ante Erifila como testigo y árbitro, que en cualquier disputa futura entre ellos aceptarían lo que Erifila decidiera.

Era juramento ritual sobre el cetro de Adrasto, vinculante.

Aquel juramento llevaba quince años sin invocarse. Pero seguía vigente.

III

Polinices, que había estado escuchando con cuidado la negativa de Anfiarao y la conversación de Adrasto, vio la solución.

La vio una noche, en la cena. Adrasto había mencionado, en tono ya cansado, el viejo juramento sobre Erifila. Era anécdota familiar que el rey contaba a veces. Polinices, al oírla, levantó la cabeza.

—Suegro. ¿Es vinculante todavía?

—Vinculante en sentido ritual, sí. Pero no he tenido nunca disputa formal con Anfiarao que lo activara. Hasta ahora.

—Suegro. Esto es disputa formal. Quieres que Anfiarao vaya a la expedición. Anfiarao no quiere. Es disputa entre vosotros. Que Erifila decida.

Adrasto lo pensó. Era idea audaz.

—Polinices. Si Erifila decide a mi favor, Anfiarao tendrá que ir contra su voluntad. Y contra su conciencia, porque sabe que va a morir.

—Suegro. Es la guerra. La guerra pide cosas duras.

—No es solo eso. Erifila es mi hermana. Si yo la presiono para que decida a mi favor, Anfiarao lo entenderá como confabulación.

—No la presiones tú, suegro. La presiono yo.

—¿Tú?

—Yo. Erifila no me conoce mucho. Soy su sobrino político desde hace cuatro años pero apenas hemos hablado. Voy yo a verla. Le ofrezco una cosa. Si acepta, decide a tu favor sin que tú hayas intervenido. Anfiarao no podrá acusarte de manipulación.

—¿Qué le vas a ofrecer?

Polinices sacó algo del cofre que llevaba siempre cerca: el collar de Harmonía.

—Esto.

Adrasto miró el collar. Era pieza extraordinaria —oro, esmeraldas grandes, bronce labrado de Hefesto—. Había oído hablar del collar familiar de los reyes tebanos. No lo había visto nunca de cerca.

—Polinices. ¿Es el collar de Harmonía?

—El mismo.

—¿Estás dispuesto a entregárselo a Erifila?

—Para asegurar la expedición, sí. Es el precio. Si ganamos Tebas, recupero el collar y mucho más. Si perdemos, el collar no me sirve.

Adrasto se quedó muy quieto. Era idea con peso moral incómodo. Era ofrecimiento que iba a forzar a Anfiarao a morir. Era utilización de un adorno familiar para comprar a una esposa contra su marido. Era, en muchos sentidos, sucio.

Pero era también el único camino para asegurar que la expedición saliera con el séptimo jefe.

—Polinices. Hazlo. No me lo cuentes hasta que esté hecho. Yo me mantengo al margen.

Polinices asintió.

IV

Polinices subió a la casa de Anfiarao al cabo de tres días.

Eligió hora en que sabía que Anfiarao no estaba: el adivino solía pasar las mañanas en el templo de Apolo del Argos, leyendo los presagios del día. Polinices llegó a media mañana, cuando solo Erifila y los niños estaban en casa.

Lo recibieron las criadas. Polinices pidió audiencia con la señora. Erifila bajó al patio. Era mujer alta, todavía hermosa a sus treinta y cinco años, con el pelo recogido en una corona alta, vestida con peplo de lino blanco. Llevaba un broche modesto en el hombro y ninguna joya en el cuello.

—Sobrino político. Es visita inesperada.

—Tía. He venido a hablarte de un asunto delicado. ¿Podemos sentarnos a solas?

Erifila lo miró un momento. No era persona que confiara en visitas inesperadas. Pero la cortesía pedía que recibiera al sobrino político por matrimonio. Lo llevó a una sala lateral. Cerró la puerta.

—Te oigo.

Polinices fue directo:

—Tía. Hay disputa formal entre tu marido y tu hermano. Adrasto quiere que Anfiarao venga a la expedición contra Tebas. Anfiarao se niega. Es disputa que activa el viejo juramento que los dos hombres hicieron en tu boda: que en cualquier disputa entre ellos, aceptarían lo que tú decidieras.

Erifila se quedó muy quieta.

—¿Cómo sabes tú del juramento?

—Tu hermano lo contó en la cena la semana pasada. No estaba reservado.

—¿Y qué quieres de mí?

—Quiero que decidas a favor de tu hermano. Que Anfiarao venga a la expedición.

—Polinices. Es decisión que mata a mi marido. Anfiarao ha leído los presagios. Si va, muere.

—Lo sé.

—¿Y aún así me lo pides?

—Lo pido. Y te ofrezco una cosa a cambio.

Polinices sacó del manto el collar de Harmonía. Lo extendió sobre la mesa entre los dos.

Erifila lo miró.

Era pieza extraordinaria. Erifila reconoció inmediatamente lo que era: el collar familiar de los reyes tebanos, la joya legendaria de Hefesto. Lo había oído mencionar muchas veces. Nunca lo había visto. Tomarlo en las manos era cosa que solo unas pocas mujeres en Grecia habían hecho durante siglos.

—Polinices. ¿Me lo das?

—Te lo doy. A cambio de la decisión.

Hubo silencio largo.

Erifila lo pensó. Era cuestión de la peor índole: estaba siendo invitada a vender la vida de su marido por una joya. La oferta era explícita. No había manera de disfrazarla.

Pero Erifila pensó también otras cosas. Pensó en lo siguiente: Anfiarao iba a morir tarde o temprano, era hombre maduro, los presagios podían cumplirse pero también podían no cumplirse, los adivinos a veces se equivocaban.

Pensó también que ella tenía tres hijos pequeños y que si Anfiarao moría sin que ella tuviera recursos propios, su posición se haría precaria.

Pensó también que el collar era joya que pasaba a sus hijas, no solo a ella.

Pensó también, finalmente, que el collar era objeto de codicia que llevaba años deseando sin atreverse a desearlo en voz alta.